La parábola de la moneda perdida: En busca de los extraviados

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En cierta ocasión, Jesús contó la historia de una mujer resuelta a encontrar algo que había extraviado. Además de ilustrar el anhelo de Dios de rescatar a la humanidad perdida, este breve relato también nos enseña que debemos sentir ese mismo deseo y valorar entrañablemente las relaciones interpersonales.


La mujer en la parábola de Jesús estaba muy feliz de haber encontrado la moneda perdida.

Fuente: FreeBibleImages

Dios nos cuenta muchas historias y parábolas acerca de gente abandonada, despreciada, ignorada o perdida, por medio de Lucas, médico y discípulo del apóstol Pablo. Lucas escribe acerca de las mujeres, los mendigos, los hijos perdidos y las viudas con tal sentimiento, que deja en evidencia su propia compasión y empatía por la gente sencilla. Lucas se sintió cautivado por este aspecto del ministerio de Jesucristo y Dios se valió de este hecho para registrar en su Palabra una perspectiva singular.

Lucas se interesaba por la gente, Cristo ama a todas las personas, y nosotros debemos seguir su ejemplo y valorar a los demás. La siguiente historia alude a este tema.

El escenario

Imagínese a una mujer que vive en una casa pequeña, una de tantas en las atochadas calles del pueblo. Esta mujer, que se sustenta con muy pocos recursos, pasa sus días cosiendo, tejiendo, leyendo, cocinando y compartiendo con sus vecinos. A pesar de sus escuálidos medios, tiene algún dinero guardado: diez monedas de plata que significan mucho para ella. Pero cierto día se da cuenta de que ha perdido una.

Cristo describió la situación en dos breves versículos: “¿O qué mujer que tiene diez dracmas, si perdiere una dracma, no enciende el candil, y barre la casa, y busca con diligencia hasta encontrarla? Y cuando la halla, reúne a sus amigas y a sus vecinas, diciendo: Regocijaos conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido. Así os digo que hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente” (Lucas 15:8-10).

Hablando específicamente de las monedas, algunos afirman que éstas se llevaban colgadas en un velo o en el cuello de una mujer como parte de sus joyas o de la dote que le permitiría vivir en caso de que su marido falleciera. De haber sido este el caso, aquellas monedas deben haber tenido un gran valor agregado para la mujer del relato, pero no hay evidencia concreta de que así fuera. El valor comercial de ellas era suficientemente alto de por sí.

De acuerdo al griego original, estas monedas eran dracmas; cada una equivalía a un denario romano, que correspondía aproximadamente al salario de un día. Así, supongamos que en moneda actual ella tenía US$500 y había perdido US$50. Por otra parte, un experto en el estilo de vida del antiguo Oriente Medio dice que la posesión de dinero no era algo común entre los campesinos de ese entonces: “En gran medida, una aldea campesina era autosuficiente; sus habitantes elaboraban su propias vestimentas y cultivaban sus propios alimentos, por lo que el dinero en efectivo era una rareza. Por lo tanto, el valor de esta moneda perdida era muy superior al salario de un día de trabajo” (Kenneth Bailey, Poet & Peasant and Through Peasant Eyes: A Literary Cultural Approach to the Parables in Luke[Poeta y campesino desde la perspectiva campesina: Enfoque literario y cultural de las parábolas de Lucas] 1983, p. 157).

Pero fuere cual fuere el caso, es evidente que para la mujer del relato la pérdida de una de sus monedas era toda una tragedia.

Una búsqueda minuciosa

Es fácil imaginarse la conmoción de esta mujer y su grito ahogado al percatarse de que ha perdido una de sus monedas. ¿La habrá colocado en otro lugar, o la habrá dejado caer? ¿O será que alguien se la ha robado? Estas posibilidades son suficientes para dejarse dominar por el pánico. ¿Dónde podrá estar su moneda?

Una casa típica de aquella época no tenía ventanas, o solo tenía ranuras en lugar de ellas; por lo tanto, en su interior había muy poca visibilidad y para encontrar la moneda perdida se requería más luz. El aceite para la lámpara era costoso y normalmente se reservaba para la noche; sin embargo, ella tenía que encontrar su moneda.

Empieza la búsqueda; utilizando su escoba, con mucho cuidado comienza a escudriñar de manera sistemática y meticulosa; busca por todo el piso de tierra apisonada, bajo los tapetes y las vasijas de cerámica, y no encuentra nada. Una vez más vuelve a intentarlo, pero esta vez ilumina la habitación desde otro lado, para ver las sombras desde un ángulo diferente.

Justo antes de terminar sin éxito su segundo intento de búsqueda, percibe un pequeño destello. ¡Ahí está! ¡Finalmente la encuentra! Rápidamente la recoge y le sopla el polvo. “¡Aquí estás!”, exclama, “¡pensé que nunca te encontraría!”

De inmediato sale corriendo de su casa y llama a sus vecinas: “¡Vengan, tengo buenas noticias, encontré la moneda que se me había perdido!” Uno puede imaginarse la alegría de sus amigas, complacidas de que ella ya no esté al borde de la desesperación y de que por fin tenga todas sus valiosas monedas. Se restablece la paz interior y la vida vuelve a su curso normal y tranquilo.

Las relaciones y la necesidad de restauración

Esta es una anécdota clara y sencilla relatada en tres versículos. ¿Qué podemos aprender de ella?

Las tres parábolas de Lucas 15 se refieren al restablecimiento de las relaciones deterioradas; la moraleja de ellas es que Dios está llamando a los seres humanos perdidos, invitándolos a tener una relación amorosa con él. No hay duda de que ese es el meollo de estas lecciones, y de que todos los seres humanos deben admitir la necesidad de que Dios los encuentre. Sin embargo, debemos tener presente que Dios espera que valoremos las relaciones y nos esforcemos por reconciliarnos y restablecer las amistades, tal como él lo hace.

