Qué dijeron los primeros teólogos sobre el potencial divino del hombre

A pesar de que los escritos de los hombres no siempre son fieles a la Biblia, demuestran que en los primeros siglos después de que fuera escrito el Nuevo Testamento muchos entendían todavía las claras implicancias de sus enseñanzas respecto al potencial divino del hombre.

A pesar de que los escritos de estos hombres no siempre son fieles a la Biblia, demuestran que en los primeros siglos después de que fuera escrito el Nuevo Testamento muchos entendían todavía las claras implicancias de sus enseñanzas respecto a este tema:

Justino Mártir (100-165 aprox.): “[En el Salmo 82] se demuestra que todos los hombres son considerados merecedores de convertirse en dioses, y de tener el poder de llegar a ser hijos del Altísimo” (Diálogo con Tripo, cap. 124).

“La inmortalidad, a nosotros se nos ha enseñado que sólo la alcanzan los que viven santa y virtuosamente cerca de Dios” (Primera apología, cap. 21).

Teófilo de Antioquía (130-182 aprox.): “Si él [hombre] se inclinase a las dos cosas de la inmortalidad, guardando los mandamientos, recibiría como recompensa de Dios la inmortalidad. Y vendría a ser como Dios” (Teófilo a Autólico, libro 2, cap. 27).

Ireneo (130-200 aprox.): “Le reprochamos el no haber sido hechos dioses desde el principio, sino que primero nos hizo seres humanos, y sólo después dioses; aunque Dios lo hizo en la simplicidad de su bondad, de modo que nadie lo puede juzgar de celoso y egoísta: ‘Yo dije: Todos sois dioses e hijos del Altísimo’ (Salmo 82:6)”.

“¿Cómo podrías hacerte dios, si primero no te haces un ser humano? ¿Cómo pretendes ser perfecto, si fuiste creado en el tiempo? ¿Cómo sueñas en ser inmortal, si en tu naturaleza mortal no has obedecido a tu Hacedor? Es, pues, necesario que primero observes tu orden humano, para que en seguida participes de la gloria de Dios.” (Contra los Herejes, libro 4, cap. 38 y 39).

“A ningún otro se le llama Dios, excepto al Padre universal, al Hijo y a aquellos que han recibido la filiación adoptiva [filiación como hijos de Dios] (ídem, libro 4, prefacio, compare con libro 3, cap. 6).

Clemente de Alejandría (150-215 aprox.): “Si, yo digo, el Verbo de Dios se hizo hombre, así podréis aprender de un hombre cómo llegar a ser dios” (Exhortación a los Griegos, cap. 1).

“Si uno se conoce a sí mismo, conocerá Dios, y conociendo a Dios será como Dios . . . La suya es hermosura, verdadera hermosura, porque Él es Dios, y el hombre llega a ser dios, ya que Dios lo desea. Así que Heráclito tenía razón cuando dijo ‘los hombres son dioses y los dioses son hombres’” (El Instructor, libro 3, cap. 1).

“Esto nos conduce al final perfecto e ilimitado, enseñándonos de antemano la vida futura que viviremos, de acuerdo a Dios, y con los dioses . . . Y después de tal redención, la recompensa y los honores son asignados a quienes hayan alcanzado la perfección; cuando hayan cumplido con su purificación . . . Entonces se volverán puros de corazón, y estando cerca del Señor, les espera la restauración y la contemplación eterna; y ellos llevarán el título de dioses, siendo destinados a sentarse en tronos junto a los otros dioses que hayan sido envestidos con anterioridad por el Salvador [o, algunos traducen, ‘con los otros dioses que se encuentren en la categoría siguiente a la del Salvador’ (Stromata, Misceláneos, libro 7, cap. 10).

Tertuliano (160-230 aprox.): “Será imposible que otro dios sea admitido, porque no se le permite a ningún otro ser la posesión de algo que pertenezca a Dios. Ustedes dirán, ‘bueno, si ese es el caso, entonces nosotros tampoco poseemos nada de Dios’. Pero por el contrario, sí lo tenemos y así seguirá siendo, solo que lo recibimos de su parte, y no por cuenta propia. Porque incluso llegaremos a ser dioses, si nos hacemos merecedores de aquellos de los cuales Dios declaró: Yo dije: Vosotros sois dioses (Salmo 82:6), y: Dios se levanta en la reunión de los dioses [versículo 1]. Pero esto procede de su propia gracia, no de algún mérito nuestro, porque él es el único que puede crear dioses” (Contra Hermógenes, cap. 5).

Hipólito (170-136 aprox.): “Ustedes tendrán un cuerpo inmortal . . . Y serán  compañeros de la Deidad, y coherederos con Cristo, libres por fin de la esclavitud de la lascivia y las pasiones, y ya nunca serán consumidos por las enfermedades. Porque se habrán convertido en Dios . . . Estas [cosas] Dios ha prometido concederles, porque ustedes han sido deificados y engendrados para ser inmortales . . . Se parecerán a Dios, por cuanto recibirán el honor que él les  otorgará. Porque la Deidad (mediante [este acto de] bondad,) no disminuye nada de la divinidad de su naturaleza perfecta; ¡habiéndolos hecho dioses e incorporándolos dentro de su misma gloria!” (Refutación de Todas las Herejías, libro 10, cap. 30).

Orígenes (185-255 aprox.): “El primogénito de toda la creación [Cristo], quien es el primero en morar con Dios, y en captar la divinidad para sí mismo, es un ser de más alta categoría que los otros dioses que lo acompañan, de quienes Dios es el Dios, como está escrito: El Dios de dioses, el Señor, ha hablado y ha convocado la tierra [Salmo 50:1]. Es por medio de la autoridad del primogénito que llegaron a ser dioses, porque él consiguió de Dios, en abundante medida, que fueran hechos dioses, y se lo comunicó a ellos de acuerdo a su propia gracia. El verdadero Dios, entonces, es El Dios, y aquellos que son hechos según su semejanza son dioses, imágenes, por decirlo así, de él, el prototipo” (Comentario Sobre el Evangelio de Juan, libro 2, cap. 2).

Atanasio (293-373 aprox.): “El Verbo fue hecho carne para que nosotros pudiéramos ser capacitados para ser dioses (La Encarnación del Verbo, cap. 54, sección 3).

“Él [Cristo] llegó a ser hombre para que nosotros pudiéramos ser hechos divinos” (Contra los Arianos, 1.39, 3.34).

Agustín de Hipona (354-430): “Pero el mismo que justifica, también deifica, porque justificado él hace hijos de Dios. Les dio potestad de ser hechos hijos de Dios (Juan 1:21). Y luego, si hemos sido hechos hijos de Dios, también hemos sido hechos dioses” (Sobre los Salmos, Salmo 50, sección 2).

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¿Por qué existimos? ¿Qué nos depara el futuro? ¿Hay algún propósito o razón para la vida humana? Estas preguntas han dejado perplejos incluso a los más grandes pensadores y filósofos a través del tiempo.

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