El misterio de la muerte

¿Podemos saber qué es exactamente la muerte? ¿Somos almas inmortales? ¿Seguimos estando conscientes después de morir? ¿Vamos a algún lugar para recibir nuestra recompensa o nuestro castigo? ¿Qué sucederá realmente cuando muramos?


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Por sí solo, el tema de la muerte nos infunde temor. Lo que es más, ésta a menudo es precedida por el sufrimiento, que puede ser el resultado del envejecimiento, la enfermedad o el trauma. Con frecuencia la muerte nos toma por sorpresa y nos deja anonadados. Los familiares y amigos sienten el dolor de la pérdida de un ser querido. La Biblia se refiere a la muerte como “el postrer enemigo que será destruido” (1 Corintios 15:26), y en Hebreos 2:15 se nos habla acerca del “temor de la muerte” que experimentan los seres humanos. La muerte continúa siendo uno de los grandes misterios de la vida.

Las religiones ofrecen toda clase de respuestas, algunas sensatas, otras no; y cuando las explicaciones se contradicen entre sí, aumentan la confusión y la incertidumbre acerca de lo que sucede después de la muerte. Muchos enseñan que tenemos un alma inmortal que, después de la muerte del cuerpo, continúa consciente en un estado de felicidad o de tormento. Otros esperan la reencarnación para volver a vivir como otra persona o un animal.

¿Podemos saber qué es exactamente la muerte? ¿Somos almas inmortales? ¿Seguimos estando conscientes después de morir? ¿Vamos a algún lugar para recibir nuestra recompensa o nuestro castigo? ¿Qué sucederá realmente cuando muramos?

Para responder satisfactoriamente a estos interrogantes, es necesario que examinemos la historia bíblica de los primeros seres humanos. Dios instruyó personalmente a Adán y a Eva, pero ellos le desobedecieron. Cediendo a la influencia engañadora de Satanás, nuestros primeros padres decidieron hacer su propia voluntad en lugar de obedecer las instrucciones que Dios les había dado. Debido a esto, Dios les dijo que sus vidas serían muy difíciles, y que tal como ya les había advertido, morirían. Dios le dijo a Adán: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás” (Génesis 3:19).

Puesto que nuestra vida es física y transitoria, nos envejecemos y finalmente morimos. Al igual que Adán y Eva, todos volveremos a la tierra. Salomón lo expresó sabiamente cuando dijo: “[Hay] tiempo de nacer, y tiempo de morir” (Eclesiastés 3:2). La naturaleza nos enseña claramente que, tarde o temprano, cesan los procesos vitales y los restos físicos se descomponen.

Después de analizar el ciclo de la vida, Salomón concluyó que Dios “ha puesto eternidad en el corazón” del hombre (vers. 11). Sabiendo que la muerte es inevitable, buscamos un significado más profundo de la vida.

¿Qué es el alma?

Gran parte de la confusión que existe con respecto a la muerte tiene su origen en los conceptos erróneos acerca de la palabra alma. ¿Qué es el alma? ¿Existe realmente? Si existe, ¿es algo independiente del cuerpo? ¿Sigue viviendo después de la muerte?

Un buen punto de partida para nuestro estudio de este tema es la palabra hebrea nefesh, la cual se traduce frecuentemente en la versión Reina-Valera, revisión de 1960, como “ser viviente”, “alma” o “animal”. La palabra nefesh significa sencillamente “un ser que respira”, y a veces tiene un significado adicional que es el aliento de vida de una persona.

Como ya mencionamos, nefesh se refiere tanto a los seres humanos como a los animales. Veamos por ejemplo el relato acerca de la vida marina: “Y creó Dios los grandes monstruos marinos, y todo ser viviente [nefesh] que se mueve, que las aguas produjeron según su género, y toda ave alada según su especie. Y vio Dios que era bueno” (Génesis 1:21).

