#030 - Génesis 30-33: "Jacob y Labán - Regreso a Canaán"

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#030 - Génesis 30-33

"Jacob y Labán - Regreso a Canaán"

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Un día, casi se forma un altercado entre las dos mujeres por haber encontrado unas mandrágoras. Raquel estuvo angustiada porque su hermana no le daba algunas de ellas. ¿Por qué aparece este incidente aparentemente insignificante en la Biblia? Pues todo tenía que ver con la idea de que esta planta tenía propiedades para ayudar a la mujer a concebir; un problema que tenían las dos esposas de Jacob.

"La Mandragora Officinarum (nombre oficial) es una herbácea perenne, sin tallo, con muchas hojas grandes de color verde oscuro, flores fétidas agrupadas al centro de las hojas, y frutos en baya a manera de manzanas pequeñas y de olor penetrante. Se da en lugares yermos de la Palestina. Sus raíces, que semejan curiosas formas humanas, dieron origen a la creencia de que poseía cualidades afrodisíacas o que aseguraba la concepción (Génesis 30:14-16, Cantares 7:13). En realidad, la planta es narcótica, purgante y emética" (Diccionario Ilustrado de la Biblia, p. 398).

Al nacer José, Jacob ya estaba listo, por razones que se explicarán, para volver a Canaán. A pesar de la naturaleza astuta y engañosa de Labán, Jacob había tenido el derecho de heredar los bienes de Labán cuando éste falleciera, pero, más tarde, le nacieron hijos a Labán que lo desplazaron, pues Jacob solo era su sobrino.

"Un hombre con hijas, pero sin hijos frecuentemente adoptaba al esposo de la hija. Cuando Jacob primero apareció en el hogar de Labán, no hay indicaciones de que Labán tuviera hijos. Veinte años más tarde, sin embargo, los hijos de Labán se enojaron con Jacob (Génesis 31:1) con el resultado de que Jacob decidió salir con su familia y bienes y regresar a Canaán. Labán evidentemente había adoptado a Jacob y durante los primeros años de su asociación los servicios de Jacob habían sido indispensables a Labán. Después Labán tuvo hijos propios y la fricción empezó a surgir" (Diccionario Bíblico Arqueológico, p. 496)

Cuando Jacob le pidió a Labán el permiso de irse, esto le preocupó mucho a Labán. Como un jefe que se asusta cuando un excelente empleado que ha sido explotado inmisericordemente decide irse, entonces le hace la oferta de mejorar su sueldo. "Halle yo ahora gracia en tus ojos, y quédate; he experimentado que el Eterno me ha bendecido por tu causa. Y dijo: Señálame tu salario y yo lo daré" (Génesis 30:27-28). La preocupación era por perder las bendiciones y no tanto por el bienestar de Jacob.

"Su egoísta tío estuvo contrario a una separación, no por algún ardiente afecto o por Jacob o por sus hijas sino por el daño que sufrirían sus intereses. Él había hallado por larga observación que las bendiciones del cielo reposaban sobre Jacob, y que su ganado había aumentado maravillosamente bajo su manejo. Este es un testimonio notable de que los hombres buenos son una bendición para los lugares donde viven. Los hombres del mundo son bendecidos con beneficios temporales por causa de sus parientes piadosos, aunque no siempre tienen, como Labán, la sabiduría de entenderlo ni la gracia de reconocerlo" (Comentario Exegético de la Biblia, p. 41).

No obstante la oferta de mejorar el salario, Jacob no deseaba trabajar más con su tío explotador. Pero ¿cómo convencerlo? Jacob sabía que la debilidad del tío era la avaricia, y le propuso un negocio muy atractivo algo que parecía muy ventajoso para Labán: el recibir el salario con sólo recibir las ovejas con manchas que son bastante raras.

