¿Qué debo hacer?

Poco después de la muerte de Cristo, el apóstol Pedro declaró que el Mesías había venido; pero que en lugar de ser aceptado, había sido rechazado y había sufrido una muerte por demás brutal.

La Iglesia de Dios —el cuerpo espiritual de creyentes que él llamó y escogió para que le fueran fieles— empezó cuando Dios dio el Espíritu Santo a los discípulos de Jesús en el Día de Pentecostés, una de sus fiestas anuales ordenadas en Levítico 23. En el segundo capítulo del libro de los Hechos se nos relata cómo vino el Espíritu de Dios sobre aquellos que le habían creído a Jesús, habían aceptado sus enseñanzas y lo habían seguido fielmente. Pero el milagro no terminó ahí, sino que miles de personas más que se encontraban reunidas ese mismo día quedaron estupefactas por lo que vieron y oyeron.

Ese día, en lo que se considera como su primer sermón, el apóstol Pedro declaró que el Mesías había venido; pero que en lugar de ser aceptado, había sido rechazado y había sufrido una muerte por demás brutal. Pedro explicó que cada ser humano, personal e individualmente, es culpable de la muerte de Jesucristo; la responsabilidad no se limita al grupo de judíos que lo arrestaron y lo llevaron para que fuera juzgado, ni a los soldados romanos que lo crucificaron.

Entre aquella multitud que lo escuchaba estaban forasteros provenientes de muchas partes de la región mediterránea y de otros lugares tan lejanos como Partia y Mesopotamia (Hechos 2:7-11). Es muy probable que muchos de ellos ni siquiera habían estado en Jerusalén durante la crucifixión de Jesús, unas siete semanas antes.

Dirigiéndose a esa heterogénea multitud, Pedro les dijo: “Varones israelitas, oíd estas palabras: Jesús nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con las maravillas, prodigios y señales que Dios hizo entre vosotros por medio de él, como vosotros mismos sabéis; a éste, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole; al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible que fuese retenido por ella” (vv. 22-24).

“¿Qué haremos?”

Algunos de los presentes entendieron el significado de esas palabras. Aunque ellos probablemente no habían tenido que ver directamente con la muerte de Jesús, las conmovedoras palabras de Pedro les hicieron comprender que la verdadera razón por la que había sido crucificado era ¡pagar por los pecados de ellos y de todos los seres humanos! Para ellos, el mensaje de Pedro era directo y personal.

Más adelante el apóstol continuó: “Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo. Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos?” (vv. 36-37).

No hay duda de que su sentimiento de culpabilidad los contristó. Al escuchar la reprensión de Pedro, ellos no pensaron acerca de las buenas obras que pudieran haber hecho en algún momento, sino en los pecados que habían cometido. Ciertamente, ¿qué debían hacer?

De inmediato Pedro les contestó: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (v. 38). Y eso fue exactamente lo que hicieron. Ese mismo día aproximadamente 3.000 personas que “recibieron su palabra” fueron bautizadas (v. 41).

Dios aún exige el arrepentimiento

Desde ese tiempo los fieles seguidores de Cristo han continuado predicando el mismo mensaje que anunció nuestro Maestro y Salvador: las buenas noticias del Reino de Dios y de la necesidad de que todos se arrepientan para poder recibir la salvación (Marcos 1:14-15; Hechos 17:30).

La gente reacciona de diferentes formas al oír ese mensaje. Algunos sencillamente no le hacen caso. Otros muestran sólo un interés pasajero. Pero algunos sí se dan cuenta de que es el mensaje más emocionante e importante que podrán escuchar en toda su vida; para ellos es como ¡una perla de gran precio! Ojalá que usted sea una de esas personas.

Como ya leímos, Satanás ha cegado espiritualmente al mundo entero (Apocalipsis 12:9; 1 Juan 5:19). Pero Dios está librando de esa ceguera a unos pocos. Si usted es una de esas personas a las que Dios está llamando para que entiendan su Palabra y vivan por ella, quizá, al igual que los que escucharon a Pedro en la Fiesta de Pentecostés, se esté haciendo la misma pregunta: ¿Qué debo hacer ahora?