Estudiemos ahora cómo se aplica la palabra nefesh cuando en las Escrituras se usa para referirse a los seres humanos. En 1 Corintios 15:45 leemos lo siguiente: “Así también está escrito: Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente . . .”. Esta es una cita de Génesis 2:7, el primer pasaje en el que aparece nefesh para referirse al hombre: “Entonces el Eterno Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente [nefesh]”.

Es importante notar que ninguno de estos versículos dice que Adán tiene un “alma”. Antes bien, desde el momento en que Dios sopló en su nariz “aliento de vida”, Adán se convirtió en un “ser” o “alma” viviente. Cuando al final de sus días este aliento de vida se acabó, Adán murió y volvió al polvo de la tierra. Su vida y conciencia cesaron completamente en el momento de su muerte.

Con base en estos hechos, podemos ver que el “alma” (nefesh) no es inmortal, porque muere. Esto es muy claro en la Biblia. El profeta Ezequiel escribió: “He aquí que todas las almas son mías; como el alma del padre, así el alma del hijo es mía; el alma que pecare, esa morirá” (Ezequiel 18:4; ver también el vers. 20). La palabra traducida aquí como “alma” es nefesh. Lo que este versículo dice muy claramente es que el alma está sujeta a la muerte; por lo tanto, no puede ser inmortal.

¿Qué sucede después de la muerte?

Acerca de la muerte se han tejido toda clase de conjeturas y especulaciones. Muchas personas disfrutan las películas de terror en las que aparecen fantasmas y seres espeluznantes de ultratumba. El tema principal de algunos programas de televisión y de varias películas son las apariciones de ángeles enviados a la tierra con el propósito de cumplir ciertas misiones especiales o de rescatar a las personas que se encuentran en situaciones difíciles. Los niños ven en los dibujos animados que los animales van al cielo y también contemplan las travesuras de simpáticos fantasmas.

Por supuesto, muchos grupos religiosos enseñan que la persona recibe su premio o su castigo inmediatamente después de la muerte; pero lo que ocurre en realidad es completamente diferente. No existen los espíritus de los muertos que vaguen errantes por casas encantadas, asustando a las personas ni amenazándolas ni tampoco ayudándolas.

La Biblia en ninguna parte dice que los muertos vayan a vivir para siempre en un “cielo” o en un “infierno”. Según Salomón, cuando los hombres y los animales mueren, comparten un destino común, “porque lo que sucede a los hijos de los hombres, y lo que sucede a las bestias, un mismo suceso es: como mueren los unos, así mueren los otros . . . Todo va a un mismo lugar; todo es hecho del polvo, y todo volverá al mismo polvo” (Eclesiastés 3:19-20). 

Daniel se refirió a la condición de los muertos en una de sus profecías: “Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua” (Daniel 12:2). Según estas palabras, los muertos se comparan con los que duermen. La Biblia hace una analogía entre la muerte y el sueño; según ella, los muertos están dormidos en sus tumbas y sumidos en una inconsciencia total. ¿Cómo podrían entonces estar mirándonos desde arriba en el cielo o desde abajo en el infierno?

Salomón dijo que “los que viven saben que han de morir; pero los muertos nada saben . . .” (Eclesiastés 9:5). La persona que ha muerto está completamente inconsciente y no se da cuenta de nada de lo que ocurre.

La vida es transitoria

El patriarca Job sabía del carácter transitorio de la vida. El hombre “sale como una flor y es cortado, y huye como la sombra y no permanece” (Job 14:2). Refiriéndose a las limitaciones físicas del ser humano, dice: “Ciertamente sus días están determinados, y el número de sus meses está cerca de ti; le pusiste límites, de los cuales no pasará” (vers. 5).

Job define muy bien la cruda realidad de la muerte: “Así el hombre yace y no vuelve a levantarse; hasta que no haya cielo, no despertarán, ni se levantarán de su sueño” (vers. 12). Job entendió muy claramente que la muerte era la ausencia total de la vida y de la conciencia.

