Gn 1:2-10 - El primer y segundo día - Recreación de la Tierra

Luego del caos y el desorden que vino después de la rebelión de Lucifer y sus ángeles, Dios comienza a reordenar la Tierra.

Luego del caos y el desorden que vino después de la rebelión de Lucifer y sus ángeles, Dios comienza a reordenar la tierra.

El reordenamiento de la tierra se describe desde el punto de vista de alguien que está registrando todo sobre la tierra y que está en la tierra.

(v. 2) Lo primero que ocurre es el poder de Dios en acción. Noten que no es un espíritu ajeno a Dios como una “trinidad” sino el espíritu de Dios el que produce todos los efectos posteriores. Este poder santo le pertenece al Verbo quien hace crear todas las cosas (Jn 1:1-3). La tierra está sumergida bajo el agua y cubierta por las nubes en una total oscuridad.

(vv. 3-4) Lo primero que despeja el Verbo es la densa neblina que impide que lleguen los rayos solares a la tierra. Recuerden que el sol ya fue creado en el v. 1. Aquí se limpia la atmósfera de los efectos devastadores de la rebelión angelical y otra vez la luz que trae calor y belleza a la tierra, aparece.

(v. 5) Lo siguiente que el Verbo hace, es crear, por medio de fijar la velocidad de la rotación de la tierra, el ciclo del día de veinticuatro horas. La tierra gira sobre su eje a la velocidad exacta para calentarla en forma uniforme, como se calienta un pollo al girar en rodillo de horno eléctrico. Si fuera nuestro día como el del planeta Mercurio, que toma un año para girar una sola vez sobre su eje, el resultado sería un calor insoportable por un lado y un frío mortífero en el otro.

“Si nuestro día de 24 horas fuera un poco más largo o más corto, todos los delicados ajustes en la tierra se echarían a perder y la vida sobre el planeta se convertiría en un gran desastre, sino en una imposibilidad” (debido a la falta de un calentamiento uniforme) (“Por qué creo en la creación y no en la evolución”. Fred John Meldan, p. 30).

Con la fijación del ciclo de rotación de 12 horas de día y 12 horas de noche (vea Jn 11:9) comienza la medición del tiempo y la primera unidad del calendario bíblico, el día. Esto es importante por la relación que tiene al fijar cuando comienza la tarde del sábado. El día de 24 horas se cuenta de “la tarde (12 horas desde la tarde hasta la mañana) a la mañana (12 horas desde la mañana hasta la tarde) un día” (v. 5).

(vv. 6-8) Una vez que la rotación queda establecida, ahora el Verbo se concentra en ordenar la atmósfera. Aquí vemos a Dios creando la atmósfera con los gases precisos para que sea propicia la vida sobre el planeta. Esta es la formación del primer cielo ya comentado. “Tenemos la maravilla de nuestra atmósfera. Vivimos bajo un gran océano de aire compuesto de un 78% de nitrógeno, un 21% de oxígeno y el 1% restante, de casi una docena de microelementos. Los estudios espectográficos de otros planetas del Universo estelar demuestran que ninguna otra atmósfera, ninguna otra parte del universo conocido, está compuesta de estos mismos ingredientes, ni de nada que se parezca a esta composición. Estos elementos no están combinados químicamente, sino que se mezclan mecánicamente en forma continua, mediante los efectos de marea que la Luna produce sobre la atmósfera. La Luna produce el mismo efecto sobre la atmósfera que sobre los mares, y siempre provee la misma cantidad de oxígeno. Aunque el hombre descarga una tremenda cantidad de dióxido de carbono en la atmósfera éste es absorbido por el océano, y el hombre puede continuar viviendo en este planeta.

Luego tenemos el asombroso ciclo del nitrógeno. El nitrógeno es un elemento sumamente inerte. Si no fuera así, seríamos envenenados por diferentes formas de combinaciones nitrosas. Sin embargos debido a que es inerte, es imposible que consigamos combinarlo, naturalmente,con otras cosas. Las plantas definitivamente lo necesitan en la tierra. ¿Cómo hace Dios para sacar el nitrógeno del aire y meterlo en la tierra? ¡Lo hace por medio de los relámpagos! Cien mil relámpagos caen en este planeta diariamente y crean cien millones de toneladas de nitrógeno útil como alimento de las plantas en el suelo todos los años.

A unos 60 kilómetros de altura existe una delgada capa de ozono. Si estuviera comprimida, solo mediría unos seis milímetros de espesor, y sin embargo, sin esa capa la vida no podría existir. Ocho tipos de rayos mortales caen continuamente sobre este planeta, procedentes del Sol. Sin esa capa de ozono, esos rayos solares nos quemarían, nos cegarían y nos asarían en solo uno o dos días. Los rayos ultravioletas vienen en dos formas: los rayos largos, que son mortíferos y de los cuales nos protege la capa de ozono, y los rayos cortos, que son necesarios para la vida en la tierra y que son admitidos por dicha capa. Además la capa de ozono permite que los más mortales de esos rayos pasen en cantidad muy mínima: suficiente para que se maten las algas verdes, que de otro modo crecerían y llenarían todos los lagos, ríos y océanos del mundo.

