El testimonio de los fósiles

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A la evolución se le llama teoría porque se reconoce que es una hipótesis y no un hecho científico comprobado. No obstante, ¿podemos encontrar pruebas que respalden la teoría y que expliquen la increíble variedad de vida que existe en la tierra?

Los evolucionistas afirman que la transición de una especie a otra se hace posible por cambios ínfimos, microscópicos, a lo largo de millones de años. Reconocen, por lo tanto, que no podemos ver que este proceso se esté llevando a cabo en la actualidad. Nuestro período de vida es muy corto para que podamos observar semejante cambio. En lugar de ello, nos dicen que tenemos que mirar al pasado —a los fósiles que muestran las muchas formas de vida que existieron anteriormente— para poder encontrar las transiciones de una especie a otra.

El desafío más grande de Darwin

Cuando Carlos Darwin propuso su teoría a mediados del siglo xix, confiaba en que entre los fósiles se encontrarían pruebas claras y convincentes de que sus conjeturas eran correctas. Según su teoría, debían existir incontables formas de transición a medida que las especies se transformaban gradual y casi imperceptiblemente en formas de vida más complejas y mejor adaptadas.

De hecho, tendría que ser así. Más de un millón de especies están vivas en la actualidad. Si todas ellas hubieran evolucionado de ancestros comunes, deberíamos poder encontrar millones, si no miles de millones, de especies intermedias en diferentes etapas de evolución.

Para probar la teoría de Darwin habríamos necesitado encontrar no solamente fósiles de las especies de transición entre los monos y el hombre. Las brechas eran enormes. El escritor científico Richard Milton recalca que los eslabones perdidos “abarcaban cada parte del reino animal; desde los buccinos hasta las ballenas y desde las bacterias hasta los camellos bactrianos. Darwin y sus sucesores se imaginaban un proceso que comenzaría con organismos marinos sencillos que vivían en los antiguos mares, progresando hasta peces, después a anfibios —viviendo parcialmente en el mar y parcialmente en la tierra— y de allí a los reptiles, mamíferos y finalmente hasta los primates, incluso a los seres humanos” ( Shattering the Myths of Darwinism [“Destrozando los mitos del darvinismo”], 1997, p. 253).

Sin embargo, el mismo Darwin tuvo que enfrentarse al hecho de que el testimonio de los fósiles no respaldaba sus conclusiones. “¿Por qué, si las especies han descendido de otras especies mediante un proceso de escalonamiento fino, no encontramos por todas partes innumerables formas de transición? . . . ¿Por qué no las encontramos incrustadas en la corteza terrestre en número incontable?” ( Origin of Species [“El origen de las especies”], 1958, edición Obras Maestras de la Ciencia, pp. 136-137).

“El número de variedades intermedias que existieron alguna vez tiene que haber sido enorme —escribió—. ¿Por qué entonces no está llena cada formación geológica y cada estrato geológico de esos eslabones intermedios? La geología ciertamente no revela nada de semejante cadena orgánica gradual; y esto es tal vez la objeción más obvia y más seria que puede hacerse en contra de la teoría [de la evolución]” ( ibídem , pp. 260-261).

Darwin reconoció que el testimonio de los fósiles no respaldaba sus conclusiones. Pero dado que estaba convencido de que su teoría era la explicación correcta de las muchas formas de vida de la tierra, él y otros pensaron que era sólo cuestión de tiempo antes de que esos fósiles de los eslabones perdidos empezaran a surgir para llenar las brechas. Su respuesta ante la falta de fósiles que confirmaran su teoría, fue que los científicos no habían buscado lo suficiente ni en los lugares correctos. Tarde o temprano encontrarían los fósiles que comprobaran su teoría. Él escribió: “La explicación radica, creo yo, en la gran imperfección del registro geológico” ( ibídem , p. 261).

Darwin estaba convencido de que investigaciones posteriores llenarían los vacíos tan numerosos donde faltaban las especies de transición en que se basaba su teoría. Pero ahora, siglo y medio más tarde, después de que se han descubierto y clasificado cientos de miles de fósiles de plantas y animales, y quedan tan pocos rincones del mundo sin explorar, ¿qué nos muestra realmente el testimonio de los fósiles?

