La necesidad espiritual de perdonar a otros

Para la mayoría de las personas perdonar no es fácil. Nuestro instinto natural es replegarnos y escudarnos, tomar represalias y desquitarnos. Por naturaleza no nos sobra misericordia, gracia ni indulgencia cuando se nos agravia.

Primero, entendamos que hay una diferencia entre el perdón de Dios y nuestro perdón hacia los demás. Cuando Dios nos perdona, borra completamente el pecado y elimina la culpa (Isaías 43:25; Salmos 103:1-12). Únicamente Dios puede perdonar los pecados de esa manera (Marcos 2:5-11). Cuando usted perdona a alguien que lo ha herido, decide cancelar esa ofensa que se hizo en su contra y no alimentar más resentimiento ni rencor. Los seres humanos somos incapaces de “olvidar” rápidamente cuando alguien nos ha ofendido, aunque podemos fingir y tratar a la persona como si le hubiéramos perdonado la ofensa.

En Lucas 17:3-4 Jesucristo dijo: “Mirad por vosotros mismos. Si tu hermano pecare contra ti, repréndele; y si se arrepintiere, perdónale. Y si siete veces al día pecare contra ti, y siete veces al día volviere a ti, diciendo: Me arrepiento; perdónale”.

En estos versículos hay varias cosas que deben tenerse en cuenta: “si se arrepintiere” significa que tenemos la obligación de perdonar. Sin embargo, otras escrituras nos enseñan que debemos perdonar aun cuando la parte culpable no esté arrepentida. Esta escritura también nos muestra que muchas veces es apropiado “reprender” a la persona que ha cometido la ofensa. Eso significa que debemos confrontarla con mucho tacto y hacerle saber que nos ha ofendido. Uno de los beneficios de esto es que la persona estará más dispuesta a arrepentirse y disculparse.

Perdonar a alguien no significa que uno deba prestarse para ser lastimado nuevamente. Si usted está involucrado en una relación que hace peligrar su seguridad o en la cual corre el riesgo de ser víctima de graves abusos, debe alejarse de esa situación. ¿Y por qué “siete veces”? Siete no debe entenderse como un número que deba aplicarse al pie de la letra. Esta expresión en realidad implica “muchas veces”. En otra ocasión Jesús dijo: “No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete” (Mateo 18:21-22).

¿Cómo es posible obedecer este mandamiento de Jesucristo? ¡Hasta los apóstoles se asombraron al escucharle decir que tenían la obligación de perdonar a sus hermanos una y otra vez! Su reacción quedó registrada en el versículo 5 de Lucas 17: “Dijeron los apóstoles al Señor: Auméntanos la fe”. Ellos sabían que necesitaban ayuda divina para poder lograr tal cosa, y entendieron esa verdad que posteriormente fue acuñada en el refrán “Errar es humano, perdonar es divino”. 

El mandato de perdonar a veces se hace aún más difícil porque no queremos obedecerlo. Lo que queremos es contratacar, obtener justicia, y que la otra persona padezca el mismo dolor que nos infligió. Seguimos “respirando por la herida”, por así decirlo. Si perdonamos a alguien siete veces, ¿no le estamos permitiendo que se salga con la suya? Si perdonamos así no más, ¿no estamos permitiéndole a la gente que se aproveche de nosotros?

Esta es una respuesta natural y humana que intenta dañar al ofensor, pero veamos cómo Cristo ilustra aún más estas enseñanzas con la oración modelo: “Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén” (Mateo 6:12-13). Luego él explica: “Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; más si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas” (vv. 14-15).

Aquí se compara al pecado con las deudas (ver Lucas 11:4), en plural, lo cual indica que son muchas y que se han acumulado. No podemos esperar que Dios perdone nuestras deudas ni el castigo que merecemos por nuestros pecados si nosotros mismos no estamos dispuestos a perdonar. Para que nuestras deudas sean condonadas, debemos perdonar a quienes nos han herido. Si mostramos misericordia para con los hombres, recibimos misericordia de Dios.

