La necesidad de un nuevo pacto

El problema de los israelitas radicaba en su corazón: su pen

Veamos cómo Dios profetizó que algún día crearía un nuevo corazón en su pueblo, dándoles su Espíritu para que le obedecieran: “Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra. Habitaréis en la tierra que di a vuestros padres, y vosotros me seréis por pueblo, y yo seré a vosotros por Dios” (Ezequiel 36:26-28).

¿Por qué necesitamos el Espíritu de Dios?

“Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz. Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios” (Romanos 8:6-8).

Por naturaleza, a nadie le gusta obedecer las leyes de Dios. Seguir los caminos de Dios no es algo propio de la naturaleza del hombre. A lo largo de los siglos, muchas personas han tratado de resolver sus propios problemas según lo que les ha parecido, sin el Espíritu de Dios. Pero esta forma de hacer las cosas tan sólo produce miseria y finalmente nos lleva a la muerte (Romanos 3:16; Proverbios 14:12; 16:25).

¿Qué efecto produce el Espíritu de Dios en aquellos que lo reciben?

“Porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!” (Romanos 8:13-15).

El Espíritu de Dios nos fortalece para que hagamos morir las obras de la carne, de nuestra naturaleza carnal, tales como el adulterio, fornicación, ira, envidia, odio y egoísmo (Gálatas 5:19-21). Cuando en nosotros mora el Espíritu de Dios, esto nos permite tener una actitud de querer obedecer a Dios genuinamente, con entusiasmo, sometiéndonos por completo a él y a su guía.

¿En qué es diferente el nuevo pacto?

“He aquí que vienen días, dice el Eterno, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá . . . este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice el Eterno: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo” (Jeremías 31:31-33; comparar con Hebreos 8:10; 10:16).

El nuevo pacto es el compromiso de Dios de darle a su pueblo su Espíritu para que pueda obedecerle. En este pasaje vemos que la ley de Dios está incluida en el nuevo pacto. Su ley no ha cambiado. A lo que Dios se compromete es a cambiar el corazón del hombre. Hará posible que los que estén bajo el nuevo pacto quieran de verdad y de todo corazón obedecer y someterse a sus leyes.

Recordemos que Dios no encontró ninguna falla en su ley en el antiguo pacto. La falla estaba en el egoísmo y el pensamiento rebelde de las personas. La ley de Dios y su camino de vida siguen siendo parte fundamental del nuevo pacto. El nuevo pacto requiere un cambio verdadero en el corazón y en la mente que puede lograrse sólo mediante el poder transformador del Espíritu de Dios.

Una vez un joven le preguntó a Jesús: “¿Qué bien haré para tener la vida eterna?” Jesús le respondió: “. . . si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos” (Mateo 19:16-17). En toda relación hay reglas o normas que la rigen. Las leyes de Dios eran parte del antiguo pacto. Con la ayuda del Espíritu Santo podemos tener un corazón capaz de responder de una forma diferente de la de aquellos antiguos israelitas que rechazaron los caminos de Dios.

Para entender los pactos bíblicos es necesario entender la naturaleza de la ley de Dios. Las leyes de Dios permanecen para siempre (Salmos 119:89, 160). Él las estableció para que fueran permanentes (v. 152). La idea de un pacto sin reglas que definan la relación, simplemente no tiene sentido.

¿Por qué es mejor el nuevo pacto?

“Pero ahora tanto mejor ministerio es el suyo, cuanto es mediador de un mejor pacto, establecido sobre mejores promesas” (Hebreos 8:6).

La principal diferencia entre el antiguo pacto y el nuevo radica en las promesas que Dios hace. El nuevo pacto es, en cierta forma, una expansión y renovación de las promesas que Dios hizo en el antiguo pacto. El antiguo pacto ofreció principalmente promesas físicas. ¿Por qué son mejores las promesas del nuevo pacto?

El nuevo pacto incluye las promesas que Dios le hizo a Abraham y que fueron las bases del antiguo pacto. Pero el énfasis reside en las promesas que tienen que ver con la conversión por medio del Espíritu de Dios y la vida eterna. Pablo nos dice: “para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu” (Gálatas 3:14). Una de las promesas era el Espíritu Santo, que permitiría la renovación del corazón. Esto, como lo dijimos anteriormente, era el meollo del problema en la relación entre Dios e Israel bajo el antiguo pacto. Los israelitas no tenían un corazón convertido para obedecer a su Creador.

Algunos de los requisitos del antiguo pacto, tales como los sacrificios de animales y los ritos del templo, apuntaban hacia el sacrificio de Jesucristo, quien los reemplazó cuando murió por nuestros pecados (Hebreos 9:1-14; 10:1-14). Sin embargo, las leyes de Dios que fueron el fundamento de la relación del antiguo pacto, son también el fundamento de la relación del nuevo pacto. Ahora ellas están escritas en los corazones y las mentes del pueblo de Dios, en lugar de estar escritas únicamente en tablas de piedra o rollos.

¿Qué “grandísimas promesas” hizo Dios en el nuevo pacto?

“Por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia” (2 Pedro 1:4).

“Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo” (Mateo 25:34; comparar con el v. 46).

La promesa más grande del nuevo pacto es la vida eterna. Bajo el antiguo pacto las personas no podían recibir vida eterna. Sin embargo, bajo el nuevo pacto, “el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros” (Romanos 8:11). Tener el Espíritu Santo hace posible que recibamos el don de la vida eterna. Las bendiciones físicas del antiguo pacto, tales como prosperidad y protección, no se pueden comparar con la bendición increíblemente mayor de la inmortalidad, que está disponible en el nuevo.

Por algo Pablo exhortó a Timoteo: “Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna, a la cual asimismo fuiste llamado, habiendo hecho la buena profesión delante de muchos testigos” (1 Timoteo 6:12). Dios ha prometido que vamos a heredar su reino y su naturaleza, su carácter santo y justo.

Dios confirma sus promesas con solemne juramento. “Por lo cual, queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, interpuso juramento; para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros” (Hebreos 6:17-18).

Dios nos asegura que nos glorificará de la misma forma en que ha glorificado a Jesucristo. “Por tanto, todo lo soporto por amor de los escogidos, para que ellos también obtengan la salvación que es en Cristo Jesús con gloria eterna. Palabra fiel es esta: Si somos muertos con él, también viviremos con él; si sufrimos, también reinaremos con él . . .” (2 Timoteo 2:10-12).

El nuevo pacto nos asegura que recibiremos ayuda de Jesucristo, nuestro Salvador y Sumo Sacerdote, por medio del Espíritu Santo. Es la expresión suprema del amor de Dios y de su deseo de que tengamos con él una relación eterna como hijos suyos.

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