El milagro más grandioso de Dios

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Su Biblia y toda la naturaleza son pruebas fehacientes de los muchos milagros que Dios ha llevado a cabo. Pero uno de ellos es sin duda el más grandioso. ¿Tendrá algo que ver con usted?


Fuente: @Caleb Frith/Unsplash

¿Es posible retroceder brevemente la rotación natural de la Tierra y luego volverla a su movimiento normal manteniendo su superficie intacta? La comunidad científica actual jamás creería que algo así pueda ser posible. ¡Sin embargo, su Biblia registra que este increíble milagro sí ocurrió!

El rey Ezequías de Judá (ca. 715-686 a. C.) estaba en su lecho de muerte, y le rogó a Dios que lo sanara. Dios escuchó su oración contrita y le prometió sanarlo y extender su vida por 15 años. El rey pidió una señal de confirmación, e increíblemente Dios le ofreció dos opciones: “¿Quieres que la sombra en el reloj del sol se adelante diez grados o prefieres que retroceda?” (2 Reyes 20:9, Traducción en Lenguaje Actual).

El rey era sabio, y le respondió: “Que la sombra se adelante es fácil. Lo difícil es que retroceda. Prefiero que retroceda diez grados” (v. 10, TLA). Entonces Dios hizo que la sombra del reloj solar retrocediera diez grados, ¡un milagro simplemente extraordinario! (vv. 8-11, TLA).

¿Es este uno de los milagros más grandiosos de Dios? Hay que tomar en cuenta que el Sol mismo y su fenomenal relación con la Tierra son en sí un verdadero milagro.

El milagroso Sol

El Sol, una estrella flameante, está ubicado estratégicamente en relación a nuestro planeta, a unos 150 millones de kilómetros de distancia. Si estuviese más cerca, la Tierra sería demasiado calurosa para sostener la vida. Si estuviese más lejos, sería demasiado fría. La posición perfecta del Sol provee la única atmósfera habitable que se conoce en el universo.

Los rayos del Sol también proveen alimento a todos los organismos de la Tierra. Las plantas producen alimento mediante el proceso de la fotosíntesis. Esas plantas son consumidas por animales y esos animales a su turno son consumidos por otros animales, creando el maravilloso milagro de la cadena alimenticia y dando vida a todos los organismos de la Tierra.

La ubicación precisa del Sol, junto con el movimiento preciso de la Tierra alrededor de él mientras rota sobre su propio eje, permiten el cambio de temperaturas y patrones climáticos que hacen que la vida sea posible. ¡Este es verdaderamente un maravilloso milagro de Dios!

No obstante, el poder regenerativo y autorregulador del Sol no es el milagro más grandioso de Dios. Ni tampoco lo fue el retroceder la rotación de la Tierra en tiempos de Ezequías. Entonces ¿cuál es ese milagro?

El milagro más grandioso de Dios

Dadas las increíbles cualidades del Sol, que promueven la vida y son tan similares a la obra que Dios hace en nuestras vidas a través de Jesucristo, no debiera sorprendernos que Cristo sea representado en las Escrituras como “el Sol de justicia” (Malaquías 4:2) que brilla sobre nosotros y sus seguidores, produciendo cambios increíbles. Esta metáfora señala el milagro más grandioso de Dios: la forma en que él transforma la mente y el corazón humano para que se asemejen a la mente de Jesucristo por medio de nuestro compromiso voluntario y fiel con Dios (Efesios 2:10; Gálatas 2:20).

Este gran milagro no se mide por medios científicos como se hace con el Sol, sino según la fe demostrada por las obras (Santiago 2:17-18, 24). La Biblia muestra el extraordinario resultado final de la transformación de la humanidad — convertirnos en hijos glorificados de Dios (Hebreos 2:10-11; 2 Corintios 6:18).

¡Dios claramente requiere que participemos de todo corazón en su milagro más grandioso! Nuestra redención no es una actividad que solo le compete a Dios. ¡Usted y yo tenemos participación directa en nuestra milagrosa transformación!

Para que este gran milagro se lleve a cabo, los seres humanos deben llegar a pensar como Dios piensa (Juan 17:21; Romanos 12:2). El apóstol Pablo señaló que él y otros tenían la mente de Cristo (1 Corintios 2:16), ¡y debemos darnos cuenta de que nosotros también podemos tener la misma mente!

