El salmón rojo silvestre

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Con la ayuda de Dios, su Palabra y el Espíritu Santo como instrumentos de navegación, todas las cosas son posibles.


Los salmones silvestres nadan a través de muchos obstáculos en su trayecto migratorio.

Fuente: ©Olga n. Vasik/Hemera/Getty Images Plus

El otro día, mi esposa y yo regresamos de una vacación familiar en la cual enseñé a mis nietos a pescar salmón y fletán negro. Mi esperanza es que disfruten del placer de la pesca durante toda su vida. Yo aprendí a pescar en mi infancia, y es algo que todavía me apasiona.

Durante un tiempo vivimos a corta dis­tancia por auto del río Adams, en Colum­bia Británica, Canadá. La mayor parte del territorio en ambos lados de este largo y estrecho río de unos doce kilómetros ha sido incorporada a la Zona de Conserva­ción Roderick Haig-Brown. Este sitio al­berga una de las grandes maravillas de la asombrosa creación de Dios: el salmón rojo silvestre (también conocido como salmón del Pacífico) del río Adams.

Cada cuatro años los salmones ma­duros emprenden su ardua travesía de más de 480 kilómetros nadando corriente arriba del río Fraser, valién­dose del río Little para llegar al río Thompson y el lago Shuswap. Esto los lleva al río Adams, el lugar de desove de tres millones de salmones, adonde llegan alrededor de la tempora­da de las fiestas otoñales [en el hemisfe­rio norte]. Nadie sabe con certeza cómo pueden encontrar el camino desde el in­finito vacío del océano Pacífico Norte (un tercio del camino a Japón), y de vuelta a su lugar exacto de nacimiento. La revis­ta Scientific American publicó un artículo titulado “¿Cómo pueden los peces que desovan nadar de vuelta al mismo arro­yo en el que nacieron?” Ellos dicen que unas cuantas especies que vuelven a sus lugares de nacimiento pueden compa­rarse en su precisión al salmón, pero ad­miten que la forma en que lo hacen aún no se entiende a cabalidad.

Multitudes de hasta 300 000 personas acuden a observar este espectacular fe­nómeno de la naturaleza cuando ocurre. ¡Qué espectáculo más impresionante! Los peces se emparejan, macho y hembra, en un remolino bullente de cuerpos carmesí. Las hembras, hinchadas por los huevos, agitan el fondo pedregoso del río con sus colas desgastadas para hacer nidos pro­fundos. Cuando todo está listo, los ma­chos depositan su fluido seminal, llamado lecha, y las hembras ponen los racimos de huevos en los nidos. A continuación, am­bos cubren los huevos con piedrecillas.

Después de varios días, cuando han custodiado los huevos, los salmones mueren y completan así el ciclo de vida. Sus cuerpos hinchados flotan río abajo y se descomponen, impregnando el aire con su hedor. El silencioso espectáculo tiene un aura casi misteriosa: uno siente un nudo en la garganta al ver cómo los salmones magullados y golpeados cum­plen con su deber literalmente hasta que mueren.

Una ardua jornada

Para llegar a este punto los salmones han tenido que viajar largas distancias, superar muchos obstáculos y perseverar hasta el fin. Se han enfrentado a rápidos, remolinos, troncos caídos, deslizamiento de rocas y contaminantes provenientes de las fábricas de celulosa. Han debido hacerle el quite a las flotas pesqueras de dos países que los acechan y reducen su población hasta en un ochenta por cien­to, y se han escapado de los pescadores artesanales a lo largo de las costas del río Adams.

Han encontrado su rumbo desde los remotos confines del océano Pacífico; han nadado 480 kilómetros en contra de la corriente; han combatido las rápidas corrientes del poderoso río Fraser; y han debido soportar que sus cuerpos sean golpeados durante los 17 días que dura su migración para ofrecer sus vidas, de manera que la siguiente generación pue­da tener la oportunidad de nacer.

La Puerta del Infierno

Una de las áreas que el salmón debe cruzar se llama Puerta del Infierno, un desfiladero rocoso ubicado en el río Fra­ser, a 129 kilómetros al noroeste de Van­couver. En su punto más ancho mide 33.5 metros, y su corriente es de 32 kilómetros por hora. Está salpicado de remolinos errantes de más de 12 metros de diáme­tro y 30 metros de profundidad, capaces de tragarse árboles enteros y escupirlos después completamente despojados de ramas y partidos en pedazos. Por este angosto desfiladero circulan vertigi­nosamente, como promedio, 34 millo­nes de galones de agua por minuto. En ocasiones esta cifra aumenta hasta 200 galones de agua, cuando sube el cau­dal debido al agua proveniente de los 123 585 km cuadrados correspondientes a la región de Columbia Británica.

En 1913, los constructores ferrovia­rios en el cañón de la Puerta del Infier­no arrojaron innecesariamente millones de toneladas de roca al río, y en 1914, gigantescos trozos del lado del precipi­cio se soltaron y cayeron al desfiladero como consecuencia de las explosiones controladas, bloqueando el cañón y de­teniendo a los salmones en su ruta mi­gratoria. Solo un pequeño grupo se las arregló de alguna manera para pasar al otro lado y desovar río arriba. En 1946 se inauguraron pasadizos hechos por el hombre para los peces, después de lo cual la población de salmón comenzó lentamente a recuperarse y alcanzar los niveles previos a los deslices.

