El sacrificio de Jesucristo

Creemos que Dios amó tanto a este mundo de débiles pecadores que dio a su Hijo unigénito, quien fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero volvió sin pecado en carne humana. Ese Hijo, Jesucristo, murió como sacrificio por los pecados de la humanidad. Su vida, por tratarse del Creador de toda la humanidad, tiene más valor que la suma de toda la vida humana. Por tanto, su muerte es suficiente para pagar la pena de los pecados de todo ser humano. Al pagar esta pena, hizo posible, conforme al plan de Dios, que se perdonaran los pecados de cada persona y de la humanidad en general, y que éstas fueran libradas de la pena de muerte (Hebreos 4:15; 9:15; 10:12; Juan 1:18; 3:16; Colosenses 1:16-17, 22; 1 Juan 2:2; 4:10; Efesios 1:11; Apocalipsis 13:8).

Jesucristo es el punto central del cristianismo. El perdón de los pecados y el don de la vida eterna son posibles únicamente por medio de su sacrificio. Somos reconciliados por su muerte, pero salvos por su vida (Romanos 5:10). Las Escrituras describen a Jesucristo mediante varios títulos, a saber: el Verbo (Juan 1:1), nuestro Salvador (1 Juan 4:14), nuestro sumo sacerdote (Hebreos 9:11), nuestro Señor (Apocalipsis 22:21), el Hijo de Dios (Apocalipsis 2:18; 1 Juan 5:5), nuestra pascua (1 Corintios 5:7), el Hijo del Hombre (Apocalipsis 14:14) y Rey de reyes y Señor de señores (Apocalipsis 19:16).

Cristo es nuestro Salvador y el sacrificio por nuestros pecados. Aunque era divino, se convirtió en ser humano a fin de morir por los pecados de la humanidad (Filipenses 2:5-7). Fue hecho un poco menor que los ángeles para sufrir la muerte (Hebreos 2:9). Como el Hijo del Hombre, pudo experimentar las pruebas de la vida humana (Hebreos 4:15) para poder entendernos mejor como nuestro misericordioso sumo sacerdote (Hebreos 2:17). Cristo fue nuestro Salvador y dio su vida para que nosotros pudiéramos vivir. Sufrió una muerte horrenda como nuestra Pascua, a fin de que pudiéramos entender la magnitud del pecado y la suprema importancia de su sacrificio, que él hizo por cada ser humano.

Jesús vivió una vida perfecta y por lo tanto no merecía la pena capital. Sin embargo, su muerte estaba predestinada desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8). Aunque Jesucristo fue acusado en varias ocasiones de quebrantar la ley de Dios, nunca violó ningún mandamiento y fue el sacrificio perfecto. Aceptamos su sacrificio como algo imprescindible para nuestra salvación. A medida que nuestra vida se va asemejando más a la de Jesucristo, nosotros “tomamos nuestra cruz” y lo seguimos a él (Lucas 14:27), lo que significa que estamos dispuestos a sufrir y a ser perseguidos por seguir su ejemplo (1 Pedro 2:19-23). Estamos profundamente agradecidos con Dios el Padre, porque dio a su Hijo como el sacrificio perfecto por toda la humanidad (Juan 3:16).

Todos los pecados les son perdonados a quienes se arrepienten verdaderamente y aceptan el sacrificio de Cristo. Para el perdón de los pecados se requiere el supremo sacrificio: la muerte de Jesucristo. Su crucifixión, ocurrida hace más de 1.900 años, era absolutamente esencial en el plan divino de salvación y redención.

Al entender esta doctrina fundamental podemos estar seguros de que nuestros pecados han sido perdonados. Podemos proseguir nuestra vida cristiana con la confianza de que por medio del sacrificio de Jesucristo podemos ser reconciliados con el Padre. Como resultado de esta reconciliación, podemos desarrollar una relación con nuestro Padre que nos infunde confianza y esperanza en nuestro futuro. Podemos esperar la vida eterna en el Reino de Dios, que nos será dada por su gracia como resultado del sacrificio que Jesucristo realizó voluntariamente por cada uno de nosotros.

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