Capítulo 2: Entienda, viva y ame la Biblia

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“Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Timoteo 3:16-17).

La Biblia es aburrida. Esa fue mi conclu­sión. Tenía alrededor de diez años, y sentía cierto respeto por la Biblia así que decidí que debía leerla, desde Génesis has­ta los mapas del final. Pero no llegué muy lejos.

Estaba muy orgulloso de mi progreso hasta que casi me quedo dormido en el capitulo 5 de Génesis, un aburrido registro genealógico. Sin embargo, como estaba acostumbrado a seguir secuencias, no sa­bia cómo leer rápido ni saltarme algunas partes, así que leí verso por verso con gran esfuerzo. Pero luego, en el capitulo 10, ¡me encontré con otro registro genealógico! En ese punto desistí de leer el Antiguo Testa­mento.

Por lo menos leeré el Nuevo Testamento, pensé. De seguro seria más interesante. ¡Pero el Nuevo Testamento comienza con un registro genealógico! Y a pesar de sen­tirme un poco avergonzado de mi falta de espiritualidad y compromiso, me di por vencido. Basándome en la muestra que habia leido, decidi que la Biblia no era un libro fácil de entender.

Luego, cuando tenía 12 años, murió uno de mis hermanos menores. Como resulta­do, comencé a pensar mucho más seria­mente acerca del significado de la vida, y de la vida después de la muerte. En re­trospectiva, veo cómo Dios gradualmente utilizó ese doloroso recuerdo para trans­formar mi vida.

El punto decisivo

Pero no leí la Biblia hasta que me vi for­zado a hacerlo. Uno de los cursos obligato­rios para los estudiantes de ingeniería era Estudio de la Biblia, de un semestre de du­ración. Se nos asignó leer y escribir acerca de una gran variedad de segmentos de las Escrituras. ¡Esto abrió mis ojos, y mucho de lo que leí me sorprendió y fascinó!

Leí muchas cosas asombrosas acerca de la Biblia, incluyendo su alto ranking como una de las mejores obras literarias de la hu­manidad. Incluso entre la literatura secular, la Biblia es citada, ya sea consciente o in­conscientemente, mucho más que cual­quier otro libro.

También llegué a apreciar el significado de la herencia judeo-cristiana y la profun­da influencia que la Biblia ha tenido en la civilización occidental. Hoy en día uno puede comprar libros completos con citas de muchos de los fundadores de los Esta­dos Unidos, que demuestran cuán sólida era su creencia en la Biblia.

Aquella clase fue el punto decisivo en mi vida. Al poco tiempo comencé a estudiar la Biblia con gran entusiasmo, y un mundo completamente nuevo se abrió ante mis ojos. Estaba descubriendo cuán confiables y valiosas son las Escrituras y cuán relevan­tes son para la vida diaria. Mi perspectiva con respecto a todo cambió, y cambió para bien.

Sin embargo, lo más importante era que no solo estaba leyendo acerca de Dios, sino que estaba llegando a conocerlo de una manera real y personal. Desde ese punto en adelante, cuando leía la Biblia, ¡era Dios quien me hablaba!

Simultáneamente estaba estudiando mucho sobre ciencia y matemáticas, por lo cual se me hizo evidente que cada detalle en el universo es el resultado de una pla­nificación, ingeniería y construcción per­fectas. ¡Esto no podía haber ocurrido por accidente! Llegué a la conclusión de que si la Biblia provenía de Dios, también debía ser absolutamente perfecta, y me propuse comprobar si esto era cierto.

De hecho, Dios se ha revelado a si mis­mo en dos maneras: sus palabras (la Biblia) y sus obras (la creación que vemos a nues­tro alrededor, compare con Salmos 19:1-4; Romanos 1:20).

El manual de instrucción del Creador

De todas las criaturas de la Tierra, es obvio que los seres humanos somos únicos. Tenemos mentes magnificas, con asom­brosas capacidades intelectuales. La men­te humana también tiene potencial espiri­tual y hambre por la espiritualidad, lo cual no es nada extraño una vez que aprende­mos que “creó Dios al hombre a su imagen” –a la imagen de Dios mismo– ¡para tener una relación intima con él! (Génesis 1:27).

Todas las formas de vida física son go­bernadas principalmente por el instinto, a excepción de los seres humanos. Nece­sitamos un mapa –una guía para la vida–, o nuestros intereses intelectuales y espiri­tuales irán por mal camino.

No tiene sentido que Dios haya creado su obra maestra, los seres humanos, y lue­go nos haya dejado a oscuras acerca de por qué estamos aquí. La verdad es que Dios nos dio su revelación de lo que debemos saber pero que no podríamos aprender por nosotros mismos: se trata de un ma­nual para la vida que llamamos la Biblia.

