Lázaro y el hombre rico: Las actitudes y sus consecuencias

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¿Cuál es su posición frente a la riqueza y los bienes materiales? En una de sus parábolas, Jesús demostró que nuestra actitud hacia tales cosas puede tener consecuencias eternas

¿Qué puede ocurrirle a una persona adinerada que ama sus posesiones más que a su prójimo y se burla de los más pobres? ¿Qué le sucede a una nación que exalta tales actitudes? ¡Muchísimo! En la actualidad esto está sucediendo en todo el mundo, pero un día todas estas injusticias serán juzgadas.

Casi a diario escuchamos historias de cómo los ricos y poderosos aumentan cada vez más su riqueza y poder. En el mundo hay abundancia de bienes materiales, pero a medida que se acerca el fin de esta era, la riqueza se concentrará solo en unas cuantas manos. Mientras tanto, y en comparación, los pobres son cada vez más pobres. Los abusos llegarán a tal punto, que la esclavitud económica arruinará la vida de muchos (Apocalipsis 18:13).

Jesús criticó sin ambages este tipo de actitudes. En una de sus parábolas, la del mayordomo infiel, nos advierte que no debemos amar el dinero más que a las personas. Él se enfrentó a los líderes religiosos que amaban el dinero, diciéndoles que “lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación” (Lucas 16:14-15).

Poco más tarde les entregó otra parábola, la de Lázaro y el hombre rico, que a menudo es malinterpretada y esgrimida como prueba de que al morir la gente se va al cielo o al infierno. Sin embargo, dicha parábola no tiene que ver con esto, sino con una correcta perspectiva de lo que es la codicia, el escepticismo y el juicio de Dios. Veamos qué podemos aprender de esta enseñanza de Jesús.

Una historia que enseña lecciones espirituales

La parábola mencionada se encuentra en Lucas 16:19. Recuerde que esto no es una historia real sino una parábola, contada en forma de metáfora para transmitir una verdad espiritual.

Esta parábola de Lázaro y el hombre rico es una de las más perspicaces y dramáticas. Es la única en la cual al personaje principal se le da un nombre, quizá para impactar de manera más personal a los lectores. En la vida real, nuestras acciones afectan a las demás personas y tenemos la facultad de ser una influencia positiva para ellas. Esta historia debe motivarnos a examinar profundamente el legado que forjamos cada día.

La parábola comienza así: “Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino fino, y hacía cada día banquete con esplendidez” (Lucas 16:19). Este hombre se vestía con las mejores ropas y se alimentaba muy bien todos los días del año. Tales cosas no son intrínsecamente malas; sin embargo, este hombre no estaba dispuesto a compartir su riqueza. Él vivía según la regla del egoísmo: quería todo el pastel para sí mismo. Se negaba a compartir sus bienes con los demás, pues al hacerlo (en su mezquino razonamiento) quedaría menos para él.

Esta semana escuché que el fundador de Microsoft, Bill Gates, ha vuelto a ostentar el título del hombre más rico del mundo: este año su patrimonio se elevó a más de 70 mil millones de dólares. La riqueza del Sr. Gates sigue en aumento a pesar de que se esfuerza por donar la mayor parte de ella a través de su organización filantrópica, la Fundación Bill y Melinda Gates. Por lo menos, él y otros multimillonarios saben que su riqueza puede contribuir mucho a aliviar el dolor y el sufrimiento de los menos favorecidos en el mundo. Me parece encomiable que un hombre tan extraordinariamente rico trabaje tiempo completo para regalar su dinero y que, aun así, éste siga multiplicándose.

El hombre rico de la parábola personifica la actitud de acaparamiento: “Esto es mío, he trabajado duro para conseguirlo y no le regalo un centavo a nadie, para que no me vaya a faltar”.

Cristo contrasta al rico con un pobre mendigo llamado Lázaro, cuyo cuerpo estaba plagado de llagas y a quien solo le quedaba dejarse llevar hasta la entrada de la casa del hombre rico, con la esperanza de recibir alguna ayuda. Pero ni el magnate ni nadie le prestaron la más mínima atención.

Las decisiones y las actitudes tienen consecuencias permanentes

Finalmente, tanto el mendigo como el hombre rico mueren. Aquí es donde la historia da un ingenioso vuelco para entregarnos una profunda lección sobre el juicio y la rendición final de cuentas por las acciones individuales. En el juicio, Lázaro es declarado fiel y llevado “al seno de Abraham” para recibir una herencia junto con Abraham y otros que siguieron su ejemplo de fe. Esa herencia será otorgada aquí en la Tierra una vez que comience el Reino de Dios, que será establecido cuando Cristo regrese y dé inicio a su gobierno.

Según se nos dice, el hombre rico muere y es enterrado. Sin embargo, al ver a Abraham y a Lázaro, clama: “Padre Abraham, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama” (Lucas 16:24).

Aquí Cristo está advirtiéndonos acerca del día del juicio para los malvados, que  incluirá un castigo terrible, pero breve. Pedro describe este evento en 2 Pedro 3:10, cuando “los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas”.

No obstante, dichos acontecimientos tendrán lugar al final de la historia humana y no al momento de la muerte de cada persona en esta era. Los malos no irán a un infierno que arde eternamente. Cristo está describiendo el momento en que se juzgarán nuestros pensamientos y acciones; esto debiera hacer que nos autoexaminemos hoy, mientras aún tenemos la oportunidad de corregir nuestro rumbo.

