Dios el Padre, Jesucristo y el Espíritu Santo

Creemos en un Dios, el Padre, quien existe eternamente, quien es un Espíritu, un Ser personal de suprema inteligencia, conocimiento, amor, justicia, poder y autoridad. Él, por medio de Jesucristo, es el Creador de los cielos y la tierra y de todo lo que hay en ellos. Él es la fuente de vida y aquel para quien existe la vida humana. Creemos en un Señor, Jesucristo de Nazaret, quien es el Verbo y ha existido eternamente. Creemos que él es el Mesías, el Cristo, el Hijo divino del Dios viviente, concebido del Espíritu Santo, como el Espíritu de Dios y de Cristo Jesús. El Espíritu Santo es el poder de Dios y el Espíritu de vida eterna (2 Timoteo 1:7; Efesios 4:6; 1 Corintios 8:6; Juan 1:1-4; Colosenses 1:16).

Creemos que Dios es el Soberano del universo, que existe por sobre todas las cosas. Dios es Espíritu (Juan 4:24) y vive en una dimensión diferente de la de los seres humanos, que son de carne y hueso. Por lo tanto, nuestro entendimiento y percepción de Dios están basados en la revelación que Dios nos ha hecho por medio de su Palabra escrita, la Biblia.

La Biblia nos revela que Dios es el “Padre” y Jesucristo es su “Hijo”. Esta diferencia está implícita desde el comienzo de la revelación de Dios (Génesis 1:1), con el uso de la palabra hebrea Elohim (que es la forma plural de la voz hebrea Eloah, que significa “Dios”). Como podemos ver en Génesis 1:26, el uso del pronombre nuestra en relación con la palabra Elohim nos indica que siempre ha existido comunicación entre estos dos seres.

El Antiguo Testamento enfoca en el Dios de Israel, quien se identifica a sí mismo como “Yo soy” y “Jehová, el Dios... de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob” (Éxodo 3:14-15; el nombre Jehová se deriva del vocablo hebreo YHVH). En Juan 8:58 Jesucristo se identifica a sí mismo como “yo soy”. El Dios que más tarde se conoció en el Nuevo Testamento como Jesucristo es el mismo Dios que liberó a los israelitas de la esclavitud en Egipto y los acompañó en su peregrinación por el desierto (1 Corintios 10:4). Tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo encontramos referencias a una Divinidad compuesta por más de un ser (por ejemplo, Salmos 110:1, que se cita en Hechos 2:29-36). El Nuevo Testamento nos dice que estos seres son Dios el Padre y Jesucristo el Hijo (1 Corintios 8:6). El Hijo también es llamado Dios (Hebreos 1:8-9).

Jesucristo es llamado el “Verbo”, quien “era en el principio con Dios” y de quien se afirma que también “era Dios” (Juan 1:1-2). Él creó todas las cosas (vv.3, 10) y más tarde se hizo hombre y habitó entre los seres humanos (Juan 1:14). También es llamado “el primogénito entre muchos hermanos” (Romanos 8:29). Los seres humanos tienen el increíble potencial y la gran oportunidad de llegar a formar parte de la familia de Dios (Romanos 8:14, 19; Juan 1:12; 1 Juan 3:1-2).

La relación entre el Verbo y el Padre está más claramente definida en el Nuevo Testamento, cuando “el Verbo fue hecho carne” (Juan 1:14; Filipenses 2:5-11), reveló al Padre a sus discípulos (Mateo 11:25-27), fue sacrificado para el perdón de nuestros pecados y ha sido exaltado nuevamente por el Padre (Juan 17:5).

El Nuevo Testamento destaca la unidad que existe entre el “Padre” y el “Hijo”; no obstante, en numerosos pasajes distingue claramente entre los dos (por ejemplo, en Juan 20:17; Romanos 15:6). En Hebreos podemos ver que Dios hizo el universo por medio de Jesucristo (Hebreos 1:1-3). La relación que existe entre el Padre y el Hijo demuestra claramente el camino y el sistema de vida de Dios. El Padre siempre ha amado al Hijo, y el Hijo siempre ha amado al Padre (Juan 17:4, 20-26). La armonía entre el Padre y el Hijo es una perfecta unidad de mente y propósito. Esta misma armonía es la que Jesucristo le pidió a su Padre que creara entre sus discípulos, él mismo y el Padre (vv.20-23).

Cuando en la Biblia aparece la palabra Dios, puede referirse al Padre (por ejemplo, Hechos 13:33 y Gálatas 4:6), a Jesucristo el Hijo (Isaías 9:6; Juan 1:1, 14) o a ambos (Romanos 8:9), según el contexto de los versículos. El poder y la mente que provienen de Dios son llamados el Espíritu de Dios o el Espíritu Santo (Isaías 11:2; Lucas 1:35; Hechos 1:8; 10:38; 2 Corintios 1:22; 2 Timoteo 1:7). El Espíritu Santo de Dios no es identificado como la tercera persona de una trinidad, sino que aparece frecuentemente descrito como el poder de Dios. El Espíritu Santo le es dado al hombre después del arrepentimiento y el bautismo (Hechos 2:38) como las arras de la vida eterna (2 Corintios 1:22; Efesios 1:13-14).

Dios desea que lo conozcamos para que aprendamos a confiar en él y a amarlo. Podemos aprender mucho acerca de él por medio de los nombres que ha revelado a los seres humanos con los cuales ha trabajado a lo largo de las edades. Estos nombres nos revelan que Dios tiene suprema inteligencia, poder, gloria y sabiduría; que en él se resume toda la justicia, perfección y verdad; que posee los cielos y la tierra; y que es inmortal y digno de todo honor y gloria. Dios es nuestro proveedor, sanador, escudo, defensa, consejero, maestro, legislador, juez, fortaleza y salvación. Él es fiel, misericordioso, generoso, paciente, tierno, justo y compasivo. Dios escucha nuestras oraciones, hace un pacto con nosotros, es nuestro refugio en tiempos de dificultad, nos da conocimiento y quiere darnos la inmortalidad para que podamos compartir la vida eterna con él.

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