El poder del Espíritu Santo

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A través de toda la Biblia, el poder divino de Dios es representado como el Espíritu Santo.

En esta temporada, hace unos dos mil años, ocurrió un suceso milagroso y trascendental: se creó la Iglesia del Nuevo Testamento en la Fiesta de Pentecostés. Lo que hizo tan asombroso este acontecimiento (Hechos 2 registra que las circunstancias de ese día fueron verdaderamente extraordinarias) fue que los seguidores de Jesucristo, tal como él se los había prometido, recibieron el Espíritu de Dios (Juan 14:16-17, 26; 15:26; 16:7-14, Hechos 1:4-5, 8).

¿Qué es este Espíritu Santo que recibieron los seguidores de Cristo aquel día? ¿Por qué sucedieron estas cosas? ¿Qué debemos aprender de aquellos extraños sucesos? Y, aún más importante, ¿qué papel juega el Espíritu Santo en la vida de un cristiano?

Para entender este tema, primero debemos examinar lo que es y lo que no es el Espíritu Santo, y para ello, tenemos que comprender lo que el Espíritu Santo hace en la vida de un cristiano.

¿Qué enseña la Biblia acerca del Espíritu Santo? La respuesta a esta pregunta revela la verdad del asombroso futuro que Dios tiene reservado para todos los seres humanos. Veremos que el Espíritu Santo de Dios es el motor en la vida transformada de un cristiano.

Espíritu Santo: El poder de Dios

A lo largo de la Biblia se habla del Espíritu Santo como el poder divino de Dios. En su artículo acerca del Espíritu Santo, The Anchor Bible Dictionary [Diccionario Bíblico Anchor] lo describe como “la manifestación de la presencia y el poder divinos, perceptibles especialmente en la inspiración divina” (vol. 3, Doubleday, New York, 1993, p. 260). Muchas escrituras se refieren al Espíritu Santo como el poder de Dios (Zacarías 4:6; Miqueas 3:8). Pablo se lo describió a Timoteo como el “espíritu… de poder, de amor y de dominio propio” (2 Timoteo 1:7, énfasis nuestro en todo este artículo).

Lucas 4:14 registra que Jesucristo comenzó su ministerio “en el poder del Espíritu”. Lucas 1:35 identifica al Espíritu Santo como “el poder del Altísimo”. Hablando del Espíritu Santo, el cual les sería entregado a sus seguidores después de su muerte, Jesús les dijo “recibiréis el poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo” (Hechos 1:8).

Pedro relata cómo “Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y cómo éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hechos 10:38). El Espíritu Santo aquí es asociado con el poder a través del cual Dios estaba con su Hijo— el poder con el cual Jesús llevó a cabo portentosos milagros durante su ministerio físico sobre la Tierra. El Espíritu Santo es la presencia misma del poder de Dios trabajando activamente en sus siervos.

El deseo del apóstol Pablo era que los miembros de la Iglesia en Roma abundasen “en esperanza por el poder del Espíritu Santo”, de la misma manera que Jesucristo había trabajado por medio de él “con potencia de señales y prodigios, en el poder del Espíritu de Dios” (Romanos 15:13, 19).

La inspiración divina mediante el Espíritu Santo

La Biblia también muestra que Dios inspira y guía a sus profetas y siervos mediante el poder del Espíritu Santo. Pedro afirmó que “nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 Pedro 1:21).

Pablo declaró que el plan de Dios había sido “revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu” (Efesios 3:5), y que sus propias enseñanzas fueron inspiradas por el Espíritu (1 Corintios 2:13). En 1 Corintios 2:9-10, Pablo explica que Dios nos ha revelado, a través del Espíritu Santo, las cosas que él ha preparado para aquellos que lo aman. Dios Padre es el Revelador, el mismo que trabaja por medio de su Espíritu en aquellos que le sirven.

Jesucristo les dijo a sus seguidores que el Espíritu Santo, el cual el Padre les enviaría, “os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Juan 14:26). El Espíritu de Dios dentro de nosotros es lo que nos permite adquirir entendimiento y conocimiento espiritual. “Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido” (1 Corintios 2:11-12).

Jesucristo tenía este entendimiento espiritual en abundancia. Se había profetizado que él, como el Mesías, tendría “espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor del Eterno” (Isaías 11:2).

