Una especialidad en humildad

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Una especialidad en humildad

En una ocasión, cuando a un ministro le tocó presentar sus credenciales dijo, no sin cierto orgullo, “en el seminario al que asistí, me gradué con una especialidad en humildad”.

La humildad tiene dos parteras, el fracaso y la corrección. Es al fracasar acometiendo algo que excede nuestra capacidad o cuando se nos muestran nuestros errores, que la humildad puede nacer.

Si leemos los Evangelios, vemos que Jesucristo permitía el fracaso en sus discípulos y no tenía empacho en corregirlos. Cuando tenían éxito, vaciaba agua fría sobre su entusiasmo para que no se les “subieran los humos”. Así les ayudaba a tener una perspectiva madura sobre sí mismos, sobre su rol como ministros y, sobre todo, para inculcarles la humildad.

Tomemos, por ejemplo, el incidente en Mateo capítulo 14. A partir del versículo 22 leemos que Jesús les ordenó a sus discípulos entrar en la barca e ir delante de él a la otra ribera. Él se quedó despidiendo a la multitud y orando. La barca en la que iban sus discípulos fue azotada por las olas y por un viento que daba en la proa. A la cuarta vigilia de la noche, Jesús vino a ellos andando sobre el mar.

Los discípulos tuvieron temor. Pedro, reconociéndolo, le pidió que, si era él, le ordenara ir sobre las aguas a encontrarlo. Jesús le dijo “ven”.

“Pedro descendió de la barca y caminó sobre las aguas, y fue hacia Jesús. Pero al ver el viento fuerte tuvo miedo y comenzó a hundirse. Entonces gritó diciendo: ¡Señor, sálvame! De inmediato Jesús extendió la mano, lo sostuvo y le dijo: ¡Oh hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?” (Mateo 14:29 Mateo 14:29Y él dijo: Ven. Y descendiendo Pedro de la barca, andaba sobre las aguas para ir a Jesús.
La Santa Biblia Reina-Valera (1960)×
).

Jesús le permitió fracasar. Lo salvó. Lo retó por su falta de fe. Le dio a entender que debió de haber tenido más fe y no dudar.

Jesús aceptaba, quería y tenía toda la intención de que sus discípulos pasaran por estas experiencias. Ellos debían aprender qué era fracasar; tenían que conocer cómo se sentía; tenían que conocer qué significaba ser rescatado; tenían que experimentar ser pecadores y recibir el perdón, pues, de otra manera, ¿cómo tendrían compasión por otras personas?

En otros pasajes vemos que Jesús esperaba que tuvieran fe. En repetidas ocasiones no daban la talla y él los corregía. “Hombres de poca fe”, les dijo en varias ocasiones. Los reprendió cuando alejaban a los niños de él, cuando discutían sobre quién era el mayor entre ellos, y cuando volvieron a él gozosos de que los espíritus inmundos se les sujetaban, les dijo: “No se regocijen de esto, de que los espíritus se les sujeten, sino regocíjense de que sus nombres están inscritos en los cielos” (Lucas 10:20 Lucas 10:20 Pero no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos.
La Santa Biblia Reina-Valera (1960)×
).

Ni siquiera les permitía que se regocijaran indebidamente por el éxito, porque estos hombres se estaban ejercitando en la humildad y no había campo para que se exaltaran, para que se sintieran importantes o se creyeran mejor que otras personas; no había campo para el autoritarismo. Jesucristo no quería que se les subieran los humos a la cabeza.

Estas lecciones fueron dadas una y otra y otra vez, porque una persona que aspira al servicio de Dios debe de pasar por el aprendizaje del oficio de la humildad. No es una especialidad, no es un impresionante título universitario, se trata más bien del aprendizaje de un oficio, el oficio de la humildad.

Pedro y todos los discípulos pasaron por este aprendizaje. Pedro conoció el amargo sabor de la derrota después de haber negado a Jesucristo. La Biblia declara que salió y lloró “amargamente”. Un hombre o una mujer no puede tener éxito en el servicio de Dios sin conocer el amargo sabor del fracaso, y sin saber qué se siente aborrecerse a sí mismo, como le pasó a Pedro.

Una persona que ha pecado y ha sido perdonada, que ha fracasado y ha sido rescatado, se convierte en alguien más compasivo que un justo que no necesita de arrepentimiento.

Todo hombre o mujer que anhela ser un siervo de Jesucristo deberá someterse a un aprendizaje de la humildad. Es un entrenamiento que lleva tiempo. No es de tres años y medio, es de por vida.  Este entrenamiento continúa hasta el día en el que uno muere. La resurrección es la graduación. Si alguien se acercara en ese tiempo y preguntara sobre nuestra formación, podremos responder con toda confianza, “tengo una especialidad en la humildad”.