Su Biblia está llena de ejemplos de hombres y mujeres que llegaron a pensar como Dios: Abel, Enoc, Noé, Abraham, Sara, Isaac, Israel, José, Moisés, Rahab, Gedeón, Barak, Sansón, Jefté, David, Samuel y los otros profetas de Dios (vea Hebreos 11). Todos eran de carne y hueso, como usted y yo. Cada uno fue transformado para seguir los caminos de Dios a través de la fe (Hebreos 11:1-2). El corazón de cada uno de ellos fue cambiado: su corazón duro se volvió receptivo (2 Corintios 3:3). ¡La transformación de la mente del hombre en la mente de Dios representa el milagro más grandioso de todos!

¿Cómo se lleva a cabo este milagro?

¿Cómo ocurre este milagro? Dios nos da a los seres humanos la opción de escoger entre el bien y el mal. Él nos insta a escoger el bien (Deuteronomio 30:19); sin embargo, la humanidad no puede obedecer naturalmente las leyes de Dios que nos dan verdadera libertad (Romanos 8:7) debido a nuestra naturaleza egoísta y egocéntrica (Jeremías 17:9).

En vista de ello, Dios ayuda a sus discípulos a escoger su manera de pensar (Proverbios 1:1-7) mediante el poder sobrenatural del Espíritu Santo de Dios (1 Corintios 2:10-14). Jesucristo nos transformó, por medio de ese Espíritu Santo, para seguir el camino de Dios que lleva a la vida eterna (1 Corintios 11:31-32).

Anteriormente mencioné que Dios exige nuestra cooperación. Aquellos que cooperan voluntariamente con él a través de la oración y buscando humildemente su camino, podrán ayudar a otros que están pasando por las mismas dificultades. Este es el plan de Dios para nosotros; así es como él nos rehace según su imagen espiritual.

Cuando Dios dijo “Hagamos al hombre a nuestra imagen” (Génesis 1:26), ¿se estaba refiriendo exclusivamente a su imagen anatómica, o incluía además su imagen espiritual? Como la carne no puede heredar el Reino de Dios (1 Corintios 15:50), significa entonces que se refería a la imagen espiritual de Dios: “Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial” (v. 49).

Por medio de Jesucristo, Dios nos rehace según su imagen espiritual a través de estos pasos: somos llamados por él, elegidos por él y, finalmente, se nos ayuda a permanecer fieles a él.

Llamados por Dios

Jesús claramente identificó a sus futuros santos que serán resucitados (sus verdaderos seguidores de esta era) mediante tres pasos transformadores: “. . . los que están con él son llamados y elegidos y fieles” (Apocalipsis 17:14, énfasis añadido en todo este artículo).

Primero, Dios nos llama o nos trae. Jesús dijo: “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere” (Juan 6:44, vea también el versículo 65).

Dios llamó a Moisés a través del milagro de la zarza ardiente (Éxodo 3:2-10). Los apóstoles fueron llamados por medio de las enseñanzas y el ejemplo de Jesucristo (Hechos 1:3).

El llamamiento de Dios es santo y único (2 Timoteo 1:9). No podemos, por cuenta propia, llegar a conocer a Dios (Mateo 13:11). Solo podemos conocerlo cuando él nos llama para comprender su verdad, la cual nos libera de los caminos de este mundo (Juan 8:32).

Veamos cómo funciona esto usando como ejemplo el mandamiento del sábado que nos da Dios. La Biblia es muy clara en cuanto al sábado santo instituido divinamente por Dios (Éxodo 20:8-11). Lo que no es siempre claro es lo que el sábado significa para los cristianos y qué debemos hacer respecto a él. Jesús mismo observó el día sábado e incluso se llamó a sí mismo “Señor del sábado” (Mateo 12:8, Nueva Versión Internacional). Los apóstoles reconocieron que debían seguir su ejemplo, por lo cual la Iglesia primitiva continuó observando el día sábado de acuerdo con las Escrituras (Éxodo 20:8-11; Hechos 13:14, 42, 44).

Con razón Dios le ordenó a la humanidad observar el sábado — para que lo reconozcamos como una maravillosa oportunidad para conectarnos con él y su Palabra, tal como la Iglesia primitiva lo hizo. En cierto modo el sábado es un “llamado” semanal, mediante el cual los hijos de Dios son llamados a dejar su labor diaria y las distracciones para reunirse y enfocarse en él y el plan que tiene para ellos.

