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Carta del Presidente: 17 Julio 2020

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Carta del Presidente

17 Julio 2020

Mientras es de día

Estos últimos meses han sido un gran desafío para todos, ya sea desde el punto de vista financiero, emocional, familiar, social o espiritual. Diariamente, a menudo varias veces al día, agradezco y alabo a Dios por sostener y proteger a cada uno de nosotros en nuestra comunidad.

Ahora que estamos por comenzar la segunda mitad del año 2020, ¿qué podemos esperar? Pensar en este año tumultuoso me trae recuerdos de cuando era estudiante del Colegio Ambassador en el campus de Bricket Wood, en Inglaterra, a finales de los años sesenta. Allí, prácticamente todos los días escuchábamos a los líderes de la Iglesia que en aquel entonces eran  considerados pilares espirituales. ¡Estaban llenos de entusiasmo! No se andaban con rodeos respecto a los peligros de una sociedad retrógrada, la secularización y los países que abandonan sus raíces espirituales y su lealtad a los principios bíblicos.

Desde entonces, la mayoría de esos líderes ha muerto. Mucho ha sucedido desde aquel tiempo en la comunidad de la Iglesia de Dios, tanto bueno como malo. En el plano personal, hace poco cumplí medio siglo de servicio como ministro de Jesucristo, lo que sigue siendo un privilegio y una oportunidad para aprender humildad, pero que en mis días de juventud jamás pensé que lograría.

Pensando en todo esto, recuerdo que muchos de esos líderes estaban preocupados y perturbados por los sucesos de la época en ese entonces. Me atrevería a decir que si hoy volvieran a vivir, se sentirían CHOQUEADOS y HORRORIZADOS.

¿Qué tan bajo han caído los Estados Unidos y el resto del mundo desde aquellos días? Considere esta notable declaración, escrita con autoridad por un juez de la Corte Suprema de los Estados Unidos hace tan solo unas décadas: “Nosotros [en los Estados Unidos] somos un pueblo religioso cuyas instituciones presuponen un Ser Supremo” (énfasis nuestro en toda esta carta).

¿Presuponen los estadounidenses un Ser Supremo hoy en día? Si le preguntáramos a alguien en la calle, ¿cómo respondería?  Cuando el juez William O. Douglas (quien, irónicamente, era un académico político y liberal) escribió esta declaración en 1952 como parte de una decisión legal que ratificaba la libertad religiosa, más del 90 % de los estadounidenses creía en Dios. Hoy en día, según el Centro de Investigaciones Pew, esa cifra ha caído al 60 %, y un grupo creciente de personas no están seguras de si creen en Dios o no creen en absoluto.

Y las cifras son mucho peores en Europa y Australia. Según el Centro Pew, los porcentajes de creyentes también oscilan ampliamente en el continente europeo. El porcentaje más alto (46 %) de personas que creen en Dios según se le describe en la Biblia se encuentra en Italia, y el más bajo en Suecia, donde solo el 14 % cree en el Dios bíblico.

¿Cuál ha sido el resultado de esta tendencia a no creer en Dios? He tenido el privilegio de vivir y servir en muchas partes del mundo. He pasado mucho tiempo en países bendecidos por la abundancia, en países empobrecidos y prisioneros de la tiranía, en países que se enfrentan al hambre, en países a los cuales se les prometió la libertad pero que han sido esclavizados por el totalitarismo. Mi esposa Beverly ha estado conmigo durante gran parte de ese tiempo, y junto a otros nos hemos esforzado por mitigar de alguna manera los males económicos y sociales donde hemos podido, y donde todavía podemos. Esto es algo verdaderamente aleccionador y le enseña a uno a tener profunda empatía.

¿Qué he aprendido de ello? Por favor, consideren esto cuidadosamente: cuando la transformadora creencia en Dios se derrumba, es reemplazada por un comportamiento malvado y pecaminoso.  Como escribí hace poco sobre una reciente decisión del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, los humanos han tratado de superponer “definiciones” profanas de género creadas por los hombres basándose en previas decisiones “legales” sobre la autorización y reconocimiento de los matrimonios entre personas del mismo sexo, ¡blasfemando así una institución sagrada que fue la primera relación formal definida e instituida por Dios mismo!