Recordemos que en Génesis 2:17 Dios advirtió a Adán y a Eva que si lo desobedecían y tomaban del árbol de la ciencia del bien y del mal, esto los conduciría a la muerte. En Génesis 3:4 vemos que la serpiente (Satanás) le aseguró a Eva que si ella tomaba del fruto de ese árbol no moriría. En términos sencillos, Dios dijo que el hombre era mortal y por eso moriría. Satanás contradijo a Dios y afirmó que el hombre no moriría.

¿No es sorprendente que, al aceptar la doctrina de la inmortalidad del alma, el hombre esté dispuesto a creer lo que Satanás enseña en lugar de creerle a Dios? En realidad no debiera sorprendernos, ya que según Apocalipsis 12:9 Satanás “engaña al mundo entero”, y ciertamente ha logrado engañar al mundo entero con respecto a lo que ocurre después de la muerte.

La parte de la Biblia que fue escrita en hebreo, llamada comúnmente el Antiguo Testamento, nos enseña que en el momento de la muerte el alma deja de existir. No se queda viviendo en ninguna otra condición; no transmigra ni reencarna. Simplemente muere.

¿Qué nos enseña el Nuevo Testamento?

El apóstol Santiago también entendió el carácter transitorio de la vida y la comparó con la neblina: “. . . no sabéis lo que será mañana. Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece” (Santiago 4:14). En otra epístola que también hace referencia a este tema, encontramos que “está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (Hebreos 9:27).

La palabra griega que se usa en el Nuevo Testamento para designar la vida o la vitalidad de la existencia física es psyjé, cuyo significado es parecido al de la voz hebrea nefesh. Acerca de psyjé podemos leer que “originalmente quería decir aliento, el aliento de la vida. Por consiguiente, el significado original de psyjé es impersonal: el aliento que le da vida al hombre” (The New International Dictionary of New Testament Theology [“Nuevo diccionario internacional de la teología del Nuevo Testamento”], vol. 3, p. 676). En 1 Corintios 15:45, donde el apóstol Pablo hace referencia a Génesis 2:7, leemos: “Fue hecho el primer hombre Adán alma [psyjé] viviente; el postrer Adán [Jesucristo], espíritu vivificante”. En este versículo el apóstol no sólo emplea psyjé como equivalente directo de nefesh, sino que también hace un contraste entre lo físico y lo espiritual (vers. 42-54).

Ambas palabras —nefesh en hebreo y psyjé en griego— transmiten el concepto de que el hombre es un ser viviente que puede morir. Al respecto, Cristo enseñó: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida [psyjé], la perderá; y todo el que pierda su vida [psyjé] por causa de mí, la hallará. Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma [psyjé]? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma [psyjé]?” (Mateo 16:25-26).

La palabra psyjé aparece cuatro veces en este pasaje y es traducida indistintamente “vida” y “alma”. Lo que Cristo estaba diciendo sencillamente era que seguirlo a él y seguir su mensaje era más importante que la vida misma. ¿Qué tendría de bueno el hecho de que uno ganara todo en el mundo y después perdiera su vida? Jesús sabía que el hombre es mortal, con una existencia temporal que puede perder o sacrificar por algo de menor valor.

Lo que enseñó el apóstol Pedro

¿Qué enseñaron los primeros discípulos de Cristo acerca de la muerte? En el libro de los Hechos podemos encontrar el primer sermón que dio el apóstol Pedro, en el que habló acerca del rey David y cómo aguardaba, en un estado de total inconsciencia, el momento de la resurrección.

“Varones hermanos, se os puede decir libremente del patriarca David, que murió y fue sepultado, y su sepulcro está con nosotros hasta el día de hoy. Pero siendo profeta, y sabiendo que con juramento Dios le había jurado que de su descendencia, en cuanto a la carne, levantaría al Cristo para que se sentase en su trono, viéndolo antes, habló de la resurrección de Cristo, que su alma [psyjé] no fue dejada en el Hades [el sepulcro], ni su carne vio corrupción. A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís. Porque David no subió a los cielos . . .” (Hechos 2:29-34).

