Las fiestas bíblicas

Creemos en la observancia por orden divina de las siete fiestas anuales dadas por Dios a la antigua Israel y guardadas por Jesucristo, los apóstoles y la iglesia del Nuevo Testamento, y que serán guardadas por toda la humanidad durante el reinado milenario de Cristo. Estas fiestas revelan el plan de salvación de Dios (Colosenses 2:16-17; 1 Pedro 1:19-20; 1 Corintios 5:8; 15:22-26; 16:8; Santiago 1:18; Éxodo 23:14-17; Levítico 23; Lucas 2:41-42; 22:14-15; Juan 7:2, 8, 10, 14; Hechos 2:1; 18:21; 20:16; Zacarías 14:16-21).

Cuando Dios liberó a la nación de Israel del cautiverio en Egipto, le ordenó que llevara a cabo ciertas ceremonias especiales para adorarlo durante las épocas de cosecha (Éxodo 23:14-16; Deuteronomio 16:1-17). Dios definió estas celebraciones como sus festivales, o “las fiestas del Eterno” (Levítico 23:2-4). El mensaje del evangelio y el plan de salvación de Dios cobran más significado cuando entendemos que las cosechas agrícolas anuales representan las cosechas espirituales de seres humanos gracias al don divino de salvación por medio de Jesucristo (Mateo 9:37-38; Juan 4:35; 15:1-8; Colosenses 2:16-17).

Los siete días santos son sábados anuales. Son santas convocaciones, asambleas obligatorias para el pueblo de Dios. Estos días son sagrados porque han sido santificados (apartados) por Dios. Él le ordena a su pueblo que se reúna para adorarlo y para aprender acerca de él y de su plan. Su propósito no se limita solamente a que nos convoquemos para venerarlo, sino que además desea que tengamos compañerismo espiritual y nos regocijemos juntos (Levítico 23:1-4; Deuteronomio 14:23-26; Nehemías 8:1-12).

Según leemos en el Nuevo Testamento, Jesucristo y la iglesia continuaron guardando fielmente estos días. Jesús celebró estos festivales y nosotros, como sus seguidores, debemos andar como él anduvo (Juan 7:8-14; 1 Juan 2:6). La iglesia del Nuevo Testamento comenzó en una fiesta anual, el día de Pentecostés (Hechos 2:1-4). Los apóstoles y los discípulos de la iglesia primitiva continuaron guardando estas fiestas mucho después de la muerte y resurrección de Jesús (Hechos 18:21; 20:16; 27:9; 1 Corintios 5:8). Pablo confirma la vigencia de su observancia y los compara a “sombras”, es decir, una reseña o guía permanente de los grandes acontecimientos que aún están por cumplirse en el plan de salvación de Dios (Colosenses 2:16-17). Además, le dijo a la congregación en Corinto: “Celebremos la fiesta” (1 Corintios 5:8).

Por medio de la celebración de estos festivales, el pueblo de Dios mantiene centrada su atención en la labor de Jesús el Mesías durante todo el año. Mediante la predicación del evangelio del Reino de Dios y el llamado que Dios nos hace a una nueva vida (Juan 6:44) se lleva a cabo el proceso de edificación de la iglesia como la familia de Dios. Cuando enfocamos en Cristo como el punto central, empezamos a entender el significado especial de estas festividades anuales.

En la celebración de las siete fiestas anuales encontramos que hay siete días santos, que son sábados anuales. Estos sábados anuales son: el primero y el último día de la Fiesta de los Panes sin Levadura, la Fiesta de Pentecostés, la Fiesta de las Trompetas, el Día de Expiación, el primer día de la Fiesta de los Tabernáculos, y el Último Gran Día. Aunque la Pascua es una fiesta, no es un sábado anual.

El plan de salvación que encontramos revelado en las Sagradas Escrituras está representado en estas siete fiestas anuales.

La Pascua nos enseña que Jesucristo no tenía pecado, pero entregó su vida como el Cordero de Dios para que los pecados de la humanidad pudieran ser perdonados y la pena de muerte fuera eliminada (1 Corintios 5:7; 1 Pedro 1:18-20; Romanos 3:25). Aunque la Pascua no se celebra como un día santo, es la primera fiesta del año.

