El sembrador y la semilla

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A través de los años he cultivado muchos huertos de verduras. Las lecciones que he aprendido en el proceso encajan perfectamente con lo que Jesús dijo acerca de sembrar la semilla del evangelio y lo que se necesita para obtener una cosecha abundante. Esto se aplica también a lo que debemos hacer cuando la palabra del Reino ha sido sembrada en nuestra vida.


Fuente: Free Bible Images

Me considero un agricultor “de patio trasero”. Los huertos siempre han sido parte de mi vida. Mis padres y sus parientes dependían de los huertos que mantenían en sus patios traseros para su sustento diario, por lo cual sé cuánto trabajo implica producir alimento en cantidad suficiente hasta la próxima cosecha. Para ello se necesita buena tierra, buena semilla y un agricultor atento y dedicado. Sin estos tres, no se puede esperar que el cultivo crezca y produzca abundante fruto.

Esto es exactamente lo que Jesucristo nos enseña a través de una de sus parábolas más extensas e importantes. Mateo 13 comienza con el relato de una multitud reunida alrededor de Jesús, quien se había subido a un bote para que todos los que se hallaban parados en la orilla pudieran oírlo (v. 2).

En las primeras dos parábolas que les entregó, Jesucristo usó un ejemplo de la vida diaria para enseñar las verdades fundamentales acerca del llamamiento al Reino de Dios. Les habló acerca de un campesino que sembraba semilla en el campo. Veamos lo que les dijo:

“He aquí, el sembrador salió a sembrar. Y mientras sembraba, parte de la semilla cayó junto al camino; y vinieron las aves y la comieron. Parte cayó en pedregales, donde no había mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenía profundidad de tierra; pero salido el sol, se quemó; y porque no tenía raíz, se secó. Y parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron, y la ahogaron. Pero parte cayó en buena tierra, y dio fruto, cuál a ciento, cuál a sesenta, y cuál a treinta por uno. El que tiene oídos para oír, oiga” (vv. 3-9).

Las condiciones del terreno afectan el crecimiento

En aquellos tiempos, ver a un campesino sembrando un campo era algo muy normal. Él recorría de ida y de vuelta su campo recién arado, y tomando puñados de semilla de un saco que llevaba colgado al hombro, los lanzaba frente a él a medida que avanzaba.

Los desgastados senderos que serpenteaban entre los pueblos y las granjas se hallaban muy próximos a los campos de cultivo. El intenso tráfico de incontables pies, pezuñas y carretas iba comprimiendo el suelo hasta dejarlo duro y compacto e inutilizándolo para acoger la semilla.

Y como el campo del sembrador de la parábola también estaba junto al camino, inevitablemente sembró alguna de las semillas en la “orilla”. Las semillas que cayeron en la superficie dura del sendero no se hundieron en el suelo ni echaron raíces. Los pájaros en esa época eran tan astutos como los de hoy, y sabían cómo alimentarse sin mucho esfuerzo. Se lanzaban en picada y rápidamente devoraban las semillas. Esta es la semilla que “cayó junto al camino”.

Jesús continuó su relato hablando acerca de la semilla que “cayó en pedregales, donde no había mucha tierra”. Quienes han visitado Tierra Santa saben que gran parte del suelo de esta región es pedregoso, y aunque los campesinos trataban de mantener sus campos sin piedras, era imposible evitar que algunas zonas las tuvieran. Debido a la forma en que se sembraba la semilla y con la ayuda del viento, algunas de ellas irremediablemente caían en estas áreas pedregosas.

El suelo pedregoso está mezclado con tierra, pero ésta no es suficiente para que la semilla germine y eche raíces profundas. Las piedras bloquean el crecimiento de las raíces impidiendo que las plantas crezcan lo necesario para producir fruto. Como Cristo dijo, cualquier cosa que comience a crecer en un suelo pedregoso carece de un sistema de raíces profundas y rápidamente se marchita y muere por el calor, sin dar fruto.

