El alfarero

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El alfarero

Un día, junto a mi esposa, aprovechando un día feriado, fuimos de visita a un pequeño pueblo cerca de nuestra casa llamado Pomaire.

Pomaire se encuentra a 50 kilómetros de Santiago y tiene una población de 10,000 habitantes, en donde el 98% se dedica a la fabricación de vasijas de arcilla o greda como se le conoce mayormente en nuestro país.

Este lugar es muy pintoresco ya que tiene solo una calle central, en la cual de lado y lado se encuentran los talleres y locales en donde se venden sus productos. También ofrece una rica gastronomía, resaltando las destacadas y deliciosas empanadas cocinadas en hornos de barro.

En nuestro trayecto vimos miles de figuras y recuerdos para el hogar. Y nos detuvimos en un taller al «aire libre” que se encontraba en una pequeña calle. Aquí había un señor con una pequeña mesa, la cual estaba conectada a un motor que hacía dar vueltas la cubierta.

¡Oh sorpresa! Este señor era un alfarero callejero e invitaba a todos los niños a «fabricar» sus propios recuerdos.

Una niña que estaba junto a su familia se acercó al artesano y éste la invitó a formar parte de su próxima producción. Le puso un delantal muy sucio. Así la pequeña se convertía en toda una alfarera.

Luego de eso, este señor tomó un poco de barro y la puso en la mesa, la que comenzó a girar. Acto seguido fue mirar a la niña y preguntarle: «¿qué quieres que hagamos: ¿un gatito, una tortuga, un florero o una muñeca?».

La niña sin pensarlo dos veces contestó: “Un gatito”.

A medida que la cubierta de la mesa giraba y giraba, este señor le dijo a la niña, «moja tus manos y ponlas en la greda», y ella muy delicadamente lo hizo.

Así llegó la «magia»: El alfarero también mojó sus manos y las puso sobre las de la niña y comenzó a «aparecer» el gatito, con una aparente facilidad. A pesar de las manos tan pequeñitas de la niña bajo las del alfarero, este señor hizo un excelente trabajo.

Y no solo eso, después del gatito apareció una tortuga, luego una muñeca y luego el florero.

Vez tras vez, ponía un poco de arcilla sobre la cubierta y con sus manos y las de la niña hacían lo que ella iba pidiendo.

Cuando terminaron su trabajo le preguntó “¿cómo te llamas?” y ella respondió “Matilde”, entonces el alfarero tomó un pincel de madera y le escribió su nombre al gatito que habían creado juntos. 

Esto me recordó lo que Dios nos dice sobre su trabajo de alfarero con nuestras vidas. Nuestro Creador, son sus poderosas manos y dedos nos va dando poco a poco la forma que desea.

En ocasiones cuesta aceptar sus decisiones, su voluntad sobre nosotros. Y hasta renegamos por donde nos va llevando la forma de sus dedos sobre el barro. Sin embargo y repito, Dios nos da la forma que él quiere de acuerdo con lo que él piensa que es lo mejor para nosotros.

Sobre la mesa del alfarero, damos vueltas y vueltas, muchas veces sin saber qué será de nosotros. Pero al final de un tiempo nos damos cuenta de que todo lo que sufrimos y a pesar de las dificultades de la vida, brillamos un poco más, como la vasija en que Dios nos ha convertido.

Por eso, dejemos que Dios sea el que trabaje con nuestras vidas. Esperemos y tengamos paciencia porque muy pronto seremos, como dije, esos vasos de honra en la casa de nuestro Padre celestial.