Lo que el Espíritu Santo no es

La perspectiva cristiana tradicional del Espíritu Santo lo presenta no solo como el poder de Dios, sino también como una tercera persona que junto al Padre y al Hijo conforman una Trinidad. Pero cuando la Biblia se toma al pie de la letra, se hace evidente que ella nunca lo presenta como una persona separada. Por el contrario, siempre lo presenta como un atributo o poder de Dios. Hay muchas escrituras que demuestran que el Espíritu Santo no es una persona divina. Por ejemplo, en ocasiones es descrito como un don (Hechos 10:45; 1 Timoteo 4:14). Se nos dice que se puede apagar (1 Tesalonicenses 5:19), que se puede derramar (Hechos 2:17; 10:45), y que podemos ser bautizados en él (Mateo 3:11). Se debe avivar dentro de nosotros (2 Timoteo 1:6), y también nos renueva (Tito 3:5). Estos ciertamente no son los atributos de una persona, sino del carácter y el poder de Dios.

Este Espíritu también es llamado “el Espíritu Santo prometido . . . [que] garantiza nuestra herencia . . . el Espíritu de sabiduría y de revelación” (Efesios 1:13-17, Nueva Versión Internacional).

Este Espíritu no solo es el Espíritu de Dios el Padre; es también “el Espíritu de Cristo” (Romanos 8:9; Filipenses 1:19; 1 Pedro 1:11). Mora dentro de los cristianos, guiándonos y permitiéndonos ser hijos de Dios.

En contraste con Dios el Padre y Jesucristo, quienes habitualmente son comparados con los seres humanos en cuanto a forma y figura, el Espíritu Santo habitualmente es representado de una manera completamente diferente. Se le describe como “paloma” (Mateo 3:16; Marcos 1:10; Lucas 3:22; Juan 1:32) y “lenguas de fuego” (Hechos 2:3). Jesucristo lo comparaba con “agua viva” (Juan 7:37-39).

Hay incluso más evidencia de que el Espíritu Santo no es una persona, sino el poder divino de Dios. En Mateo 1:20 leemos que Jesús fue engendrado por el Espíritu Santo. Sin embargo, Jesucristo le oraba continuamente a su Padre y se dirigía a él, no al Espíritu Santo (Mateo 10:32-33; 11:25-27; 12:50; 15:13; 16:17, 27; 18:10, 35). Él nunca habló del Espíritu Santo como si fuera su Padre.

Dios otorga a los cristianos ayuda divina por medio de su Espíritu

¿Qué hace el Espíritu Santo por nosotros como cristianos? Esta pregunta va al corazón mismo de nuestras creencias religiosas, porque sin el poder del Espíritu Santo de Dios no podemos tener una relación profunda y cercana con el Padre, ni tampoco podemos convertirnos en sus hijos. Si somos llamados hijos de Dios, es porque el Espíritu mora en nosotros (Romanos 8:14-17).

Debemos entender lo que significa ser “guiado por el Espíritu”. El Espíritu de Dios no nos lleva, arrastra o empuja, sino que nos guía. No impide que pequemos, ni nos obliga a hacer lo correcto. Nos guía, pero debemos estar dispuestos a seguirlo.

¿Cómo nos guía el Espíritu de Dios? Veamos algunas maneras.

El Espíritu Santo nos mantiene en contacto con la mente de Dios

El Espíritu de Dios trabaja en nuestra mente. El apóstol Juan lo describe de esta manera: “Y el que guarda sus mandamientos, permanece en Dios, y Dios en él. Y en esto sabemos que él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado” (1 Juan 3:24). Mediante el Espíritu de Dios, el cual él nos da, podemos ser influenciados por él para hacer el bien y obedecer sus mandamientos. Esto contrasta drásticamente con el mundo que nos rodea y con nuestra propia naturaleza, los cuales nos instan a hacer el mal.

El Espíritu de Dios también nos ayuda a comprender mejor su verdad. Cuando Jesús les prometió a los apóstoles que les enviaría el Espíritu, les dijo que este los guiaría “a toda la verdad” (Juan 16:13).

El Espíritu de Dios nos inspira a tener mayor entendimiento de su Palabra, propósito y voluntad

Como leímos anteriormente, 1 Corintios 2:9-11 nos dice: “Antes bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman. Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino [mediante] el Espíritu de Dios”.

