La gracia y el perdón de Dios

Ya que Dios perdona nuestros pecados en el bautismo, necesitamos valorar su gran perdón. Además, necesitamos entender que ese perdón nos impone ciertas obligaciones.

Ya que Dios perdona nuestros pecados en el bautismo, necesitamos valorar su gran perdón. Además, necesitamos entender que ese perdón nos impone ciertas obligaciones. También necesitamos entender que algunos maestros religiosos, afirmando representar a Cristo, con frecuencia malinterpretan y abusan de la misericordia y el perdón de Dios.

En las Escrituras, con frecuencia el perdón de Dios está asociado directamente con la palabra gracia, que se refiere al favor inmerecido que recibimos de Dios. La gracia también está relacionada estrechamente con la palabra regalo.Por lo general, se refiere a un favor o don inmerecido, tal como el regalo inmerecido del perdón y la vida eterna que recibimos de Dios. Es fundamental que entendamos el significado real y el propósito del perdón y de la gracia de Dios. Los dos conceptos están estrechamente relacionados en las Escrituras y ambos son cruciales para nuestra salvación.

Sin embargo, muchos maestros religiosos malinterpretan o falsean la gracia de Dios.

¿Cómo se malinterpreta o falsea la gracia de Dios?

“Porque algunos hombres han entrado encubiertamente, los que desde antes habían sido destinados para esta condenación, hombres impíos, que convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios, y niegan a Dios el único soberano, y a nuestro Señor Jesucristo” (Judas 4).

Aun en la época de los apóstoles de Cristo, “falsos apóstoles” (2 Corintios 11:13) empezaron a malinterpretar astutamente las Escrituras y las enseñanzas de Jesús. Tergiversaban la gracia de Dios —especialmente en los escritos de Pablo (2 Pedro 3:15-16)— y la tomaban como un permiso para hacer a un lado las leyes de Dios. Esta forma de torcer las Escrituras, que aún continúa en los círculos religiosos, no es más que permiso para pecar.

¿Qué ofrecen tales maestros en vez de la ley de Dios?

“Pues hablando palabras infladas y vanas, seducen con concupiscencia de la carne y disoluciones a los que verdaderamente habían huido de los que viven en error. Les prometen libertad, y son ellos mismos esclavos de corrupción. Porque el que es vencido por alguno es hecho esclavo del que lo venció” (2 Pedro 2:18-19).

Una falsa libertad —libertad de las leyes y la autoridad de Dios— siempre ha sido la meta real de los falsos maestros. Pedro habla acerca de maestros que enseñan conceptos torcidos de libertad, “aquellos que, siguiendo la carne, andan en concupiscencia e inmundicia, y desprecian el señorío” (v. 10).

En efecto, han tergiversado la gracia de Dios presentándola como independencia de su ley, la verdadera ley que define el pecado. Abogan por una forma de libertad —una liberación de cualquier obligación de obedecer los mandamientos de Dios— que no aparece en la Biblia. Se rigen por su naturaleza humana, los designios de la carne, que según Pablo “no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden” (Romanos 8:7).

Sin embargo, ellos han tenido bastante éxito al convencer a gran parte de la cristiandad que la gracia de Dios respalda su concepto falso. Debemos ser muy cuidadosos y no permitir que nos convenza ninguna enseñanza que convierte la gracia en libertinaje.

¿Cómo describe Pablo a aquellos que aceptan esta forma engañosa de libertad?

“Ciertamente, si habiéndose ellos escapado de las contaminaciones del mundo, por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, enredándose otra vez en ellas son vencidos, su postrer estado viene a ser peor que el primero. Porque mejor les hubiera sido no haber conocido el camino de la justicia, que después de haberlo conocido, volverse atrás del santo mandamiento que les fue dado. Pero les ha acontecido lo del verdadero proverbio: El perro vuelve a su vómito, y la puerca lavada a revolcarse en el cieno” (2 Pedro 2:20-22).

¿Qué clase de libertad enseña realmente la Biblia?

“Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna” (Romanos 6:22).

“Así hablad, y así haced, como los que habéis de ser juzgados por la ley de la libertad” (Santiago 2:12).

“Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace” (Santiago 1:25).

Actualmente es popular la enseñanza de que lo único que necesitamos para recibir el perdón y la salvación es la fe. Pero según las Escrituras, hemos sido “libertados del pecado” para que podamos ser “siervos de Dios”. Debemos ser “hacedores de la obra”. Así que examinemos lo que las Escrituras enseñan realmente acerca de la relación entre la fe, las obras y la obediencia a Dios.

¿Revelan las Escrituras que la fe debe estar acompañada de obras?

“Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma” (Santiago 2:17).

Santiago explica muy claramente por qué la fe sin obras (acciones que demuestren que en verdad le creemos a Dios) está “muerta”: totalmente inútil. “¿Mas quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta? ¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? ¿No ves que la fe actuó juntamente con sus obras, y que la fe se perfeccionó por las obras? Y se cumplió la Escritura que dice: Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia, y fue llamado amigo de Dios. Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe . . . Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta” (Santiago 2:20-26).

Lo que Santiago enseñó es que nuestras acciones demuestran si nuestra fe es genuina. Abraham probó que su fe era auténtica por lo que hizo. Santiago explicó que necesitamos seguir el ejemplo de Abraham.

Pablo concluyó un análisis de la importancia de la fe diciendo enfáticamente: “¿Luego por la fe invalidamos la ley? En ninguna manera, sino que confirmamos la ley” (Romanos 3:31). Tanto la fe como la ley de Dios son componentes fundamentales del arrepentimiento y del proceso de la conversión.

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