La cortesía
La sociedad moderna se aleja cada vez más del comportamiento cortés. Pero ¿qué hay detrás de esta tendencia? Analice las causas y descubra qué es en verdad la cortesía y de qué manera responder a la descortesía cuando se presente.
Una joven madre subió a un autobús municipal con su hijita y su cochecito. Una vez que se sentaron, notó a un joven vestido de negro que parecía tenso y que miraba una y otra vez hacia ella desde el otro lado del pasillo. Esto la hizo sentir inquieta e incluso algo amenazada. Cuando el autobús llegó a su destino y se abrió la puerta, tomó a su hija y el cochecito para bajar. Al hacerlo, el joven se levantó de un salto y bajó antes que ella. Pero, para su sorpresa, él se dio la vuelta, extendió la mano para ayudarla a bajar del autobús y enseguida volvió a subir. Cuando la puerta empezaba a cerrarse, ella alcanzó a gritarle un apresurado “gracias” al joven, quien le respondió con un gesto de la cabeza y una breve sonrisa. Al ver lo cortés que había sido, comprendió lo mucho que se había equivocado al juzgarlo.
Esta historia plantea una pregunta clave: ¿Qué es exactamente la cortesía y por qué importa siempre en toda relación humana?
Las palabras “cortesía” y “cortés” provienen del antiguo término francés curteisie, que alude a los modales y la etiqueta propios de las cortes o los palacios de nobles y reyes. Esto incluía, por ejemplo, decir “por favor” y “gracias”, evitar el lenguaje grosero y ofensivo y observar otras normas de urbanidad. Si bien ser cortés ciertamente incluye ese tipo de conducta, su definición va mucho más allá, pues abarca un trato considerado, amable y respetuoso que reconoce el valor y la dignidad intrínsecos de todos los seres humanos, creados a imagen misma de Dios (vea Génesis 1:26). Aunque el comportamiento cortés suele expresarse mediante pequeños gestos, puede tener resultados invaluables.
La conducta cortés está en extinción
A pesar de su importancia, la cortesía está desapareciendo. Una encuesta de cultura cívica realizada en 2023 reveló que el 85 por ciento de los estadounidenses cree que el civismo en la sociedad ha empeorado durante la última década (ABA Civic Literacy 2023, American Bar Association, p. 1).
¿Por qué sucede esto? La Biblia ofrece una perspectiva fundamental.
El apóstol Pablo escribió que “en los postreros días” muchas personas llegarían a ser egoístas, ingratas y de escaso dominio propio, rasgos que conducen a la falta de respeto y decoro (2 Timoteo 3:1-4). Pero ¿cómo deberían tratarse las personas unas a otras? Pablo también escribió: “Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo” (Filipenses 2:3), y dijo que debemos mostrar “toda consideración para con todos los hombres” (Tito 3:2, La Biblia de las Américas; énfasis nuestro en todo este artículo).
El ejemplo supremo de cortesía fue Jesucristo. Mientras que los líderes y gobernantes de su época mostraban poco o ningún interés por la vida de las personas angustiadas y afligidas, Jesús “tuvo compasión” de ellas (Mateo 14:14). Él fue cortés con todos: pobres y ricos; fieles e infieles; respetuosos y maleducados. Mediante sus palabras y su conducta, reveló que la cortesía debe ser un componente esencial del proceder de cada persona (Lucas 6:31). Es una acción dirigida hacia los demás que brota de la disposición interior de la mente y el corazón, y que el Espíritu Santo de Dios fortalece aún más (Efesios 3:16-17). Comprende expresiones sinceras de auténtico amor por el prójimo, manifestadas mediante acciones amistosas, solidarias y atentas.
A medida que la sociedad continúa su caída en picada hacia el ensimismamiento y la conducta descortés, nuestro Creador espera que avancemos en la dirección contraria, mostrando amor y gentileza hacia todas las demás personas. Esto es vital dentro de nuestra propia familia y, sobre todo, en la forma en que cuidamos y guiamos a nuestros hijos.
