Debemos desarrollar hábitos de estudio bíblico y de oración

Debemos mantener una comunicación abierta y recíproca con Di

La buena comunicación es una clave esencial en una buena relación. Un reclamo constante de muchas esposas a sus esposos es “habla conmigo”. Un esposo sabio se da cuenta de esta necesidad y disfruta comunicándose con su esposa. Los hijos necesitan ánimo, respaldo e instrucción de sus padres, y los padres necesitan escuchar las peticiones, preguntas y opiniones de sus hijos. El fundamento de una buena comunicación incluye hablar además de escuchar.

Los mismos principios se aplican a la relación con nuestro Padre celestial. Una buena comunicación entre él y nosotros es un aspecto fundamental del camino de vida según Dios. Él nos habla por medio de las Sagradas Escrituras (Jeremías 10:1; Isaías 51:7). Nosotros hablamos con él por medio de la oración. Estas formas de comunicación entre Dios y nosotros no deben convertirse en una calle de una sola vía, con nosotros únicamente pidiéndole sus favores y misericordias, sin jamás prestar atención a su consejo o instrucción. Debemos mantener una comunicación abierta y recíproca con Dios, como una calle que va en dos sentidos.

¿Con cuánta frecuencia debemos hablarle a Dios en oración?

“Orad sin cesar. Dad gracias a Dios en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús” (1 Tesalonicenses 5:17-18).

Dios quiere que hagamos de la oración un hábito regular. Esto no significa que debamos orar sin hacer ninguna pausa, a lo largo de todo el día. Simplemente significa que no debemos de dejar de tener el hábito de la oración; que debemos orar con regularidad para mantener contacto con Dios.

¿Cuáles fueron los hábitos de oración de algunos de los fieles siervos de Dios?

“Tarde y mañana y a mediodía oraré y clamaré, y él oirá mi voz” (Salmos 55:17).

“Cuando Daniel supo que el edicto había sido firmado, entró en su casa, y abiertas las ventanas de su cámara que daban hacia Jerusalén, se arrodillaba tres veces al día, y oraba y daba gracias delante de su Dios, como lo solía hacer antes” (Daniel 6:10).

“Levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió [Jesús] y se fue a un lugar desierto, y allí oraba” (Marcos 1:35).

Las Escrituras indican que era una costumbre muy común entre los siervos de Dios orar más de una vez al día. Por lo menos en una ocasión Jesús se levantó muy temprano, cuando todavía estaba oscuro, para poder tener un tiempo extra para hablar con Dios en privado en oración.

¿Está Dios realmente interesado en lo que tenemos que decirle?

“Porque los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos atentos a sus oraciones . . .” (1 Pedro 3:12).

“. . . La oración eficaz del justo puede mucho” (Santiago 5:16).

El libro del Apocalipsis compara nuestras oraciones con el suave olor del incienso que sube delante de Dios (Apocalipsis 5:8; 8:3-4). Él está deseoso de escuchar las peticiones más íntimas de nuestro corazón. Podríamos comparar esto con dos personas jóvenes enamoradas que conversan con frecuencia y francamente, atentos entre sí a cada palabra que el otro pronuncia. Dios espera que tengamos ese mismo entusiasmo e intensidad, ese mismo deseo ferviente de conversar con él.

¿Cuánto nos responde Dios cuando oramos?

“Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá” (Marcos 11:24).

“Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor” (Santiago 1:6-7).

“Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye” (1 Juan 5:14).

Dios ha prometido que nos oirá y nos responderá cuando oremos sincera y fervientemente —según su voluntad— y genuinamente pongamos nuestra confianza en él.

¿Qué oraciones no escucha Dios?

“El Eterno está lejos de los impíos; pero él oye la oración de los justos” (Proverbios 15:29).

“He aquí que no se ha acortado la mano del Eterno para salvar, ni se ha agravado su oído para oír; pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír” (Isaías 59:1-2).

“El que aparta su oído para no oír la ley, su oración también es abominable” (Proverbios 28:9; comparar con Zacarías 7:11-13).

“Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites” (Santiago 4:3).

La buena comunicación es una relación recíproca. No sólo debemos hablarle a Dios por medio de la oración, sino que debemos prestar atención a lo que él tiene que decirnos. Hacemos esto por medio del estudio y la obediencia a la Biblia (Salmos 1:1-3; 119:97-100).

