La semejanza de Dios

¿Qué significan las expresiones “a imagen” y “semejanza” de Dios en Génesis 1:26?

En Génesis 1:26, Dios dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza”. Las palabras plurales “hagamos” y “nuestra” denotan la acción de dos seres, tanto Dios el Padre como el Verbo, que más tarde nacería en la carne como Jesucristo (Juan 1:1-3, 14). ¿Qué significan las expresiones “a imagen” y “semejanza” de Dios en este pasaje? 

Aún más importante, Dios nos hizo como él en cuanto a cualidades intelectuales, como el pensamiento abstracto, la creatividad y la habilidad de formular planes. Pero implícitamente, los términos hebreos usados aquí tienen que ver con la forma y la apariencia literales. La palabra tselem (“imagen”) se usa en el sentido de una estatua, mientras que demut (“semejanza”) se refiere al parecido físico.

Sin embargo, como Juan 4:24 nos dice, “Dios es espíritu”. La palabra griega traducida aquí y en otras partes del Nuevo Testamento como “espíritu” es pneuma. En el Antiguo Testamento, la palabra hebrea traducida como “espíritu” es ruach.

Ambos términos pueden significar también “viento”. Debido a que el viento no tiene forma, algunos argumentan que el espíritu inmaterial no puede tener ni forma ni figura. No obstante, en muchos lugares de la Escritura Dios y los espíritus angélicos son descritos como seres que sí tienen una forma corporal. Por lo tanto, pareciera ser que el espíritu puede tener forma y figura, y Dios el Padre y Cristo tienen la misma forma y figura que los seres humanos que son modelados según ellos, pero a un nivel inferior y físico. 

La comparación con el “viento” se origina en el hecho de que el espíritu es invisible al ojo humano a menos que se manifieste físicamente. Además, el espíritu puede existir en un estado amorfo, como el Espíritu de Dios que está en todas partes y abarca todo el universo (Jeremías 23:24).

Dios se apareció en forma humana a unas pocas personas en el Antiguo Testamento (Génesis 18; 32:24, 30; Éxodo 24:9-10; Josué 5:13-15). Sin embargo, en estas manifestaciones Dios no reveló su gloria plena y resplandeciente, porque su intensidad hubiese sido insoportable. Como Dios le dijo a Moisés: “. . . no podrás ver mi rostro, porque ningún hombre podrá verme y seguir viviendo” (Éxodo 33:20). Pero a Moisés se le permitió ver la radiante figura de Dios por atrás, protegido por el poder de Dios (v. 23).

Unas cuantas visiones sobrenaturales en la Escritura nos permiten vislumbrar fugazmente la extraordinaria apariencia de Dios en su máximo esplendor. El profeta Ezequiel registró lo que vio:

“Y sobre la expansión que había sobre sus cabezas se veía la figura de un trono que parecía de piedra de zafiro; y sobre la figura del trono había una semejanza que parecía de hombre sentado sobre él. Y vi apariencia como de bronce refulgente, como apariencia de fuego dentro de ella en derredor, desde el aspecto de sus lomos para arriba; y desde sus lomos para abajo, y que tenía resplandor alrededor. Como parece el arco iris que está en las nubes el día que llueve, así era el parecer del resplandor alrededor. Esta fue la visión de la semejanza de la gloria del Eterno” (Ezequiel 1:26-28). 

Las apariciones de Dios en el Antiguo Testamento no correspondían a Dios el Padre, porque Juan 1:18 dice de él: “A Dios nadie le vio jamás”, y Jesús dijo: “Nunca habéis oído su voz, ni habéis visto su aspecto” (Juan 5:37).

En el libro de Apocalipsis, en el Nuevo Testamento, el apóstol Juan vio a Jesucristo glorificado como “a uno semejante al Hijo del Hombre, vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido por el pecho con un cinto de oro. Su cabeza y sus cabellos eran blancos como blanca lana, como nieve; sus ojos como llama de fuego; y sus pies semejantes al bronce bruñido, refulgente como en un horno; y su voz como estruendo de muchas aguas . . . y su rostro era como el sol cuando resplandece en su fuerza” (1:13-16).

Esta es una descripción muy limitada de la semejanza a Dios que los seres humanos tendrán también de manera plena cuando sean glorificados al momento de resucitar a la vida eterna; cuando “Los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento; y los que enseñan la justicia a la multitud, como las estrellas a perpetua eternidad” (Daniel 12:3). En ese momento, cuando ya nos parezcamos completamente a Dios, podremos cumplir con nuestra asombrosa responsabilidad de ejercer dominio sobre la enormidad de su creación, o de asistirlo a él en esta tarea. ¡Este es el futuro que Dios ha planificado para usted, este es su destino, si es que usted acepta seguirlo fielmente, con un corazón obediente y perseverando como siervo dedicado y leal servidor de Dios y de sus enseñanzas, como se revela en las Santas Escrituras!

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¿Por qué existimos? ¿Qué nos depara el futuro? ¿Hay algún propósito o razón para la vida humana? Estas preguntas han dejado perplejos incluso a los más grandes pensadores y filósofos a través del tiempo.

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