¡Cuán poco entendemos lo que Dios está haciendo continuamente para proveernos la vida! Vemos que vivimos con una delgadísima capa de ozono que nos protege de un bombardeo mortal invisible, que constantemente se cierne sobre nuestras cabezas.

También tenemos la maravilla del agua. En ninguna otra parte del universo hallamos agua en abundancia, excepto acá en la Tierra. El agua, un maravilloso solvente, disuelve casi cualquier cosa en esta tierra, con excepción de aquellas cosas que sostienen la vida. Este asombroso líquido existe como hielo, que resquebraja las piedras y produce suelo. Como nieve, almacena agua en los valles. Como lluvia, riega y purifica la tierra. Como vapor en la naturaleza, provee humedad para la mayor parte de tierras arables. Existe como cubierta de nubes precisamente en la cantidad correcta. Si tuviéramos nubes como Venus, la Tierra no podría existir. Pero tenemos exactamente el 50% de la superficie de la Tierra cubierta de nubes en cualquier tiempo, lo cual permite que pase la correcta cantidad de luz solar. Como vapor a presión, mueve la poderosa maquinaria que tenemos acá en la Tierra. Fuera del bismuto, es el único líquido que, a la temperatura de 4 grados centígrados es más pesado que cuando está congelado. Si esto no fuera así, la vida no podría existir sobre este planeta. Por tanto, cuando se congela, es más liviana y flota. Si no fuera así, los lagos y ríos se congelarían desde el fondo hacia arriba y matarían todos los peces. Las algas quedarían destruidas y nuestra provisión de oxígeno se acabaría, y la humanidad moriría.

Aún el polvo realiza una increíble función a favor de la humanidad. Si no fuera por el polvo, nunca veríamos el cielo azul. A 27 kilómetros por encima de este planeta, no hay polvo de la tierra, y el cielo es siempre negro. Si no fuera por el polvo, nunca llovería. Una gota de lluvia se compone de ocho millones de minúsculas gotitas de agua y cada una de esas gotitas envuelve una ínfima partícula de polvo. Sin éstas, el mundo se resecaría y la vida dejaría de existir (“Por qué creo”,James Kennedy, pp. 39-42).

(vv. 9-10) Al estar la atmósfera ordenada, ahora el Verbo concentra su atención en la tierra. Primero hace declinar las aguas de la tierra, algunas ya se habían convertido en nubes de la atmósfera, y las demás en aguas subterráneas. Queda al descubierto la tierra seca, base para la vida terrestre. El suelo mismo es una maravilla de la creación de Dios.

“Debajo de nosotros hay una delgada corteza de rocas, comparativamente más delgada que la piel de una manzana. Debajo de ella está la lava derretida que forma el núcleo de esta tierra. Así que el hombre vive entre los ardientes y ennegrecedores rayos de arriba y la lava derretida de abajo; cualquiera de los dos podría dejarlo achicharrado. Sin embargo, al hombre se le olvida totalmente que Dios ha arreglado las cosas de tal modo que pueda existir en un mundo como éste” (“Por qué creo”, pp. 40-41).

“Recoja entre su pulgar y su índice un poco de tierra fértil. Dentro de esa poca tierra hay un mundo lleno de criaturas vivientes, quizás hay tantos microbios como todos los seres humanos sobre la tierra, es decir varios miles de millones. Estas minúsculas creaciones son de origen vegetal y animal. Están allí como el ingenioso sistema de Dios para mantener el suelo renovado. Estos organismos se ayudan mutuamente para descomponer la materia orgánica muerta y así convertirla en alimento para las plantas. ¿No es maravilloso que por medio de estos microorganismos, Dios haya establecido un sistema autónomo de renovar perpetuamente el suelo para alimentar la vida sobre la tierra? (“¿Por qué creoen la creación y no en la evolución?”).

La tierra que surgió de las aguas bien pudo ser un gran continente o siete continentes que tenemos hoy día.

“Gracias a las investigaciones paleomagnéticas, hoy podemos situar la posición de las distintas masas continentales en el tiempo geológico pasado. Estas investigaciones están basadas en el campo magnético que registran las rocas en el momento que se formaron. La metodología de investigación paleomagnética, consiste en cortar, mediante un taladro, pequeños testigos cilíndricos de roca, verticales y que estén orientados con respecto al norte actual. En el laboratorio un magnetómetro determinará luego su dirección norte y su latitud originales. Sin duda, la deriva continental ha encontrado su mayor impulso en las teorías gemelas del crecimiento del fondo oceánico y de la tectónica de placas. (“El enigma de la desaparición de los dinosaurios”, Jorge Blaschke, p. 53).

“Inicialmente todos los continentes formaban una única masa que se ha denominado Pangea, y que estaba bañada por el Mar de Tetis y el océano Panthalassa. El desplazamiento de esa masa consiguió al final del Jurásico, hace 135 millones de años, dividirse en dos partes principales: Laurasia, formada por América del Norte, Europa y Asia, y Gondwana, formada por América del Sur, África, la Antártica y Australia. La rotura establecía claramente el océano Índico y el Atlántico Norte, al mismo tiempo que el Mar de Tetis ya estaba disminuyendodebido a la rotación, en sentido contrario al de las agujas del reloj del continente asiático.” (“El enigma de la desaparición de los dinosaurios”, pp. 52-53).

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