El imperecedero Reino de Dios

Jesús dijo que debíamos pedirle a nuestro Padre celestial: “Venga tu reino”.

Jesús dijo que debíamos pedirle a nuestro Padre celestial: “Venga tu reino” (Mateo 6:10). También dijo que debíamos buscar “primeramente el reino de Dios y su justicia” (v. 33).

¿Qué es el Reino de Dios y por qué debe tener la máxima importancia en nuestra vida? ¿Es simplemente un sistema administrativo nuevo y diferente que está a cargo de los fieles siervos de Dios? ¿O va mucho más allá de los conceptos que hemos tenido de lo que es un reino?

El apóstol Pablo tocó el meollo del asunto cuando dijo: “La carne y la sangre [los seres humanos físicos] no pueden heredar el reino de Dios” (1 Corintios 15:50). El Reino de Dios será la familia de seres inmortales: Dios y todos sus hijos. Aquellos que Dios agregue a su familia van a heredar y gobernar sobre “todas las cosas” que él ha creado (Apocalipsis 21:7).

Con respecto al futuro del hombre, en la Epístola a los Hebreos leemos: “En cuanto le sujetó todas las cosas, nada dejó que no sea sujeto a él; pero todavía no vemos que todas las cosas le sean sujetas” (Hebreos 2:8). En los capítulos 21 y 22 del Apocalipsis se describe la época en la que “todas las cosas” estarán bajo aquellos que hereden el Reino de Dios.

¿Cómo puede, entonces, entrar un ser humano en ese reino? Pablo explica: “Es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria” (1 Corintios 15:53-54). Los seres humanos podrán entrar en el Reino de Dios solamente al recibir el don de la vida eterna como hijos suyos.

Veamos uno de los requisitos esenciales para recibir el don de la vida eterna: “En aquel tiempo los discípulos vinieron a Jesús, diciendo: ¿Quién es el mayor en el reino de los cielos? Y llamando Jesús a un niño, lo puso en medio de ellos, y dijo: De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Así que, cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos” (Mateo 18:1-4).

Es necesaria la conversión, una transformación de la manera de pensar y actuar. Esta transformación es posible únicamente por medio de la humildad que nos lleva al verdadero arrepentimiento (que se demuestra por la ceremonia del bautismo) y va creciendo a medida que el don del Espíritu Santo guía nuestras vidas (Hechos 2:38; Romanos 8:14).

Como el Salvador de la humanidad, Jesús preparó el camino para que pudiéramos heredar la vida eterna al hacer posible el perdón de nuestros pecados. Para esto, era necesario que en su primera venida enseñara y explicara en qué consiste el arrepentimiento y que además permitiera que lo crucificaran por los pecados de la humanidad. Por eso Marcos escribió: “Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio” (Marcos 1:14-15).

En su primera venida, Jesús instruyó a sus discípulos para que, después de su crucifixión y resurrección, le ayudaran a establecer su iglesia. También puso el fundamento para el establecimiento del Reino de Dios.

En su segunda venida, las primicias de la cosecha espiritual de Dios (Santiago 1:18; Juan 4:35-36) recibirán la vida eterna y entrarán en ese reino. Estas primicias espirituales reinarán con Cristo hasta la fase final del juicio de Dios, cuando haya terminado la separación entre los impíos y los justos.

La comunidad de los hijos de Dios

En Apocalipsis 21 y 22 se habla de “un cielo nuevo y una tierra nueva”, completamente diferentes. En ese tiempo todos los hijos de Dios, aquellos que hayan heredado la vida eterna en el Reino de Dios, empezarán verdaderamente a degustar la plenitud de la salvación. ¿Cómo será todo esto?

Juan escribe: “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más. Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido” (Apocalipsis 21:1-2).

En esta descripción podemos ver que los hijos inmortales de Dios habrán formado una comunidad familiar tan grande que morarán en una ciudad de “dos mil doscientos kilómetros: su longitud, su anchura y su altura [serán] iguales” (v. 16, Nueva Versión Internacional). Esta comunidad es descrita como la novia, “la esposa del Cordero” (v. 9), sujeta a Cristo en todo (Efesios 5:24).

Esta maravillosa ciudad será el hogar de la familia de Dios. “Él morará con ellos; y ellos serán su pueblo” (Apocalipsis 21:3). En esta comunidad familiar de personas salvas rebosarán la paz, la armonía y la felicidad, y “ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron” (v. 4). Todos aquellos que previamente hayan rechazado el camino de vida que produce amor, paz y colaboración, ya habrán dejado de existir para siempre “en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda” (v. 8).