Todos nos damos cuenta de que resulta mucho más fácil ver los errores y pecados de los demás que los nuestros. No obstante, la Palabra de Dios nos dice que todos han pecado (Romanos 3:23). Eso incluye a cada uno de nosotros. Todos somos culpables de tener pensamientos y acciones contrarios a la ley de amor de Dios. “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:8-9).

A nuestros primeros padres, lo mismo que a nosotros, les fue dado libre albedrío. Nuestro Creador no obligó a Adán ni a Eva a obedecerlo, aunque sí les aconsejó que lo hicieran. Pero ellos se dejaron influir por Satanás y decidieron seguir las sugerencias de éste y desobedecer las instrucciones que Dios les había dado.

Desde entonces Satanás ha ejercido un tremendo control —aunque no absoluto— sobre la humanidad (2 Corintios 4:4). Su gran influencia ha afectado los medios de comunicación y publicidad, la educación, la política y las normas de moralidad. Lamentablemente, todos somos producto de este mundo; nuestra mentalidad, pensamientos y motivos reflejan el influjo que Satanás ha estado ejerciendo en nuestra vida por tantos años (Efesios 2:2-3).

Aun así, junto con este conocimiento debemos tener siempre presente que, tal como Jesús nos lo recuerda en Mateo 11:25, Dios es “Señor del cielo y de la tierra”. Desde su trono él está dirigiendo constantemente el cumplimiento de su gran plan y propósito para la humanidad.

Un aspecto importante del plan de Dios es cuidar de aquellos a quienes ha llamado para que venzan el pecado. Satanás no puede hacer absolutamente nada sin que Dios se lo permita. Esto se ve claramente en el primer capítulo del libro de Job.

Uno de los apóstoles lo explica así: “Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros” (Santiago 4:7). Con la ayuda de Dios, cada uno de nosotros puede rechazar y vencer la influencia de Satanás.

Es necesaria una profunda introspección

Mientras esperamos el retorno de Jesucristo, tenemos que vivir en una sociedad que cada día está más llena de maldad, egoísmo y arrogancia. “También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita” (2 Timoteo 3:1-5).

Cómo podemos deshacernos de tales actitudes? Un aspecto fundamental del verdadero arrepentimiento es nuestro reconocimiento, con la ayuda de Dios, de cuánto nos han afectado estas actitudes. Como lo explicó el apóstol Pablo: “En ese tiempo también todos nosotros vivíamos como ellos, impulsados por nuestros deseos pecaminosos, siguiendo nuestra propia voluntad y nuestros propósitos. Como los demás, éramos por naturaleza objeto de la ira de Dios” (Efesios 2:3, Nueva Versión Internacional).

Necesitamos examinarnos en forma detenida y honrada, a fin de poder arrepentirnos verdaderamente. Sin esta introspección, nuestra reacción podrá ser como la de los fariseos que criticaban a Jesús por tratar de ayudar a los cobradores de impuestos y otros pecadores aceptando sus invitaciones a comer con ellos. A estos fariseos, que se creían muy justos, Jesús les respondió: “Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento” (Lucas 5:31-32).

Debido a su gran ceguera espiritual, los fariseos no podían verse como eran realmente. Se sentían tan satisfechos de sí mismos que se negaban a ver sus pecados. Nunca aceptaron, ni siquiera entendieron, la advertencia que Jesús les hizo acerca de su necesidad de arrepentirse.

En las Escrituras claramente se nos dice que todos pecamos. Por lo tanto, todos nos hemos hecho acreedores a la pena de muerte (Romanos 3:23; 6:23). Sin la ayuda de Dios para hacer posible que cambiemos, todos pereceríamos y no tendríamos la oportunidad de recibir la vida eterna.

Pero Dios quiere transformarnos, quiere ayudarnos para que nos arrepintamos y nos convirtamos a sus caminos. “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9).

Dios ha provisto una manera de suprimir la pena de muerte que pesa sobre nosotros, sin disculpar o disimular nuestra iniquidad: dio a su Hijo para que pagara esa pena por nosotros. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). Si voluntariamente renunciamos a nuestra manera errónea de vivir, Dios está más que dispuesto a aceptar que la sangre derramada de nuestro Salvador borre la pena de muerte que nosotros mismos nos hemos impuesto con nuestros pecados.

¿Qué significa arrepentirse?