La palabra Biblia se deriva de la palabra griega biblion, que significa “libros”. La Bi­blia es una colección de los 66 libros que actualmente tenemos, 39 en el Antiguo Testamento y 27 en el Nuevo. Estos fueron escritos por 40 autores con diferentes esti­los literarios y provenientes de diez nacio­nes, ¡en el transcurso de aproximadamen­te 1500 años!

Sin embargo –milagro de milagros–, a pesar de la gran diversidad de la Biblia, hay en ella una increíble unidad. Es consistente y coherente de principio a fin.

¿Cómo puede ser esto posible? Porque Dios inspiró y dirigió a cada autor y, como consecuencia, el autor real tras bambalinas siempre fue Dios (2 Timoteo 3:16).

Por lo tanto, la Biblia es también un solo libro. Es el Libro— el Libro de libros. Mu­chas religiones dicen tener un libro sagra­do, pero la Santa Biblia es precisamente eso: el Libro de Dios. Es la revelación divina para la humanidad y, por lo tanto, la “Palabra de Dios” literal y legítima. Es completa, y Dios nos advierte en el Antiguo y el Nue­vo Testamento que no debemos añadir ni eliminar nada de ella (Deuteronomio 4:2; 12:32; Apocalipsis 22:18-19).

De hecho, la Biblia incluso nos da una serie de citas en primera persona de par­te de Dios que son precedidas de frases como “Así dice el Señor. . .”

Una Biblia en dos partes

Irónicamente, muchos cristianos igno­ran el Antiguo Testamento y lo consideran irrelevante, mientras que la mayoría de los judíos rechaza el Nuevo Testamento. Am­bos puntos de vista son erróneos. Juntos, los dos testamentos constituyen la Palabra escrita de Dios. El Nuevo Testamento no puede comprenderse correctamente sin un conocimiento fundamental del An­tiguo, y el Antiguo Testamento se debe entender bajo la luz del Nuevo. Ambos se complementan y completan.

Jesucristo y los autores del Nuevo Tes­tamento citaron reiteradamente las Escri­turas hebreas que llamamos el Antiguo Testamento. Por muchos años, estas eran las únicas Escrituras que tenía la Iglesia cristiana primitiva. Como fueron amplifi­cadas por las declaraciones mismas de Jesús, formaron la base de las enseñanzas y prácticas cristianas. Luego, para cuando el apóstol Pedro escribió su segunda epísto­la, algunas partes de lo que llegó a compo­ner el Nuevo Testamento también fueron aceptadas como parte de las “Escrituras” (vea 2 Pedro 3:16).

Mucha gente cree erróneamente que, durante su ministerio, Jesucristo criticó a los fariseos y a otros judíos por enseñar y practicar lo que dice el Antiguo Testamen­to. Pero no es así. ¡Jesús los amonestó por no vivir según las Escrituras! Era como si ni siquiera las hubieran leído, porque Jesús reiteradamente preguntó, “¿o no habéis leído. . .?” Jesús también dijo, “Bien invali­dáis el mandamiento de Dios para guardar vuestra tradición” (Marcos 7:9; vea versícu­los 5-13).

Hoy en día, el judaísmo es prácticamen­te igual. Además, la mayoría de la cristian­dad también le da más importancia a las tradiciones religiosas que a la Biblia, y mu­chas de esas tradiciones están en conflicto con ella.

Todo lo que proviene de Dios es per­fecto. Los textos originales de la Biblia en hebreo, arameo y griego eran infalibles (a pesar de que ninguna traducción humana de esos textos es perfecta). La Biblia es ver­dadera, y es la verdad — la verdad absolu­ta (Juan 17:17).

La Biblia debería servir como fundamen­to para todas las áreas del conocimiento. La armonía con la Biblia es el filtro o prue­ba de la verdad suprema. Si una idea o teo­ría se contrapone a la Biblia, no puede ser correcta. La Biblia es especialmente nece­saria para comprender los absolutos de la vida, tales como lo que es bueno y lo que es malo.

La Iglesia del Nuevo Testamento versus el escepticismo de hoy en día

Note la enfática declaración del apóstol Pablo: “Pero esto te confieso, que según el Camino que ellos llaman herejía, así sirvo al Dios de mis padres, creyendo todas las cosas que en la ley y en los profetas están escritas” (Hechos 24:14). El verdadero cristianismo era llamado “el Camino”, porque es un camino de vida, no solo una creencia.

Y “en la ley y en los profetas” es una refe­rencia a lo que llamamos el Antiguo Testa­mento. Por lo tanto, ¡Pablo dijo que él creía en todas las cosas del Antiguo Testamento! Muchos “cristianos” en la actualidad no creen todo lo que dice el Nuevo Testamen­to, ¡y mucho menos el Antiguo!

