Las promesas hechas a Abraham

Creemos en la justicia perdurable de Dios. Esa justicia está demostrada en la fidelidad de Dios al cumplir todas las promesas que hizo Abraham, padre de los fieles. Tal como lo prometió, Dios multiplicó a los descendientes directos de Abraham de modo que Abraham se convirtió literalmente en "padre" de muchas naciones. Creemos que Dios, tal como lo prometió, hizo prosperar materialmente a los descendientes directos de Abraham: Isaac y Jacob (cuyo nombre cambió más tarde a Israel). Creemos que Dios, mediante Jesucristo, la Simiente de Abraham está facilitando la salvación a toda la humanidad independientemente de su linaje físico. Por tanto, la salvación no es un derecho adquirido por nacimiento. Se ofrece libremente a todos los que Dios llama, y los que son considerados descendientes de Abraham son aquellos de la fe, herederos según las promesas. Creemos que el saber que Dios ha cumplido y sigue cumpliendo las promesas físicas hechas a Abraham y sus hijos y, que está cumpliendo la promesa espiritual por medio de Jesucristo, es esencial para entender el mensaje de los profetas y su aplicación al mundo en que vivimos (Salmos 111:1-10; Romanos 4:16; 9:7-8; Gálatas 3:16; Génesis 32:28).

Dios le hizo a Abraham promesas físicas y también espirituales. Las promesas físicas estaban relacionadas con la grandeza física de sus descendientes: “Haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre . . .” (Génesis 12:1-2). Entre estas promesas físicas estaban la posesión de ciertos territorios, además de otras bendiciones (Génesis 12:7; 13:14-17; 15:18).

Estas promesas físicas fueron transmitidas formalmente a los descendientes de Abraham. Primero pasaron a Isaac (Génesis 26:1-4). Después las heredó Jacob (Génesis 28:3-4, 13-14). Luego pasaron a José y finalmente a dos de sus hijos, Efraín y Manasés (Génesis 48:15-19). Sin embargo, debido a la esclavitud de Israel, el cumplimiento de estas promesas físicas se retardó.

Antes de que alguno de los descendientes de Abraham pudiera heredar la tierra de promisión, llegaron a ser esclavos en Egipto (Éxodo 1:7-11). Los israelitas clamaron a Dios a causa de la esclavitud, y Dios los oyó. En su fidelidad, Dios decidió liberar a Israel de la esclavitud para poder cumplir sus promesas a Abraham, a Isaac y a Jacob de que los descendientes de Abraham serían bendecidos materialmente al convertirse en un pueblo grande en la tierra (Éxodo 2:23-25; 6:7-8; 13:5; Deuteronomio 9:4-6).

Luego vemos que a los israelitas les fueron ofrecidas promesas de bendiciones físicas. Sólo si los israelitas obedecían a Dios y guardaban el pacto podrían recibir esas promesas. Si no obedecían los términos del pacto, las bendiciones serían retenidas y serían reemplazadas por maldiciones (Éxodo 19:5-6; Levítico 26:3-39; Deuteronomio 28:1-68).

Debido a los pecados de Israel y de Judá, las bendiciones fueron retenidas. Sólo existieron breves períodos de prosperidad, bajo el reinado de unos cuantos reyes justos. Pero debido a la fidelidad de Dios, él finalmente bendeciría a los descendientes de Abraham con grandeza. Los descendientes de Efraín y Manasés (Gran Bretaña y Estados Unidos) han recibido la bendición de grandeza nacional. Efraín ha llegado a ser una multitud de naciones y Manasés ha venido a ser una gran nación. Es por medio de estos dos países que se están cumpliendo las profecías bíblicas concernientes a Israel (Génesis 48:16; 49:22-26).

Entre las promesas hechas a Abraham se encontraba la promesa de salvación para todos los que llegaran a formar parte de su simiente (sus descendientes). Por medio de Abraham, todas las familias de la tierra tendrían acceso a las bendiciones de Dios (Génesis 12:3). Dios confirmó las promesas hechas a Abraham porque obedeció sus mandamientos (Génesis 22:18).

Las promesas hechas a Abraham no estaban limitadas al ámbito físico, sino que también incluían bendiciones espirituales que se harían extensivas a toda la humanidad. Pablo entendió que la salvación no era solamente para los judíos o israelitas, sino para toda la humanidad. Se le permitió entender que la “simiente” es Cristo (Gálatas 3:8, 14-16).

Cuando nació Juan el Bautista, Zacarías profetizó que Dios recordaría la promesa que había jurado a Abraham (Lucas 1:69-73). Pablo dice que Jesucristo había venido para confirmar las promesas hechas a los padres (Romanos 15:8). La promesa de salvación proviene de Dios por medio del Espíritu Santo como parte del nuevo pacto, hecho posible por medio de la muerte y la resurrección de Jesucristo. El Espíritu Santo es la clave para las “mejores promesas” que son parte del “nuevo” y “mejor” pacto que ha sido establecido sobre esas mejores promesas (Hebreos 8:6).

A los apóstoles se les dijo que esperaran en Jerusalén el cumplimiento de la mejor promesa (Hechos 1:4, 8). Esperaron para recibir el sello del Espíritu Santo “de la promesa”, la garantía de su herencia (Efesios 1:13-14). Mediante el Espíritu de Dios podemos saber que somos hijos de Dios (Romanos 8:9, 14-17) y, por lo tanto, la simiente de Abraham (en el aspecto espiritual) y herederos de la salvación según la promesa (Gálatas 3:28). Esta promesa no está basada en antecedentes raciales, sino en el llamado de Dios y en el arrepentimiento de cada persona; nada tiene que ver con el origen nacional ni la raza de la persona.

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