¿Perdonar una y otra vez?

¿Qué debemos hacer si nuestro hermano vuelve a ofendernos varias veces?

Dios nos perdona una y otra vez, por lo tanto, debemos seguir su ejemplo. Él pasa por alto nuestros pecados y, como indica Proverbios 19:11, la gloria del hombre paciente “es pasar por alto la ofensa” (NVI). ¡Hay que enfrentarla, resolverla si es posible, perdonar, y seguir adelante! La venganza es solamente de Dios, no nuestra (ver Deuteronomio 32:35; Romanos 12:19).

Pero, ¿qué pasa si la ofensa es demasiado grande? No perdonar es una ofensa aún mayor. Perdonar refleja el carácter de Dios, el cual debemos imitar. Cuando perdonamos, reflejamos el amor del Padre.

La norma es esta: perdone a los demás como Dios lo perdona a usted. Perdonar nos da la oportunidad de obsequiar a otros lo que Dios nos ha obsequiado. Nuestro propósito en la vida es desarrollar el carácter de Dios en nosotros; no obstante, nuestra corrupta naturaleza humana y el orgullo que la acompaña representan la antítesis misma del perdón. El orgullo se opone y resiste a nuestra necesidad de perdonar, exige justicia y ansía desquitarse.

Quienes deben tratar problemas de relaciones humanas pueden percibir esto directamente. Por ejemplo, el sacerdote católico Robert Hagerdon dijo: “Cuando fui ordenado como cura, creía que más del 50% de los problemas se debían, al menos en parte, a la falta de perdón. Después de diez años en el ministerio, revisé mis cálculos y me di cuenta de que entre 75 y 80% de los problemas de salud, maritales, familiares y financieros se originan en la falta de perdón. Ahora, después de más de veinte años en el ministerio, he concluido que más del 90% de los problemas tienen sus raíces en la falta de perdón”. Él hace una atinada observación sobre la degradación que produce en la sociedad la falta de perdón, lo cual está directamente ligado al mandato que dio Cristo.

En cierta ocasión, un reconocido experto en asuntos matrimoniales escribió que él creía que la clave más importante para un matrimonio armonioso era que tanto el esposo como la esposa estuvieran dispuestos a perdonarse el uno al otro, cada día, día tras día.

La naturaleza humana es vengativa, y a menos que superemos esta tendencia, es imposible que podamos otorgar y experimentar el verdadero perdón. Los deseos de revancha, represalias y vilipendio son más que evidentes en nuestros medios de entretención –salas de cine, música, televisión–, así como también en nuestra interacción social cotidiana, en los negocios y en la política. Estamos rodeados de maldad, confusión y odio, pero se nos ha dicho que a pesar de ello, debemos perdonar tan a menudo como tengamos oportunidad.

Nuestra absoluta necesidad del perdón de Dios

Todo el mundo peca; por consiguiente, todos necesitamos el perdón de Dios. No hay nadie que no necesite ser perdonado, así que más vale perdonar a quienes nos hacen daño. Sin embargo, no basta con abstenerse de “desquitarse”: si no toma represalias, pero tampoco perdona, nunca podrá librarse de su secreta aflicción ni de la amargura y el resentimiento que la acompañan. La deuda nunca se salda y, como consecuencia, la ira y el dolor nunca se disipan.

Cristo nos dio un ejemplo muy aleccionador para ayudarnos a entender este concepto de perdonar mediante una parábola sobre un rey y su sirviente. Este le debía al rey 10 000 talentos: “Como él no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su esposa y a sus hijos, y todo lo que tenía, para así saldar la deuda” (Mateo 18:25, NVI).