Trágicamente, el mundo actual se in­clina hacia la incredulidad y la apatía en cuanto a la Biblia. El “cristianismo” está cada vez más desconectado de ella, y la mayoría de quienes profesan ser cristianos ni siquiera leen la Biblia y menos aún obe­decen sus enseñanzas. De hecho, muchas de las creencias y prácticas que ellos supo­nen que provienen de la Biblia ni siquiera se encuentran en sus páginas.

Muchos evitan leer la Biblia (y algunos incluso la odian) porque saben o sospe­chan que los corregirá por sus pecados y otros hábitos que no están dispuestos a abandonar.

Además, el cristianismo y especialmen­te las creencias basadas en la Biblia están siendo bombardeados cada vez más con escepticismo y ataques en contra. Algu­nos dicen que solo quienes “carecen de educación” podrían llegar a sostener tales creencias. Tal como afirma Judas 18, habrá “burladores” a medida que se aproxime el fin de esta era de mal gobierno humano bajo Satanás.

Todo esto puede ser muy confuso e in­timidante, pero es aquí donde usted debe llenarse de valor. Preocúpese más acerca de lo que Dios piensa que de lo que cual­quier hombre pueda pensar. No confíe en alguien más para entender lo que dice la Biblia, ¡sino léala por sí mismo! Nade en contra de la corriente; cuéntese entre aquellos pocos que escogen la puerta es­trecha que lleva a la vida, no los muchos que escogen la puerta ancha y fácil que lleva a la destrucción (Mateo 7:13-14).

Tenga lo siguiente en mente: Noé predi­có la verdad durante todo el tiempo que le tomó construir el arca, pero solo siete personas le creyeron y fueron salvadas del diluvio (2 Pedro 2:5).

Cristo les predicó a multitudes por varios años, pero su Iglesia comenzó con solo 120 discípulos (Hechos 1:15). Cuéntese en­tre los pocos que escuchan bien, ¡y luego haga lo correcto!

La Biblia trae “buenas nuevas”

El mensaje de Jesús y los apóstoles era llamado “el evangelio”. La palabra evange­lioproviene de la palabra griega evange­lion, que significa “buenas nuevas”. Pero, ¿las buenas nuevas respecto a qué? La ma­yoría de los cristianos no podría contestar con certeza esta pregunta.

El mensaje de Cristo se refería más bien al “evangelio del reino de Dios” (Marcos 1:14). Debemos darnos cuenta de que Cris­to predicó las buenas noticias acerca de su futuro regreso para establecer el Reino de Dios en la Tierra, ¡y de cómo los seres hu­manos pueden formar parte de ese reino eterno y de la familia de Dios! Es verdade­ramente un mensaje de esperanza para toda la humanidad (Romanos 15:4).

Algunos pueden pensar que el evan­gelio fue predicado solo en el Nuevo Testamento; sin embargo, este mensaje también se encuentra a lo largo del Antiguo. De hecho, toda la Biblia está interrelacionada, por lo que en un sentido el evangelio es toda la Biblia. Las Escrituras tienen abundantes malas noticias acerca del “presente siglo malo” (Gálatas 1:4), pero las noticias a largo plazo son maravillosas y muy esperanzadoras — ¡un nuevo mun­do que está por venir, bajo el reinado de Jesucristo!

Claves para entender la Biblia

¿Cómo puede usted sacar el mayor pro­vecho a la lectura y estudio de la Biblia? A continuación se presentan algunas impor­tantes claves.

Tómese el tiempo –o hágaselo, si es ne­cesario– en su ocupada vida para dedicar­se a la lectura diaria de la Biblia, pero con­viértalo en una prioridad. Muchos grandes y exitosos hombres y mujeres han sido de­dicados lectores diarios de la Biblia. Incluso algunos presidentes de los Estados Unidos han establecido esta práctica mientras han ocupado esta importante posición. Si ellos dedicaban un tiempo para leer la Biblia a diario, si ellos podían hacer que esto cal­zara en su vida diaria, ¿por qué no puede hacerlo usted?

Reflexione y piense profundamente acerca de lo que ha leído, y considere cómo poner en práctica estas lecciones en su vida; no hay mejor inversión.

Para comprender, ore para que Dios lo ayude. “Pedid, y se os dará” (Mateo 7:7). La oración, el tema del capítulo anterior, y el estudio de la Biblia van de la mano.

Asegúrese de aprovechar los recursos humanos y tecnológicos disponibles. Cuando un funcionario etíope leía el libro de Isaías, Felipe le preguntó: “¿Entiendes lo que lees?” El hombre respondió: “¿Y cómo podré, si alguno no me enseñare?” (Hechos 8:26-31). Ayuda mucho tener instructores de la Biblia que le puedan mostrar dónde buscar las respuestas a los grandes interro­gantes de la vida, por lo cual le invitamos a solicitarle ayuda también a la Iglesia de Dios Unida. Ofrecemos muchos recursos que son cruciales para adquirir una base de entendimiento bíblico.

