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Lección 23: Parábolas famosas que solo se encuentran en Lucas 10-19 (1ra parte)

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Lección 23

Parábolas famosas que solo se encuentran en Lucas 10-19 (1ra parte)

Parábola del buen samaritano

Lucas escribe: “Y he aquí un intérprete de la ley se levantó y dijo, para probarle: Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna? Él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees? Aquél, respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo. Y le dijo: Bien has respondido; haz esto, y vivirás. Pero él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo?

“Respondiendo Jesús, dijo: Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le despoja­ron; e hiriéndole, se fueron, dejándole me­dio muerto. Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y viéndole, pasó de largo. Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, y viéndole, pasó de lar­go. Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia; y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él. Otro día al partir, sacó dos denarios, y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese. ¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones? Él dijo: El que usó de misericordia con él. Entonces Jesús le dijo: Ve, y haz tú lo mismo” (Lucas 10:25-37).

En primer lugar, el título “intérprete de la ley”, del griego nomikos, describe a alguien versado en la ley judía y no en la ley secular, como generalmente se entiende hoy en día lo que es un intérprete de la ley, o abogado. A veces se usa de manera intercambiable con el término “escriba” (Mateo 23:2; Lucas 11:45).

A continuación, el relato describe con detalle el camino de Jerusalén a Jericó, que desciende aproximadamente 900 metros a lo largo de unos 27 kilómetros. En Jericó, que tenía un clima templado, había muchos sacerdotes y levitas que vivían allí por estar cerca de Jerusalén. De hecho, el Talmud ju­dío señala que en este período había tantos sacerdotes en Jericó como en Jerusalén. Pero era un camino peligroso de transitar, ya que por ser un terreno sinuoso y rocoso los ladrones tenían muchos escondites. Así que Jesús plantea un escenario muy real, pues era de conocimiento público que las personas a menudo eran asaltadas en este camino.

Según la narración, un judío que descendía a Jericó fue atacado por ladrones y que­dó agonizante. Luego, un sacerdote, que supuestamente debía sentir amor y preocupación por sus semejantes, especialmente los judíos, se encontró con el herido, pero lo ignoró. Tal vez justificó sus acciones pensado que si el hombre ya estaba muerto y lo tocaba quedaría ceremonialmente impuro por siete días, lo que le impediría cumplir con sus deberes sacerdotales. O quizás consideró que su trabajo sacerdotal era más importante que ayudar a un hombre que estaba muerto o moribundo. Poco más tarde, un levita que asistía al sacerdote en sus funciones ministeriales vio al hombre, pero también lo ignoró. Solo un samarita­no (los judíos por lo general despreciaban a los samaritanos por su herencia mixta de judíos y gentiles), quien vio al judío herido, tuvo compasión e invirtió tiempo y dinero para que se recuperara sin esperar nada a cambio.

Entonces, Jesús le preguntó al intérprete de la ley quién había sido el “prójimo” del herido. El intérprete solo pudo responder que había sido el samaritano, demostrando que los actos de amor y bondad son más elocuentes que el solo hecho de tener una herencia judía.

Por tanto, el samaritano fue quien cumplió la ley de amor y misericordia de Dios, y no el sumo sacerdote ni el levita. Estos quebrantaron el segundo gran mandamiento, el de amar al prójimo como a uno mismo, y no aplicaron la regla de oro: “Todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, haced vosotros con ellos” (Mateo 7:12).

Como posteriormente dijera Santiago: “Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle? Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha? Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma” (Santiago 2:14-17).

Lamentablemente, en la actualidad es necesario tener cuidado al aplicar la enseñanza de esta parábola. Hoy en día debe­mos ser muy cautelosos para no dejarnos engañar por alguien que supuestamente está lesionado cuando en realidad esta tendiendo una trampa para robar, lo que se ha vuelto común. Asimismo, es necesario evitar mover o trasladar a una persona lesionada sin autorización so pena de ser demandado. Entonces, cuando sea posible, en estos tiempos peligrosos es aconsejable buscar ayuda adicional antes de involucrar­se demasiado.

La parábola del rico insensato

Lucas narra la siguiente parábola: “Le dijo uno de la multitud: Maestro, di a mi herma­no que parta conmigo la herencia. Mas él le dijo: Hombre, ¿quién me ha puesto sobre vosotros como juez o partidor? Y les dijo: Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee. También les refirió una parábola, diciendo: La here-dad de un hombre rico había producido mucho. Y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré, porque no tengo dónde guardar mis frutos? Y dijo: Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes; y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate. Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será? Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios” (Lucas 12:13-21).

En aquellos días, una herencia normal­mente se dividía entre dos hermanos. Dos tercios eran dados al primogénito y un ter­cio al otro hermano. Sin embargo, por me­dio de trucos legales era posible aumentar los porcentajes de cualquiera de los dos, y esta persona aparentemente quería que Cristo presionara al hermano para que le diera lo que él consideraba justo. Si en efecto el hermano menor esperaba que Cristo pasara por alto el principio de que el primogénito debía recibir el doble de la herencia, con toda razón él se negó a intervenir para cambiar una determinación legítima. Dicha tarea les correspondía a las autoridades ci­viles debidamente constituidas.