"Cuando terminaron los catorce años de trabajos para pagar por casarse con las dos hijas de Labán, y al nacer José, su penúltimo hijo, Jacob ansiaba retornar a las tierras de Isaac donde su herencia le esperaba. Además, como le habían nacido hijos a Labán, a Jacob ya no le quedaban esperanzas de recibir algo de su tío… por la insistencia del tío para que se quedara, Jacob le propuso un nuevo arreglo para seguir trabajando allí. El salario serían las ovejas manchadas o pintadas, algo bastante excepcional en los rebaños. El astuto Labán aceptó de inmediato. Además, para asegurarse de que no nacieran manchadas, Labán separó a las ovejas adultas con esas características.

No obstante, Jacob había aprendido un método que acelera el apareamiento de las ovejas seleccionadas. Se basaba en lo que ahora se llama la teoría del acondicionamiento prenatal por medio de impresiones visuales. Durante los próximos seis años, Labán cambió las características de los animales para sacar más provecho, pero todo resultó en vano. El creciente enriquecimiento de Jacob y el empobrecimiento de Labán se debía a la intervención divina. ‘Vosotras sabéis que con todas mis fuerzas he servido a vuestro padre, y vuestro padre me ha engañado, y me ha cambiado el salario diez veces; pero Dios no le ha permitido que me hiciese mal. Si él decía así: Los pintados serán tu salario, entonces todas las ovejas parían pintados; y si decía así: Los listados serán tu salario; entonces todas las ovejas parían listado. Así quitó Dios el ganado de vuestro padre, y me lo dio a mí’ (Génesis 31:6-9). (Nuevo Comentario de la Biblia, p. 104).

Una última cita sobre la selección de las ovejas ayudará a entender mejor lo que Jacob hacía para que las ovejas parieran a su favor:

"Como las ovejas de Oriente son generalmente blancas, y las cabras negras y las manchadas y pintadas comparativamente pocas y raras, Jacob propuso apartar todas las de esta clase de entre el rebaño, y conformarse con las que aparecieran al tiempo de parir las ovejas y cabras. La propuesta parecía tan favorable a Labán que él consintió a ella en seguida. Pero se ha acusado a Jacob de que tomó ventaja sobre su tío, y aunque es difícil disculparle de haber practicado cierto disimulo, él sólo se valió de los resultados de su gran pericia y experiencia en la crianza del ganado. Pero es evidente según el capítulo siguiente que había en ello algo de lo milagroso, y que los medios que él empleó habían sido sugeridos por insinuación divina (Génesis 31:11-12). Sobre las varas que tomó Jacob, que descortezadas tenían listas blancas, al tenerlas constantemente ante los ojos de las hembras en el tiempo de la gestación, su observación le había enseñado, tendrían influencia, por medio de la imaginación, en la futura cría" (Comentario Exegético, p. 42)

Con las bendiciones e intervenciones de Dios, Jacob prosperó mucho (Génesis 30:43). Esto produjo la envidia de Labán y sus hijos que ya no lo trataban con el mismo cariño. Además, Dios le había mandado salir de esa región a la tierra prometida. Raquel y Lea estaban de acuerdo con la idea, pues no esperaban heredar nada ya que tenían hermanos (Génesis 31:13-16).

Jacob esperó hasta el momento oportuno cuando Labán había salido lejos a trasquilar sus ovejas. Huyó con todos los bienes, pero lo curioso fue que Raquel pensó que los terafín, o pequeños ídolos de su padre eran tan importantes que se los robó.

Al volver Labán después de tres días, se enteró de la huida de Jacob y los persiguió junto con otros parientes. Al acercarse después de siete días de viaje, estaba en un estado exaltado y violento, pues Dios intervino en un sueño y le advirtió que tratara bien a Jacob. Esto apenas apaciguó a Labán cuando alcanzó a Jacob, pues le dijo: "Poder hay en mi mano para haceros mal; mas el Dios de tu padre me habló anoche diciendo: Guárdate que no hables a Jacob descomedidamente (Génesis 31:29).