La Fiesta de los Panes sin Levadura nos enseña que hemos sido llamados para rechazar la iniquidad y arrepentirnos del pecado. Debemos vivir por toda palabra de Dios y según las enseñanzas de Jesucristo (1 Corintios 5:8; Mateo 4:4). Durante esta fiesta, la levadura es símbolo del pecado, y como tal debemos sacarla completamente de nuestras casas en estos siete días (1 Corintios 5:7-8; Éxodo 12:19). Al comer panes sin levadura simbolizamos una vida de sinceridad y de verdad, libres del pecado.

La Fiesta de Pentecostés, o de las Primicias, nos enseña que Jesucristo vino para edificar su iglesia. Esta fiesta simboliza la venida del Espíritu Santo y el establecimiento de la iglesia. Las primicias son aquellas personas que recibirán la salvación cuando Jesucristo regrese. Han recibido el poder del Espíritu Santo, el cual crea en cada una de ellas un nuevo corazón y una nueva naturaleza que les permite vivir según los mandamientos de Dios (Éxodo 23:16; Hechos 2:1-4, 37-39; 5:32; Santiago 1:18).

La Fiesta de las Trompetas nos enseña que al final de esta era Jesucristo regresará a la tierra en forma visible. Entonces resucitará a los santos que hayan muerto y transformará en seres espirituales a los santos que aún estén vivos (Mateo 24:31; 1 Corintios 15:52-53; 1 Tesalonicenses 4:13-17). Esta festividad conmemora los toques de trompeta que antecederán a su regreso. En Apocalipsis 8-10 encontramos la descripción de siete ángeles con siete trompetas. Al sonido de la séptima trompeta, Jesucristo retornará (Apocalipsis 11:15).

El Día de Expiación nos enseña que Jesucristo dio su vida en expiación por los pecados de toda la humanidad. También nos indica el tiempo en el cual Satanás será atado por espacio de mil años (Levítico 16:29-30, 20-22; Apocalipsis 20:1-3). Este día santo representa a Jesucristo quien, como nuestro Sumo Sacerdote, hace expiación por nuestros pecados, lo que nos permite ser reconciliados con Dios y poder entrar en el “Lugar Santísimo” (Hebreos 9:8-14; 10:19-20). Al ayunar en esta fiesta nos acercamos a Dios y representamos lo que significa la reconciliación de la humanidad con Dios. Como nuestro Sumo Sacerdote, Cristo desempeña un papel fundamental en este proceso (Hebreos 4:14-15; 5:4-5, 10), y es nuestro eterno sacrificio por el pecado (Hebreos 9:26-28).

La Fiesta de los Tabernáculos nos enseña que cuando Jesucristo regrese como Rey de reyes y Señor de señores, organizará una nueva sociedad y, con la ayuda de los santos resucitados, establecerá su reino en la tierra por espacio de mil años (Apocalipsis 19:11-16; 20:4; Levítico 23:39-43; Mateo 17:1-4; Hebreos 11:8-9). El gobierno según las leyes de Dios será administrado desde Jerusalén para todo el mundo y esto hará que la humanidad experimente un período de paz y de prosperidad sin precedentes (Isaías 2:2-4; Daniel 2:35, 44; 7:13-14).

El Último Gran Día, u octavo día, nos enseña que Jesucristo completará su cosecha de seres humanos cuando resucite y ofrezca la salvación a todas las personas que hayan muerto sin haber tenido la oportunidad de ser salvas (Ezequiel 37:1-14; Romanos 11:25-27; Lucas 11:31-32; Apocalipsis 20:11-13).

El ciclo anual de celebración de las fiestas y los días santos les recuerda a los discípulos de Cristo que él está llevando a cabo su plan de salvación, que incluye a toda la humanidad que ha existido, existe y existirá, para rescatarla del pecado y la muerte y ofrecerle el don de la vida eterna en la familia de Dios.

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