Tras la oveja perdida

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Es muy fácil sentirnos tentados a racionalizar el pecado y al mismo tiempo darle la espalda a un hermano que está luchando con ciertas conductas que nos ofenden. Pero debemos preguntar con sinceridad y en oración, ¿qué espera Dios de mí?

La parábola de la oveja perdida encierra importantes lecciones acerca de la verdadera compasión, la misericordia y el amor. Además, puede servirnos como recordatorio para no volvernos obstinados y recapacitar si es que hemos caído en ello. Todos nos hemos desviado del camino a veces, y corremos el constante peligro de volver a hacerlo. Es muy fácil sentirnos tentados a racionalizar el pecado y al mismo tiempo darle la espalda a un hermano que está luchando con ciertas conductas que nos ofenden.

Pero debemos preguntarnos sincera y profundamente: ¿qué espera Dios de ? ¿Hay aspectos de mi vida que me están alejando de la influencia perfeccionadora de Dios? ¿Puede Dios amar a algún hermano o hermana que está luchando con pecados que lastiman a otros? ¿Será posible que Dios haya puesto a esa persona en mi vida para que yo pueda ayudarla y animarla a vencer el pecado?

Un poquito de pecado

¿Cómo podemos reconocer si estamos desviándonos de nuestro camino, entibiándonos, o volviéndonos insensibles frente al pecado? Generalmente nos invade un falso sentido de seguridad cuando las cosas se ven y se sienten bien en nuestras vidas (1 Corintios 10:12). Nos sentimos cómodos en nuestros “pecadillos”, quizá llegando a ignorarlos o evitando pensar mucho en ellos. Pero no hay tal cosa como un “pecadillo”. Santiago 2:10 nos dice: “Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos”.

Todos nos rehusamos de vez en cuando a obedecer la voluntad de Dios en ciertas áreas de nuestra vida. Podemos incluso posponer el esfuerzo que significa superar una debilidad, porque nos parece que es solo un pequeño pecado que en realidad no nos incomoda. Pero no hay actitud más peligrosa para un cristiano que esta, porque es negar a Dios y aceptar la tentadora invitación de Satanás para que obtengamos satisfacción instantánea. Cualquiera que se crea lo suficientemente fuerte como para permitirse un pecadillo creyendo que no peligra, debe entender que esta es una actitud muy arrogante que puede llevar al desastre. “Porque el que se cree ser algo, no siendo nada, a sí mismo se engaña” (Gálatas 6:3).

 

La separación de nuestro pastor

Todos corremos este riesgo, y mientras mejor comprendamos esto, más debemos enfocarnos en obedecer y honrar a Dios por sobre todas las cosas. No obstante, algunos se resistirán: “El Espíritu dice claramente que, en los últimos tiempos, algunos abandonarán la fe para seguir a inspiraciones engañosas y doctrinas diabólicas. Tales enseñanzas provienen de embusteros hipócritas, que tienen la conciencia encallecida” (1 Timoteo 4:1-2, Nueva Versión Internacional).

Cuando pecamos (sin importar lo insignificante que sea el pecado, o si es justificable), nos distanciamos de la seguridad y protección de nuestro Pastor — aquel que nos ama tan profundamente, que relegó su gloria y honorable posición para ser humillado, torturado y asesinado por nosotros. Él no soportó tal agonía para que pudiésemos vivir una vida física cómoda y satisfactoria, haciendo lo que queramos con nuestras vidas mientras esperamos su regreso. No, él lo arriesgó todo y sufrió de manera inimaginable, en la esperanza de que aquellos que fueron escogidos desde la fundación del mundo respondieran de la misma manera y estuvieran dispuestos a dejar todo por él, tal como él lo hizo por nosotros (Romanos 12:1).

A cambio, él nos ofrece la increíble oportunidad de convertirnos en hijos de Dios. Cristo nos está ofreciendo la oportunidad de unirnos a él y al Padre para traer salvación, paz y sanación a toda la humanidad. ¿Es justo, entonces, darle a cambio y como muestra de respeto algo que no sea lo mejor de nosotros mismos? No, claro que no: o lo damos todo, o no damos nada. Apocalipsis 3:16 nos recuerda que hay una terrible consecuencia si no lo damos todo: “Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca”.