Aún con la advertencia de Dios, Labán muestra su carácter egoísta al preocuparse por sobretodo de los terafín robados. ¿Por qué tenían tanta importancia unos ídolos pequeños hechos de barro? La arqueología ha encontrado unos terafines y aclarado su importancia.  

Los “terafin”, nombre hebreo empleado para denominar los dioses familiares, debían ser figuras o imágenes con formas y rasgos humanos. Según se desprende de las tablillas de arcilla encontradas en Nuzi, cerca de Kirkuk, la posesión de estos terafim aseguraba el derecho a la herencia y la posición de jefe de familia. Esto era también válido para el yerno; de aquí que el robo de Raquel, representará una grave violación contra los derechos de los hijos de su padre, Labán (Génesis 31:1). En otros lugares de la Biblia se habla también de los dioses familiares: el dios familiar de Miká fue utilizado para oráculos (Jue 17:5). Incluso en la casa de David había un terafín que pertenecía a su mujer, Mikal (1 Samuel 19:13). Y todavía se los menciona en la época posterior al exilio: «porque los terafim han hablado cosas engañosas...» (Zacarías 10:2).

Labán buscó en vano por los terafín, pues Raquel se sentó sobre ellos y fingió estar en su menstruación. Al no encontrarlos, no quedó otra cosa para Labán que aceptar el hecho de la separación, aunque no sin refunfuñar y decir: "Las hijas son hijas mías, y los hijos míos son, y las ovejas son mis ovejas, y todo lo que tú ves es mío: ¿y qué puedo yo hacer hoy a estas mis hijas, o a sus hijos que ellas han dado a luz? Para aclarar por qué Labán sentía que todo era de él, hay que remontarse a las costumbres de ese tiempo:

"Las leyes sobre propiedades, herencias y asuntos semejantes, que aparecen en las tablillas de Nuzi, indican la posibilidad de que Jacob no sólo haya sido el yerno, por partida doble, del patriarca arameo, sino su hijo adoptivo también. La adopción como forma de asegurar la propiedad era muy común en esos tiempos y regiones. Jacob, sus esposas, sus hijos y sus rebaños estarían, entonces, todavía bajo la autoridad patriarcal de Labán, y lo estarían hasta que él muriera" (Comentario Arqueológico, p. 42).

Sin embargo, Labán acepta la derrota y hace las paces y un pacto de amistad con Jacob. Para formalizar el pacto, levantan una pila de piedras, una costumbre de los árabes hasta hoy día.

“La costumbre de levantar un montón de piedras, acompañándolo de una estela, como en este caso, era muy común en los tiempos bíblicos en el Medio oriente. Servía para señalar un lindero, dar fe de un convenio. Conmemora algún suceso notable o marcar un lugar tenido como sagrado. En Palestina todavía hoy pueden verse aquí y allá montones de piedras de esta índole, pues los árabes acostumbran levantarlos con propósitos semejantes” (Comentario Arqueológico, p. 42).

Así, Jacob por fin quedaba libre para servir a Dios en la tierra prometida. Nunca, más se mencionará a Labán o a esa región de Harán. De ahora en adelante, serán la tierra de Canaán y por breve tiempo, la de Egipto, la que dominarán el resto de la Biblia.

Jacob, sin embargo, no terminó con sus problemas al librarse de Labán. Aún quedaba una persona que podía ser mucho más peligrosa: su hermano Esaú, quien había jurado matarlo. Pero para animarlo, le aparecieron ángeles a su llegada a la tierra prometida, al igual que se habían despedido cuando salió por primera vez (Génesis 32:1-2).

Aun así, Jacob tenía bastante miedo de encarar a su hermano. Hizo lo que todos debemos hacer ante una prueba difícil: orar (Génesis 32:9-12); y luego tomar las medidas físicas correspondientes (Génesis 32:13-21).

