Lo que he aprendido sirviendo en el Consejo de Ancianos

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En la deliberación entre 12 hombres, guiados por Dios y en sumisión unos a otros, hay sabiduría. Servir en el Consejo puede producir un cambio benéfico en sus miembros, ya que pueden sentir cómo Dios dirige su Iglesia mientras todos tratan de servirle fielmente de acuerdo a su voluntad.

En la deliberación entre 12 hombres, guiados por Dios y en sumisión unos a otros, hay sabiduría. Servir en el Consejo puede producir un cambio benéfico en sus miembros, ya que pueden sentir cómo Dios dirige su Iglesia mientras todos tratan de servirle fielmente de acuerdo a su voluntad.

Cuando entré en el Consejo de Ancianos en 2008, yo y otras personas creíamos que haríamos cambios sustanciales. Pero muy pronto aprendí que cualquier clase de cambio sería todo un desafío, y que en ocasiones éstos pueden producir consecuencias inesperadas. Ahora, después de seis años de servicio, comprendo un poco más y soy más realista en cuanto a “cómo funciona el Consejo”. Ha sido toda una experiencia, durante la cual he aprendido algunas cosas que quiero compartir con ustedes.

1. Uno no cambia al Consejo, sino que el Consejo lo cambia a uno

¡Sin ninguna duda! Hay 11 hombres más que deliberan junto a uno en el Consejo. Cada uno de ellos es un ministro con muchas décadas de experiencia en la predicación, la consejería y la vida espiritual. Durante incontables horas de discusión uno escucha y aprende de su sabiduría e inteligencia. La siguiente es una situación que he presenciado con bastante frecuencia:

Tal vez uno llegue a la reunión con una propuesta, su “gran idea”. Una vez planteada, empieza el proceso de análisis. Uno de los miembros sugiere que se cambie el texto. Otro agrega un aspecto que usted no tuvo en cuenta, y otro más está de acuerdo con ese punto de vista alternativo. Sin embargo, otro miembro está de acuerdo con la propuesta inicial. Ante sus propios ojos, “su bebé” es transformado y, a menudo, mejorado. Otras veces se llega a la conclusión de que la idea de uno no era tan buena y es rechazada por la mayoría. Todo el proceso es una verdadera lección de humildad.

Si uno escucha con el corazón y no solo con la mente, con el tiempo puede beneficiarse de la perspectiva de los demás, incluso al punto de cambiar su parecer. Si uno escucha el doble de lo que habla, puede llegar a cambiar sus opiniones preconcebidas, y si está dispuesto a dejar de lado su ego, puede convertirse en un miembro del Consejo mucho más eficaz. Hay sabiduría en el consenso de 12 hombres que se someten a la guía del Espíritu de Dios, el cual a menudo trabaja a través de las diferentes personalidades, pero es necesario escuchar. Si uno así lo hace, progresivamente experimenta un cambio favorable.

“Que el sabio escuche estos proverbios y se haga aún más sabio. Que los que tienen entendimiento reciban dirección” (Proverbios 1:5, Nueva Traducción Viviente).

2. No se puede hablar de lo que no se conoce

Es fácil cuestionar las decisiones del Consejo. Antes de formar parte de él, y en calidad de observador externo, yo hablaba como urraca parlanchina posada sobre un cerco y a menudo expresaba mi opinión respecto a la forma en que el Consejo manejaba los asuntos de la Iglesia. “Si yo estuviera en el Consejo”, frecuentemente me decía, “no haría esto, o lo haría de diferente manera”. Cuando fui elegido para integrar el Consejo de Ancianos, rápidamente entendí que al Consejo llega mucha información acerca de determinados asuntos. Parte de esta información es tan delicada y confidencial, que puede impactar la forma de comprender algunos temas. Como consecuencia, también se ve afectada la decisión de sus miembros a la hora de votar. Por razones legales o espirituales, cierta información no puede trascender el ámbito de las deliberaciones del Consejo.

Proverbios 18:13 dice: “Al que responde palabra antes de oír, le es fatuidad y oprobio”. Comprender cómo se procesa la información y cómo se toman las decisiones en el Consejo me ha enseñado que en cualquier circunstancia es mejor esperar antes de emitir conceptos y opiniones, a menos que se disponga de todos los elementos de juicio. Este sabio principio es aplicable a todas las áreas de nuestra vida.

3. Medir las palabras

Todos tenemos nuestra propia opinión, y tarde o temprano queremos expresarla. Yo no soy la excepción. Cuando los 12 integrantes del Consejo de Ancianos se reúnen en sesión, cada uno tiene derecho a expresar su punto de vista sobre cualquier tema ante el Consejo. Los comentarios y la discusión pueden prolongarse bastante, en especial cuando se trata de asuntos de gran relevancia para la Iglesia. A veces las emociones hacen que el intercambio de opiniones sea bastante apasionado, pero todos desean sinceramente entregar lo mejor de sí mismos en las deliberaciones.

Después de meditar en esto, he llegado a la conclusión de que hay una forma y un momento específicos para dar una opinión bien sopesada. He aprendido que las emociones pueden nublar la lógica, y que demasiadas palabras pueden confundir a la audiencia. Shakespeare dijo: “La brevedad es el alma del ingenio”. Si uno quiere convencer a los demás de sus argumentos, es mejor limitarse a una respuesta breve y bien pensada, contribuyendo así a que las sesiones sean considerablemente más cortas. Proverbios 17:28 dice: “Aun el necio, cuando calla, es contado por sabio; el que cierra sus labios es entendido”.

4. “El hombre propone, y Dios dispone”

No sé quién habrá inventado este dicho, pero se aplica muy bien al trabajo del Consejo en momentos críticos. Durante mis años en el Consejo he observado cómo muchos “planes” han tomado un rumbo diferente al previsto. Uno puede presentar una propuesta o ir a una sesión del Consejo creyendo que éste se inclinará de determinada manera respecto a un tema, solo para ver que las cosas cambian y el resultado es completamente diferente. Con el tiempo uno se da cuenta de cómo sus oraciones son respondidas ante sus propios ojos, porque le hemos pedido a Dios que dirija y presida las reuniones del Consejo, y él así lo hace. Él determina el resultado final de las deliberaciones, tal como le hemos pedido que lo haga. Muchas veces toma tiempo comprender que, de hecho, Dios siempre está involucrado en el proceso y que su voluntad se está llevando a cabo.

En los últimos tres años el Consejo ha hecho un gran esfuerzo para incluir la Palabra de Dios en sus documentos y planificaciones. Una mirada al Plan Estratégico permite ver que nuestras declaraciones oficiales, de visión y de propósito, y también nuestros principios rectores, contienen citas bíblicas que los sustentan. Incluso la fraseología es tomada directamente de las Escrituras, bien sea en forma literal o parafraseada. Al escribir estos documentos tuvimos cuidado de basar nuestros propósitos en las instrucciones de Dios. Proverbios nos dice: “Fíate del Eterno de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas” (Proverbios 3:5-6).

Si no acatamos la guía de Dios, nuestro trabajo resultará inútil. He aprendido, y así lo creo, que Dios nos guía hacia las decisiones apropiadas de acuerdo a su calendario, no al nuestro. Esto es algo que nos hace mantenernos humildes; buscamos agradar a Dios sirviéndole como fieles mayordomos y obreros bajo su amorosa supervisión.

Los seis años en los cuales he servido en el Consejo de Ancianos han sido estimulantes y provechosos al mismo tiempo. Desde esa perspectiva, ha sido la experiencia de crecimiento más significativa de todos mis años en el ministerio, y estoy muy contento de haber hecho este viaje. 

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