Cristo prosiguió su relato hablando de la semilla que cae entre espinos. Los espinos pueden crecer prácticamente en cualquier tipo de suelo: en uno pobre, en uno pedregoso, o en uno óptimo. En tiempos de Cristo no existían los sofisticados herbicidas con los que contamos hoy para aplicar sobre el suelo y así evitar que crezca cualquier tipo de maleza. Ante la ausencia de espinos y maleza, los cultivos de grano y otros productos pueden crecer tranquilamente, sin hierba inútil que impida su desarrollo. No hay competencia por el terreno ni nada que “ahogue” al buen grano.

Jesucristo dejó para el final la semilla que cae en suelo fértil y produce mucho fruto. Las variantes que él menciona pueden deberse al clima: poca o mucha lluvia, y temperaturas que van de muy bajas a muy altas. Pero cuando la tierra es buena, se fertiliza apropiadamente y tiene la cantidad adecuada de nutrientes, la semilla puede germinar, echar raíces y producir un fruto de excelente calidad.

Lecciones de vida

Al terminar esta parábola, Jesucristo dijo: “El que tiene oídos para oír, oiga”. Debemos prestar mucha atención a lo que nos está diciendo, pero no solo eso: debemos ir más allá, extraer el significado de nuestras vivencias y entender cómo aplicarlo. Cristo espera que aprendamos valiosas lecciones de vida y que no nos limitemos solamente a escuchar.

El trabajo en el huerto de mi patio trasero me ha permitido aprender muchas de esas lecciones a lo largo de mi vida.

Todos los años mis padres plantaban un gran huerto. Como habían crecido durante la Gran Depresión, aprendieron el valor de producir sus propias hortalizas. No podían darse el lujo de comprar todo en el almacén, así que la mayor parte de la comida provenía del huerto de la casa. Durante mi juventud, mi papá siempre cultivó un gran vergel en nuestro patio. Cada año abonaba, araba y preparaba la tierra a fin de proporcionar una buena base a las plantas y semillas.

En las tardes, cuando regresaba del trabajo, se preocupaba de mantener los surcos limpios y libres de maleza; y si no llovía, regaba para que todo siguiera creciendo. Así, a la llegada del verano éramos recompensados con tomates, maíz y frijoles. Siempre había suficiente para comer, envasar y congelar para el invierno. Mis padres consideraban que comer frijoles o maíz enlatados y comprados en la tienda ¡era casi un pecado mortal!

Pero mi familia podía disfrutar de aquello porque mis padres sabían que era fundamental tener una “buena tierra”. Nunca dejaban que el suelo se endureciera ni que creciera maleza o espinos entremedio de los vegetales. Sabían que los espinos prosperan en cualquier parte sin importar si el suelo es fértil o no, que son resistentes al calor y el frío, que la escasez de agua no les afecta y que hasta florecen cuando llueve.

En sus últimos años de vida, mis padres ya no podían cultivar y trabajar el huerto. En cierta ocasión que visité nuestra casa y salí al patio para ver el huerto, me encontré con una imagen desoladora: la maleza, los espinos, el césped salvaje y los cardos se habían apoderado de todo. ¡El área de cultivo era un desastre absoluto! Si el buen suelo no se atiende apropiadamente, se ve invadido por todo tipo de cosas y no se puede cultivar nada de valor en él a menos que se limpie y despeje el área.

Mis propios huertos

A lo largo de mi vida he tenido varios huertos, pero en especial recuerdo dos de ellos.

El primero fue uno cuyo suelo estaba lleno de piedras y tuve que trabajar durante muchas horas durante una primavera para poder sacarlas. Pero mientras más excavaba, más rocas aparecían y llegué al punto en que, si seguía cavando, iba a perder el periodo de siembra. Así que no tuve más alternativa que sembrar sobre tierra pedregosa. Después de un tiempo, me sorprendí al ver que las plantas comenzaban a brotar y abrigué la esperanza de que crecieran lo suficiente como para dar fruto.

