Si está desanimado, ¡reflexione sobre los milagros que Dios ha hecho en su vida!

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¿Lo invade el desaliento? ¡Sepa que tiene una gran fuente de apoyo al alcance de su mano!


Fuente: ©Andrik Langfield Petrides/Unsplash

Hace mucho tiempo, cuando mi hijo mayor David tenía diez años, se enfermó gravemente. Un día, mientras caminábamos, vomitó. Pensé que tenía influenza y después de una semana en que persistieron los síntomas, me preocupé y le pedí a un ministro de nuestra iglesia que lo ungiera. Al siguiente día lo llevamos al doctor, quien nos dijo que solo tenía influenza. “Llévelo a casa y que descanse”, dijo. “Se pondrá bien”.

Pero antes de que saliéramos de su oficina, la enfermera llamó aparte a mi marido para decirle algo, y en privado le dijo que lleváramos a David al hospital para asegurarnos de que estuviera bien. Ella sentía que algo andaba mal. Charles y yo lo llevamos de urgencia al hospital y al llegar, los doctores, muy alarmados, llevaron a David de inmediato a cirugía. Aparentemente, su apéndice se había reventado hacía varios días.

David estuvo en el hospital durante una semana, mientras drenaban todas las toxinas de su cuerpo debido a la ruptura de su apéndice. Hasta el día de hoy estamos muy agradecidos por haber actuado rápido y por aquella valiente enfermera, ya que salvó a nuestro hijo. Si hubiéramos seguido el consejo del doctor y llevado a David a casa, pudo haber muerto. Incluso los doctores pueden equivocarse a veces.

Pero sabemos quién es el merecedor principal de toda nuestra gratitud: ¡Dios! Podría mencionar un sinfín de ocasiones en que Dios ha intervenido por nuestro bien por asuntos serios y otros no tanto, y a veces, solo para darnos lo que queremos.

Una bendición inesperada

Hace muchos años, vivíamos en una casa que tenía un molino muy grande en el antejardín. Me encantaba, especialmente en primavera, cuando el viento hacia girar sus aspas. Estaba rodeado de flores muy bonitas, que hacían resaltar su belleza, y me gustaba contemplarlo mientras bebía una taza de café por la mañana. La hermosura del molino y el giro de sus aspas me provocaban una sensación de paz y calma. ¡Era maravilloso empezar así mi día!

Con el pasar de los años, la pintura comenzó a descascararse y su fachada necesitaba una urgente renovación. Medía un poco más de tres metros, y con cuatro niños que alimentar, nuestro presupuesto no nos permitía hacer las renovaciones.

Así fue como, de manera casual, le mencioné a nuestro Padre que me gustaría tener el dinero para pintar el viejo molino y restaurar su belleza.

Una semana después, mi esposo miró por la ventana y me llamó para que viera que el molino estaba pintado. ¿Quién lo había pintado, y justo del color que quería? Un poco más tarde ese mismo día, se acercó nuestro vecino para contarnos que él lo había pintado la noche anterior. Y aunque el hecho de que nuestro vecino lo hiciera sin nuestra autorización pudo haberme molestado, simplemente no pude enfadarme con él. Aún cuando suene extraño, fue una tremenda bendición. ¡Dios escuchó mi deseo e inspiró a nuestro vecino a pintar el molino!

En otra ocasión, nos encontrábamos en circunstancias apremiantes ya que no teníamos casi nada para comer. Mientras procurábamos determinar cómo alimentaríamos a nuestros hijos ese día, oí que golpeaban la puerta. Era una señora de la Iglesia con una bolsa llena de víveres, quien nos dijo que se había sentido inspirada a llevarnos comida. ¡Ella no tenía idea de cuánto lo necesitábamos, pero Dios sí lo sabía!

¡Reflexione y anímese!

En ocasiones se nos olvidan las bendiciones e intervenciones de Dios. Cuando nos encontramos desanimados o abrumados por las pruebas del momento, es bueno recordar cuán maravilloso es nuestro Padre que está en los cielos y cómo nos ha ayudado a lo largo de nuestras vidas en el pasado.

Dios está siempre dispuesto a socorrernos en tiempos de angustia, pero también se hace cargo de las pequeñas cosas que nos importan. Dios nos dice: “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho” (Juan 15:7).

Dios nos quiere regalar las buenas cosas de la vida. ¿Somos capaces de ver a Dios como un ser amoroso que quiere lo mejor para nosotros, o lo vemos como un Dios severo e indiferente?

En sus momentos más desalentadores, ¡pídale a Dios que lo anime y vea el resultado! Haga una lista de las veces que Dios ha intervenido en su vida y repásela cuando se sienta abrumado.

Si Dios lo ayudó en el pasado, ¿significa acaso que Dios se ha ido y que no está interesado en ayudarlo hoy? ¡No! Dios no es humano para cambiar o desaparecer de su vida. Dios es fiel y nunca cambia (Malaquías 3:6). Hebreos 13:8 nos dice que “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos”.

Él nunca lo dejará y le exhorta a ser fuerte y valiente. Nos dice: “Esforzaos y cobrad ,ánimo; no temáis, ni tengáis miedo de ellos, porque el Eterno tu Dios es el que va contigo; no te dejará, ni te desamparará” (Deuteronomio 31:6). ¡No te dejará ni desamparará!

Dios salvó la vida de nuestro hijo. Nos dio el alimento que necesitábamos desesperadamente para nuestra familia, e inspiró a nuestro vecino para que pintara nuestro preciado molino.

Piense: ¿qué grandes cosas ha hecho Dios por usted? ¡Reflexione en esas cosas! Y cuando esté abrumado en medio de una tormenta, no dude en pedirle a Dios el apoyo y ánimo que necesita.  BN

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