Cualquiera que se haya parado en las plataformas de observación sobre la Puerta del Infierno debe haberse admi­rado grandemente de la determinación, fortaleza y tenacidad de las animadas fle­chas de color carmesí que saltaban sobre esta zona sin la ayuda de los pasadizos, después de que se produjera el desliz de rocas. Esto es una fantástica hazaña, aún con los corredores artificiales construidos por el hombre.

Los salmones del río Adams sobrevi­vieron porque una pequeña minoría de vencedores superó ciertos obstáculos aparentemente insalvables y llegó a su destino para que otras generaciones pu­diesen vivir.

Hay muchos paralelos entre la travesía del salmón y la batalla del cristiano. Vea‑mos algunos de ellos.

Nuestra Puerta del Infierno

Un cristiano tiene que atravesar la “Puerta del Infierno” y vencer la turbulen­cia de este mundo para alcanzar el Reino de Dios. Cristo nos dice: “Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puer­ta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan” (Mateo 7:13-14). Un cristiano tiene que luchar con­tra corrientes contaminadas con inmoralidad, escaparse de las redes del materialismo, re­sistir la corriente constante de influencia satánica y su propia naturaleza humana, además de evitar los remolinos de la presión negativa de sus pares, que constantemente procuran arrastrarlo.

Tal como el deslice de rocas en el angosto desfiladero que hizo que tuvieran que construir pasadizos para los peces, Dios nos abre un camino. En Salmos 118:19 dice: “Abridme las puer­tas de la justicia; entraré por ellas, alabaré al Eterno”. V en Isaías 26:1-2 también nos dice: “En aquel día cantarán este cántico en tierra de Judá: Fuerte ciudad tenemos; salvación puso Dios por muros y antemuro. Abrid las puertas, y entrará gente justa, guardadora de verdades”.

Tribulaciones en el camino

Algunos de los siervos de Dios han su­frido mucho abuso físico en esta colosal batalla. Pablo dice en Hechos 14:22: “Es ne­cesario que a través de muchas tribulacio­nes entremos en el reino de Dios”. Él des­cribe sus penurias en 2 Corintios 11:23-33, sin embargo, dijo: “. . . estamos atribulados en todo, pero no angustiados; en apuros, pero no desesperados; perseguidos, pero no desamparados; derribados, pero no destruidos” (2 Corintios 4:8-9).

En Hebreos leemos acerca de algunas personas fieles a Dios, aquellas que “por fe conquistaron reinos, hicieron justicia, alcanzaron promesas, taparon bocas de leones, apagaron fuegos impetuosos, evitaron filo de espada, sacaron fuerzas de debilidad, se hicieron fuertes en ba­tallas, pusieron en fuga ejércitos extran­jeros. Las mujeres recibieron sus muertos mediante resurrección; mas otros fueron atormentados, no aceptando el rescate, a fin de obtener mejor resurrección. Otros experimentaron vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles. Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltra­tados” (Hebreos 11:33-37).

En su infinita misericordia, y en medio de las vicisitudes de la vida, Dios provee pozas ocasionales de quietud tales como sus festivales, en los cuales podemos des­cansar y recobrar fuerzas (Salmos 23:2-3). Incluso a veces construye senderos alre­dedor de nuestros obstáculos (1 Corintios 10:13). Debido a un grupo de elegidos que perseverará hasta el fin, Dios librará a la raza humana de su destrucción total (Mateo 24:13, 21-22).

Sin vuelta atrás

Tal como los salmones rondan sobre sus nidos de huevos fertilizados y los pro­tegen de los depredadores, un cristiano tiene que proteger su mente, que ha sido fertilizada por el Espíritu de Dios, de aque­llos que pueden hacer que naufrague y se ahogue en la perdición del pecado.

No hay vuelta atrás. Cristo dijo en Lucas 9:62: “Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios”.

Hay grandes recompensas guardadas, pero todavía se encuentran corriente arriba, en las tranquilas aguas del Reino de Dios (Apocalipsis 2:26; 3:21). Las fuertes corrien­tes contra las que nada­mos nos ayudan a desa­rrollar una voluntad y un carácter fuertes. Las prue­bas y dificultades siempre van a existir. Como Pablo escribió: “Por tanto, no desmayamos; antes aun­que este nuestro hombre exterior se va desgastan­do, el interior no obstan­te se renueva de día en día. Porque esta breve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria” (2 Corintios 4:16-17). Con el tiempo la carne física pe­rece, pero una nueva vida comenzará mediante la resurrección.

El salmista comparó nuestra lucha con la de los marineros que batallan contra océanos turbulentos, y mostró el deseo de Dios de ayudarnos: “Suben a los cielos, descienden a los abismos; Sus almas se derriten con el mal. Tiemblan y titubean como ebrios y toda su ciencia es inútil. Entonces claman al Eterno en su angus­tia, y los libra de sus aflicciones. Cambia la tempestad en sosiego, y se apaciguan sus ondas. Luego se alegran, porque se apaciguaron; así los guía al puerto que deseaban” (Salmos 107:26-30).

Con la ayuda de Dios y con los instru­mentos de navegación de su Palabra y el Espíritu Santo, todas las cosas son po­sibles. Sí podemos cruzar la “Puerta del Infierno” de este mundo para alcanzar la tranquilidad del Reino de Dios (Romanos 8:16-23, 35-39). EC

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