Con el correr de las semanas las plantas siguieron desarrollándose lentamente, pero un día cualquiera dejaron de crecer y las altas temperaturas del verano hicieron que la mayoría comenzara a marchitarse. A pesar de todo, unas pocas brotaron y dieron uno que otro fruto pequeño. Hasta donde recuerdo, no coseché más que un par de kilos de frijoles; los enfermizos tallos de maíz no produjeron nada, y las papas que obtuve ni siquiera alcanzaron a llenar un saco pequeño. ¿Qué lección aprendí de esta experiencia? Que una semilla es capaz de germinar y comenzar a crecer en este tipo de suelo, pero no durará mucho, ya que con el calor de mediados de temporada se marchitará y morirá.

También vi cómo las aves se llevaban mi semilla recién sembrada. Si ésta no se siembra profundamente y no se cubre con suficiente tierra, los pájaros saben cómo picotear y sacarla. Incluso otros animales, como mapaches o ardillas, son potenciales destructores ya que arrancan las plantas y semillas cuando germinan y se las comen, acabando así con cualquier esperanza de una buena cosecha.

El otro huerto que me enseñó mucho fue uno que pude cultivar por 22 años, y que no dejó de producir verduras en todo ese tiempo. Había aprendido las lecciones de mi padre, así que lo mantenía bien fertilizado, controlaba las malezas y me preocupaba de mantener limpias las hileras de plantas. Además, esparcía una capa de humus orgánico para mantener la humedad durante las calurosas semanas del verano. Como no era un huerto muy grande, no necesitaba un sistema mecanizado para arar, así que cuando quería sembrar, todo lo que tenía que hacer era remover la tierra, que se desmoronaba fácilmente con una pala, pasar el rastrillo y colocar la semilla. Pasé muchas horas en ese huerto y era un placer ir cada tarde a ver cuánto habían crecido las plantas.

Aquel huerto se convirtió en una herramienta terapéutica que me ayudó a superar distintos momentos de mi vida, y también me sirvió de inspiración para muchos sermones y otros mensajes. A lo largo de los años entendí por qué Jesús usaba la tierra como analogía para ilustrar sus enseñanzas espirituales más profundas.

Lecciones vitales para todos nosotros

Entre las parábolas acerca de la tierra, la del sembrador y la semilla se destaca como la más clara y reveladora por la profundidad de su mensaje, que nos enseña la forma en que la semilla del evangelio del Reino se siembra y prospera en el campo de la vida. Ninguna otra parábola enseña cómo el diablo, el atractivo del mundo y las preocupaciones de la vida conspiran para arrancar de nuestras vidas las verdades eternas del Reino de Dios. Nuestro mundo moderno está lleno de distracciones: las rocas, espinos y pájaros son los conspiradores que impiden que la Palabra de Dios y su llamamiento echen raíces y den fruto.

Como ministro del evangelio, he observado esta parábola en acción en las vidas de innumerables personas. Las lecciones de esta historia siguen vigentes, y por tal razón “la semilla” del evangelio de Jesucristo y del Reino de Dios se está sembrando a través de esta revista, el programa de televisión Beyond Todayy otros esfuerzos de nuestra iglesia.

En este mismo momento, mientras lee estas palabras, usted tiene en sus manos “un puñado de semillas”, y la palabra del Reino de Dios está siendo sembrada en su vida. Ahora le corresponde preguntarse, ¿de qué calidad es “el suelo” de mi vida? ¿Tiene piedras? ¿Está muy duro debido a las experiencias que he vivido? ¿Puede Satanás arrebatarme la preciosa y valiosa verdad de Dios?

El éxito espiritual, la confianza y la esperanza eterna que usted pueda desarrollar y lograr dependerán de cómo responde a estas preguntas. ¡Las semillas del evangelio de Dios y de su reino eterno han sido esparcidas frente a usted para que haga buen uso de ellas!

En el próximo número veremos la interpretación que Cristo hace de esta parábola y lo que ella puede significar para su rol en el Reino de Dios. ¡No se lo pierda!  

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