Padres: enseñen y ejemplifiquen la conducta cortés
Aunque los niños nacen con varias capacidades innatas, comportarse con cortesía no suele ser una de ellas. Los padres tienen la crucial responsabilidad de enseñar a sus hijos a comportarse con cortesía y mediante su propio ejemplo, de manera que llegue a ser una actitud casi automática.
Donohue Shortridge, educadora y consultora del método Montessori, dedicado a la primera infancia, escribió al respecto sobre una situación que vivió:
“Hace unas semanas llegué a un hotel para registrarme, solo para descubrir que mi habitación no estaría lista hasta dentro de un buen rato. La noche anterior se había celebrado un concierto de pop en las cercanías, al que habían asistido sobre todo madres con sus hijas adolescentes. Al parecer, las madres habían pasado el rato después del evento en el bar, mientras sus hijas se dedicaban a destrozar las habitaciones del hotel, poner música a todo volumen y correr desenfrenadas por los pasillos hasta las tres de la madrugada. A la mañana siguiente, el personal de limpieza quedó impactado al ver la magnitud de los destrozos: lápiz labial en los espejos y basura mojada por todas partes. Mientras estaba sentada en el vestíbulo contemplando esta conducta incivilizada, me pregunté: ¿Cómo es posible que algo así suceda?” (“Grace and Courtesy Beyond Please and Thank You”, Montessori Life, verano de 2017).
La profesora Shortridge continuó diciendo: “Por tanto, si hay algo que usted desea que su hijo aprenda a hacer, o cierta manera en que quiere que se comporte, primero debe darle el ejemplo, luego mostrarle cómo hacerlo, [y] ofrecerle muchas oportunidades para practicar”.
La doctora Maria Montessori, reconocida educadora de principios del siglo xx, escribió: “El niño es un observador ávido que se siente especialmente atraído por las acciones de los adultos y desea imitarlas. En este sentido, un adulto puede tener una especie de misión. Puede ser una inspiración para las acciones del niño, una especie de libro abierto en el que el niño puede aprender a dirigir sus propios movimientos” (citado en “Modeling Grace and Courtesy”, Greenspring Montessori School, 6 de abril de 2017).
El sitio web de una escuela Montessori señala: “Los niños absorben conocimientos y experiencias de su entorno. A diferencia de los adultos, que aprenden mediante un esfuerzo consciente, los niños en sus primeros años asimilan la información sin esfuerzo y de forma inconsciente, muy parecido a la forma en que una esponja absorbe el agua” (“The Absorbent Mind: Unlocking Your Child’s Potential in Montessori Casa”, NorthStarMontessori.ca, 4 de septiembre de 2024).
Los niños nacen con una asombrosa capacidad para absorber información. Para bien o para mal, asimilan todo lo que ven, sienten y oyen. Enseñar a su hijo a comportarse bien se reduce, en realidad, a lo que usted, el padre, la madre o el tutor, ejemplifican con su propia conducta. Por lo tanto, es esencial que los padres demuestren continuamente un comportamiento adecuado, hasta que sus hijos repitan esas destrezas de forma habitual al relacionarse con los demás. Lo que los niños ven en casa, sea bueno o malo, es lo que a menudo reproducen.
Enseñar y dar ejemplo de un comportamiento cortés a los hijos incluye: recato en el vestir, lenguaje respetuoso, buenos modales en la mesa, uso apropiado del teléfono celular y otras formas de etiqueta. Además, los padres deben educar a sus hijos de manera constante, basándose en la Biblia, acerca de la moral, la ética y la integridad personal (Deuteronomio 6:6-7).
A este respecto, quisiera dar un breve ejemplo de mi niñez y juventud. Crecí en una familia numerosa, formada por mis padres, tres hermanos y cuatro hermanas. A la hora de la cena, cada noche nos sentábamos los diez a la mesa en los lugares que teníamos asignados. Mis padres servían las porciones en nuestros platos, y esperábamos para empezar a comer hasta que todos hubieran sido servidos y mi padre hubiera dirigido una breve oración de gracias en la que todos participábamos.
