Perseverar

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¿Cómo puede uno perseverar hasta el final con ánimo? Debemos esforzarnos para alcanzar ese carácter que transforma las pruebas en grandeza y gloria.

El motivo de este artículo está basado en el sermón que entregué en la Fies­ta de los Tabernáculos. En él hablé so­bre cómo encontrarle sentido al sufrimiento y sacar provecho de las pruebas. Oro a diario por quienes sufren enfermedades, la muerte de seres queridos y las terribles pruebas que afligen a tantos. Mucho de esto ha ocurrido recientemente, y me pre­gunto: ¿Cómo podemos sobrellevar esto, alentarnos y alentar a otros?

Cuando leo la Biblia en ucraniano o ruso, a veces encuentro enfoques levemente di­ferentes, por decirlo así, a los que ya cono­cemos en nuestro idioma acostumbrado.

Estos matices lingüísticos no son diame­tralmente distintos, pero si nos entregan otra perspectiva con respecto al tema.

Una palabra que me llamó la atención esta semana es un término griego en un pasaje muy conocido que citamos a me­nudo, y cuyo significado entrega un punto de vista distinto. ¿Entendemos realmente el poder que encierra este versículo? Se trata de Mateo 24:13, que dice: “Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo”. Es posible que en ocasiones leamos la pala­bra “perseverar” y pensemos: “Está bien, apretaré los dientes, ceñiré mis lomos, le pondré el hombro a la rueda, la haré girar, y aguantaré. Será difícil, pero lo lograré”.

Un compromiso como el descrito pue­de ser admirable, pero la palabra “perse­verar” en realidad encierra un significado alentador e inspirador que no debemos pasar por alto. El verbo griego es traducido como hypomeno. Hypomeno es una pala­bra de gran significado y profundidad en el Nuevo Testamento.

Cuando pensamos en la palabra cas­tellana “perseverar”, nos puede venir a la mente la imagen de alguien acuclillado en medio de una tormenta, tratando de aguantar estoicamente hasta que esta amaine. Hypomeno es un verbo griego que significa “aguantar con valentía”, no sim­plemente “esperar que las cosas pasen” sin más ayuda que nuestro propio poder hu­mano. El sustantivo de esta palabra pode­rosa –hupomone– tiene incluso un mayor significado: es algo que todos queremos, y representa un obsequio directo de parte de Dios.

Hupomone es frecuentemente traduci­do como “paciencia” o “perseverancia” en el Nuevo Testamento. Ninguna de estas palabras en español expresa debidamen­te su verdadero significado. ¡Tener la cua­lidad de carácter de hupomone significa contar con una increíble capacidad para transformar las pruebas y dificultades en grandeza y gloria!

Esto explica por qué Santiago nos dice, de manera aparentemente inapropiada, que tengamos “sumo gozo” cuando nos enfrentemos a alguna prueba (Santiago 1:2). Al principio, el consejo de Santiago no parece tener mucho sentido. Es imposible sentir gozo automáticamente cuando nos vemos afectados por dolorosas pruebas, sean estas emocionales, físicas, econó­micas, o todas los anteriores. Deseamos que la prueba se acabe, sea solucionada o desaparezca, y ojalá lo antes posible.

Entonces, ¿qué es lo que Santiago está tratando de decir?

Tenemos la promesa inquebrantable de Dios, quien nos promete que cuando sintamos que estamos al límite de nues­tras fuerzas –cuando sentimos que ya no podemos soportar más– en realidad Dios está desarrollando esta preciosa cualidad de hupomone dentro de nosotros. San­tiago continúa diciendo “sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia [hupomone]” (Santiago 1:4).

Si lo permitimos, si nos relajamos en las manos de Dios, ¡el fuego ardiente de la prueba produce en nuestro interior una cualidad divina que refleja el carácter mis­mo y la gloria de Dios! Esta capacidad de perseverar [hypomeno], junto con la sóli­da cualidad de la paciencia otorgada por Dios, nos confiere el maravilloso poder y la capacidad de superar los problemas. Es in­teresante que la Nueva Traducción Vivien­te traduce esos famosos versículos de “el que persevera” (vea Apocalipsis 2:11; 3:12) como “los que salgan vencedores”.

¡Si, Dios efectivamente nos da el poder de ser vencedores, de perseverar [hupo­mone], y aguantar valientemente bajo el fuego!

Como alguien que ha tenido el privile­gio de pastorear congregaciones y traba­jar con los hermanos por décadas, he visto esto en acción muchas veces. En ciertas ocasiones mi esposa Bev y yo hemos reci­bido lo que parecen ser malas noticias, y nos hemos dirigido a hogares y hospitales esperando ver solo los despojos de seres humanos a las puertas de la muerte. Por el contrario, a menudo nos encontramos con miembros de la Iglesia humildes y tranqui­los, que están increíblemente en paz. A pe­sar de que se enfrentan a la muerte, estas personas conocen las promesas de Dios y creen profundamente en ellas, como los tres amigos de Daniel que estaban para­dos frente a un infierno pero creían que Dios podía librarlos. Ellas tienen el maravi­lloso entendimiento de la frase “Y si no. . .” (Daniel 3:18) y disfrutan de una inmensa paz como resultado.

¿Qué quiero decir con la frase “Y si no. . .”? Cuando los tres amigos de Daniel respon­dieron al furioso rey Nabucodonosor, que les exigía violar sus convicciones y adorar a un ídolo babilónico, calmadamente le dijeron: “He aquí nuestro Dios a quien ser­vimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo . . . Y si no [si no es la voluntad de Dios], sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses” (Daniel 3:17-18).

Muchas veces Bev y yo hemos sido tes­tigos del extraordinario vuelco que han dado ciertas situaciones en las cuales por fin acaba una prueba personal, algunas veces de forma milagrosa. Pero también hemos visto que en otras ocasiones el fin de una prueba no ha sido lo que uno espe­raba. Lo inspirador es que estos momentos devastadores son los que Dios aprovecha para producir en nosotros la noble cuali­dad de hupomone: una paciencia inque­brantable, sólida y constante, que Dios nos da y desarrolla en nosotros. ¡La verdad es que Bev y yo hemos vuelto de esas visitas animados, cuando supuestamente éramos nosotros los que debíamos entregar ánimo!

Armados con la preciosa cualidad dehupomone, podemos entonces continuar con una perspectiva nueva y madura que se parece más a la perspectiva de Dios. He visto cómo algunos emergen de dolorosas pruebas con una fe muy profunda. Ahora saben cómo confiar en Dios, porque tie­nen la “paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento” (Filipenses 4:7).

Dios es todopoderoso. Él personifica el amor absoluto, y sabe lo que nosotros no sabemos. Cuando nos vemos enfrentados a lo que parece ser insuperable, Dios está preparado. Él tiene reservadas para noso­tros las dádivas de la paciencia, el poder y la paz. Mientras nos esforzamos por perse­verar hasta el fin, obtengamos con valen­tia los obsequios que se nos han hecho disponibles y permitamos que la perfecta obra de Dios nos transforme, ¡para que asi logremos también vencer! EC

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