Los hechos

David Raup es un firme creyente en la evolución y respetado paleontólogo (científico que estudia los fósiles) de la Universidad de Chicago y del Museo Field. Sin embargo, reconoce que el registro de los fósiles ha sido malinterpretado en el mejor de los casos, cuando no totalmente tergiversado. Al respecto escribió: “Desafortunadamente, gran número de científicos bien educados que no ejercen la biología evolucionista y la paleontología tienen la idea de que el testimonio de los fósiles es mucho más darviniano de lo que es en realidad. Esto probablemente es el resultado de una gran simplificación inevitable en las fuentes secundarias: libros de texto primarios, artículos populares y cosas por el estilo. También es probable que tengan ciertas ilusiones respecto al tema. En los años posteriores a Darwin, sus seguidores creían que iban a encontrar progresiones previsibles. En general, éstas no se han encontrado; sin embargo, su optimismo se niega a morir, y lo que se ha infiltrado en los textos de estudio es pura fantasía” (Science [“Ciencia”], 213:289).

Niles Eldredge, conservador del Departamento de Invertebrados en el Museo Norteamericano de Historia Natural y profesor adjunto en la Universidad de la Ciudad de Nueva York, es otro que respalda fervientemente la teoría de la evolución. Pero se ha visto obligado a reconocer que los fósiles no apoyan el punto de vista tradicional de la evolución.

Él escribe: “No debe extrañarnos el que los paleontólogos hayan huido de la evolución durante tanto tiempo. Pareciera que nunca ocurre. Coleccionamos [fósiles] asiduamente . . . y [éstos revelan] variaciones, oscilaciones menores, y muy de vez en cuando una pequeña acumulación de cambio; pero sucede a lo largo de millones de años, a un ritmo muy lento para que realmente pueda explicar el prodigioso cambio que ha ocurrido en la historia de la evolución.

”Cuando vemos la introducción de una novedad evolutiva, ¡usualmente se presenta súbitamente, y con mucha frecuencia sin ninguna prueba clara de que los organismos no hayan evolucionado en otra parte! La evolución no puede seguir siendo algo que siempre ocurre en otro lugar. Y sin embargo, así es cómo el testimonio de los fósiles les ha parecido a muchos desconsolados paleontólogos que tratan de aprender algo acerca de la evolución” ( Reinventing Darwin: The Great Debate at the High Table of Evolutionary Theory [“Darwin reinventado: El gran debate en la elevada mesa de la teoría de la evolución”], 1995, p. 95).

Después de una inmensa búsqueda mundial llevada a cabo por geólogos y paleontólogos, “los eslabones perdidos” que Darwin predijo que iban a ser encontrados, respaldando de este modo su teoría, todavía no se han podido encontrar.

Stephen Jay Gould, paleontólogo en la Universidad de Harvard, fue tal vez el escritor evolucionista más conocido de tiempos recientes. Como ardiente evolucionista, colaboró con el profesor Eldredge en la postulación de alternativas para el punto de vista tradicional del darvinismo. Al igual que Eldredge, él reconoció que el testimonio de los fósiles contradice la idea del gradualismo de Darwin.

Gould escribió: “La historia de la mayoría de las especies fosilizadas presenta dos aspectos que chocan notablemente con el gradualismo [la transformación gradual de una especie en otra]:

”[1] Estancamiento: La mayoría de las especies no muestran ningún cambio direccional [evolucionista] durante su permanencia en la tierra. Su forma cuando aparecen entre los fósiles es muy parecida a la que tienen cuando desaparecen; el cambio morfológico [anatómico o estructural], es usualmente limitado y sin dirección.

”[2] Aparición súbita: En cualquier lugar, una especie no surge gradualmente debido a una transformación continua de sus ancestros: aparece súbitamente y ‘totalmente formada’” (“Evolution’s Erratic Pace” [“El ritmo errático de la evolución], Natural History [revista “Historia natural”], mayo de 1977, pp. 13-14).