Por tanto, Jesús le dijo que no tenía autoridad judicial sobre tales casos; en cam­bio, aprovechó la ocasión para impartir una importante lección sobre estar demasiado preocupados con los asuntos monetarios en vez de centrarse principalmente en los objetivos espirituales. Esta persona estaba tan preocupada por su herencia, que las pa­labras de vida de Jesús no lo habían impactado espiritualmente. Y Cristo quería que él se diera cuenta de que, aun teniendo una gran riqueza, si solo pensaba en sí mismo no agradaría a Dios y finalmente enfrentaría un juicio severo. Como ya había enfatizado, “¿qué aprovecha al hombre, si gana todo el mundo, y se destruye o se pierde a sí mis­mo?” (Lucas 9:25).

Jesús concluye la lección de la parábola mostrando cuál debe ser el objetivo principal en la vida: “Mas buscad el reino de Dios, y todas estas cosas os serán añadidas” (Lucas 12:31).

Parábola de los convidados a las bodas

La siguiente parábola trata sobre la necesidad de humildad. “Observando cómo escogían los primeros asientos a la mesa, refirió a los convidados una parábola, diciéndoles: Cuando fueres convidado por alguno a bodas, no te sientes en el primer lugar, no sea que otro más distinguido que tú esté convidado por él, y viniendo el que te convidó a ti y a él, te diga: Da lugar a éste; y entonces comiences con vergüenza a ocupar el Ultimo lugar. Mas cuando fueres convidado, ve y siéntate en el Ultimo lugar, para que cuando venga el que te convidó, te diga: Amigo, sube más arriba; entonces tendrás gloria delante de los que se sientan contigo a la mesa. Porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla, será enaltecido” (Lucas 14:7-11).

Este es un principio importante que debemos aplicar hoy. Significa no buscar ser exaltado ni actuar con egoísmo, sino ser humilde ante los demás. Pablo lo expresó de esta manera: “Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo” (Filipenses 2:3).

En su libro Manners and Customs of Bi­ble Lands (Usos y costumbres de las tierras bíblicas), Fred Wight explica: “Cuando los fariseos eran invitados a un banquete, pro­curaban ansiosamente ocupar los asientos más privilegiados en la mesa. Jesús los condenó por esa actitud arrogante. Acerca de esto dijo: “… aman los mejores asientos en las cenas” (Mateo 23:6). En muchas casas tradicionales, una de las habitaciones tenía un piso más alto, y en esta habitación se les asignaban puestos a los invitados de honor, quedando aquellos de menor distinción en el piso o nivel inferior. Un lugar de honor especial era a la derecha del anfitrión, y el siguiente lugar más distinguido, a su izquierda. Santiago y Juan pidieron tales puestos en el reino de Cristo (Marcos 10:37). Pero Jesús aconsejaba a los invitados que toma­ran el Ultimo lugar. ¿Dónde estaba ubicado ese lugar? En el nivel inferior, y era el más cercano a la puerta. El invitado que tomara este humilde lugar podía ser invitado por el dueño de la casa para ocupar un lugar en un nivel más alto y alejado de la puerta” (capítulo 6, “Cenas y banquetes especiales”).

Parábola de la gran cena

Entonces Jesús también dijo: “Oyendo esto uno de los que estaban sentados con él a la mesa [acerca de la recompensa en la resurrección de los justos], le dijo: Bien­aventurado el que coma pan en el reino de Dios. Entonces Jesús le dijo: Un hombre hizo una gran cena, y convidó a muchos. Y a la hora de la cena envió a su siervo a decir a los convidados: Venid, que ya todo está preparado. Y todos a una comenzaron a excusarse. El primero dijo: He comprado una hacienda, y necesito ir a verla; te ruego que me excuses. Otro dijo: He comprado cinco yuntas de bueyes, y voy a probarlos; te ruego que me excuses. Y otro dijo: Acabo de casarme, y por tanto no puedo ir. Vuelto el siervo, hizo saber estas cosas a su señor. Entonces enojado el padre de familia, dijo a su siervo: Ve pronto por las plazas y las calles de la ciudad, y trae acá a los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos. Y dijo el siervo: Señor, se ha hecho como mandaste, y aún hay lugar. Dijo el señor al siervo: Ve por los caminos y por los vallados, y fuérzalos a entrar, para que se llene mi casa. Porque os digo que ninguno de aquellos hombres que fueron convidados, gustará mi cena” (Lucas 14:15-24).

