¿Está listo para perseverar hasta el final?

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La victoria requiere tenacidad y persistencia.

Uno de los momentos más inolvidables e inspiradores de la historia olímpica tuvo lugar durante los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992, en la semifinal masculina de 400 metros. El velocista Derek Redmond era el plusmarquista británico y uno de los favoritos para ganar la medalla.

Derek salió disparado de los bloques con un fuerte arranque, pero a mitad de la carrera se derrumbó por el dolor que le produjo una rotura del tendón de la corva. Mi corazón se encogió de compasión cuando el locutor exclamó: “¡Redmond está fuera!”. Su sueño olímpico, al parecer, se había hecho añicos.

¡Pero entonces ocurrió algo extraordinario! A pesar de su agonía, Derek se puso en pie con gran esfuerzo y comenzó a cojear hacia la línea de meta, ¡negándose a darse por vencido! Los 65 000 espectadores que presenciaban su valentía y perseverancia se quedaron boquiabiertos y aplaudieron con mucho entusiasmo. Mientras Derek luchaba, un hombre hizo algo más que quedarse de pie: su padre, Jim Redmond, saltó la valla, esquivó a los guardias de seguridad y corrió en ayuda de su hijo. Rodeó con el brazo a Derek, que se apoyó en su hombro debido al dolor cada vez más intenso, y juntos terminaron la carrera.

Probablemente ya adivinó a dónde quiero llegar: esa imagen de padre e hijo se parece mucho a nuestro viaje espiritual hacia el Reino de Dios. Nosotros también estamos corriendo una carrera, y Dios nuestro Padre y Jesucristo nuestro Hermano siempre están dispuestos a ayudarnos a perseverar hasta el final.

Corramos por una corona espiritual

El apóstol Pablo, familiarizado con los Juegos Ístmicos que se celebraban cada dos años en Corinto, escribió en 1 Corintios 9:24-27 que nuestra carrera de fe hacia la salvación eterna conduce a una “corona incorruptible”, muy superior a cualquier medalla olímpica.

Pablo nos exhorta así: “Corred de tal manera que lo obtengáis [el premio]. Todo aquel que lucha, de todo se abstiene”. ¿Cuál era su estrategia? “Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado”. Pablo rechazó la idea popular y falsa que afirma “una vez salvo, siempre salvo”. En cambio, nos insta a correr con determinación y autocontrol para que podamos cruzar la línea de la meta espiritual.

La Biblia es un manual de perseverancia

Jesucristo afirma en Mateo 24:13 lo que se necesita para la salvación: “Mas el que persevere hasta el fin, este será salvo”. Y el libro de Hebreos, probablemente escrito por Pablo, está repleto de palabras de ánimo para perseverar mientras corremos nuestra carrera 
de fe.

Hebreos 12:1-2 se hace eco de manera muy hermosa de la historia de los Redmond: “Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios”.

Una gran nube de testigos

En realidad, personalmente debemos dar cuenta a mucho más que 65 000 espectadores. Los versículos citados más arriba prosiguen el relato sobre los muchos héroes honrados en el “Salón de la Fama de los Fieles” mencionados en Hebreos 11, y de cuyos ejemplos de fe y perseverancia aprendemos mediante nuestro estudio diario de la Biblia. Santiago 5:11 habla de “la paciencia de Job”, que nos proporciona un ejemplo más de alguien elogiado por esta cualidad.

Todos tenemos muchos testigos: nuestra familia de la Iglesia, Dios Padre, Jesús y los ángeles (Hebreos 12).

Dejemos a un lado todo peso

Menos de cuatro meses antes de los Juegos Olímpicos de Barcelona, Derek había soportado cinco operaciones, incluida una al tendón de Aquiles. Además, sus sueños olímpicos se habían visto frustrados cuatro años antes, en los Juegos de Seúl de 1988, cuando se rompió ese mismo tendón una hora antes de la carrera.

A pesar de nuestras dificultades pasadas y presentes, debemos deshacernos de las cargas que nos atan y esclavizan. Pablo nos exhorta a “[correr] con paciencia la carrera que tenemos por delante” (Hebreos 12:1), incluso si el camino no es el que personalmente hubiéramos elegido. ¡Alabado sea Dios porque no tenemos que correr y luchar solos! Y si realmente queremos tener éxito, no debemos hacerlo.

Fijemos la mirada en Dios Padre y Jesucristo

Al igual que Derek fue rescatado por su padre, como mencioné anteriormente, debemos poner los ojos “en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios” (Hebreos 12:2). 

Pablo también escribió en Filipenses 4:13: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”.