Faltan fósiles en lugares cruciales

Francis Hitching, miembro del Instituto Real de Arqueología, de la Sociedad de Prehistoria y de la Sociedad para la Investigación Física, también ve que el testimonio de los fósiles no respalda el darvinismo:

“En los museos del mundo hay fósiles de cerca de 250.000 diferentes especies de plantas y animales. Comparemos esto con cerca de 1,5 millones de especies que viven en la tierra actualmente. Por lo que se sabe acerca de la tasa de los cambios evolutivos, se ha estimado que por lo menos hay 100 veces más de especies fosilizadas que han vivido de las que han sido descubiertas . . . Pero lo curioso es que hay una constancia en las brechas de los fósiles: los fósiles faltan en todos los lugares importantes.

”Cuando buscamos eslabones entre los grupos principales de animales, simplemente no están allí; por lo menos no en un número suficiente para poder clasificarlos con certeza. O no existen de ninguna forma, o son tan escasos que provocan una polémica interminable acera de si algún fósil en particular es o no es, o si podría ser, de transición entre un grupo y otro.

”. . . Deberíamos tener anaqueles llenos de especies intermedias; de hecho, uno esperaría que los fósiles tuvieran diferencias tan sutiles al pasar una especie a la otra, que sería difícil saber dónde terminan los invertebrados y dónde comienzan los vertebrados. Pero las cosas no son así. En lugar de eso, grupos de peces bien definidos y fácilmente clasificables aparecen entre los fósiles súbitamente y, al parecer, de la nada: misteriosamente, bruscamente, completamente formados, y en forma muy poco darviniana. Y antes de ellos existen unas brechas exasperantes, ilógicas, en el lugar en el que deberían estar sus ancestros” ( The Neck of the Giraffe: Darwin, Evolution and the New Biology [“El cuello de la jirafa: Darwin, la evolución y la nueva biología”], 1982, pp. 9-10).

Reconociendo que el testimonio de los fósiles contradice el darvinismo en lugar de respaldarlo, los profesores Eldredge y Gould propusieron una teoría radicalmente diferente, a la que denominaron “equilibrio intermitente”, que afirma que la evolución ocurrió en poblaciones aisladas, pequeñas, que más tarde se volvieron dominantes y no mostraron cambios en millones y millones de años. Según ellos, esta es la única forma de explicar la falta de fósiles que respalden la teoría de la evolución.

La revista noticiosa Newsweek explicó: “En 1972 Gould y Eldredge colaboraron en un estudio que sólo pretendía resolver en esa época una vergüenza profesional para los paleontólogos: su incapacidad para encontrar fósiles de las formas de transición entre las especies, llamadas ‘eslabones perdidos’. Darwin, y la mayoría de aquellos que lo seguían, creían que la evolución había ocurrido en forma lenta, gradual y continua, y que, teóricamente, podría reconstruirse un linaje completo de ancestros (cada uno transformándose imperceptiblemente en el siguiente) de todos los animales vivientes . . . Pero desde entonces un siglo de excavaciones sólo ha logrado hacer su ausencia más evidente . . . Fue idea de Eldredge y Gould que debía abandonarse la búsqueda y aceptar los hechos del testimonio de los fósiles tal como son” (“Enigmas of Evolution” [“Enigmas de la evolución”], 29 de marzo de 1982, p. 39).

La evolución es en sí una teoría imposible de comprobar, porque la prueba primaria para comprobarla es precisamente la que hace falta: algún indicio entre los fósiles que confirme la existencia de las formas de transición entre las especies.

El testimonio de los fósiles ya no está incompleto

El testimonio de los fósiles ha sido examinado exhaustivamente y está bien documentado. La excusa de Darwin de “la extrema imperfección del registro geológico” ya no es creíble.

¿Cuán completo es el registro de los fósiles? Michael Denton, médico e investigador biológico, escribió: “Cuando se hace una estimación del porcentaje de formas vivientes [actuales] que se han encontrado en fósiles, el porcentaje es bastante alto, lo que nos da a entender que el registro de los fósiles no es tan defectuoso como se afirma con frecuencia” ( Evolution: A Theory in Crisis [“Evolución: Una teoría en crisis”], 1985, p. 189).