En esos momentos de angustia, Jacob sólo podía preocuparse de su hermano, pero Dios estaba mirando mucho más allá del tiempo. Él ya sabía la buena disposición de Esaú y probablemente tuvo que ver con ello. Lo que a Dios le importaba más, era probar qué tipo de carácter tenía Jacob después de veinte años en Harán. Dios tenía grandes planes y responsabilidades para Jacob, pero según el principio bíblico, había que tener mucho cuidado en saber antes la firmeza de espíritu de la persona. "No impongas con ligereza las manos a ninguno (1 Timoteo 5:22); Y éstos también sean sometidos a prueba primero, y entonces ejerzan el diaconado, si son irreprensibles" (1 Timoteo 3:10). Son ejemplos del principio.

Dios probó a Jacob en una forma insólita pero eficaz: por medio de una lucha libre para ver qué tipo de perseverancia poseía. Jacob había cuidado los rebaños de Labán, como dijo, "con todas mis fuerzas" (Génesis 31:6), ahora se vería si podía servir a Dios "con todas sus fuerzas" al preparar y guiar a sus 12 hijos, los fundadores del pueblo de Dios. Tendría que mantenerse fiel, en medio de un mundo idólatra, a la verdadera religión y traspasar el ejemplo y las enseñanzas a los fundadores del pueblo de Israel.

La lucha duró una gran parte de la noche, y aparentemente, fue con el Verbo que bajó del cielo y limitó sus fuerzas para ver qué tan esforzado era Jacob. Si hubiera sido la lucha con un ángel, no habría sido tan preocupante para Jacob verlo a la luz del alba. Jacob mismo dijo "Vi a Dios cara a cara, y fue librada mi alma (de la destrucción)" (Génesis 32:30). Ahora bien, Jacob no logró verlo a la luz del día, pero pudo ver la silueta antes de que desapareciera. También un ángel no puede bendecir, pero aquí se lo bendijo.

Al terminar la lucha, Dios le felicitó por su aguante y le dijo, "No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel; porque has luchado con Dios (Elohim) y con los hombres y has vencido" (Génesis 32:28). Así por fin se le quitó el nombre oprobioso de Jacob y se le dio un nombre grandioso como el de Israel, que significa "el que prevalece con Dios". Este sería de ahora en adelante el nombre más importante para identificar el pueblo de Dios a través del Antiguo y del Nuevo Testamento. De hecho, cuando uno lucha contra este sistema corrompido del mundo y prevalece al bautizarse y recibir la imposición de manos uno se convierte en un "israelita espiritual" (vea Romanos 11:17-24). En otras palabras, uno se vuelve en un "perseverante israelita" o el que prevalece con Dios.

Por eso Cristo menciona que "desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia (lucha), y los violentos (esforzados, luchadores) lo arrebatan (Mateo 11:12). Sabemos que la nuestra es una lucha que sólo los que perseveran hasta el fin serán salvos (Mateo 10:22).

 Dios no hace acepción de personas, y de la misma manera que probó a Abraham, a Isaac, y a Jacob para ver qué tipo de carácter tenían, así nos probará a nosotros. Tiene un gran reino que compartir, pero tiene que estar seguro de a quienes lo repartirá para que sean fieles cuidadores de sus rebaños. "Al que venciere y guardare mis obras hasta el fin, yo le daré autoridad sobre las naciones" (Apocalipsis 2:26).

Debemos desarrollar ese espíritu de perseverancia y de esfuerzo que mostró Jacob, o ahora con su nuevo nombre, Israel. Así le mostraremos a Dios que somos capaces, como buenos pastores, de gobernar bien nuestra vida, nuestras familias (o en el futuro) que son como rebaños, para así servir capazmente en su Reino.

El encuentro con Esaú fue muy amistoso, y Jacob estuvo tan agradecido del afecto mostrado por su hermano que le regaló una buena parte de sus rebaños. Se separaron los hermanos más tarde, con Jacob estableciéndose en Siquem, el primer lugar donde había llegado Abraham hace mucho tiempo atrás, y Esaú volviendo a la región al sur del Mar Muerto que se llamaría por su nombre, Esaú o Edom.