Espíritu Santo: el poder de Dios

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A lo largo de la Biblia se habla del Espíritu Santo como el poder divino de Dios. 

Espíritu Santo: El poder de Dios

En su artículo acerca del Espíritu Santo, The Anchor Bible Dictionary [Diccionario Bíblico Anchor] lo describe como “la manifestación de la presencia y el poder divinos, perceptibles especialmente en la inspiración divina” (vol. 3, Doubleday, New York, 1993, p. 260). Muchas escrituras se refieren al Espíritu Santo como el poder de Dios (Zacarías 4:6; Miqueas 3:8). Pablo se lo describió a Timoteo como el “espíritu… de poder, de amor y de dominio propio” (2 Timoteo 1:7, énfasis nuestro en todo este artículo).

Lucas 4:14 registra que Jesucristo comenzó su ministerio “en el poder del Espíritu”. Lucas 1:35 identifica al Espíritu Santo como “el poder del Altísimo”. Hablando del Espíritu Santo, el cual les sería entregado a sus seguidores después de su muerte, Jesús les dijo “recibiréis el poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo” (Hechos 1:8).

Pedro relata cómo “Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y cómo éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hechos 10:38). El Espíritu Santo aquí es asociado con el poder a través del cual Dios estaba con su Hijo— el poder con el cual Jesús llevó a cabo portentosos milagros durante su ministerio físico sobre la Tierra. El Espíritu Santo es la presencia misma del poder de Dios trabajando activamente en sus siervos.

El deseo del apóstol Pablo era que los miembros de la Iglesia en Roma abundasen “en esperanza por el poder del Espíritu Santo”, de la misma manera que Jesucristo había trabajado por medio de él “con potencia de señales y prodigios, en el poder del Espíritu de Dios” (Romanos 15:13, 19).

La inspiración divina mediante el Espíritu Santo

La Biblia también muestra que Dios inspira y guía a sus profetas y siervos mediante el poder del Espíritu Santo. Pedro afirmó que “nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 Pedro 1:21).

Pablo declaró que el plan de Dios había sido “revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu” (Efesios 3:5), y que sus propias enseñanzas fueron inspiradas por el Espíritu (1 Corintios 2:13). En 1 Corintios 2:9-10, Pablo explica que Dios nos ha revelado, a través del Espíritu Santo, las cosas que él ha preparado para aquellos que lo aman. Dios Padre es el Revelador, el mismo que trabaja por medio de su Espíritu en aquellos que le sirven.

Jesucristo les dijo a sus seguidores que el Espíritu Santo, el cual el Padre les enviaría, “os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Juan 14:26). El Espíritu de Dios dentro de nosotros es lo que nos permite adquirir entendimiento y conocimiento espiritual. “Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido” (1 Corintios 2:11-12).

Jesucristo tenía este entendimiento espiritual en abundancia. Se había profetizado que él, como el Mesías, tendría “espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor del Eterno” (Isaías 11:2).

Lo que el Espíritu Santo no es

La perspectiva cristiana tradicional del Espíritu Santo lo presenta no solo como el poder de Dios, sino también como una tercera persona que junto al Padre y al Hijo conforman una Trinidad. Pero cuando la Biblia se toma al pie de la letra, se hace evidente que ella nunca lo presenta como una persona separada. Por el contrario, siempre lo presenta como un atributo o poder de Dios. Hay muchas escrituras que demuestran que el Espíritu Santo no es una persona divina. Por ejemplo, en ocasiones es descrito como un don (Hechos 10:45; 1 Timoteo 4:14). Se nos dice que se puede apagar (1 Tesalonicenses 5:19), que se puede derramar (Hechos 2:17; 10:45), y que podemos ser bautizados en él (Mateo 3:11). Se debe avivar dentro de nosotros (2 Timoteo 1:6), y también nos renueva (Tito 3:5). Estos ciertamente no son los atributos de una persona, sino del carácter y el poder de Dios.

Este Espíritu también es llamado “el Espíritu Santo prometido... [que] garantiza nuestra herencia... el Espíritu de sabiduría y de revelación” (Efesios 1:13-17, Nueva Versión Internacional).

Este Espíritu no solo es el Espíritu de Dios el Padre; es también “el Espíritu de Cristo” (Romanos 8:9; Filipenses 1:19; 1 Pedro 1:11). Mora dentro de los cristianos, guiándonos y permitiéndonos ser hijos de Dios.

En contraste con Dios el Padre y Jesucristo, quienes habitualmente son comparados con los seres humanos en cuanto a forma y figura, el Espíritu Santo habitualmente es representado de una manera completamente diferente. Se le describe como “paloma” (Mateo 3:16; Marcos 1:10; Lucas 3:22; Juan 1:32) y “lenguas de fuego” (Hechos 2:3). Jesucristo lo comparaba con “agua viva” (Juan 7:37-39).

Hay incluso más evidencia de que el Espíritu Santo no es una persona, sino el poder divino de Dios. En Mateo 1:20 leemos que Jesús fue engendrado por el Espíritu Santo. Sin embargo, Jesucristo le oraba continuamente a su Padre y se dirigía a él, no al Espíritu Santo (Mateo 10:32-33; 11:25-27; 12:50; 15:13; 16:17, 27; 18:10, 35). Él nunca habló del Espíritu Santo como si fuera su Padre.

Un artículo de:
El poder del Espíritu Santo

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