Note que la Biblia puede comprender­se en varios niveles. Una persona que no tiene interés en Dios puede leer la Biblia y adquirir mucho entendimiento en el as­ pecto histórico (¡la historia de Dios!), de re­laciones humanas, y muchos otros temas. Las Escrituras están colmadas de gran sa­biduría.

Pero comprender la Biblia en un nivel espiritual profundo requiere que el lector cumpla ciertos requisitos. Una de las cla­ves es tener una actitud humilde y dispues­ta a aprender — ¡ser receptivo y dócil en cuanto a las instrucciones de Dios!

“El principio de la sabiduría es el temor del Eterno; buen entendimiento tienen todos los que practican sus mandamientos” (Salmos 111:10). Para llegar a entender verdaderamente la Palabra de Dios se re­quiere que tengamos una actitud de gran reverencia hacia él y de sumisión a su au­toridad. Dios bendice a los lectores de su Palabra con entendimiento cuando mues­tran que están dispuestos a poner en prác­tica y a obedecer lo que aprenden.

En Lucas 4:4, Jesús citó del Antiguo Tes­tamento diciendo “no sólo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca del Eterno vivirá el hombre” (vea Deuteronomio 8:3). Considere el significa­do de esta declaración:

Primero, el propósito de la Palabra de Dios es que nosotros vivamos según ella.

Segundo, esto es lo que nos fortalece y sostiene espiritualmente, tal como el pan lo hace físicamente.

Tercero, debemos tener una mente in­quisitiva que tiene hambre de la Palabra de Dios.

Cuarto, Jesús incluyó cada palabra de Dios, no solo algunas.

Quinto, ¿cómo podemos vivir según las palabras de Dios si no las hemos leído?

Sexto, “usted es lo que come”. Ingerir las palabras de Dios puede incrementar su piedad.

Incluso los niños pueden adquirir un en­tendimiento considerable de la Biblia, en parte porque ellos tienden a tener actitu­des humildes y dóciles.

Además, recuerde que los pensamien­tos de Dios son infinitamente superiores a nuestros pensamientos humanos (Isaías 55:9-11). El Espíritu de Dios es esencial para tener un entendimiento cada vez más profundo de la verdad espiritual y también el poder para vivir según esa verdad. Más adelante en esta serie discutiremos el ma­ravilloso proceso para obtener el don del Espíritu Santo.

¿La Biblia? ¡No tiene precio!

La revelación de Dios de cómo llevará a los seres humanos al Reino de Dios es un “tesoro” — la “perla de gran precio” (Mateo 13:44-46; vea también Proverbios 3:13-18). Cada sacrificio vale la pena. Dios desea que indaguemos, busquemos y escudriñemos las Escrituras con todo nuestro corazón para entrar a su reino.

Una definición de “discípulo” es “estu­diante”, por lo que Dios desea que todos nos convirtamos en estudiantes de Jesu­cristo. Entonces, sacuda el polvo de su Bi­blia. Abra el Libro y su corazón para oír lo que Dios tiene que decirle.

Leer la Biblia es “útil” por muchas razones (2 Timoteo 3:16-17). Los creyentes bereanos eran llamados “nobles” porque escudriña­ban “cada día las Escrituras”, para asegurarse que lo que se les enseñaba se apegaba a sus instrucciones (Hechos 17:11).

El estudio de la Biblia es un asunto se­rio. La única fuente de seguridad confiable que podemos tener en esta vida es Dios. Si no oímos hoy, puede que mañana ya no existamos. Lo que realmente importa es la vida después de la muerte, y por ello, debemos convertirnos en discípulos y “ha­cedores de la Palabra” (Santiago 1:21-25), y todo sacrificio que hagamos en esta vida es mínimo comparado con la gloriosa vida eterna que Dios nos está ofreciendo (Ro­manos 8:18).

El capítulo más largo de la Biblia es Sal­mos 119. ¡Cuán apropiado es que sea una extensa canción de amor que alaba a Dios por su Palabra y sus leyes! El autor dice: “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lum­brera a mi camino” (v. 105). ¡Que su Palabra alumbre su vida!

Sea entusiasta y apasionado en cuanto a la Palabra de Dios. ¡Sumérjase en ella! Con un mayor entendimiento viene una mayor satisfacción y gozo. Inténtenlo; ¡le agrada­rá (Salmos 34:8), y verá cómo se transfor­ma su vida!

El siguiente versículo de Apocalipsis 1:3 se aplica directamente al libro de Apoca­lipsis, pero también tiene que ver con toda la Biblia: “Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan [obedecen] las cosas en ella escri­tas; porque el tiempo está cerca”. EC

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