Finalmente, todos compareceremos ante un trono

Esto queda absolutamente claro en la siguiente frase de Abraham en la parábola: “Hijo, recuerda que durante tu vida te fue muy bien, mientras que a Lázaro le fue muy mal; pero ahora a él le toca recibir consuelo aquí, y a ti, sufrir terriblemente. Además de eso, hay un gran abismo entre nosotros y ustedes, de modo que los que quieren pasar de aquí para allá no pueden, ni tampoco pueden los de allá para acá” (Lucas 16:25-26, Nueva Versión Internacional).

El juicio final es un concepto al que la gente de buenos modales no quiere referirse. A muchos les resulta incómodo escuchar que algún día tendrán que dar cuenta de sus acciones. Las filosofías modernas promulgan un enfoque tolerante y libre de prejuicios hacia las personas y estilos de vida, y el relativismo es el fundamento de la modernidad. Irónicamente, la idea de un juicio o una rendición de cuentas por las acciones personales no es tolerada, sin embargo, la Biblia nos muestra que habrá un día de juicio, y que para los elegidos de Dios, el juicio se está llevando a cabo ahora mismo.

Hace algunos años, durante un viaje a Roma, visité el Vaticano y vi la famosa Capilla Sixtina. Este lugar, en el que se eligen los papas, exhibe de manera predominante la imponente pintura El Juicio Final, realizada en el siglo XVI por Miguel Ángel. Esta representación, supuestamente basada en las Escrituras, pretende instilar en los espectadores el temor a ser parte del grupo que estará a la izquierda y que descenderá al abismo ardiente del infierno para ser atormentado eternamente por entes diabólicos.

La escena tiene el propósito de llamar la atención —y lo logra—, infundiendo temor como solo puede hacerlo una representación bíblica renacentista. Sin embargo, la belleza del arte es empañada por la falsa idea teológica de que como castigo o recompensa por la forma en que vivieron, los seres humanos al morir se van a un infierno de fuego ardiendo o a un cielo lleno de dicha eterna. Miguel Ángel, a pesar de su talento, fue muy influenciado por la teología medieval de la Iglesia católica romana.

El abismo que nace de la codicia

¿Qué provocó el gran abismo —en esta vida y en el juicio— entre Lázaro y el hombre rico en esta historia? Sencillamente, la codicia y el desprecio. La actitud de cruel indiferencia del rico ante el sufrimiento de su prójimo no cambió ni siquiera porque Lázaro yacía sufriendo frente a él cada día. El hombre rico no hacía nada por cambiar; atesoraba y gastaba su riqueza ignorando absolutamente su obligación hacia los demás.

En nuestro mundo, como ha sucedido en todas las épocas, esto es común. Hace poco leí acerca de un encuentro anual de las élites financieras de Estados Unidos en la ciudad de Nueva York. La Kappa Beta Phi es una organización fraternal que reúne a los más prominentes ejecutivos de Wall Street, de los principales bancos, firmas capitalistas, corredoras de bolsa y otras grandes corporaciones. Su lema, Dum vivamus edimus et biberimus,en latín significa “Mientras vivamos, comamos y bebamos”.

Un periodista logró entrar clandestinamente a dicha reunión, y lo que vio y escribió al respecto fue bastante lamentable. Más allá de una cena muy agradable y costosa y la esperada camaradería, el periodista describe las representaciones teatrales que usaron para satirizar a políticos, celebridades, clase media y aún a ellos mismos, como también su propia codicia y soberbia, lo cual es su manera de admitir que tienen estos defectos.

Estas son las personas que se encargan de las finanzas en los Estados Unidos; son parte de la élite establecida, y lo que hacen es imitado por otras élites políticas y culturales de la nación.

¿Se parecen estas personas al “hombre rico” de la parábola? ¡Sin duda! Ellos representan la actitud que Cristo condenó. Mientras una persona tenga la actitud de este hombre rico, está en riesgo de encontrarse al borde de un “gran abismo”, no solo entre él y sus semejantes, sino también entre él y Dios. Esa es una lección personal importante que podemos aprender de esta parábola.

Debemos escuchar a Moisés y los profetas

La parábola concluye con el grito lastimero del hombre rico rogándole a Abraham que envíe una advertencia a la casa de su padre, por el bien de sus cinco hermanos. Abraham dice: “A Moisés y a los profetas tienen; óiganlos”, y “Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos” (Lucas 16:27-31).

Moisés, y la Biblia en general, entregan suficientes enseñanzas y directrices para enseñarnos a administrar nuestros bienes y dinero a fin de cuidar adecuadamente de nosotros y de los demás, compartir con los nuestros y cuidar de los pobres. Aprendamos la lección ahora y evitemos que la codicia nos haga asumir el rol del hombre rico en esta parábola.

¿Cómo poner en práctica las lecciones de esta parábola? Aquí hay tres cosas que podemos hacer:

1. No acapare cosas. Done lo que usted realmente no necesita o utiliza. ¿Tiene ropa colgada en su armario que hace tiempo no se pone? Considere regalarla a alguien que la necesite o a una organización benéfica que sirva a los pobres.

2. Adquiera el hábito de compartir lo que le sobra.Por ejemplo, el vuelto que recibe al pagar en un restaurante tal vez pueda dejarlo como propina y así ayudar a alguien que esté pasando por una crisis. Considérelo como una manera de dejar los rincones del campo sin segar para alguien en necesidad (Levítico 23:22).

3. Use todos sus bienes para honrar a Dios. Utilícelos para usted y su familia, y para ayudar a los demás lo mejor posible. Este enfoque nos recuerda, como dice Santiago 1:17, que Dios es la fuente de “toda buena dádiva y todo don perfecto”.  

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