Cuando Jesús escuchaba a alguien jactándose de lo maravilloso que sería tener parte en el banquete de Dios en su reino, le advertía que no debía estar tan Seguro de que estaría allí. Los líderes judíos enseñaban que por ser descendientes de Abra­ham su justicia les sería tenida en cuenta, y que al estar debidamente circuncidados, hacer sacrificios escrupulosamente, ser ritualmente limpios y mantener la ley oral, “ganarían” su salvación y estarían en el Rei­no de Dios.

Cristo entrega esta parábola para explicar exactamente lo opuesto. El dueño de casa aquí representa a Dios invitando a los judíos, incluyendo a los ricos e influyentes, a ser parte de su reino. Pero, en su mayoría, ellos no estaban de acuerdo con la forma en que Jesús llevaba a cabo su apostolado y no querían ser sus seguidores, por lo que rechazaron su invitación.

Así, Dios dijo que iría a aquellos que eran humildes y modestos para invitarlos a ser parte de su obra y del reino venidero. Como dijo Jesús: “Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las has revelado a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó” (Lucas 10:21). Consecuentemente, algunos de los judíos aceptaron el llama­miento, pero aún había lugar para otros, así que salió a llamar a más de aquellos que eran considerados “indeseables”.

En Hechos, Lucas menciona el principio de esta parábola, que también se aplica a los gentiles: “Entonces Pablo y Bernabé, ha­blando con denuedo, dijeron: A vosotros a la verdad era necesario que se os hablase primero la palabra de Dios; mas puesto que la desecháis, y no os juzgáis dignos de la vida eterna, he aquí, nos volvemos a los gentiles. Porque así nos ha mandado el Se­ñor, diciendo: Te he puesto para luz de los gentiles, a fin de que seas para salvación hasta lo Ultimo de la tierra. Los gentiles, oyendo esto, se regocijaban y glorificaban la palabra del Señor, y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna” (Hechos 13:46-48).

¿Fue esta lección solo para los judíos y gentiles de la época de Jesús? No; en muchos sentidos se aplica a aquellos que re­chazan el llamado de Dios hoy. Y bien pue­ de aplicarse a los seguidores elegidos por Dios actualmente y que no toman en serio su llamamiento.

Parábola del hijo pródigo

Luego leemos: “Se acercaban a Jesús todos los publicanos y pecadores para oírle, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: Este a los pecadores recibe, y con ellos come … También dijo: Un hombre te­nía dos hijos; y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y les repartió los bie­nes. No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente. Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle. Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase cerdos. Y deseaba lle­nar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba. Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros. Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó. Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo.

“Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies. Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta; porque este mi hijo muer­to era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse. Y su hijo mayor estaba en el campo; y cuando vino, y llegó cerca de la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Él le dijo: Tu hermano ha venido; y tu padre ha hecho matar el becerro gordo, por haberle recibido bueno y sano. Entonces se enojó, y no quería entrar. Salió por tanto su padre, y le rogaba que entrase. Mas él, respondiendo, dijo al padre: He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos. Pero cuando vino este tu hijo, que ha consumido tus bienes con ra­meras, has hecho matar para él el becerro gordo. Él entonces le dijo: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas. Mas era necesario hacer fiesta y regocijar­nos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado” (Lucas 15:1-2,11-32).

Note que en el contexto de esta parábola, Jesús acoge a los recaudadores de im­puestos y pecadores, a quienes los fariseos consideraban como parias, pero Cristo dijo que eran amados por Dios, y que si se arrepentían, recibirían su perdón.

Aquí Dios representa al padre amoroso, que tiene un hijo que se vuelve mundano (o sea, los recaudadores de impuestos y los pecadores) y se extravía del camino espiritual. Sin embargo, una vez que recapacita y vuelve arrepentido a Dios y a su senda, y en lugar de recibir una reprimenda, recibe el amor y el perdón inmerecidos de Dios.

Esto también puede aplicarse a un miembro descarriado que regresa arrepentido a la Iglesia. Nadie debe tener la actitud del hijo mayor, listo a lanzar la primera piedra, como los fariseos estaban siempre listos a hacer; por el contrario, debemos alegrarnos de que la persona haya regresado al redil. Dios nos perdona más de setenta veces sie­te, y asimismo debemos aprender a ser misericordiosos y perdonadores hacia los que se arrepienten.

Como dice Santiago: “Hermanos, si alguno de entre vosotros se ha extraviado de la verdad, y alguno le hace volver, sepa que el que haga volver al pecador del error de su camino, salvará de muerte un alma, y cubrirá multitud de pecados” (Santiago 5:19-20).

Por lo tanto, esta parábola también iba dirigida a aquellos fariseos que, como el hermano mayor, juzgaban a los demás y consideraban que ciertas personas, como los publicanos y pecadores, estaban perdidas sin remedio (véase Lucas 18:10-14). En cambio, Cristo quiso que, como el padre en la parábola, tuvieran una actitud amorosa y compasiva hacia los pecadores arrepentidos que querían escuchar lo que Jesús había dicho. EC