Permanece junto a mí: Parábola de la viuda importuna

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La fe se encuentra en la oración que musitamos débilmente en los momentos más difíciles de nuestras vidas. En medio de esa quietud, podemos escuchar más nítidamente el “silbo apacible y delicado” (1 Reyes 19:12) de la voz de Dios.


La parábola de Cristo sobre la viuda importuna nos enseña una lección vital en cuanto a nuestra relación con Dios.

¿Quienes ejercen el poder y la autoridad muchas veces cambian, ya sea por decisión? propia o por las circunstancias. Cristo describió esta situación en su parábola de la viuda importuna.

Comienza diciendo: “Había un juez en una ciudad, el cual ni temía a Dios, ni respetaba a hombre” (Lucas 18:2). Los jueces ejercen una influencia decisiva en la vida de las personas que comparecen ante los tribunales y la mayoría de ellos actúa con firmeza y determinación. Los jueces exigen orden y respeto; la gente se pone de pie cuando entran en la sala de audiencias y debe dirigirse a ellos como “su señoría”.

Todo ello alimenta el ego de los jueces y fácilmente puede hacer que éstos se enaltezcan y, si no tienen cuidado, hasta la aplicación de la ley en sus cortes puede verse afectada. Y como su deber es impartir justicia, es vital que “teman a Dios” y “respeten a los hombres”.

El juez que Cristo describe parece estar cansado de su trabajo. Demasiadas personas acuden a él con infinidad de quejas y necesidades para que les haga justicia, asesore o ayude.

Con el tiempo, en vez de ser una vocación o un deber, la labor de juez se convierte en un trabajo cualquiera, perdiéndose el sentido y propósito iniciales. El juez cumple un papel importante en la comunidad, y quien desempeña este rol no puede permitirse el lujo de cansarse y hastiarse.

La viuda importuna

Continuando con la historia de Cristo, en la ciudad de este juez vivía una viuda que tenía un problema. Ella amaba a Dios, pero su problema era superior a sus fuerzas, lo que la afligía en gran manera pues ella era muy independiente y siempre se había valido por sí misma.

Alguien se había aprovechado de sus circunstancias, y como resultado ahora enfrentaba una situación adversa que no había podido resolver. Su único recurso legal era acudir al juez en busca de ayuda.

Ella clamaba por justicia, que el juez la escuchara y viera que ella tenía razón e interviniera en su favor. Según parece, ella había ido una y otra vez ante el juez a pedir ayuda, pero él no quería escucharla.

Pasó el tiempo y las súplicas de la viuda continuaban incesantemente. Ella necesitaba ayuda y solución a su problema. ¿Podrá el juez, o quienquiera que fuera, ayudarla? ¡Parecía no haber esperanza!

El juez por fin cede

Hasta la persona con el corazón más indolente frente al dolor ajeno puede irritarse por la majadería interminable. El juez llegó a impacientarse tanto, que decidió por fin atender el asunto para no tener que ver más a esta mujer.

Concluyó que era tiempo de escuchar su caso e impartir la justicia que ella pedía, pues no quería que la situación se convirtiera en motivo de desgaste o humillación para él. Quizá sentía algo de compasión por la viuda, pero era mayor su deseo de acabar de una vez por todas con su caso.

Llegó el día en que el juez emitió su fallo a favor de la viuda. El caso se dio por concluido, y la mujer volvió a su casa. Había aprendido una lección valiosa acerca de la justicia humana, pero más que todo, había aprendido a no darse por vencida y a persistir sin desfallecer en busca de la solución, porque al final, siempre se hará justicia.

La sabiduría de un juez injusto

Cristo dijo: “Oíd lo que dijo el juez injusto” (Lucas 18:6). Esto quiere decir que aunque este juez era indolente y arrogante, lo que él dijo nos enseña una lección en cuantoa cómo debemos manejar nuestra relación con Dios.

No se trata de que Dios sea injusto o indiferente. Por medio de esta parábola, Jesús quiere que aprendamos algo acerca de cómo él y el Padre administran su “tribunal”. Dios es el Juez justo de toda la Tierra, su juicio es siempre ecuánime e imparcial, y responde oportunamente.

Ahora Jesús va al meollo del asunto: “¿Yno hará Dios justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles?” (Lucas 18:7). Los elegidos son el pueblo de Dios, los miembros llamados, escogidos y fieles del Cuerpo de Cristo. Por un momento, Cristo hace énfasis en este grupo que él llama “los suyos”.

Es indudable que Dios tiene la prerrogativa de contestar las oraciones de cualquier persona cuándo y dónde él quiera, pero esta declaración de Jesucristo contiene un mensaje especial para los que son llamados por el Padre a ser parte de su Iglesia. Hay momentos en que hasta los escogidos de Dios se cuestionan si él escucha sus oraciones y si entiende que necesitan respuestas inmediatas. Ellos van ante el trono de Dios cada día y le presentan sus ruegos y peticiones de justicia, sanidad, paz mental, perdón y limpieza de corazón.