Explica que “de las 329 familias vivientes de los vertebrados terrestres [mamíferos, aves, reptiles y anfibios] se han encontrado fósiles de 261, o sea el 79,3 por ciento; y si excluimos las aves [que no resisten muy bien la fosilización], el porcentaje se eleva al 87,8 por ciento” ( ibídem , p. 189).

En otras palabras, casi el 88 por ciento de todas las variedades de mamíferos, reptiles y anfibios que hay en la tierra han quedado registradas en los fósiles. Y ¿cuántas formas de transición se han encontrado? “Aunque cada una de esas clases [peces, anfibios, reptiles, mamíferos y primates] está bien representada entre los fósiles, hasta ahora nadie ha encontrado un fósil de una criatura que sea innegablemente una forma de transición entre una especie y otra. En todas las rocas expuestas de la corteza terrestre, y a pesar de la gran búsqueda cuidadosa que se ha hecho, hasta el momento no se ha encontrado ni un solo ‘eslabón perdido’” ( ibídem , pp. 253-254).

Si la teoría de Darwin fuera cierta, las criaturas de transición, tales como los invertebrados con esqueletos parcialmente desarrollados, peces con piernas rudimentarias, reptiles con alas primitivas e innumerables criaturas con características anatómicas medio evolucionadas, serían muy comunes y se encontrarían diseminadas en todos los estratos que contienen fósiles. Pero ¡no existen!

¿Qué hay acerca de las pruebas de los fósiles?

En ciertas ocasiones se han presentado especies fosilizadas como pruebas fidedignas de la evolución. Tal vez la más famosa es la supuesta evolución del caballo tal como aparece en muchos textos de biología. Pero ¿es esto realmente una prueba de la evolución?

Veamos lo que dice el profesor Eldredge acerca de esta “prueba” clásica de la evolución: “George Gaylord Simpson dedicó gran parte de su carrera a investigar la evolución del caballo. Su conclusión general fue: la evolución del caballo no fue el asunto sencillo, lineal y directo que se supone que fue . . . La evolución del caballo no ocurrió en una serie simple, desde el paso A hasta el paso B y así sucesivamente, culminando en los caballos modernos, grandes y de un solo dedo del pie. Para Simpson, la evolución del caballo parece haber sido más ramificada, con muchas especies vivas al mismo tiempo, especies que diferían bastante entre sí y que tenían un número variable de dedos, diferente tamaño de dientes, etc.

”En otras palabras, es fácil y demasiado tentador investigar la historia de los fósiles de un grupo y seleccionar ejemplos que parezcan ejemplificar mejor el cambio lineal a lo largo del tiempo . . . Pero escoger sólo aquellas especies que ejemplifican los estados intermedios dentro de una tendencia, mientras se hace caso omiso de todas las demás especies que no parecen encajar tan bien, es algo distinto. El cuadro queda desvirtuado. El verdadero patrón evolutivo no está completamente representado” (Eldredge, op. cit., p. 131).

Aquí podemos ver que Eldredge reconoce que los paleontólogos escogieron aquellas especies que mejor encajaban con su teoría e hicieron caso omiso de todas las demás. George Gaylord Simpson fue aún más tajante: “La transformación uniforme y continua del Hyracotherium [una especie fosilizada que se cree es el ancestro del caballo] en Equus [el caballo moderno] tan querida por varias generaciones de escritores de libros de texto, nunca ocurrió en la naturaleza” ( Life of the Past [“La vida del pasado”], 1953, p. 119).

El profesor Raup explica la dificultad que encaran los paleontólogos al tratar de demostrar la evolución a partir del registro de los fósiles: “Nos encontramos ahora aproximadamente 120 años después de Darwin, y el conocimiento de los fósiles se ha expandido enormemente. Tenemos cerca de un cuarto de millón de especies fosilizadas, pero la situación no ha cambiado mucho. El registro de la evolución continúa sorprendentemente inestable e, irónicamente, tenemos menos ejemplos ahora de la transición evolutiva de los que teníamos en la época de Darwin.

