¿Por qué debemos bautizarnos?

El bautismo simboliza varias verdades espiritualmente profundas. Representa la muerte, sepultura y resurrección, tanto de Jesús como de nosotros.

El verdadero arrepentimiento nos lleva a rendirnos incondicionalmente a la voluntad de Dios. Cuando uno llega a ese punto, el siguiente paso es seguir la exhortación del apóstol Pedro: “. . . bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados . . .” (Hechos 2:38).

Una de las costumbres más antiguas del cristianismo es el bautismo en agua. Aunque algunos lo consideran ineficaz y anticuado, la realidad es que encierra un simbolismo muy profundo.

Para poder entender el significado del bautismo, analicemos brevemente sus antecedentes históricos. “En algún momento cerca del tiempo de Jesús, el judaísmo empezó a dar mucha importancia a los lavamientos rituales para la purificación. Esto se basaba en el hecho de que los sacerdotes tenían que bañarse antes de ofrecer sacrificios (Levítico 16:4, 24). Probablemente poco antes del tiempo de Jesús, o en su tiempo, los judíos empezaron a bautizar a los gentiles conversos, aunque la circuncisión continuaba siendo el rito principal para ingresar en el judaísmo” (The Holman Bible Dictionary [“Diccionario bíblico de Holman”], 1991).

Debido a este antecedente, nadie consideraba extraño que Jesús o sus apóstoles hicieran hincapié en la necesidad de bautizarse. Pero además del simbolismo relativo al lavamiento de impurezas, el bautismo tenía un significado mucho más importante para Jesús y los apóstoles.

Sólo el comienzo

El bautismo simboliza varias verdades espiritualmente profundas. Representa la muerte, sepultura y resurrección, tanto de Jesús como de nosotros.

El bautismo es una prueba de que reconocemos la necesidad de la sangre derramada de Jesucristo por nuestros pecados y simboliza la sepultura de nuestra vida anterior en esa tumba acuática. Y así como Jesús fue resucitado como un ser espiritual, nuestra salida de esa tumba de agua simboliza nuestra nueva vida espiritual. Nuestro entendimiento acerca de lo que son el arrepentimiento y la conversión verdaderos hace del bautismo algo superior a un rito simbólico; viene a ser un acto que cambia profundamente nuestra vida.

Es importante darnos cuenta de que el bautismo no es el final del proceso de conversión, sino ¡apenas el principio! En Romanos 6, el apóstol Pablo nos exhorta a que “andemos en vida nueva” (v. 4) y a que nos consideremos “muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro” (v. 11). El bautismo es una muestra exterior de un cambio interior del corazón y de la mente.

Luego, en Colosenses 3:9-10 el apóstol nos aconseja: “Dejen de mentirse unos a otros, ahora que se han quitado el ropaje de la vieja naturaleza con sus vicios, y se han puesto el de la nueva naturaleza, que se va renovando en conocimiento a imagen de su Creador” (Nueva Versión Internacional).

En la Epístola a los Hebreos se nos asegura que el sacrificio de Cristo, el cual viene a aplicarse a nuestra vida mediante el bautismo (Romanos 6:1-6), “purificará nuestra conciencia de las obras que conducen a la muerte, a fin de que sirvamos al Dios viviente” (Hebreos 9:14, NVI). Esto quiere decir que, por medio del arrepentimiento y el bautismo, recibimos el perdón de nuestros pecados pasados y ya no debemos sentirnos culpables por ellos.

¿Cuán grande es el perdón de Dios? El rey David escribió: “Tan grande es su amor por los que le temen como alto es el cielo sobre la tierra. Tan lejos de nosotros echó nuestras transgresiones como lejos del oriente está el occidente” (Salmos 103:11-12, NVI).

Inspirado por Dios, uno de los antiguos profetas escribió: “Vengan, pongamos las cosas en claro —dice el Señor—. ¿Son sus pecados como escarlata? ¡Quedarán blancos como la nieve! ¿Son rojos como la púrpura? ¡Quedarán como la lana!” (Isaías 1:18, NVI). Por medio del sacrificio de Jesucristo, las aguas del bautismo lavan nuestros pecados (Hechos 22:16). A partir de ese momento podemos vivir con la conciencia tranquila.

¿Por qué necesitamos el sacrificio de Cristo?

