Cómo valorar a los otros más que a uno mismo

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El mundo actual glorifica la ostentación y la vanidad. Buscamos el placer personal y los defectos en los demás, para que los nuestros no parezcan tan malos. Sin embargo, como cristianos, debemos seguir el ejemplo de Cristo y vivir con integridad, para que nuestras acciones beneficien a todos nuestros semejantes.

Vivimos en un mundo que se enfoca principalmente en la gratificación personal. Esto se ha convertido en una fuerza motivadora muy predominante en el escenario mundial y lo vemos en los medios de comunicación, en la publicidad, y hasta en el ejercicio de la política.

Esta perspectiva tiene como meta hacer lo que sea más conveniente para uno, sin importar cómo pueda afectar a los demás. Dicha actitud con mucha frecuencia socava las relaciones conyugales, ya que el egoísmo erosiona la relación amorosa e íntima que deben tener los esposos, según la intención de Dios al crear el matrimonio.

Los políticos de hoy en día parecen estar más preocupados de ser reelegidos, o de apoyar la filosofía de su partido, que de hacer lo mejor por su país.

En nuestros tiempos hay un énfasis exagerado en la apariencia y la belleza personal, la autocomplacencia y el entretenimiento. Cada vez son más las personas adictas a químicos como las drogas o el alcohol, o que sufren de adicciones conductuales como la pornografía, las apuestas, la comida y el sexo, lo cual demuestra la magnitud de esta tendencia a satisfacer el ego en la cual se ha embarcado nuestra sociedad. Cuando Jesucristo dijo que en los últimos días “el amor de muchos se enfriará” (Mateo 24:12), ¿se habrá estado refiriendo a esta actitud egocéntrica? Si nos centramos tanto en nosotros mismos y en lo que nos complace, ¿somos verdaderamente capaces de tener el amor altruista y la preocupación por los demás que Dios nuestro Padre y Jesucristo desean que tengamos?

¿Qué dice Dios en cuanto a la estima a nuestro prójimo y cuál debe ser nuestra actitud en este sentido? Filipenses 2:3 aclara este punto de manera muy explícita: “No hagan nada por rivalidadni orgullo. Sean humildes y cada uno considere a los demás como más importantes que sí mismo” (versión Palabra de Dios Para Todos).

Aquí vemos dos actitudes u enfoques diametralmente opuestos a lo que Dios quiere que apliquemos en nuestras relaciones con los demás. La primera es la rivalidad.Pasemos a examinar lo que esto significa. Cierto comentario bíblico expresa de manera muy clara el tipo de rivalidad mencionada y la forma de contrarrestarla: “Nunca se opongan unos a otros, ni actúen según distintos intereses; ustedes son todos hermanos, y pertenecen a un solo cuerpo; por lo tanto, cada miembro debe preocuparse y trabajar por el bienestar de todo el conjunto. Y tanto en el ejercicio de sus diferentes funciones como en el uso de sus talentos, no hagan nada por ensalzar su propia reputación sin tomar en consideración la comodidad, la honra y los beneficios de todos los demás” (Adam Clark´s Commentary [Comentario de Adam Clark]). Al actuar, siempre debemos tomar en cuenta cómo podemos afectar a otros.

Siguiendo con Filipenses 2:3, la palabra orgullosignifica “vanidad”. En otras palabras, no debemos hacer cosas que no benefician a nadie solo para ensalzarnos personalmente. Nuestra conducta y acciones deben tener como meta animarnos mutuamente y el bien común de todo el cuerpo.

Seanhumildesdescribe en más detalle la actitud que debemos tener hacia los demás. Esta humildad es el resultado del reconocimiento de nuestros propios defectos. No conocemos los defectos de los otros y, por tanto, nunca debemos suponer que éstos son peores que los nuestros. Si logramos entender esto, es más fácil adoptar una actitud de aprecio hacia los demás y considerarlos más importantes que nosotros, dignos de honor y de ser servidos. Cuando nos autoexaminamos y vemos cómo somos en realidad —pecadores, llenos de defectos y propensos a actuar de manera egoísta— podemos ver más claramente quiénes somos en comparación con Dios y con nuestro prójimo. Esta verdad debe motivarnos a llevar a cabo tareas humildes y sencillas que puedan beneficiar a otros.

Otro aspecto de la humildad se refiere a nuestra relación y comparación con Dios Todopoderoso y con Jesucristo. Ellos son muy superiores a nosotros en todo sentido; ¿cómo podemos siquiera pensar que somos tan especiales? Una manera de expresar este concepto consiste en cuidar la forma en que nos relacionamos con otras personas y en considerarlas mejores que nosotros mismos. La humildad puede definirse como “estar conscientes de nuestra insignificancia en comparación con Dios y con nuestro prójimo”.

Otra manera de aplicar este principio es descubrir las habilidades y fortalezas de los demás y hacer énfasis en ellas en vez de empeñarnos en que los demás elogien las nuestras, fomentándolas e insistiendo en hacerlas notar. Esta es una muestra de humildad y de gran respeto a la superioridad de otras personas, y al hacerlo nos interesamos sinceramente por ellas y buscamos formas de servirlas: orando por ellas si están pasando por una prueba, o ayudándolas de alguna manera concreta en caso de necesidades causadas por limitaciones físicas.

Cuando dejamos de llamar la atención sobre nosotros y mostramos una actitud compasiva y servicial, reducimos efectivamente nuestro estrés y la preocupación por los problemas que nos aquejan. Esto produce un doble beneficio: ayuda al necesitado y al que le sirve, y se convierte en una bendición para ambos. The Matthew Henry Commentary(Comentario de Matthew Henry) lo expresa así: “Debemos preocuparnos no solamente por el reconocimiento, bienestar y seguridad en el plano personal, sino también en el de los demás, y debemos regocijarnos por la prosperidad de otros como si fuera la nuestra. Tenemos que amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos y hacer de su situación algo personal”. Así fue como Cristo vivió su vida sobre la Tierra y, si queremos seguir su ejemplo, debemos vivir nuestras vidas de la misma manera.

Filipenses 2:4 también hace hincapié en la actitud que debemos tener, declarando lo siguiente: “no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros”. Como comunidad de creyentes que somos, debemos fomentar el bienestar de los otros para edificar todo el cuerpo. Jesucristo nos dice en Mateo 6:2-4 que cuando hacemos esto de la manera apropiada, nuestro Padre celestial nos recompensa: “Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público”.

 

-Roy Fouch es miembro de la Iglesia de Dios Unida
y vive con su esposa Barb en Cincinnati, Ohio.
Él es licenciado en consejería familiar cristiana.

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