”Lo que quiero decir es que algunos de los casos clásicos de cambio darviniano en el registro de los fósiles, tal como el de la evolución del caballo en Norteamérica, han tenido que ser descartados o modificados como resultado de una información más detallada. Lo que parecía ser una progresión simple cuando teníamos pocos datos relativamente, ahora aparece mucho más compleja y menos gradual [menos evolutivo]” (“Conflicts Between Darwin and Paleontology” [“Conflictos entre Darwin y la paleontología”], Field Museum of Natural History Bulletin 50 [“Boletín 50 del Museo Field de Historia Natural”], enero de 1979, pp. 22-25).

El secreto profesional de la paleontología

¿Qué significa todo esto? Hablando claramente, si la evolución significa la transformación gradual de una clase de organismo en otro, lo que los fósiles nos muestran es que la teoría de la evolución carece de pruebas; en cambio, hay abundantes pruebas de lo contrario. El único lugar en que podemos esperar hallar pruebas de la teoría es en el testimonio de los fósiles. Pero en lugar de un cambio lento, gradual, a lo largo de los eones, con el desarrollo continuo de nuevas especies, ¡los fósiles muestran exactamente lo opuesto!

El profesor Eldredge aludió a la magnitud de esta dificultad cuando explicó que Darwin “había inventado esencialmente un nuevo ramo de investigación científica —que ahora se llama ‘tafonomía’— para explicar por qué el registro de los fósiles es tan deficiente, tan lleno de brechas, que los tan anunciados patrones de cambio gradual sencillamente nunca aparecieron” (Eldredge, op. cit., pp. 95-96).

El profesor Gould también aludió a esta embarazosa situación al mencionar que “la extrema escasez” de pruebas de la evolución entre los fósiles es “el secreto profesional de la paleontología”. Llegó hasta decir que “los árboles evolutivos que adornan nuestros libros de texto sólo contienen datos en los extremos y nudos de sus ramas; el resto, por razonable que parezca, es conjetura; no es lo que demuestran los fósiles” (Gould, op. cit., p. 14).

¿Revelan los paleontólogos este secreto profesional? Difícilmente. “Al leer las introducciones populares, o aun de los libros de texto, con respecto a la evolución . . . uno difícilmente se percata de que existen [las brechas entre los fósiles], porque la mayoría de los escritores las pasan por alto fríamente y con toda confianza. Ante la ausencia de pruebas entre los fósiles, ellos escriben lo que se ha llamado historias ‘hechas a la medida’. Una mutación crítica ocurrió en el momento oportuno, y como por arte de birlibirloque se alcanzó una nueva etapa de la evolución” (Hitching, op. cit., pp. 12-13).

Con respecto a la tergiversación de los hechos, Phillip Johnson escribe: “Casi todos los que hemos tomado un curso universitario de biología en los últimos 60 años hemos sido llevados a creer que el testimonio de los fósiles era un baluarte de respaldo para la tesis darviniana clásica, no un inconveniente que tenía que justificarse . . .

”El testimonio de los fósiles revela un patrón constante de una aparición súbita seguida por un estancamiento; que la historia de la vida es más la historia de una variación alrededor de un juego básico de diseños que una de desarrollo cumulativo; que la extinción ha ocurrido básicamente por catástrofes y no porque una especie se haya hecho obsoleta gradualmente; y que las interpretaciones ortodoxas de los fósiles se basan más en los conceptos preconcebidos del darvinismo que en los hechos mismos. Tal parece que los paleontólogos se han sentido obligados a protegernos a los demás de las conclusiones erróneas que habríamos sacado si nos hubiéramos dado cuenta de cuáles eran los hechos” ( Darwin on Trial [“Proceso a Darwin”], 1993, pp. 58-59).

El secreto que los evolucionistas no quieren revelar es que, aun según sus propias interpretaciones, el registro de los fósiles muestra cómo aparecieron especies completamente formadas, y después desaparecieron sin ninguna variación. Otras especies aparecieron en otros momentos, antes de que ellas también desaparecieran con muy poco o ningún cambio. El testimonio de los fósiles simplemente no respalda la tesis central del darvinismo: que las especies evolucionaron de una manera lenta, y así fueron transformándose de una en otra.

