Los Diez Mandamientos: Fundamentales en la ley de amor

El amor mencionado en la Biblia es una preocupación altruista por los demás que se demuestra por nuestras acciones (1 Juan 3:18).

¿Qué es amor? La mayoría de las personas piensan que amor es un fuerte sentimiento emocional hacia otra persona. Y hasta cierto punto, es verdad. Sin embargo, el “amor” que más se menciona en la Biblia es una preocupación altruista por los demás que se demuestra por nuestras acciones (1 Juan 3:18). Por ser demostrado por nuestras acciones, es más grande y más significativo que meros sentimientos.

La Escritura nos dice que “Dios es amor” (1 Juan 4:8, 16) y sus leyes, especialmente como se resumen en los Diez Mandamientos, nos explican la clase de acciones que demuestran amor hacia otros, primero hacia Dios (tal como está expresado en los cuatro primeros mandamientos) y luego hacia nuestros semejantes (tal como está expresado en los últimos seis).

Cuando a Jesús le preguntaron acerca del mandamiento más grande, respondió: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas” (Mateo 22:37-40).

Aquí Jesús citó Deuteronomio 6:5 y Levítico 19:18. Estos dos mandamientos resumen tanto el Decálogo como la totalidad de la ley de Dios; además, todas las demás instrucciones de Dios emanan de estos dos grandes preceptos. Veamos brevemente cómo los Diez Mandamientos definen las acciones que ponen de manifiesto el amor a nuestro Creador y a nuestros semejantes.

 

Los mandamientos que nos muestran cómo amar a Dios

El primer mandamiento: “No tendrás dioses ajenos delante de mí” (Éxodo 20:3) nos dice que debemos amar, honrar y respetar a nuestro Creador y Padre celestial, porque sólo él es la suprema autoridad en nuestras vidas. Él solo es Dios, y no debemos permitir que nada nos impida obedecerlo y servirlo. Como nuestro Creador y Sustentador, nos ha dado todo, y quiere que lo reconozcamos como la fuente de todas las buenas cosas y de la instrucción para vivir bien.

El segundo mandamiento, el que nos prohíbe la adoración de los ídolos (vv. 4-6), nos dice que nuestra adoración no debe reducir a Dios a la semejanza de un objeto físico. Cualquier representación de él desvirtúa y limita nuestra percepción de lo que es realmente, y así se desvirtúa y se afecta nuestra relación con él. Dios es muchísimo más grande que cualquier cosa que veamos o imaginemos, y la idolatría lo limita en nuestras mentes.

El tercer mandamiento, no tomar su nombre en vano (v. 7), se centra en mostrar respeto por nuestro Creador. La calidad de nuestra relación con Dios depende del amor y el respeto que le demostremos. Se espera que siempre lo honremos por lo que es y nunca lo irrespetemos con palabras o acciones.

El cuarto mandamiento, recordar el sábado para santificarlo (vv. 8-11), es una clave para tener una relación correcta e íntima con él. Al santificar el sábado, su día de reposo, recordamos cada semana que él es nuestro Creador y la fuente de todo lo bueno. El sábado también es un anticipo de su futuro reino, cuando toda la humanidad tendrá por fin la oportunidad de aprender su camino de vida y experimentar una relación personal con él. El sábado es un día en que suspendemos nuestro trabajo habitual y nos reunimos en santa convocación, un tiempo para encontrarnos con otros que tienen el mismo modo de pensar y aprender más acerca del camino de vida de Dios por medio de sus ministros.

 

Los mandamientos que nos enseñan cómo amar a nuestros semejantes

El quinto mandamiento, honrar a nuestro padre y a nuestra madre (v. 12), marca la pauta para los últimos seis. Se enfoca en la importancia de que aprendamos a tratar a nuestros semejantes con respeto y honra. Al aprender a obedecer este mandamiento, los niños establecen un patrón para toda la vida de respeto a las reglas, tradiciones, principios y leyes adecuados. Honrar a otros debe ser un hábito normal, natural, aprendido durante la niñez; es algo que fortalecería enormemente a las familias y, a su vez, conduciría a una sociedad estable y sólida.

El sexto mandamiento, que prohíbe el asesinato (v. 13), nos dice que la vida es un don precioso que debe ser valorado y respetado. Jesús amplió este mandamiento al incluir en él sentimientos de animadversión, contención u odiosa hostilidad (Mateo 5:21-22). Dios no quiere que simplemente evitemos el homicidio. Quiere que seamos constructores, no destructores, de buenas relaciones interpersonales.

El propósito del séptimo mandamiento, no cometer adulterio (Éxodo 20:14), es proteger uno de los más grandes regalos que Dios le ha dado a la humanidad: una amorosa relación matrimonial. Es la fundación de familias sólidas, que a su vez son las bases de toda la sociedad. Al obedecer este mandamiento prevenimos el dolor y el sufrimiento que experimentan las sociedades y las personas cuando afrontan la disolución de las relaciones, la destrucción de los hogares, enfermedades venéreas, pobreza y muchas otras calamidades, y en vez de ello fortalecemos una de las más grandes bendiciones de Dios a la humanidad.

El octavo mandamiento, el que prohíbe robar (v. 15), nos muestra que es necesario respetar y valorar los derechos y las necesidades de otros. Dios nos da muchas bendiciones físicas, pero ellas nunca deben ser nuestra motivación primordial en la vida. La batalla contra el egoísmo comienza en el corazón y debemos poner el dar y servir a los demás por encima de acumular posesiones materiales para nosotros mismos.

El noveno mandamiento, el que prohíbe el falso testimonio (v. 16), nos ayuda a comprender que Dios espera que la verdad esté presente en cada aspecto de nuestras vidas. Las relaciones respetuosas y afectuosas con los demás implican honestidad y verdad, y este debe ser el fundamento de nuestra interacción. Dios quiere de nosotros, como sus hijos, que nos comprometamos con la verdad y la reflejemos en todo lo que hagamos.

El décimo mandamiento, que nos dice que no debemos codiciar (v. 17), está dirigido al corazón y la mente de todo ser humano. Al igual que los nueve mandamientos anteriores, tiene que ver con nuestras relaciones interpersonales. Específicamente se refiere a respetar las propiedades, posesiones y relaciones matrimoniales de otros, y a los pensamientos de codicia que pueden dañarnos a nosotros y a nuestros semejantes. Busca apagar los deseos que puedan tentarnos y hacernos desviar. En lugar de concentrarnos en nuestros propios deseos, Dios quiere que mostremos preocupación por los demás, y que esto sea lo que realmente nos motive.

 

Una ley que nos enseña el camino del amor de Dios

Cada uno de los Diez Mandamientos revela las actitudes y acciones que nos muestran cómo amar a Dios y a nuestros semejantes. Por esto es que el apóstol Juan nos dice que “el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado” y “En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios, cuando amamos a Dios, y guardamos sus mandamientos” (1 Juan 2:5; 5:2).

El Decálogo verdaderamente nos resume la ley de amor de Dios. (Si desea profundizar más en este tema no vacile en solicitarnos, sin obligación alguna de su parte, el folleto gratuito Los Diez Mandamientos; o si prefiere, puede descargarlo directamente de nuestro portal en Internet.) Aquellos que afirman que los Diez Mandamientos han sido abolidos de alguna forma, o que ya no están vigentes, tienen que responder una pregunta fundamental: ¿Por qué Dios aboliría una ley que nos define cómo amarlo a él y a nuestros semejantes?.

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