Debemos trabajar intensamente para someternos a la voluntad de Dios cada día de nuestras vidas. Satanás, nuestro adversario, tentador, acusador y piedra de tropiezo, está perfectamente al tanto de  cada uno de nuestros pasos. Es muy peligroso atreverse a subestimar su ingenio y determinación.

 

Buscando a quien devorar

Este león rugiente –nuestro adversario que acecha en las cercanías–espera las oportunidades precisas para desviar a los débiles, y “anda alrededor buscando a quien devorar” (1 Pedro 5:8). No hay nada que Satanás desee más que destruir a la futura familia de Dios. Y si lo resistimos,  mediante la ayuda de Dios, podemos tener un gran impacto en la vida eterna de otro individuo: “Hermanos, si alguno de entre vosotros se ha extraviado de la verdad, y alguno le hace volver, sepa que el que haga volver al pecador del error de su camino, salvará de muerte un alma, y cubrirá multitud de pecados” (Santiago 5:19-20).

Satanás coloca tentaciones y distracciones a lo largo de todo nuestro sendero, como un niño que caza luciérnagas y que piensa: “Una más, solo una más; estoy bien, siempre puedo volver a casa después”. Como ese niño, podemos ser tentados a alejarnos más y más de nuestro hogar para internarnos en la oscuridad donde el maligno acecha y espera. Santiago nos advirtió que “cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido” (Santiago 1:14).

Cuando cedemos frente a Satanás, a menudo parece ser algo inofensivo. Transigimos un poquito aquí, un poquito más grande allá. Claudicamos frente a cosas que sabemos que Jesús no haría, y nos justificamos pensando: “Después de todo, ¿quién puede realmente vivir cómo él lo hizo?” Se corre gran peligro al manejar la obediencia de esta manera tan despreocupada. Cuando a sabiendas damos cabida en nuestra vida a conductas y actitudes que se oponen a Dios y a su camino, estamos escogiendo el mal por sobre Dios. Si continuamos transigiendo con la ley de Dios voluntariamente, desviándonos del camino que él nos ha mostrado, pisoteamos al hijo de Dios (Hebreos 10:26-29). Comenzamos a entrar en la oscuridad, reemplazando la voz y la verdad de Dios con la voz y las mentiras del malvado. Y así, transando con una cosa a la vez, comenzamos a ser engañados.

 

Temer a Dios y superarse

Cada vez que cedemos frente al mal nos distanciamos de Dios, pero muchas veces ello causa que otros también tropiecen. Esto puede arruinar las relaciones en el matrimonio, entre amistades, y dentro de familias y congregaciones. Cuando hay división dentro del pueblo de Dios es como invitar a Satanás, y él siempre se hace presente. Tenemos la importante responsabilidad de permanecer puros en nuestros corazones y de no transigir con el maligno, no solo por nuestro propio bien sino también por el del pueblo de Dios, tanto ahora como en el futuro.

A medida que practicamos la superación del pecado y nos enfocamos más en esta gran misión en nuestras vidas, comenzamos a comprender y a identificarnos más profundamente con el significado de Proverbios 8:13: “El temor del Eterno es aborrecer el mal; la soberbia y la arrogancia, el mal camino, y la boca perversa, aborrezco”.

Podemos superar la influencia de Satanás si sometemos nuestras vidas por completo a Dios día a día, sin importar lo imposible que parezca ser. Muchas veces es necesario que dejemos atrás precisamente las cosas, hábitos o personas que según nosotros es imposible abandonar.  Dios ha llamado solo a unos pocos de los miles de millones de seres humanos en la Tierra en esta era para ser obreros en su gran e inspirador plan. Sin embargo muchos –quizá la mayoría– de aquellos que han sido honrados con este inmerecido favor no logran valorarlo ni tratarlo con la reverencia apropiada. De hecho, desgraciadamente muchos de nosotros a veces lo damos por sentado.

Si nos sentimos distraídos o demasiado abrumados con las preocupaciones de esta vida física, debemos despertarnos, estar sobrios y regresar a la seguridad de la luz. Debemos comprometernos nuevamente –o quizá por primera vez–, y con todo nuestro corazón, a darle a Dios todo de nosotros, sin importar lo que pase, y sin importar el sacrificio que ello requiera. Para un verdadero seguidor de Dios, no hay otra manera de vivir.