¿Realidad o especulación interesante?

El profesor Johnson explica que “los darvinistas creen que la evolución es un hecho, no tan sólo una teoría, porque les da una explicación satisfactoria del patrón que vincula todos los seres vivientes —un patrón que está identificado en sus mentes con lo que ellos piensan que tiene que ser necesariamente la causa de ese patrón: descenso con modificación— o sea que para ellos, la relación biológica significa relación evolutiva” ( ibídem , p. 63, énfasis en el original).

El lenguaje engañoso y sutil de los evolucionistas gira en gran parte alrededor de la clasificación de las especies vivientes. En un intento por explicar las relaciones naturales que se observan en el mundo animal y vegetal, los darvinistas clasifican la vida animal y la vegetal de acuerdo con sus similitudes físicas. Podríamos decir que la teoría de Darwin no es nada más que la observación educada de algo obvio; esto es, que la conclusión de que la mayoría de los animales parecieran estar relacionados entre sí se debe a que la mayoría de ellos tienen una o más características en común.

Por ejemplo, se puede hacer una clasificación superficial de ballenas, pingüinos y tiburones como un grupo de animales acuáticos. También se puede clasificar aves, murciélagos y abejas como un grupo de criaturas que vuelan. Estas clasificaciones no son definitivas porque hay otras diferencias obvias. El enfoque darviniano, sin embargo, utiliza las similitudes generales obvias para mostrar no que los animales son parecidos en muchas formas, sino que están relacionados entre sí porque (supuestamente) descienden de ancestros comunes.

El profesor Johnson lo expresa así: “Darwin propuso una explicación naturalista de las características esenciales del mundo viviente que era tan deslumbrante en su planteamiento lógico que logró convencer al mundo científico, aunque había dudas en cuanto a ciertos aspectos importantes de su teoría. Él teorizó que los grupos discontinuos del mundo viviente eran descendientes de ancestros comunes que hace mucho tiempo se extinguieron. Grupos relativamente cercanos y parecidos (tales como reptiles, aves y mamíferos) tenían un ancestro en común relativamente reciente; todos los vertebrados compartían un ancestro común antiguo; y todos los animales compartían un mismo ancestro aún más antiguo. Luego, propuso que los ancestros debían estar ligados a sus descendientes por largas cadenas de especies intermedias de transición, que también se extinguieron” ( ibídem , p. 64).

Los evolucionistas ejercen una percepción selectiva cuando están analizando los hechos; es algo así como decidir si el vaso que ven está medio lleno de agua o si está medio vacío. Optan por hacer resaltar las similitudes en lugar de las diferencias. Al hacerlo así, ocultan la verdad del asunto: que las similitudes son la prueba de un Diseñador en común que dio origen a la estructura y función de las diferentes formas de vida. Todas las especies de los animales fueron creadas y diseñadas para existir y prosperar en una forma especial. Darwin y los que después propusieron la perspectiva evolucionista de la vida se enfocaron en las similitudes de las clasificaciones mayores de los animales y supusieron que estas similitudes probaban que todos los animales estaban relacionados entre sí por medio de ancestros en común.

Sin embargo, hay grandes diferencias en las formas de vida de la tierra. Si, como supone la evolución, todas las formas de vida tienen ancestros en común y cadenas de especies intermedias que las ligan a esos ancestros, entre los fósiles deberían abundar estas formas intermedias entre las especies. Pero, como hemos visto, los mismos paleontólogos tienen que reconocer que no existen tales especies intermedias.

¿Formas simples de vida?

Si el registro de los fósiles no respalda el punto de vista tradicional de la evolución, ¿qué es lo que nos muestra?

Hemos visto cómo varios paleontólogos conocidos reconocen que el registro de los fósiles muestra una súbita aparición de diferentes formas de vida. Como dijo Stephen Jay Gould: “En cualquier sitio local, una especie no aparece gradualmente por la transformación continua de sus ancestros: aparece súbitamente y ‘completamente formada’” (Gould, op. cit., pp. 13-14).