Sin el Espíritu de Dios, una persona no puede llegar a comprender la Palabra y la voluntad de Dios que han sido expresadas divinamente: “Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1 Corintios 2:14).

El Espíritu de Dios “convence” a nuestra conciencia y nos ayuda a ver el pecado como realmente es

Hablando del Espíritu Santo, el cual les sería dado a sus seguidores después de su muerte y resurrección, Jesús dijo que “convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (Juan 16:8). El Espíritu de Dios que mora en nosotros, trabajando junto con nuestra conciencia, nos ayuda a reconocer y evitar el pecado. La culpa que sentimos es legítima cuando proviene del reconocimiento del pecado.

El Espíritu Santo produce buenos frutos en nosotros

Tal como un manzano produce manzanas, el Espíritu de Dios produce un tipo particular de frutos en la vida de un cristiano. Pablo nombra los frutos que deben ser evidentes en quienes son guiados por el Espíritu de Dios: “amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio” (Gálatas 5:22-23, NVI).

Todos los aspectos de estos frutos son en sí mismos dignos de un estudio detallado, junto con un autoanálisis para ver hasta qué punto se manifiestan estas características en nuestras vidas.

El apóstol Pedro explica cómo es el proceso de crecer en madurez espiritual: “Su divino poder [el poder de Dios], al darnos el conocimiento de aquel que nos llamó por su propia gloria y excelencia, nos ha concedido todas las cosas que necesitamos para vivir como Dios manda. Así Dios nos ha entregado sus preciosas y magníficas promesas para que ustedes, luego de escapar de la corrupción que hay en el mundo debido a los malos deseos, lleguen a tener parte en la naturaleza divina.

“Precisamente por eso, esfuércense por añadir a su fe, virtud; a su virtud, entendimiento; al entendimiento, dominio propio; al dominio propio, constancia; a la constancia, devoción a Dios; a la devoción a Dios, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. Porque estas cualidades, si abundan en ustedes, los harán crecer en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo, y evitarán que sean inútiles e improductivos.

“En cambio, el que no las tiene es tan corto de vista que ya ni ve, y se olvida de que ha sido limpiado de sus antiguos pecados. Por lo tanto, hermanos, esfuércense más todavía por asegurarse del llamado de Dios, que fue quien los eligió. Si hacen estas cosas, no caerán jamás, y se les abrirán de par en par las puertas del reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 Pedro 1:3-11, NVI).

El Espíritu de Dios también nos consuela, alienta y ayuda

Jesús prometió enviarles a sus seguidores el Espíritu Santo como un “Consolador” (Juan 14:16). El verdadero consuelo y apoyo viene del Espíritu de Dios que mora en nosotros, y no debemos preocuparnos excesivamente de lo que pueda pasarnos. El Espíritu de Dios nos da la seguridad de que, sin importar lo que pase, todas las cosas ayudan para bien “a los que aman a Dios . . . a los que conforme a su propósito son llamados” (Romanos 8:28).

Esta seguridad proporciona una perspectiva de la vida que no es común en nuestro mundo. Sí, un cristiano puede desanimarse, pero por medio del Espíritu Santo puede comenzar a ver la vida de una manera distinta. Como se dijo anteriormente, la paz es otro fruto del Espíritu de Dios en la vida de un cristiano.

Vemos la maravillosa verdad de cómo y por qué Dios trabaja en nuestras vidas para transformarnos, ayudándonos a obedecerle y crecer en su camino mientras tenemos esta vida física. Su Espíritu Santo opera en nosotros para que podamos experimentar una transformación increíblemente inspiradora en el futuro, al regreso de Cristo.

Cómo recibir el Espíritu de Dios

El relato de los nuevos cristianos bautizados por Felipe en Samaria ilustra la importancia de la ceremonia de imposición de manos para recibir el Espíritu Santo.

Después del martirio de Esteban, la mayoría de los cristianos en Jerusalén huyeron de la ciudad por temor a Saulo (quien luego se convirtió en el apóstol Pablo).

“Así que los creyentes que se esparcieron predicaban la Buena Noticia acerca de Jesús adondequiera que iban. Felipe, por ejemplo, se dirigió a la ciudad de Samaria y allí le contó a la gente acerca del Mesías. Las multitudes escuchaban atentamente a Felipe, porque estaban deseosas de oír el mensaje y ver las señales milagrosas que él hacía. Muchos espíritus malignos fueron expulsados, los cuales gritaban cuando salían de sus víctimas; y muchos que habían sido paralíticos o cojos fueron sanados. Así que hubo mucha alegría en esa ciudad . . .