Si alguien distinto del Padre y de Jesucristo pudiera estar en los cielos, éste seguramente sería el rey David, un hombre conforme al corazón de Dios (Hechos 13:22; 1 Samuel 13:14). Pero según lo que nos dice Pedro, David está muerto y enterrado, de manera que su esperanza, al igual que la nuestra, reside en que volvamos a vivir por la muerte de Jesucristo y la resurrección que él ha hecho posible.

Las enseñanzas de Pablo

También el apóstol Pablo habló acerca de la muerte. En su primera carta a los corintios comparó la condición de los muertos con los que duermen: “Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen” (1 Corintios 11:30). En la congregación de Corinto había muchos débiles y enfermos, e incluso muchos habían fallecido. Para describir la muerte, Pablo, al igual que el profeta Daniel, la comparó con el sueño, lo cual se asemeja a un estado de total inconsciencia.

Pero esto no es todo. Más adelante, en la misma epístola, el apóstol escribió: “He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados” (1 Corintios 15:51). ¿En qué momento ocurrirá esta transformación? No en el momento de la muerte, sino “a la final trompeta” (vers. 52).

Pablo no solamente comparó la muerte con el estado de inconsciencia del que duerme, sino que afirmó claramente que todos somos mortales, perecederos, y que para recibir la vida eterna primero tenemos que ser transformados en inmortales e indestructibles: “Es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria” (vers. 53-54).

A la congregación en la ciudad de Tesalónica también le escribió un mensaje parecido: “Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él” (1 Tesalonicenses 4:13-14). Nuevamente, la muerte se describe como un estado de inconsciencia, semejante al sueño.

¿Es el espíritu del hombre un alma inmortal?

De acuerdo con lo que estudiamos anteriormente, la mente humana tiene un aspecto espiritual que es lo que le confiere su capacidad intelectual (ver 1 Corintios 2:11). Debido a esto, el hombre es diferente de los animales en lo que atañe al propósito de su vida y a su modo de vivir.

Según lo que hemos visto, la Biblia nos enseña que el hombre es enteramente mortal: cuando muere, su vida cesa por completo. Entonces ¿qué ocurre con la esencia espiritual que nos distingue de los animales? ¿Continúa viviendo como un alma inmortal, separada e independiente del cuerpo físico? No, la Biblia dice simplemente que el espíritu del hombre regresa a Dios, quien es su Creador. Salomón escribió: “Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que vengan los días malos . . . y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio” (Eclesiastés 12:1, 7).

El espíritu que regresa a Dios no es la fuente de la vida humana, ni tampoco es su conciencia. Tanto la vida como la conciencia perecen cuando la persona muere. Dios no nos aclara por qué el espíritu del hombre regresa a él. Tal vez esta sea la forma en que Dios preserva las características y el carácter de cada persona hasta el momento de su resurrección.

Resumen

En este capítulo hemos examinado el misterio de la muerte. Las buenas noticias son que la muerte no tiene por qué ser un misterio. Según los pasajes bíblicos que hemos leído, el hombre es un ser mortal que no posee un alma inmortal. La vida es temporal y se acaba en el momento de la muerte. Los muertos no continúan viviendo en ninguna otra forma; una persona muerta no reencarna ni transmigra en otro ser diferente.

A partir de Adán y Eva, todos los seres humanos, incluso Jesucristo, han tenido que sufrir la muerte física. Pero la muerte no es el final de todo. El apóstol Pablo escribió en 1 Corintios 15:22: “Así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados”. A pesar de que la vida es temporal, Dios no nos ha dejado sin esperanza ni propósito en nuestra existencia.

En el próximo capítulo estudiaremos el paso siguiente: el momento en que seremos resucitados y vueltos a la vida.

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Este es uno de los grandes misterios de la vida: ¿Qué sucede después de la muerte? ¿Será la muerte el final absoluto de nuestra existencia, o seguiremos conscientes en otro lugar u otra condición? ¿Reencarnaremos como otra persona o como algún animal? ¿Volveremos a ver a los seres queridos que tanto extrañamos?

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