El sirviente suplicó perdón y el rey le condonó la deuda. Al poco tiempo, el mismo sirviente se encontró con otro miembro de la servidumbre que le adeudaba cierta cantidad y le exigió que se la pagara. El consiervo no podía pagar y le imploró clemencia, pero el siervo que recientemente había sido perdonado se rehusó y lo hizo encarcelar. Cuando el rey se enteró de esto, se enojó mucho con su sirviente por su falta de misericordia y ordenó que lo castigaran hasta que pagara todo lo que le debía (vv. 32-34).

Aquí, Cristo está contrastando dos deudas. El primer siervo le debía al rey una gran fortuna: 10 000 talentos. El segundo siervo le debía a su compañero unos míseros 100 denarios. Supongamos que las deudas de ambos siervos fueran a ser pagadas en monedas de cinco centavos. Los 100 denarios podrían haber cabido en el bolsillo de una persona. Sin embargo, se ha calculado que para llevar 10 000 talentos (también en monedas de cinco centavos) se habría necesitado un ejército de 8 600 hombres alineados en una fila india de poco más de ocho kilómetros de largo, ¡y cada uno de estos hombres tendría que haber cargado un saco de monedas de cinco centavos que pesaba más de 27 kilos! ¡Qué contraste tan descomunal!

Obviamente el primer siervo, el que adeudaba tantísimo dinero, nos representa a todos nosotros y nuestra relación con Dios. El segundo siervo representa nuestra relación con aquellos que nos han infligido daños infinitamente menores en comparación.

Recuerde la oración modelo

Desde luego, el monto de la deuda en realidad no importa, ¿verdad? La moraleja es que ningún daño que los hombres puedan causarnos se compara con el daño que le hemos hecho a Dios. Por lo tanto, debemos suplicarle la misericordiosa gracia que solo él puede otorgar, y que pase por alto nuestros numerosos defectos y fallas acumuladas.

El académico, autor y ensayista británico C. S. Lewis dijo una vez: “Ser cristiano significa perdonar lo inexcusable, porque Dios ha perdonado lo inexcusable en ti”.

Otorgar perdón es un aspecto muy importante de lo que es amar a otros. Cuando Jesús nos dio el bosquejo de la oración modelo que conocemos como el padrenuestro, este era una parte de su sermón del monte (Mateo 5-7) que nos enseña la necesidad de amar a todos, y eso incluye el perdonarlos. Lea especialmente Mateo 5:38-48 para aprender cómo seguir el ejemplo de Dios en cuanto a ser misericordiosos y amorosos con todos, en vez de tener la mentalidad de “ojo por ojo y diente por diente”.

¿Qué quiso decir Jesús con “a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra” (v. 39)? Él quiso decir que amar a otras personas siempre nos hará más susceptibles de ser heridos, pero que debemos estar tan ocupados en amarlas, que no nos importará correr el riesgo de resultar lastimados.

La misericordia que Dios nos extenderá al momento de evaluarnos y juzgarnos dependerá en gran medida de cuán misericordiosos y amorosos hayamos sido hacia nuestros semejantes (ver Lucas 6:27-38; Mateo 7:2-5). “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mateo 5:7).

Perdonar es un acto de fe. Al perdonar a alguien, estamos confiando en que Dios sabe aplicar la justicia mucho mejor de lo que nosotros pudiéramos jamás hacerlo. Dios hace todo por amor, no por despecho. Cuando perdonamos, desistimos de nuestras ansias de desquitarnos y dejamos todos los asuntos de justicia en sus manos para que él los resuelva.

Al actuar de esta manera estamos siguiendo las Escrituras, y ciertamente podremos decir “Perdonaré a mi hermano, no solamente siete veces, sino cuantas veces sea necesario”.

La oportunidad de ser perdonados por Dios solo se nos ofrece después de que ablandamos nuestros corazones y desarrollamos la capacidad de perdonar a quienes nos han ofendido. No se equivoque: Dios quiere perdonarlo, sin importar lo que haya hecho en el pasado.

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