La humanidad

Creemos que la humanidad fue creada a imagen de Dios con el potencial de convertirse en hijos de Dios, partícipes de la naturaleza divina. Dios formó a la humanidad de carne, que es sustancia material. Los seres humanos viven por el aliento de vida, son mortales, sujetos a corrupción y descomposición, carentes de vida eterna salvo como don de Dios dentro de los términos y condiciones de Dios tal como se expresan en la Biblia. Creemos que Dios puso a Adán y Eva la opción de la vida eterna por obediencia a Dios, o muerte por el pecado la muerte. Ahora la muerte reina sobre toda la humanidad porque todos han pecado (Génesis 1:26; 2 Pedro 1:4; Hebreos 9:27; 1 Corintios 15:22; Romanos 5:12; 6:23).

El primer capítulo de la Santa Biblia nos revela que Dios creó al hombre y a la mujer a su propia imagen (Génesis 1:26-27). La humanidad ha sido creada con un potencial verdaderamente asombroso, ya que el futuro de los seres humanos es el de llegar a ser hijos en la familia de Dios (1 Juan 3:1-2; 2 Pedro 1:4; 2 Corintios 6:18).

El carácter del omnipotente Dios es perfecto. Él es intrínsecamente bueno y no puede pecar. Aunque Dios es todopoderoso, no crea un carácter perfecto en los seres humanos por simple mandato divino. El desarrollo del carácter requiere de la decisión consciente de un ser libre, que elija conducir su vida de acuerdo con el conocimiento de lo que es moralmente bueno y lo que es moralmente malo. También exige que escoja el bien y que rechace el mal.

Cuando Adán y Eva, nuestros primeros padres, fueron creados, recibieron una existencia física de duración limitada. “Entonces El Eterno Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente” (Génesis 2:7). La palabra hebrea nefesh, traducida como “ser viviente” en Génesis 2:7, es usada en cuatro ocasiones en el primer capítulo del Génesis en relación con animales (Génesis 1:20, 21, 24, 30); y es traducida como “persona” en la frase “persona muerta” de Números 6:6. Más tarde, Dios le dijo al primer hombre: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás” (Génesis 3:19).

El libro bíblico de la sabiduría que se conoce como Eclesiastés nos exhorta: “Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas; porque en el Seol, adonde vas, no hay obra, ni trabajo, ni ciencia, ni sabiduría” (Eclesiastés 9:10). Los seres humanos son mortales, sujetos a la corrupción y descomposición. Los seres humanos no poseen inmortalidad en forma de “alma”. Carecen de vida eterna. Una de las oraciones que encontramos en la Biblia dice así: “¿Qué provecho hay en mi muerte cuando descienda a la sepultura? ¿Te alabará el polvo? ¿Anunciará tu verdad?” (Salmos 30:9).

Dios desea dar a cada ser humano el don de la vida eterna y hacerlo miembro de su familia. La vida eterna no es algo que uno pueda ganarse. Sin embargo, Dios no dará la vida eterna a nadie que no se someta a él y a su ley (1 Corintios 6:9-10). En la Biblia, la vida eterna dentro de la familia de Dios es llamada salvación. Según lo que Dios nos revela por medio de las Escrituras divinamente inspiradas, la salvación no es algo que van a alcanzar automáticamente todos los seres humanos. Él la otorgará sólo a quienes hayan demostrado que están dispuestos a obedecerle (Apocalipsis 21:7-8).

Dios no tiene ninguna obligación de preservarnos como sus hijos por la eternidad, disfrutando de la vida en el mundo espiritual, pero sabemos que Dios es amor (1 Juan 4:8). Así, sin ningún asomo de egoísmo y en un acto lleno de amor hacia nosotros, él ha formulado un plan mediante el cual los seres humanos pueden recibir la salvación, la máxima bendición posible que un Creador amoroso puede darnos (Lucas 12:32).

Cuando Dios creó a los primeros seres humanos, Adán y Eva, les dio acceso al árbol de la vida, símbolo de la vida eterna (Génesis 2:9; 3:22). Les advirtió que no comieran del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, que simbolizaba la decisión del ser humano de determinar por sí mismo, sin tener en cuenta a Dios, qué era bueno y qué era malo. Les enseñó que no debían desobedecer sus instrucciones reveladas, y que si lo hacían cometerían pecado (Génesis 2:9, 16-17). El pecado conduce a la muerte (v. 17; Ezequiel 18:4, 20; Romanos 6:23). Todo pecado que comete una persona es un acto que deteriora su carácter. El pecado daña a la persona y a la sociedad en general.

Adán y Eva tenían libre albedrío, pero bajo la influencia de Satanás desobedecieron el mandato específico que Dios les había dado (Génesis 3:1-6). Los primeros seres humanos comenzaron a vivir de una manera contraria a la voluntad de su bondadoso Creador; se acarrearon la pena de muerte, acerca de la cual Dios les había advertido anteriormente. Ningún ser humano ha vivido una vida sin pecado, excepto Jesucristo, el Hijo de Dios (Eclesiastés 7:20; Hebreos 4:15). A pesar del pecado de los seres humanos, el plan maestro de Dios no ha sido frustrado. En su supremo conocimiento y sabiduría, Dios ha provisto los medios necesarios para que los seres humanos puedan reconciliarse con él (Juan 3:16-17). Los seres humanos todavía pueden desarrollar el carácter santo que se requiere para poder recibir el maravilloso don de la vida eterna como hijos de Dios (1 Corintios 15:22; Gálatas 2:20). Sin el rescate proveniente de Dios, la muerte se enseñorea de toda la humanidad, porque todos han pecado (Romanos 3:23).

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