En cierta ocasión se le acercaron a Jesús algunos que quizá consideraban a otros más pecadores que ellos mismos. Él les advirtió: “. . . Si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” (Lucas 13:1-5; ver Hechos 5:31-32).

Hoy en día, rara vez se llega a oír la palabra arrepentimiento, y muy pocos entienden lo que significa realmente. Tanto en el idioma griego como en el hebreo las palabras traducidas por arrepentirse y arrepentimiento se refieren a un cambio de actitud, un cambio manifiesto en nuestra forma de pensar, una transformación cuyo propósito principal es modificar nuestro comportamiento.

El consejo del apóstol Pedro registrado en Hechos 3:19 sigue válido para nosotros hoy en día: “Arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados”. El vocablo arrepentíos quiere decir “dar vuelta” o “volverse”. Dar vuelta o volverse ¿de qué? En Romanos 6:23 se nos dice que la paga del pecado es muerte. Cuando nos arrepentimos, pues, nos volvemos de los pecados que hemos cometido y nos sometemos incondicionalmente a Dios.

Aunque Cristo vino para quitar nuestros pecados, nosotros tenemos que hacer nuestra parte. Él no vino para salvarnos en nuestros pecados, mientras continuamos en el pecado.

Cuando un juez perdona a alguien que cometió un crimen, espera que esa persona deje de cometer crímenes. No lo perdona para que continúe infringiendo la ley. Así también nosotros debemos abandonar nuestros caminos pecaminosos. Otro de los apóstoles nos dice que “todo aquel que tiene esta esperanza en él [Jesucristo], se purifica a sí mismo, así como él [Jesucristo] es puro” (1 Juan 3:3).

El arrepentimiento encierra tanto el creer como el hacer

En el capítulo 16 del libro de los Hechos se nos habla de la ocasión en que Pablo y Silas fueron encarcelados en Filipos, y cómo a medianoche hubo un fuerte terremoto que hizo que todas las puertas se abrieran y las cadenas de todos los presos se soltaran. El carcelero, que poco después se dio cuenta de que había sido un milagro de Dios, les preguntó a Pablo y a Silas qué debía hacer para ser salvo. Ellos le contestaron: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa” (v. 31).

Pero ¿qué es lo que significa creer o tener fe en Jesucristo? No se trata de creer simplemente que es nuestro Salvador, sino también creerle a él, acogerse a su mensaje, sus promesas, sus instrucciones. En cierta ocasión Jesús preguntó: “¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?” (Lucas 6:46).

Cuando nos arrepentimos, dejamos de hacer lo malo y empezamos a vivir en armonía con los caminos y las leyes de Dios; esto es, nos sometemos a su voluntad. ¡Dejamos de pecar intencional y conscientemente!

El arrepentimiento debe estar acompañado de un sentimiento de dolor y vergüenza sinceros; pero el arrepentimiento de corazón es mucho más que una simple emoción. Es un verdadero cambio de vida.

Cuando Dios nos llama, quita de nosotros la ceguera espiritual y nos permite entender su Palabra como nunca antes (Juan 6:65; Mateo 13:11). Nos permite ver lo contrarios que son nuestros caminos a los de él. Llegamos entonces a una gran encrucijada en nuestra vida, de manera que nos enfrentamos a decisiones muy importantes. El arrepentimiento es un paso vital y decisivo.

El verdadero arrepentimiento es una dádiva de Dios, ya que él es quien nos guía hacia tal decisión (Hechos 11:18; Romanos 2:4). A partir del momento en que abre nuestro entendimiento, él obra con nosotros a medida que vamos respondiendo positivamente a las cosas que nos va revelando en su Palabra (Juan 6:44; 2 Timoteo 2:25).

Ahora que entendemos que debemos cambiar, analicemos cuidadosamente la explicación bíblica de lo que es el pecado, a fin de entender mejor qué es lo que necesitamos cambiar.

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Muy por el contrario de lo que muchos piensan, la conversión, no se trata de un evento que sucede en un instante. Las Escrituras revelan que es un proceso el cual comienza con el llamado de Dios, sigue con los pasos del arrepentimiento, bautismo y la recepción del Espíritu Santo, y finalmente, culmina con el regreso de Jesucristo, cuando los muertos en Cristo serán resucitados a la inmortalidad y se les dará la vida eterna. ¡Esa es la transformación final, ser cambiados de seres mortales a inmortales!

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