El rescate de Derek por parte de Jim, su padre, no fue exactamente lo que pareció. Veinte años después, Jim recordó: “En realidad, fui a la pista en un intento de evitar que se hiciera más daño . . . Me pidió que lo llevara de vuelta a la pista y le ofrecí mi hombro para que se apoyara”. Derek confirmó que, al principio, su padre procuró convencerlo de que no continuara con su agonía. “Me decía que no tenía nada que demostrar y que no necesitaba hacer esto, pero le dije que iba a terminar. Entonces me dijo que lo haríamos juntos”.

En nuestro caso, podemos contar con que Dios siempre nos dará exactamente lo que necesitamos. “Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús” (Filipenses 4:19).

Pero el Padre y Jesús no tienen que correr a nuestro lado, puesto que viven dentro de nosotros por medio del Espíritu Santo. Por tanto, se nos exhorta así: “. . . que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar. Porque aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado” (Hebreos 12:3-4). 

Los versículos 5-11 del mismo capítulo nos amonestan a “no [menospreciar] la disciplina del Señor” que “os trata como a hijos”. Para perseverar de verdad, es preciso que sigamos el consejo de David: “Que el justo me castigue, será un favor” (Salmos 141:5). Una persona sabia aprende con humildad de todos aquellos con quienes interactúa y de todas las situaciones.

¡No se aleje!

“Por tanto, es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído [que escuchemos con oído atento], no sea que nos deslicemos . . . ¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?” (Hebreos 2:1-3).

Cuando yo tenía unos ocho años, me hallaba flotando en una cámara de aire no muy lejos de la orilla de nuestro campamento. El viento soplaba y las olas comenzaron a arrastrarme rápidamente. Sabía nadar, pero me paralizaba el miedo a las aguas profundas y no me atrevía a saltar. Pero, de repente, mi padre se acercó a mí en nuestra lancha a motor y me rescató, ¡tal como hizo el padre de Derek!

Espiritualmente, tras un largo período de descuido, nos alejamos de las cinco herramientas de nuestra caja de recursos cristianos: la oración, el estudio de la Biblia, la meditación, el ayuno y el compañerismo. Deje que Hebreos 4:14-16 lo anime a orar, 4:11-13 a estudiar la Biblia y 10:23-25 a tener comunión con los demás.

No piense que la perseverancia (o fuerza de voluntad) solo importa cuando enfrentamos una gran prueba o una carrera importante. En vez, considérela como algo necesario todos los días, incluso en las cosas más pequeñas y aparentemente insignificantes de la vida diaria. Cuando uno aprende a ser fuerte y a superar los retos pequeños de cada día, va acumulando una preparación sólida que, llegado el momento, le permitirá vencer también los desafíos grandes.

Pienso en esto cada vez que hago ejercicio en la máquina elíptica del gimnasio. Normalmente quiero bajarme poco después de empezar a pedalear, pero me motivo para seguir adelante hasta terminar la milla, sabiendo que, si lo dejo una vez, se volverá un hábito. He descubierto que la mejor manera de evitar esta tentación es empezar con una distancia específica que debo completar en un tiempo determinado. Poco a poco acelero el ritmo, para poder terminar con fuerza.

Otra lección olímpica

En la maratón olímpica de Ciudad de México en 1968, John Stephen Akhwari, un granjero de Tanzania, sufrió calambres y una lesión. Sin embargo, gracias a su fuerza de voluntad, cojeó hasta la línea de meta, aunque llegó más de una hora después que los demás.

¿Por qué? Su respuesta ha servido de gran motivación para muchos desde aquel entonces: “Nunca pensé en parar. Mi país no me envió a 8 000 kilómetros para empezar la carrera. ¡Me envió a 8 000 kilómetros para terminarla!”.

¡Siempre debemos estar agradecidos de que Dios Padre nos haya llamado a formar parte de su familia y de su reino! Qué terrible pérdida y tragedia sería que no perseveráramos.

¡Nunca se rinda!

A veces, lo único que se necesita para tener éxito es la decisión y el compromiso de seguir adelante. ¿Ha decidido que va a perseverar hasta el final?

Aunque todavía estaba vivo en la carne, Pablo escribió: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (2 Timoteo 4:7-8). Por la gracia de Dios, ¡nosotros podríamos ser como el apóstol Pablo!

“Por lo tanto, no desechen la firme confianza que tienen en el Señor. ¡Tengan presente la gran recompensa que les traerá! Perseverar con paciencia es lo que necesitan ahora para seguir haciendo la voluntad de Dios. Entonces recibirán todo lo que él ha prometido” (Hebreos 10:35-36, Nueva Traducción Viviente). EC

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