Cuando quitamos los prejuicios inherentes a la evolución, el testimonio de los fósiles no nos muestra un ascenso gradual de formas de vida simples a formas de vida más complejas. Algunos de los fósiles más antiguos que se han encontrado son bacterias. Lo que es interesante acerca de las bacterias es que no son en ningún sentido un organismo simple.

En realidad, no existen formas de vida “simples”. La tecnología moderna ha demostrado que aun una sola célula es extraordinariamente compleja.

Michael Behe es profesor de bioquímica en la Universidad de Lehigh, en Pensilvania, EE.UU. Observando el cambio de la percepción de los científicos en cuanto a las formas de vida más elementales, dice: “Los humanos tendemos a tener una opinión muy elevada de nosotros mismos, y esa actitud puede afectar nuestra perspectiva del mundo biológico. En especial, nuestra actitud hacia lo que biológicamente es más elevado o más bajo, lo que es un organismo primitivo y lo que es un organismo adelantado, comienza con la suposición de que el pináculo de la naturaleza somos nosotros . . . Sin embargo, otros organismos, si pudieran hablar, podrían argüir fuertemente a favor de su propia superioridad. Entre éstos están las bacterias, que solemos considerar como las formas de vida más rudimentarias” ( Darwin’s Black Box [“La caja negra de Darwin”], 1996, pp. 69-70).

Cuando Darwin escribió El origen de las especies hace casi un siglo y medio, los científicos no sabían tanto acerca de la célula (y de los organismos unicelulares) como sabemos en la actualidad. Darwin pensó que los organismos unicelulares eran muy rudimentarios. De hecho, en esa época muchos seguían pensando que la vida podía surgir naturalmente de la materia no viviente; por ejemplo, que una carne en descomposición podía producir espontáneamente moscas.

Transcurrieron varios años antes de que el científico francés Louis Pasteur demostrara convincentemente, mediante una serie de experimentos meticulosos, la imposibilidad de que esto ocurriera. Y sin embargo, aun Pasteur tuvo que lidiar con los científicos de su época para convencerlos de que la vida sólo podía provenir de formas de vida preexistentes.

Así, la idea de Darwin —de que la forma de vida unicelular significaba algo simple— no fue puesta en tela de juicio en aquellos días. Pero descubrimientos posteriores han mostrado que aun los organismos unicelulares encontrados en las primeras etapas del registro de los fósiles son muchísimo más complejos de lo que Darwin y otros pudieron haberse imaginado.

Una explosión de formas de vida

Muchos paleontólogos consideran el período cámbrico, uno de los más antiguos según su punto de vista, como el primero en el que se pueden encontrar formas de vida extensamente preservadas. Como en los estratos del cámbrico sólo se encuentran remanentes de vida marina, los paleontólogos han interpretado estos depósitos como si dataran de una época anterior a la evolución de los animales terrestres.

La Enciclopedia Encarta dice con respecto a esa época: “Para comienzos del período paleozoico se había incrementado de una manera estable el contenido de oxígeno de la atmósfera y de los océanos . . . lo que hizo posible para el ambiente marítimo darles cabida a nuevas formas de vida que derivaran su energía de la respiración. Aunque la vida no había invadido aún la tierra seca o el aire, los océanos del período cámbrico estaban llenos de una inmensa variedad de invertebrados marinos, entre ellos esponjas, gusanos, briozoos (animales de aspecto de musgo), hidrozoos, braquiópodos, moluscos (entre los que se encuentran los gasterópodos y las especies ancestrales del argonauta), artrópodos primitivos tales como los trilobites, y unas pocas especies de equinodermos.

”La única vida vegetal de esa época era el alga marina. Como muchos de esos nuevos organismos eran relativamente grandes, invertebrados marinos complejos con caparazones duras y esqueletos de quitina o cal, tenían más oportunidad para su preservación como fósiles que aquellas criaturas con cuerpos blandos del período anterior, el precámbrico”.

