El criticismo negativo: Un enemigo que debe ser derrotado

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El criticismo fatalista es una aflicción insidiosa, que puede llevarnos a la muerte eterna a menos que nos arrepintamos de ello.

Nuestra sociedad ha sido condicionada para ser negativa e incrédula.  Nadie confía en nadie y continuamente vemos ejemplos de deshonestidad. Los líderes de prácticamente todas  las instituciones conocidas han manifestado conductas sospechosas en algún momento. Se nos ha enseñado a burlarnos y ridiculizar tradiciones y valores fuertemente arraigados. Ya nada es sagrado, y todas las personas y situaciones están sujetas a criticismo. De hecho, el criticismo desenfrenado es el precursor del fatalismo.

¿Es usted derrotista? ¿Se sienta en la silla de los escarnecedores? (Salmo 1:1). El criticismo destructivo es una actitud negativa, despreciativa y desencantada, que desconfía especialmente de la integridad o los motivos que profesan los demás. Una de las palabras claves en esta definición es “motivos”, que puede definirse como la razón y causa detrás de nuestras acciones. La persona negativa cree que las acciones emprendidas por organizaciones e/o individuos están basadas en intenciones cuestionables.

¿Por qué debería sorprendernos, entonces, que el criticismo pernicioso sea una de las enfermedades más mortíferas que aquejan a nuestra sociedad?

En la Iglesia de Dios hemos tenido tantos altibajos en años recientes, que sería muy fácil sentarse junto a los escarnecedores. Pero el criticismo negativo es una aflicción muy insidiosa, que puede llevarnos a la muerte eterna a menos que nos arrepintamos de ello. Para algunas personas, el fatalismo es parte de su ser y de su composición psicológica y tienen la necesidad de ser incrédulas y criticonas para sentirse plenamente satisfechas.

El criticismo mordaz es en realidad una forma de autojusticia, ya que los criticones siempre creen conocer una mejor manera de hacer las cosas. Pero si ellos estuviesen a cargo, sus críticas y espíritu de amargura jamás nos hubiesen permitido llegar hasta donde nos encontramos actualmente.

Respeto al mensajero

¿Qué hace que uno se vuelva criticón y se siente en la silla de los escarnecedores? La Palabra de Dios dice: “Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado” (Salmo 1:1). La palabra hebrea traducida como “escarnecedor” significa hablar con jactancia, burlarse y ridiculizar; es el equivalente de “criticón”. Dios promete bendiciones para el hombre que no se sienta con los escarnecedores en la silla de los criticones.

Pero, lamentablemente, las páginas de la Biblia están repletas de hombres que se sentaron en la silla de los escarnecedores y se volvieron cínicos y criticones. Dios identifica a estas personas dentro de su Iglesia en la epístola de Judas: “De éstos también profetizó Enoc, séptimo desde Adán, diciendo: ‘He aquí, vino el Señor con sus santas decenas de millares, para hacer juicio contra todos, y dejar convictos a todos los impíos de todas sus obras impías que han hecho impíamente, y de todas las cosas duras que los pecadores impíos han hablado contra él. Estos son murmuradores, querellosos, que andan según sus propios deseos, cuya boca habla cosas infladas, adulando a las personas para sacar provecho” (Judas 14-16).

Una de las principales razones que motiva a los pesimistas es su percepción de que existe un doble estándar. Sin embargo, mientras los seres humanos seamos de carne y hueso esto siempre será un problema. Dios no tiene un doble estándar, y los principios de Dios y Jesucristo que han sido revelados en la Palabra de Dios no cambian. Él es fiel, y en él “no hay mudanza, ni sombra de variación” (Santiago 1:17).

Pablo escribió: “antes bien sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso” (Romanos 3:4). En otras palabras, la verdad de Dios (su fidelidad) no cambia según las acciones del hombre.

¿Dejará usted que las acciones o palabras de hombres imperfectos le arrebaten su corona? Es una terrible ironía que con mucha frecuencia el criticón termina perdiendo su corona a manos de la misma persona o situación  que estaba criticando. Él se vuelve tan desconfiado, que no puede distinguir entre la Palabra de Dios y el mensajero. Es fácil llegar a la conclusión de que si el mensajero es imperfecto, su mensaje es inválido. Los detractores de Jesús utilizaron esta táctica en contra de él: lo llamaron ilegítimo y lo acusaron de estar poseído por demonios.

Pero cuando la Palabra de Dios se manifiesta y nosotros la oímos, más vale que le prestemos atención. Isaías dejó constancia escrita de la perspectiva correcta que debemos tener respecto a la Palabra de Dios: “Mi mano hizo todas estas cosas, y así todas estas cosas fueron, dice el Eterno; pero miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra” (Isaías 66:2).