Cuando no pueden dormir o se despiertan en medio de la noche sin poder conciliar el sueño, oran en busca de comprensión y consuelo, anhelando el suave contacto de la mano amorosa de Dios que los lleva a verdes pastizales y frescas aguas.

Dios oye absolutamente todo. Cristo dijo: “Se tardará en responderles?” (Lucas 18:7). Él conoce al instante, antes de que vayamos a su presencia, lo que necesitamos. Él escucha cada palabra de nuestra oración y su oído está atento.

A continuación, Cristo dice algo que puede parecernos difícil de creer: “Les digo que pronto les hará justicia. No obstante, cuando el Hijo del Hombre venga, ¿hallará fe en la tierra?” (Lucas 18:8).

¿Pronto? Tal vez pongamos esto en duda, o lleguemos a pensar que Dios no escucha o tarda mucho en responder. Pero nos equivocaríamos, pues el verdadero propósito de esta parábola está en la pregunta “hallará fe en la tierra?”

Fe era lo que tenía esta viuda, fe en que su causa era justa y que estaba en lo cierto. Fe en que la ley era buena y estaba de su lado y que, en última instancia, era útil para aquellos que son víctimas de injusticias. Fe en que incluso el duro corazón del viejo juez se conmovería ante la situación de una viuda como ella y que podría finalmente actuar según su deber.

Con este ejemplo de fe, Cristo nos enseña que debemos perseverar en nuestro caminar con Dios. No hay que rendirse, ni dejar de creer, ni mucho menos pensar que él es indiferente, o que está lejos y distraído.

Dios está siempre cerca y atento. Lo que para nosotros puede parecer “demorado” no lo es para Dios. Para Dios el tiempo no transcurre de la misma forma que para nosotros. Recuerde, Cristo dijo que Dios “pronto les [nos] haría justicia”. Dios siempre responde justo a tiempo, pero en su tiempo.

“Permanece junto a mí”

Lo que Cristo quiere decir es permanece junto a mí. Retrocedamos al comienzo de la parábola, donde Lucas explica la moraleja de este relato: “Y les refería Jesús una parábola para enseñarles que ellos debían orar en todo tiempo, y no desfallecer” (Lucas 18:1, énfasis añadido).

La viuda no perdió las esperanzas y siguió insistiendo ante el juez en busca de justicia. Igualmente, tenemos que acudir a Dios en oración para cada necesidad y deseo que tengamos. No debemos desanimarnos y sumirnos en la desesperación, para terminar desistiendo.

Dios va a terminar lo que comenzó en cada uno de sus escogidos (ver Filipenses 1:6). Él es justo y generoso, y responde a nuestras oraciones (Mateo 7:7-11). Él lo ha dicho, y lo hará, pero depende de nosotros seguir clamando ante su trono de justicia y misericordia, pues no se cansa de escucharnos. Él no está jugando con nosotros para ver por cuánto tiempo o cuántas veces vamos a ir a su presencia.

Dios promete escucharnos, no abandonarnos, y nos dice: Permanece a mi lado cuando estés saludable y feliz y tengas todo lo que necesitas; cuando tengas un trabajo y dinero en el banco; cuando veas brillar el sol, te vaya bien en la vida y tengas el viento a tu favor; cuando tengas muchos amigos y la aceptación y el aplauso de la multitud; y cuando te sientas confiado de tu prudencia y sabiduría.

Permanece junto a mí, dice, cuando te vaya bien, y así aprenderás a temerme en todas las cosas, y las riquezas y los bienes que tienes serán de provecho para ti y también para los demás.

Pero también dice: Permanece a mi lado cuando estés pobre y hambriento, sin saber cómo conseguirás tu alimento; cuando estés enfermo o tengas un accidente y sufras como nunca; cuando todo aquello por lo que has trabajado se derrumba ante tus ojos y aquellos cuya amistad apreciabas te rechazan;  cuando te sientas tan solo y angustiado, que la sola idea de salir de la cama cada día constituya una lucha casi imposible de ganar.

Permanece junto a mí, dice él, un día más, una vez más, orando una vez más. No te vayas de mi lado, porque no hay nadie más que yo.

Esto es lo que la parábola de esta viuda importuna nos enseña acerca de la oración: a tener fe y no desmayar. Podemos perder mucho en esta vida, pero jamás debemos dejar que nuestro corazón sucumba a la desesperación y la incredulidad. No se desaliente e insista, igual que la viuda de este relato ante aquel juez humano, convencido de que la verdad y la justicia al final prevalecerán.

Permanece a mi lado, dice Dios, porque yo te llevaré a mi reino eterno. Voy a terminar lo que empecé contigo. ¡Ten paciencia y no pierdas la esperanza!  BN

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