Tres cosas que aprendí como refugiado

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Las noticias acerca de los actuales refugiados me han recordado cómo mis padres y yo llegamos a ser ciudadanos de los Estados Unidos. Les presento tres lecciones que aprendí durante este tiempo.

Los refugiados acaparan las noticias. Cientos de miles de personas desplazadas están escapando del Medio Oriente y buscando un nuevo hogar. Desde el punto de vista humanitario su situación es desgarradora, y sigue empeorando debido a los elementos terroristas que se mezclan con ellas y que podrían causar gran daño a los habitantes de los países que las acogen.

Espiritualmente, nosotros también hemos sido (o quizá seamos) refugiados. Vagamos por este caótico planeta intentando encontrar un “hogar” para entender quiénes somos y cuál es nuestro destino.

Mi vida comenzó como refugiado de la Segunda Guerra Mundial. Mis padres fueron obreros en un campo de trabajos forzados en Alemania durante esta conflagración mundial. Eran tiempos muy difíciles para ellos: la comida era estrictamente racionada y muchos niños sufrían de desnutrición, incluyéndome a mí. Mis padres esperaban ansiosamente que algún país los aceptara, pero uno tras otro, todos decían “no” así que debían seguir esperando. Mientras tanto, no éramos ciudadanos de ninguna nación. Estoy muy agradecido de que mi familia finalmente haya encontrado un hogar y tenido la bendición de vivir en los Estados Unidos. No obstante, me gustaría hablarles de tres cosas que aprendí como refugiado:

1.  Los refugiados deben tener un patrocinador.

Después de esperar muchos años, ¡finalmente recibimos una invitación de un patrocinador de los Estados Unidos! Un profesor de la Universidad de Minessota, de origen ucraniano, se ofreció a servir de aval de nuestra joven familia.

Mis padres siempre manifestaron su más profunda gratitud hacia el Dr. Granowsky, nuestro benefactor, y nos enseñaron a nosotros, sus hijos, a ser sumamente corteses hacia él cada vez que lo veíamos. Él fue nuestro “salvador”.

2.  Los refugiados deben someterse y adaptarse.

Cuando comencé el kínder, mis padres ya estaban esforzándose al máximo por obtener su ciudadanía estadounidense. Los requisitos para tal efecto incluían aprender inglés, entender las tres ramas del gobierno, saber quiénes eran sus congresistas y senadores, y muchas otras cosas.

Para poder convertirse en ciudadanos estadounidenses, debían comprender qué significaba ser ciudadano de los Estados Unidos, hablar el idioma de este país y someterse a su gobierno.

3.  Los refugiados deben adoptar otra identidad
y no mirar hacia atrás.

Finalmente, cuando cumplí siete años, me tocó el turno de ir al Palacio de Justicia y convertirme en ciudadano estadounidense. Antes de eso, yo no era nadie: no tenía ningún documento, excepto por un certificado de nacimiento. ¡Pero ahora era ciudadano de los Estados Unidos! Mi maestra me dijo que debía hacer las cosas como se hacían en este país, no como se hacían en el lugar de donde habíamos salido. Mi familia tenía que mirar hacia el futuro; no podía regresar a la sociedad que había dejado.

 

Todos somos refugiados buscando amparo
en el Reino de Dios

Dios nos ha proporcionado un patrocinador: Jesucristo. Él nos ha redimido del mundo, nos ha sacado de nuestra condición de refugiados y nos ha llevado a una tierra de seguridad y salvación eterna.

De acuerdo al proceso diseñado por Dios para obtener la entrada a su Reino, tenemos que adoptar su camino y sus leyes. Antes éramos ilegales o vivíamos bajo sistemas opresivos.

Finalmente, como refugiados espirituales, debemos adoptar una nueva identidad: representamos el Reino de Dios, y en nuestro proceso de arrepentimiento renunciamos a lo que éramos. La Biblia es la historia de Dios y su protección a los refugiados desvalidos. En este santuario él nos muestra un camino de vida y nos da una nueva identidad.

El apóstol Pedro expresa así lo que es convertirse en cristiano: “Ustedes antes ni siquiera eran pueblo, pero ahora son pueblo de Dios; antes no habían recibido misericordia, pero ahora ya la han recibido” (1 Pedro 2:10, Nueva Versión Internacional).

Y veamos esta importante escritura en el libro de Rut: “¡No insistas en que te abandone o en que me separe de ti! Porque iré adonde tú vayas, y viviré donde tú vivas. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios será mi Dios” (Rut 1:16, NVI). Rut emigró a Israel y adoptó una nueva identidad, dejando atrás sus raíces moabitas.

Las noticias acerca de los actuales refugiados me han recordado cómo mis padres y yo llegamos a ser ciudadanos de los Estados Unidos. Y aunque estoy muy agradecido de haber sido rescatado, estoy aún más agradecido de haber encontrado, como cristiano, una nueva tierra y poder disfrutar de todos sus beneficios.

Le invito a leer más sobre este y otros temas en esta nueva edición deLas Buenas Noticias, la cual cuenta con un nuevo estilo gráfico y nuevas secciones. ¡Esperamos que sea de gran provecho espiritual para usted!  BN

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