Dios describe la nueva Jerusalén como una ciudad construida con los mejores y más finos materiales. Estará adornada exquisitamente como una novia ataviada con preciosas joyas. Reflejará la verdadera “gloria de Dios” (vv. 9-11, 18-21).

Esta comunidad familiar estará organizada según los nombres de “las doce tribus de los hijos de Israel” y en los doce cimientos estarán “los doce nombres de los doce apóstoles del Cordero” (vv. 12, 14).

Claramente, este será el resultado final de lo que Dios comenzó con Abraham, el padre de la familia que vino a ser el antiguo Israel. Y eso tan sólo prefiguraba la familia eterna, la familia de todos los que “siguen las pisadas de la fe que tuvo nuestro padre Abraham” (Romanos 4:12). La “luz” que ilumina la nueva Jerusalén proviene de Dios (Apocalipsis 21:23). En ella no podrá entrar “ninguna cosa inmunda, o que hace abominación y mentira” (v. 27).

Un resumen de la historia del hombre

Cuando Dios creó a Adán y Eva, los primeros seres humanos, los puso en el huerto del Edén, donde estaba el árbol de la vida. El fruto de ese árbol representaba el camino de vida que Dios quería que ellos entendieran y siguieran. Cerca del árbol de la vida había otro árbol, cuyo fruto representaba una mezcla del bien y del mal. Dios les ordenó que no comieran del segundo árbol. Quería evitarles los sufrimientos que provienen de un sistema de vida que es una mezcla de bien y mal.

Pero la curiosidad de Eva la venció, y ella se dejó llevar por la influencia engañosa de “la serpiente antigua” y después persuadió a Adán para que también comiera del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Desde entonces, toda la humanidad ha hecho lo mismo. El resultado son todas las inimaginables tragedias que vemos en las profecías del Apocalipsis. Pero Dios en ninguna forma fue derrotado por este giro en los acontecimientos. Él planeó y tiene toda la intención de ofrecer la salvación a todos aquellos que se arrepientan. Cuando el plan de Dios se haya completado, el grupo de personas arrepentidas será tan numeroso que se convertirá en la increíble ciudad de la nueva Jerusalén, que está descrita en el capítulo 21.

En Apocalipsis 22 vemos a la comunidad de los redimidos en un lugar similar al huerto del Edén. Juan vio “un río limpio de agua de vida . . . que salía del trono de Dios y del Cordero . . . y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida. . .” (vv. 1-2). El relato bíblico de la historia del hombre comienza en un hermoso jardín, donde perdió el acceso al árbol de la vida. La conclusión nos muestra la familia de Dios morando en armonía delante del trono de Dios, mientras se deleita con los frutos del árbol de la vida. Son estos frutos, el producto de relaciones justas, los que harán que la vida eterna sea algo realmente maravilloso.

Luego Juan escribe: “Y me dijo: Estas palabras son fieles y verdaderas. Y el Señor, el Dios de los espíritus de los profetas, ha enviado su ángel, para mostrar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto” (v. 6).

Nuestro mundo vive en confusión y engaño, pero no permanecerá así para siempre. Jesucristo inspiró las profecías del Apocalipsis para que todos aquellos que le crean al Dios viviente y lo sirvan, tengan esperanza, confianza y un propósito claro en la vida.

Jesús personalmente pronuncia el último mensaje del Apocalipsis: “He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el primero y el último . . . Yo Jesús he enviado mi ángel para daros testimonio de estas cosas en las iglesias. Yo soy la raíz y el linaje de David, la estrella resplandeciente de la mañana” (vv. 12-13, 16).

Juan finaliza con las siguientes palabras: “Amén; sí, ven, Señor Jesús. La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con todos vosotros. Amén” (vv. 20-21).

Este maravilloso futuro está al alcance de cada uno de nosotros. Todos podemos convertirnos en hijos inmortales de Dios —miembros de su familia eterna— en el Reino de Dios. Pero para eso es necesario que nos arrepintamos verdaderamente, recibamos el Espíritu de Dios y aprendamos cómo “guardar los mandamientos de Dios” sin dejarnos enredar por los caminos engañosos de este mundo malo (Hechos 2:38; Apocalipsis 12:17; 2 Pedro 2:20-21).

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