Dios espera que le pongamos atención a su instrucción escrita —en especial a sus principios fundamentales, los Diez Mandamientos— como un prerrequisito para que él nos escuche y responda a nuestras oraciones. Los libros de la Biblia pueden ser comparados con cartas de él, que nos comunican aspectos de su voluntad para nosotros. Si no escuchamos lo que nos dice, nuestras peticiones a él serán inútiles; nos dice que sencillamente se negará a escucharlas (Isaías 59:1-2).

Podremos establecer una comparación con una esposa que espera que su esposo la ame intensamente y la colme de bendiciones mientras está participando abiertamente en una relación adúltera. Semejante expectativa es algo irreal. Es igualmente irrealista esperar que Dios responda a las oraciones de alguien que no tiene ningún interés en serle fiel, que continuamente rehúse escuchar lo que dice. Por supuesto, cuando esta persona se arrepienta, Dios volverá a escuchar sus oraciones.

¿Nos enseñan las Escrituras cómo estudiar efectivamente la Biblia?

“Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad” (2 Timoteo 2:15).

“Y éstos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así” (Hechos 17:11).

“Hijo mío, si recibieres mis palabras, y mis mandamientos guardares dentro de ti, haciendo estar atento tu oído a la sabiduría; si inclinares tu corazón a la prudencia, si clamares a la inteligencia, y a la prudencia dieres tu voz; si como a la plata la buscares, y la escudriñares como a tesoros, entonces entenderás el temor del Eterno, y hallarás el conocimiento de Dios” (Proverbios 2:1-5).

“Fíate del Eterno de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas. No seas sabio en tu propia opinión; tema al Eterno, y apártate del mal” (Proverbios 3:5-7).

Un hijo que pone cuidado a la instrucción es alguien que complace a sus padres y los hace felices. De la misma forma, a Dios le agrada cuando estudiamos su palabra diligentemente, con el deseo de saber cómo es que quiere que vivamos.

¿Cuál es el principal beneficio de estudiar las Escrituras?

“Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Timoteo 3:16-17).

Por medio de la Biblia Dios nos da la doctrina y la instrucción acerca de su forma de vida. Nos corrige y nos señala en dónde estamos equivocados, mostrándonos qué necesitamos cambiar. También nos permite crecer hasta la madurez espiritual y recibir salvación. Cuando estudiamos la Biblia permitimos que Dios nos hable. Es nuestra responsabilidad poner atención a sus palabras, hacerlas parte de nuestro pensamiento y actuar conforme a lo que aprendemos.

Los esposos que han acrecentando su cercanía y comunión en mente y corazón, con frecuencia pasan muchas horas hablando. Hablan acerca de sus metas, temores, alegrías, deseos y necesidades. Una relación estrecha con Dios también requiere esta clase de comunicación abierta, efectiva y recíproca.

¿Por qué estudiar la palabra de Dios nos ayuda a entender mejor nuestra propia naturaleza y la voluntad de Dios?

“Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreos 4:12).

“La exposición de tus palabras alumbra; hace entender a los simples” (Salmos 119:130).

Estas lecciones han sido creadas con el fin de ayudarlo a entender las Escrituras. Pero no nos crea lo que le decimos acerca de las enseñanzas bíblicas, sin antes escudriñar las Escrituras por su propia cuenta. Hágase preguntas, y respóndalas. Lea los versículos que citamos, además de los versículos anteriores y los posteriores, para que tenga claro el contexto de cada pasaje. Deje que sea Dios quien le hable. Pídale en oración su guía, y después estudie sus palabras. Sólo así podrá estar seguro de que lo que está aprendiendo son las enseñanzas del Dios viviente. (Si usted tiene preguntas o inquietudes que no puede resolver, por favor comuníquese con nosotros. Tendremos mucho gusto en ayudarle.)

¿De qué otra forma nos comunica Dios su voluntad?

“Acudiendo Felipe, le oyó que leía al profeta Isaías, y dijo: Pero ¿entiendes lo que lees? Él dijo: ¿Y cómo podré, si alguno no me enseñare? Y rogó a Felipe que subiese y se sentara con él” (Hechos 8:30-31).

“¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quién les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!” (Romanos 10:14-15).

Ningún hombre es una isla. No importa cuánto estudiemos por nuestra propia cuenta, necesitamos maestros que nos encaminen en la dirección correcta. Dios los ha provisto para edificación de su iglesia (Efesios 4:11-13), para que la instruyan en los principios fundamentales de su palabra. Esta es una de las razones principales por las que debemos congregarnos regularmente, para escuchar ministros espiritualmente maduros, que exponen las palabras de vida de las Escrituras.

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