Cuando Dios lo llama y usted se compromete a entregarle su vida, tiene la oportunidad de ser elegido por él siempre que mantenga su compromiso de obedecer fielmente sus leyes.

Elegidos por Dios

Aquellos que responden al llamado de Dios, comienzan a arrepentirse de quebrantar sus leyes (1 Juan 3:4). Simultáneamente, ejercitan su fe hacia Dios obedeciendo su mandamiento de ser bautizados y recibir la imposición de manos por parte de uno de sus ministros.

Cuando las personas se arrepienten, aceptan a Jesucristo como su Salvador y deciden obedecerle, Dios responde otorgándoles el don de su Espíritu Santo (Hechos 2:38; 19:5-6). Es en este momento cuando los llamados de Dios se convierten en sus elegidos: “. . . porque muchos son llamados, mas pocos escogidos” (Mateo 20:16). Los santos de Dios son sellados con su Espíritu (Efesios 1:13-14).

Veamos cómo son identificados los elegidos de Dios. A medida que los seres humanos son llamados, comienzan a aprender más acerca de Dios, de su plan para ellos y de lo que él espera de su parte. Si la persona comienza a guardar los mandamientos de Dios –a hacer su voluntad–, como el mandamiento del sábado que analizamos anteriormente, ella será guiada al bautismo y recibirá la dádiva del Espíritu Santo (Hechos 2:38). El discípulo de Cristo se convierte en su amigo, escogido para representarlo en esta Tierra, “porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer” (Juan 15:15).

Finalmente, el santo escogido debe perseverar fielmente hasta el fin.

Fieles a Dios

Dios espera que sus santos permanezcan fieles hasta el final de sus días: “Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo” (Mateo 24:13; vea también 10:22).

La gente que es fiel a Dios experimenta pruebas a diario. Podemos cansarnos de continuar en el camino de Dios mientras vivimos en una sociedad perversa y peligrosa (2 Timoteo 3:1-7) y, si no somos cuidadosos y vigilantes, podemos desviarnos del camino de Dios (1 Corintios 10:12). Debemos también evitar el orgullo y en vez cultivar la humildad que proviene de Dios, venciendo la maldad con el bien (Romanos 12:21).

Jesús les hace esta pregunta a los fieles: “Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?” (Lucas 18:8). Algunos no serán fieles (Mateo 24:10); otros sí (Apocalipsis 3:10).

Los santos que sean resucitados y que sigan a Cristo cuando descienda del monte de los Olivos (Zacarías 14:3-4) serán aquellos que fueron llamados en esta vida, luego escogidos, y se mantuvieron fieles a él (Apocalipsis 17:14).

¿Es usted el milagro más grandioso de Dios?

El increíble plan de Dios es rehacer a los seres humanos según su imagen espiritual (1 Juan 3:1-3), ¡para convertirnos en sus propios hijos! (Hebreos 2:10). Luego podremos servir a miles de millones más de seres humanos en el reino venidero de Cristo (1 Corintios 6:2).

“Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra, y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié” (Isaías 55:10-11). Dios salvará a todos aquellos que están dispuestos a someter sus vidas a él para ser salvos (1 Timoteo 2:4).

¿Contestará usted el llamado de Dios hoy? Si lo hace, puede convertirse en “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios, para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pedro 2:9, NVI).

La gloriosa luz de Dios es Jesucristo, la luz del mundo (Juan 8:12; 9:5) y el Sol de justicia que brilla sobre nosotros y nos trae un cambio necesario. Él nos ayuda a cambiar nuestra mente humana para que se asemeje más a la suya (1 Corintios 2:13-16) y para que podamos ser la luz del mundo (Mateo 5:14).

Usted está siendo llamado ahora para ayudar a otros a convertirse en partícipes del milagro más grandioso de Dios, el de transformar las mentes y los corazones humanos para que lleguen a ser cómo los de él. Al final, “los sabios resplandecerán con el brillo de la bóveda celeste; los que instruyen a las multitudes en el camino de la justicia brillarán como las estrellas por toda la eternidad” (Daniel 12:3, NVI).

¡Deseamos que usted se convierta en uno de los milagros más grandiosos de Dios, comenzando hoy mismo!    BN

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