No se permitía hablar en voz alta durante la comida, ni levantarse de la silla sin permiso. Si queríamos otra porción de algún alimento, o tal vez el salero o el pimentero, debíamos dirigirnos por su nombre a la persona más cercana a ese objeto y decir: “Por favor, páseme el [alimento en cuestión]”. Una vez terminada la parte principal de la comida, los dos hijos a quienes les tocaba esa tarea esa semana en particular ayudaban a mi madre a recoger la mesa y a servir el postre. De nuevo, se esperaba que todos aguardáramos hasta que todos estuvieran servidos antes de comer el postre. Al concluir la comida, no se nos permitía levantarnos de la mesa sin preguntar: “¿Me permiten retirarme, por favor?”.
También había otras reglas para la cena. Todos debíamos lavarnos las manos antes de sentarnos, no se permitían libros ni otro material de lectura y el televisor permanecía apagado. Si sonaba el teléfono, se contestaba, pero se le pedía amablemente a la persona que volviera a llamar un poco más tarde.
La etiqueta y la cortesía que nos enseñaron de niños trajeron paz y orden a nuestra vida y nos dieron un buen fundamento sobre el cual edificar de cara al futuro.
Cómo tratar a quienes actúan con descortesía
Dado que la conducta cortés es indispensable, ¿cómo deberíamos comportarnos usted y yo ante las personas que nos tratan con descortesía?
Es muy fácil pensar lo peor de una persona maleducada y reaccionar ofendidos y a la defensiva. Sin embargo, responder con descortesía solo nos rebaja al nivel de esa persona y fomenta que continúe su conducta grosera.
El apóstol Pablo escribió que el amor “no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor” (1 Corintios 13:5). Para manejar una situación descortés, sería importante considerar primero por qué la persona actúa de esa manera. ¿Acaso simplemente tiene un mal día y deja que cierta situación la domine? Sea cual sea el motivo, responder con cortesía y paciencia bien podría calmar la tensión.
En un artículo titulado Gracefully Dealing with Disrespect (Cómo lidiar dignamente con la falta de respeto), la autora y presentadora motivacional estadounidense Sandy Geroux describió su reacción ante cierto incidente de esta manera: “En una ocasión me faltaron el respeto mientras presidía una reunión de junta directiva. Un miembro de la junta no estuvo de acuerdo con mis planes para resolver una situación, hasta el punto de hacer muecas y gestos irrespetuosos que causaron una enorme incomodidad al resto de la junta. Como no quería provocar más alboroto del necesario enfrentándome a esa persona en aquel momento, reiteré mi plan y seguí adelante, en lugar de ‘defenderme’.
“Después de la reunión empecé a dudar de mi decisión de no decir nada, pensando que seguramente había manejado ‘mal’ la situación. Mientras me preguntaba si de verdad merecía ser líder, una miembro de la junta se me acercó y me dijo: ‘Puede que hoy [esa persona] haya llevado la arrogancia al nivel más bajo, pero usted llevó la integridad a un nivel máximo’.
“Su comentario me mostró que las personas habían reconocido quién se estaba comportando mal (y quién no), y que la junta agradecía que yo hubiera manejado con elegancia el asunto y seguido adelante” (Executive Support Magazine, mayo/junio de 2015).
La cortesía sí importa
Esta historia nos ofrece una ilustración muy valiosa. ¿Qué mejor prueba de cortesía que responder a una conducta hostil o descortés con paciencia y decencia?
El apóstol Pedro relató el ejemplo de Jesucristo al tratar con personas que fueron terriblemente descorteses con él: “. . . quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente” (1 Pedro 2:23).
El propio Jesús dijo: “Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos” (Mateo 7:12). Este es un magnífico consejo para usted y para mí cuando nos toca enfrentar situaciones de falta de cortesía.
Teniendo esto presente, recordemos que aunque los gestos de amabilidad parezcan insignificantes, ¡pueden producir resultados invaluables! BN