La regla de oro:  Perdonar incluso lo peor

En su famoso sermón del monte, Jesús les entregó a sus discípulos la instrucción fundamental sobre cómo debemos tratar a nuestro prójimo: “Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas” (Mateo 7:12). Cuando tiene que ver con nuestros hermanos en Cristo, ¿cómo aplicamos este principio?

Hay conmovedores ejemplos bíblicos de los cuales podemos aprender, como el de David cuando premeditó el asesinato de Urías, y el de Saulo, quien más tarde se convirtió en el apóstol Pablo. David traicionó a su soldado de mayor confianza, Urías, al punto de cometer adulterio y asesinato (2 Samuel 11), y Saulo amenazó de muerte a los escogidos de Dios, metiéndolos en prisión o matándolos por causa de su fe (Hechos 8:1-3, 1 Corintios 15:9). Si hubiésemos vivido en esos tiempos, tal vez no nos hubiera costado nada  juzgar a estos hombres y concluir que no eran de Dios, dándoles la espalda y sintiéndonos muy justificados al hacerlo. Sin embargo, ellos se convirtieron en poderosos ejemplos de verdadero arrepentimiento, fe y sumisión a la voluntad de Dios. ¿Podríamos haberlos perdonado si hubiésemos sido parientes de Urías? ¿O parientes de aquellos fieles servidores de Dios que fueron asesinados o encarcelados por orden de Saulo?

Por lo tanto, ¿qué excusa tenemos para no tener compasión por un hermano que está luchando con el pecado y para no orar de corazón por su restauración? La parábola de la oveja perdida ilustra bellamente la compasión y el amor que debemos tener por nuestros hermanos, sin importar lo que hayan hecho. Pero, ¿qué pasaría si esa oveja perdida fuera usted o yo? ¿Cómo nos gustaría ser tratados?

“¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso; y al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos, diciéndoles: Gozaos conmigo, porque he encontrado mi oveja que se había perdido. Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento” (Lucas 15:4-7).

Puede que a veces nos cueste ver el beneficio que aporta al resto del rebaño  el traer de vuelta a una oveja obstinada; ¡puede que a veces incluso nos sintamos aliviados de que se haya ido! Pero la sabiduría de Dios no es como la nuestra, ni su amor es caprichoso como el nuestro. Debemos entender que nosotros mismos somos fortalecidos cuando trabajamos para restaurar a un hermano: “Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado. Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo” (Gálatas 6:1-2).

 

La verdadera compasión  y el siervo dedicado

Entonces, ¿cuál debiera ser nuestra respuesta cuando nos damos cuenta de que un hermano está yendo por mal camino? Primero que nada, debemos orar con sinceridad –incluso con ayuno– pidiéndole a Dios que nos permita verlo de la misma manera que él lo ve, y que nos infunda verdadera compasión y misericordia. Puede que tengamos que continuar orando por esto una y otra vez, incluso por años. Después de esto debemos ir a nuestro hermano con humildad y cariño, sin condenarlo, y expresarle nuestra preocupación (Colosenses 4:6).

Si a veces pareciera que él o ella no responde de inmediato con un cambio significativo o actuando de manera obvia, lo único que podemos hacer es orar, pero frecuentemente Dios responde a nuestra ferviente oración abriendo una puerta para que podamos prestarle ayuda. Esta simple pero profunda demostración de amor nos ayudará a prepararnos para ser usados por Dios a fin de alentar y ayudar a otros. Y esa preparación no se aplicará solo a una persona, sino a mucha gente en el futuro, a medida que trabajemos con Jesucristo en la rehabilitación y restauración del mundo entero para Dios.

Cuando aquel tiempo venga, Dios no chasqueará sus dedos para anunciar que todos los que hayan asistido fielmente a los servicios y no hayan cometido demasiados pecados, de un momento al otro serán capaces de rehabilitar a miles de millones de personas quebrantadas, pecadoras y afligidas. En cambio, él sí llamará a quienes hayan pasado sus vidas físicas trabajando, preparándose y superando sus propios pecados — es decir, a quienes hayan aprendido a tener humildad, compasión, misericordia, paciencia y fidelidad, ya que estas son las personas en las cuales él podrá confiar para que fielmente vayan “tras la oveja perdida”.  

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