Puede que uno no respete al mensajero, pero debe respetar su mensaje: la Palabra de Dios. El criticismo negativo hacia al mensajero puede ser perdonado si uno se arrepiente de ello, pero criticar de la misma forma el mensaje de Dios es arriesgarse a cometer el pecado imperdonable.

Respeto al mensaje

En cada generación hay personas que piensan que si Dios les hablase, ellas escucharían. Pero cuando el Verbo Viviente estuvo en la Tierra y les habló directamente a sus coetáneos, éstos no lo escucharon ni le hicieron caso. Cristo advirtió a los fariseos criticones que enmendasen su conducta, abandonaran sus intentos de imputarle motivos perversos y dejaran de tenderle trampas (Mateo 23:29-33).

Una y otra vez venían a él con afirmaciones o preguntas colmadas de doble sentido: “Maestro, nosotros sabemos”; “la ley dice”; “muéstranos una señal”; “en qué nombre . . .” Ellos hablaban ambiguamente, escondiendo sus verdaderas intenciones, y se expresaban con matices y evasivas, diciendo una cosa, pero queriendo decir otra. La advertencia de Dios en contra de esta forma indirecta de hablar es muy clara: “Pero sobre todo, hermanos míos, no juréis, ni por el cielo, ni por la tierra, ni por ningún otro juramento; sino que vuestro sí sea sí, y vuestro no sea no, para que no caigáis en condenación” (Santiago 5:12).

El amor de Dios

Otra de las razones que impulsa a las personas a criticar destructivamente radica en que no han desarrollado una relación amorosa y sincera con Dios y Jesucristo. Ellas permiten que las ocasionales inconsistencias dentro de las organizaciones y en la conducta de los hombres se interpongan en su camino. Y lamentablemente, muchas veces solo están buscando una excusa para criticar y justificar sus acciones. Pero nunca debemos dejar que alguna excusa, razón o causal nos impida ser leales al pacto que hemos hecho con Dios y con Jesucristo, ni que afecte nuestra relación con ellos.

Cuando usted se arrepiente de sus pecados, adquiere la convicción de la verdad a través del Espíritu y la Palabra de Dios, se bautiza y pone en práctica su fe en el sacrificio de Cristo para la remisión de sus pecados, está firmando un pacto con Dios y Jesucristo. Usted hace el compromiso de crucificar la carne y vivir según la Palabra de Dios, y si persevera y termina la carrera, en la resurrección habrá una corona esperándole.

Los engañosos resultados del criticismo negativo

En el primer capítulo de Job, Satanás se presenta ante el trono de Dios. Dios le pregunta a Satanás si ha considerado a su siervo Job, quien teme a su Creador y se mantiene alejado del pecado. Satanás le contesta diciendo: “¿Y acaso Job te honra sin recibir nada a cambio? . . . Pero extiende la mano y quítale todo lo que posee, ¡a ver si no te maldice en tu propia cara!” (Job 1:9, 11, Nueva Traducción Viviente). En otras palabras, Satanás acusa con gran escepticismo a Job de servir a Dios por motivos de interés personal.

Pero el criticismo negativo de Satanás comenzó mucho antes de que naciera Job. Él estuvo en el mismo trono de Dios como el querubín ungido (Ezequiel 28:14-17). Él contempló su autopercibida importancia, belleza y sabiduría, y se convenció de que no debía conformarse con ocupar el segundo lugar en el universo. Apocalipsis 12 revela que Lucifer se llevó consigo a un tercio de los ángeles al rebelarse. La rebelión puede originarse expresando palabras de duda y volviéndose incrédulo y amargado.

Después que Caín se dejara llevar por la envidia y asesinara a su hermano, Dios le preguntó: “‘¿Dónde está Abel tu hermano?’, y él respondió: ‘No sé. ¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?’” (Génesis 4:9). Pero Dios claramente instruye en su Palabra que nosotros sí somos el guarda de nuestro hermano. Por lo tanto, debiéramos amarnos unos a otros fervientemente y sin dobleces. Note las palabras del apóstol Pedro: “Habiendo purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad, mediante el Espíritu, para el amor fraternal no fingido, amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro” (1 Pedro 1:22).

El criticismo negativo puede ser derrotado

Todos los enemigos de la fe pueden ser derrotados y toda excusa para ser criticones puede ser conquistada si desarrollamos la misma forma de pensar de Jesucristo. De hecho, somos exhortados a pensar como Jesucristo y también a seguir su ejemplo (Filipenses 2:5).

Para tener la misma mentalidad de Cristo debemos comenzar por examinarnos personalmente, reflejándonos en el espejo espiritual de Dios. Podemos atesorar la Palabra de Dios en nuestros corazones y meditar en ella, controlando nuestros patrones de pensamiento y enfocándonos en aquello que nos edifica, exhorta y consuela. Y también podemos poner en práctica la amonestación del apóstol Pablo: “Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad” (Filipenses 4:8).

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