Notemos que ahí dice que entre los fósiles del período cámbrico se encuentran invertebrados marinos complejos . Muchos no se dan cuenta de ello, pero incluso los paleontólogos reconocen que la vida no comienza con sólo unas pocas criaturas simples. En los niveles más bajos de los estratos geológicos el registro de los fósiles está compuesto por criaturas complejas tales como los trilobites.

La revista Time , en un artículo de fondo acerca de las criaturas fosilizadas que se encontraron en los estratos del cámbrico, dijo lo siguiente: “En un despliegue de creatividad como nunca antes ni después ha habido, la naturaleza parece que hubiera dibujado los planos de casi todo el reino animal. Algunos científicos describen esta explosión de diversidad biológica como el ‘big bang’ de la biología” (Madeleine Nash, “When Life Exploded” [“Cuando la vida estalló”], 4 de diciembre de 1995, p. 68).

Contrario a lo que suponían los primeros evolucionistas, la vida no comenzó con tan sólo unas pocas especies rudimentarias. Aun aquellos que sostienen la interpretación tradicional del registro de los fósiles reconocen que éste comienza con muchas formas de vida similares a las que encontramos en la actualidad. Al mismo tiempo, no pueden explicar tan gigantesca “explosión” de diferentes formas de vida en tan corto período geológico, algo que según la evolución tomaría mucho más tiempo.

Preguntas sin respuesta

Aquellos que respaldan la evolución han tenido que alejarse de los argumentos de Darwin y de otros. “Por décadas los teóricos evolucionistas, comenzando con Carlos Darwin, han tratado de argumentar que la aparición de animales multicelulares durante el cámbrico tan sólo parecía ocurrir súbitamente, pero que la realidad era que le había precedido un extenso período de evolución del cual no existía registro geológico. Pero esta explicación, aunque cubre un hueco en la teoría . . . ahora parece cada vez más insatisfactoria” ( ibídem ).

Nuevamente, los hechos irrefutables no concuerdan con las suposiciones y predicciones del pensamiento evolucionista. Aunque aceptáramos la interpretación evolucionista del testimonio de los fósiles, vemos que la vida comenzó en los estratos más bajos con criaturas complejas, con órganos también complejos y otras características, pero sin ancestros conocidos. La vida no comenzó como la evolución sostiene, partiendo de formas simples que gradualmente fueron cambiando hasta llegar a especies más complejas.

Aunque la revista Time está de acuerdo con la línea evolucionista, reconoce lo siguiente: “Por supuesto, aunque entendiéramos lo que hizo posible que ocurriera la explosión del cámbrico, esto no nos responde a la pregunta mayor de qué fue lo que hizo que ocurriera tan rápidamente. Los científicos, de una manera muy sutil, tratan de evitar esta pregunta tan espinosa, y sugieren posibilidades que están basadas más bien en la intuición que en hechos sólidos” ( ibídem ).

Es bien sabido que los evolucionistas critican a los cristianos porque éstos no tienen pruebas científicas de los milagros registrados en la Biblia. Sin embargo, aquí encontramos un acontecimiento geológico de suprema importancia, con implicaciones aún más grandes para la teoría de la evolución, que los científicos no pueden explicar. Por supuesto, tienen que dar por sentado que la vida pudo provenir de la no vida, lo cual está en contra de las leyes de la biogénesis. Por lo tanto, ¿no requieren también gran fe sus postulados fundamentales?

Una explicación razonable es que las formas de vida que se encuentran en los estratos cámbricos fueron creadas por Dios, quien no obra por azar, sino por diseño.

Los fósiles constituyen la única prueba objetiva que podemos examinar para saber si la evolución realmente ocurrió. Pero en lugar de respaldar el darvinismo, nos muestran organismos complejos en lo que los evolucionistas interpretan como los estratos más antiguos de fósiles, sin formas intermedias entre las especies, con poco o ningún cambio en las especies durante todo el período representado por los fósiles, y una aparición súbita de nuevas formas de vida en lugar del cambio gradual que esperaban Darwin y sus adeptos.

Si miramos los hechos de una forma objetiva, nos damos cuenta de que la historia de la creación tal como aparece en el primer capítulo del Génesis —que describe la súbita aparición de la vida— es una explicación válida y creíble.