En la Biblia se nos dice que “la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23). Sólo por medio del sacrificio de Jesucristo podemos recibir esa dádiva de la vida. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

En Isaías 59:2 se nos declara que nuestros pecados nos han separado de Dios. Pero la muerte de Jesucristo nos ofrece la oportunidad de reconciliarnos con él.

En dos de sus epístolas, el apóstol Pablo nos explica lo siguiente: “Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira. Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida” (Romanos 5:8-10).

“Porque a Dios le agradó habitar en él con toda su plenitud y, por medio de él, reconciliar consigo todas las cosas, tanto las que están en la tierra como las que están en el cielo, haciendo la paz mediante la sangre que derramó en la cruz. En otro tiempo ustedes, por su actitud y sus malas acciones, estaban alejados de Dios y eran sus enemigos. Pero ahora Dios, a fin de presentarlos santos, intachables e irreprochables delante de él, los ha reconciliado en el cuerpo mortal de Cristo mediante su muerte” (Colosenses 1:19-22, NVI).

Muchos siglos antes del nacimiento de Jesús, fue profetizado que él moriría por nuestros pecados. Con respecto a su sufrimiento y sacrificio, uno de los antiguos profetas escribió: “Despreciado y rechazado por los hombres, varón de dolores, hecho para el sufrimiento. Todos evitaban mirarlo; fue despreciado, y no lo estimamos. Ciertamente él cargó con nuestras enfermedades y soportó nuestros dolores, pero nosotros lo consideramos herido, golpeado por Dios, y humillado. Él fue traspasado por nuestras rebeliones, y molido por nuestras iniquidades; sobre él recayó el castigo, precio de nuestra paz, y gracias a sus heridas fuimos sanados. Todos andábamos perdidos, como ovejas; cada uno seguía su propio camino, pero el SEÑOR hizo recaer sobre él la iniquidad de todos nosotros” (Isaías 53:3-6, NVI).

En Romanos 6:3-4 Pablo explica la relación que existe entre la muerte de Jesucristo y nuestro bautismo: “¿Acaso no saben ustedes que todos los que fuimos bautizados para unirnos a Cristo Jesús, en realidad fuimos bautizados para participar en su muerte? Por tanto, mediante el bautismo fuimos sepultados con él en su muerte, a fin de que, así como Cristo resucitó por el poder del Padre, también nosotros llevemos una vida nueva”. En el versículo 6 dice: “Sabemos que nuestra vieja naturaleza fue crucificada con él para que nuestro cuerpo pecaminoso perdiera su poder, de modo que ya no siguiéramos siendo esclavos del pecado” (NVI).

Comprados por un precio

Antes de ser bautizados, en la Biblia se nos considera como esclavos de nuestra naturaleza pecaminosa. Pero cuando somos bautizados y nuestros pecados son perdonados, Dios nos considera como siervos de justicia. Somos redimidos, liberados de la esclavitud del pecado para venir a ser siervos de la verdadera justicia (Romanos 6:16-19).

Lo que sucede cuando nos bautizamos es, de hecho, un traspaso de propiedad, gracias al cual nuestra vida ahora pertenece a Dios. De ese momento en adelante nos comprometemos a decirle, con nuestras acciones, lo mismo que le dijo Jesús: “No se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42).

El apóstol Pablo nos hace notar que este traspaso de derecho tuvo un costo: “[Vosotros] habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1 Corintios 6:20). Otro de los apóstoles nos aclara cuál fue el precio: “Fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Pedro 1:18-19).

Jesús ordenó el bautismo

Para Jesús, la ceremonia del bautismo —la cual, conforme a la mayoría de los ejemplos bíblicos es seguida por la imposición de manos— era tan importante que ordenó a sus discípulos a que fueran por todo el mundo y bautizaran a las personas que creyeran el evangelio. “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo . . .” (Marcos 16:15-16).

En Hechos 2:38 vemos que el apóstol Pedro hizo hincapié en que, después de arrepentirnos, necesitamos ser bautizados a fin de que podamos recibir la dádiva del Espíritu Santo.

El bautismo implica un compromiso serio y profundo que transforma nuestra vida. Por lo tanto, es sólo para quienes tienen la madurez suficiente para entender la gran importancia de su decisión.

Salvo en los casos excepcionales de algunas personas en sus últimos años de adolescencia, los jóvenes y niños aún no son capaces de comprender debidamente el compromiso de por vida que representa tal decisión. En todos los casos bíblicos de bautismo podemos ver que las personas bautizadas contaban con la edad y la madurez suficientes como para comprender lo que es el arrepentimiento, el bautismo y la seriedad de tal decisión. (Al respecto, no deje de leer el recuadro “¿Cuánto nos costará seguir a Jesucristo?”, pp. 36-37.) En la Biblia no encontramos un solo caso en que un bebé o un niño de cualquier edad haya sido bautizado.