Permítanme ser claro: Dios no tolerará esto. ¡Y nosotros en la Iglesia de Dios debemos entender a cabalidad lo que esto significa! Personalmente, creo que Dios detuvo abruptamente este mundo hace unos meses con un propósito específico. Estoy convencido de que él creó una oportunidad global, una oportunidad que no perdonó a nadie, para ver de primera mano cuán cerca está la humanidad del abismo.

Creo que Dios aprovechó la más diminuta de las herramientas (un complejo virus a nivel molecular dotado de poderes casi demoníacos) para frenar la más poderosa de las economías así como también la más pequeña. Sus repercusiones y alcance todavía nos afectan y sacuden implacablemente, mientras nuestro planeta desprotegido se prepara para una nueva ola de contagio y muerte este próximo otoño [en el hemisferio norte].

Dios quiere nuestra atención. Esto se aplica a todos, sin importar el país en que uno viva o la comunidad religiosa en la que uno le rinda culto. Después de la primera ola de coronavirus y  subsiguiente devastación económica, Estados Unidos se sumió inesperadamente en otra crisis nacional que abrió nuevamente una vieja herida de racismo no superado.

Tras el asesinato de George Floyd estallaron protestas en todo el planeta. El resultado positivo de esto fue el reconocimiento generalizado de que el racismo debe ser tratado y resuelto de una vez por todas. Tomará tiempo, pero cada vez más personas y organizaciones, incluida la Iglesia de Dios Unida, han declarado abiertamente que el racismo es un mal siniestro que debe ser erradicado, y más están listos para finalmente hacer algo al respecto.

No obstante, al mismo tiempo y a medida que las sociedades (incluyendo Estados Unidos) se alejan de la verdad absoluta de la Biblia de Dios, una reforma necesaria y bien intencionada se ha visto enlodada por el activismo político y el nefasto socavamiento del cambio requerido. La revista estadounidense GovTech publicó recientemente un informe titulado “Cómo los gobiernos se vieron afectados por la desinformación en medio de las protestas nacionales” (https://www.govtech.com/security/How-Disinformation-Targeted-Governments...). El informe advertía que muchos grupos y organizaciones políticas tanto de derecha como de izquierda, a los que se sumaron malos actores internacionales, participaron en el escalamiento de las protestas hasta que estas se convirtieron en disturbios.

Cuando vemos esto, debemos pensar y reflexionar sobre el profeta Jeremías y el mensaje que él pregonó. Jeremías, probablemente el más renuente de todos los profetas de Dios, constantemente entregaba mensajes severos que comparaban el comportamiento de la antigua Judá con la depravada desviación sexual y el pecado, y no se andaba con rodeos.

Durante la época de Jeremías surgió un gran rey de la reforma: Josías. A principios del reinado de Josías se encontró una copia del libro de Deuteronomio en el descuidado y profanado templo de Jerusalén que él estaba limpiando. El libro de Deuteronomio representa la información directa de Dios dada a Moisés. Este libro se refiere específicamente a lo que le sucederá a un pueblo que se reincide, que se deja secularizar y que adopta con entusiasmo una forma de vida idólatra.

Este es el momento de leer los mensajes de Jeremías; este es el momento de considerar lo que Dios le está diciendo a Estados Unidos, a Europa, al mundo de hoy; este es el momento de  meditar en oración y con ayuno sobre lo que Dios nos está diciendo. ¡Creo que ha llegado el momento de clamar en voz alta y mostrar a nuestro pueblo sus pecados! Prestemos atención a las palabras de Jesús, nuestro Hermano Mayor y próximo Rey: “Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura; la noche viene, cuando nadie puede trabajar” (Juan 9:4 Juan 9:4 Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura; la noche viene, cuando nadie puede trabajar.
La Santa Biblia Reina-Valera (1960)×
). Tendré mucho más que decir sobre esto en mi próxima columna.

En servicio a Cristo,

Víctor Kubik