“Pero ahora la gente creyó el mensaje de Felipe sobre la Buena Noticia acerca del reino de Dios y del nombre de Jesucristo. Como resultado, se bautizaron muchos hombres y mujeres . . .

“Cuando los apóstoles de Jerusalén oyeron que la gente de Samaria había aceptado el mensaje de Dios, enviaron a Pedro y a Juan allá. En cuanto ellos llegaron, oraron por los nuevos creyentes para que recibieran el Espíritu Santo. El Espíritu Santo todavía no había venido sobre ninguno de ellos porque solo habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces Pedro y Juan impusieron sus manos sobre esos creyentes, y recibieron el Espíritu Santo” (Hechos 8:4-8, 12, 14-17, NTV).

Aquí podemos ver el proceso que los primeros cristianos de la Iglesia establecieron para que los nuevos creyentes recibiesen el Espíritu Santo. A medida que una persona se convence de la verdad de la Biblia y la necesidad del sacrificio expiatorio de Jesús, llega a ver la necesidad de bautizarse.

No obstante, el bautismo es solo una parte del proceso. Un individuo que ha sido bautizado debe luego recibir la imposición de manos por un ministro de Dios, como se explica claramente en el siguiente pasaje:

“. . . los cuales, habiendo venido, oraron por ellos para que recibiesen el Espíritu Santo; porque aún no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que solamente habían sido bautizados en el nombre de Jesús. Entonces les imponían las manos, y recibían el Espíritu Santo” (Hechos 8:15-17). Note que estos cristianos ya habían sido bautizados, pero solo se les entregó el Espíritu Santo cuando los apóstoles impusieron sus manos sobre ellos.

“Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús. Y habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo; y hablaban en lenguas, y profetizaban” (Hechos 19:5-6).

Pedro había predicado que aquellos que se arrepintiesen y fuesen bautizados recibirían el Espíritu Santo (Hechos 2:38). Pero, según estos ejemplos, vemos que el Espíritu Santo no le era dado automáticamente a la persona cuando se sumergía en el agua, sino solo después de que un ministro de Dios ponía sus manos sobre su cabeza y oraba para que el Espíritu Santo le fuese otorgado.

El poder para vivir una vida piadosa

Si comprendemos correctamente la verdad de las Escrituras en cuanto a que el Espíritu Santo es el poder de Dios que puede transformar nuestras vidas, nos servirá de ayuda para entender mejor su propósito y voluntad para nosotros.

Esta es también la clave para comprender plenamente el propósito y la intención del nuevo pacto. Dios no estableció el nuevo pacto para abolir sus leyes, las cuales son santas, justas y buenas (Romanos 7:12), sino para remediar los defectos de las personas (Hebreos 8:8): la debilidad, la desobediencia y la falta de fe que son inherentes a todos nosotros y que nos llevan a pecar (Romanos 3:10-18). A través de su Espíritu, Dios nos da la capacidad de desarrollar un carácter santo y justo, resistir la tentación y no dejarnos llevar por el pecado.

Con el Espíritu de Dios trabajando en nosotros, su maravillosa promesa del nuevo pacto en Jeremías 31:33-34 puede ser cumplida: “Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice el Eterno: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce al Eterno; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice el Eterno; porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado”.

El recibir el Espíritu Santo le provee al cristiano el poder espiritual necesario para vivir una vida piadosa. Nos ayuda a tener la motivación y fortaleza que hace posible obedecer los mandamientos de Dios, tomar las decisiones correctas, vencer y perseverar (Romanos 5:5; 8:26; 12:2; Filipenses 2:5; 2 Pedro 1:3-4).

¡Cuán grande es nuestro Dios y Padre amoroso que ha hecho todas las cosas posibles a través de su hijo Jesucristo! (Mateo 19:26). Su obra dentro de nosotros es llevada a cabo a través del obsequio más maravilloso que se les ha hecho disponible a los seres humanos: el poder, amor y mente de Cristo a través del Espíritu de Dios que trabaja en nuestras vidas.  EC

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