Simbólicamente, el bautismo en agua nos lava de nuestros pecados pasados (Hechos 22:26), y Jesucristo no nos abandona para que nos enfrentemos solos al futuro. Nos ofrece la maravillosa dádiva del Espíritu Santo a fin de que tengamos la fortaleza que necesitamos para llevar una vida de obediencia y fe.

Cómo otorga Dios su Espíritu

Cuando nos arrepentimos y somos bautizados, recibimos dos dones. Uno de ellos es el perdón de nuestros pecados; todos nuestros errores pasados son borrados y somos perdonados totalmente. El otro es la dádiva del Espíritu Santo, el cual Dios le da a la persona cuando, después de ser bautizada, le son impuestas las manos por uno o más de sus fieles siervos (Hechos 8:14-17).

En las Escrituras se habla de la imposición de manos como uno de los aspectos fundamentales de la doctrina de Jesucristo (Hebreos 6:1-2). Esta ceremonia, lo mismo que el bautismo, representa un paso importante en la conversión de la persona. ¿Por qué? Porque en la mayoría de los ejemplos del Nuevo Testamento se nos muestra que es por medio de la imposición de manos de los siervos de Cristo, que Dios da su Espíritu a los nuevos conversos.

Al igual que el bautismo, la imposición de manos tiene su origen en el Antiguo Testamento. En aquellos tiempos esta costumbre, frecuentemente acompañada de la unción con aceite, se usaba para consagrar a los hombres que habían de servir a Dios como reyes o sacerdotes. También se usaba algunas veces para consagrar sacrificios u otras cosas para uso santo. Igualmente, la imposición de manos después del bautismo significa que la persona recién bautizada ha sido consagrada a Dios a partir de ese momento.

Desde la época de los apóstoles, la imposición de manos después del bautismo determina el momento en que se recibe el Espíritu Santo y la persona es consagrada como un hijo o hija de Dios. Sólo por medio de la dádiva de ese Espíritu podemos desarrollar una verdadera actitud de obediencia y fe. La imposición de manos para recibir el Espíritu de Dios se menciona en Hechos 8:17 y 19:6, y en 2 Timoteo 1:6.

Cuando recibimos el Espíritu de Dios empezamos una nueva vida de crecimiento espiritual en la que reemplazamos nuestra naturaleza pecaminosa con la naturaleza divina de Dios (2 Pedro 1:4). El bautismo significa que somos apartados como hijos de Dios. El resultado es la guía y dirección que recibimos cuando el Espíritu de Dios mora en nosotros y nos guía hacia el Reino de Dios.

¿Cree usted que Dios lo está guiando para que lo conozca mejor y comprenda más claramente su Palabra y su voluntad? Si la respuesta es positiva, entonces debe pensar seriamente en proceder conforme a ese entendimiento que le está dando.

Uno debe ser bautizado por un verdadero siervo de Jesucristo, uno que tema a Dios y obedezca sus leyes. El apóstol Pablo escribió: “¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quién les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!” (Romanos 10:14-15).

La Iglesia de Dios Unida cuenta con ministros en muchas partes del mundo, quienes han sido preparados para poder aconsejar y bautizar a quienes sinceramente se han arrepentido ante Dios. Si usted considera que Dios lo está llamando y desea consultar con uno de nuestros ministros, por favor háganoslo saber y con mucho gusto lo pondremos en contacto con nuestro representante más cercano al lugar donde usted reside.

Después del bautismo, Dios empieza a cambiar nuestra vida por medio del poder de su Espíritu. Analicemos ahora lo que ese Espíritu hace en la vida de un verdadero seguidor de Jesucristo.

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Muy por el contrario de lo que muchos piensan, la conversión, no se trata de un evento que sucede en un instante. Las Escrituras revelan que es un proceso el cual comienza con el llamado de Dios, sigue con los pasos del arrepentimiento, bautismo y la recepción del Espíritu Santo, y finalmente, culmina con el regreso de Jesucristo, cuando los muertos en Cristo serán resucitados a la inmortalidad y se les dará la vida eterna. ¡Esa es la transformación final, ser cambiados de seres mortales a inmortales!

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