Cuando pienso en esa mujer de escasos recursos que vivía en una modesta casa y en el tema de las relaciones dañadas, me acuerdo de una señora que conocí.

Durante los años que trabajé en el ministerio como pastor, conocí diferentes tipos de personas. Un día recibí la carta de una viuda cuyo nombre era Sadie. Ella quería que la visitara para hablar de las verdades que estaba aprendiendo en la Biblia acerca de Dios y del llamado que estaba sintiendo.

La encontré viviendo en lo que más parecía una choza que una casa. La vivienda había sido en un tiempo parte de un complejo habitacional para obreros de un molino en un pueblo de Carolina del Norte, pero había estado abandonada y descuidada por mucho tiempo. Sadie apenas tenía agua corriente y contaba con poca comida y escasas pertenencias. No obstante, había encontrado una nueva y mejor comprensión de Dios. Por primera vez en su vida había empezado a entender las profundas verdades sobre quién y qué es Dios y cuál era el propósito para su vida.

Sadie era lo que llamaríamos una persona temerosa de Dios, una asidua buscadora de su voluntad. Había sido religiosa toda su vida; creía en Dios y leía su Biblia, pero le hacía falta algo. Nunca se había sentido completamente satisfecha con lo que había oído, y la fe de su juventud no había llenado sus expectativas. Ella era como muchos hoy en día, que saben que su religión carece de algo y siguen buscando un significado más profundo a su vida y una relación más cercana con Dios.

La viudez no había sido benévola con Sadie, pues su familia la había abandonado. Nunca supe cómo llegó a vivir a esa casucha oscura donde la encontré. Vivía con la última “moneda” que le quedaba, y aparentemente no tenía ninguna esperanza de encontrar las otras nueve.

Pero ella se aferraba con todas sus fuerzas a la única “moneda” que encontró en aquella oscura casa: el verdadero evangelio de Jesucristo y del Reino de Dios. Esa moneda comenzó a brillar y su fervor empezó a crecer. Nos recibió en su casa, y nosotros le dimos la bienvenida a la nuestra.

Sadie encontró un hogar en la Iglesia de Dios. Una de las primeras cosas que hice fue buscarle un apartamento cerca de la ciudad, en una zona agradable y cerca de un supermercado, con un cuarto de baño completo, ¡y hasta con agua corriente, caliente y fría! Ahora tenía un hogar físico limpio, luminoso y cálido, como también un hogar espiritual seguro y acogedor donde adorar a Dios cada sábado con su nueva familia.

Cómo buscar y encontrar a los perdidos

Dios dice que él cuida de las viudas: “El Eterno guarda a los extranjeros; al huérfano y a la viuda sustenta; y el camino de los impíos trastorna”. (Salmo 146:9). He comprobado esto en innumerables circunstancias a través de los años. Como aprendí en el caso de Sadie, Dios busca y proporciona ayuda incluso a viudas como ella. Para Dios una viuda puede ser una de esas “monedas perdidas” que él busca con la lámpara de aceite encendida, barriendo con una escoba de un lado a otro hasta que la encuentra y la pone en contacto con alguien que la ayude a seguir adelante.

A pesar de que Dios tiene nueve de las diez monedas, él las quiere todas. Esta parábola resulta alentadora porque nos muestra la singular dedicación de Dios al cuidado de la humanidad, al punto de ir en busca de los perdidos. Cristo pasó tiempo con los que necesitaban de su presencia y enseñanzas para enfrentarse al pecado y vencerlo. Como él mismo dijo: “Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos: No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento” (Marcos 2:17).

En el gran plan de Dios, él reunirá a todos los perdidos y abandonados para agregarlos al cuerpo espiritual más grande que él está edificando: la Iglesia en toda su gloria espiritual. Sadie es un ejemplo del cuidado y preocupación de Dios por nosotros.

Sadie aprendió que Dios desea restaurar la relación de los seres humanos con él, y algo que ella hizo me hizo suponer que quiso adoptar la misma forma de pensar de su Padre. De todos los hijos que Sadie tuvo, había una hija con la que había perdido contacto desde hacía muchos años. La joven simplemente desapareció de su vida y nunca más se contactó ni con ella ni nadie más de la familia. Pero Sadie abrigaba la esperanza de que estuviera viva en alguna parte.

Sadie entendía que ella misma había sido “encontrada” por su padre espiritual, así que empezó a buscar a su hija. Comenzó enviando avisos clasificados a los diarios importantes, de lo cual me enteré cuando vi su aviso publicado en el periódico internacional de nuestra iglesia.

Nunca supe si Sadie logró encontrar alguna huella de su hija, pero supongo que no. Poco después fui trasladado a otra área, y con el tiempo perdí contacto con ella. Sadie probablemente vivió el resto de su vida sabiendo que un día iba a encontrar esa “moneda perdida”, su hija, en un mejor momento y lugar, cuando se establezca el Reino de Dios en este mundo. Entonces podrá compartir con su hija la misma verdad que ella encontró.

El mensaje del Reino de Dios requiere que haya arrepentimiento, que cambiemos y le demos un giro a nuestra vida para obedecer y adorar a Dios en espíritu y en verdad, confiando en sus promesas de vida eterna. Cristo vino a predicar y a plantearnos un desafío: “arrepentíos, y creed en el evangelio” (Marcos 1:15). La parábola de la moneda perdida ilustra claramente ese desafío. Dios ha determinado que lo va a buscar hasta que lo encuentre, porque él nunca se rinde.

El desafío está frente a usted hoy; la pregunta es, ¿permitirá usted que Dios lo encuentre? 

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