Carta a los miembros 20 Marzo 2013

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Las fiestas de inicio del año sagrado, ordenadas por nuestro Padre que está en el cielo.

Los miembros del Cuerpo de Cristo en todo el mundo, quienes quiera que sean y donde quiera que se encuentren, participarán de los símbolos sagrados del vino y el pan sin levadura, que representan la plenitud del Cordero escogido de Dios “que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). Algunos estarán físicamente solos esa noche, mientras que otros estarán en compañía de sus amados hermanos; sin embargo, todos estaremos espiritualmente unidos en plena comunión con Dios el Padre y Jesucristo. El apóstol Pablo describe el sentido de esta celebración afirmando lo siguiente: “La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo?  Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan” (1 Corintios 10:16-17). Es un hecho que no estamos solos, y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre y con su Hijo, Jesucristo (1 Juan 1:3).

Esta comunión revelada en las Escrituras nos hace recordar la indudable realidad de que “a los que aman a Dios, todas las cosas ayudan a bien, a los que conforme a su propósito son llamados” (Romanos 8:28). Como participantes del pan y del vino, a través de los cuales renovamos nuestro pacto sagrado con Dios, no prestemos atención a comentarios insignificantes a nuestro derredor, ni demos cabida a las dudas que puedan surgir, pues ello impide que demos testimonio de que Cristo vive en nosotros. Al contrario, consideremos las siguientes declaraciones del apóstol Pablo acerca de la gracia de Dios:

“¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió, y más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros. ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?

“ . . . Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó.Por lo cual estoy seguro que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra criatura nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 8:31-35, 37-39).

Participar del pan y del vino debe hacernos recordar nuestro compromiso de adorar a Dios diariamente. Se nos recuerda que cada uno de nosotros ha sido “crucificado con Cristo” y que “ ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20). Sí, Cristo murió para que fuésemos liberados del pecado y la condena que éste acarrea y para que vivamos, en cambio, una nueva vida, según simbolizan los Días de Panes sin Levadura. Somos una nueva creación en Cristo, con una vida consagrada para que “celebremos la fiesta no con la levadura vieja, ni con la levadura de malicia y maldad, sino con panes sin levadura de sinceridad y de verdad” (1 Corintios 5:8).

Así pues, presentémonos ante Dios como la familia espiritual de los que “guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús” (Apocalipsis 14:12). Al celebrar la Pascua y los Días de Panes sin Levadura, podremos tener mayor seguridad, cada día y en cualquier circunstancia, de que “el Señor es mi pastor, nada me faltará” (Salmos 23:1). Aquél que condujo a Israel a través del mar y posteriormente hacia la tierra prometida, es Aquél que guía hoy a la Iglesia hacia la meta final del Reino de Dios. Él es el Príncipe de los pastores que cuida la grey de Dios (1 Pedro 5:4). Sus propias palabras en los evangelios nos lo recuerdan: “Y esta es la voluntad del Padre que me envió: Que de todo lo que me ha dado, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero. “ (Juan 6:39).

Quise citar directamente algunos pasajes de la Palabra de Dios en esta carta, pues todos necesitamos aliento y consuelo en estos momentos. Muchos de nosotros hemos pasado por decepciones personales, accidentes, problemas financieros, de salud y de relaciones conflictivas con otras personas. Algunos han perdido a sus seres queridos y hemos sentido su pérdida. Cada uno de nosotros es especial para Dios, y él ha dado a su Hijo para que podamos tener no solo una nueva vida ahora, sino para que también estemos juntos para siempre en el Reino de Dios. Por ello, el autor de Hebreos nos recuerda lo siguiente: “Por tanto, hermanos santos, participantes del llamamiento celestial, considerad al apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión, Cristo Jesús” (Hebreos 3:1).

Que nuestro amoroso y compasivo Dios los bendiga y proteja durante esta especial temporada de fiestas bíblicas. Preparémonos para “crecer en gracia y conocimiento”, y motivémonos unos a otros al amor y las buenas obras para la honra y gloria de Dios. Recordemos que no solo hemos sido llamados a la salvación personal, sino también para compartir el evangelio (las “buenas nuevas”) de Jesucristo y el Reino de Dios en todo el mundo. ¡Cuán maravilloso será ese día cuando “en el nombre de Jesús se doble toda rodilla”! (Filipenses 2:10). ¡Que Dios apresure ese día!

Entre tanto, mantengamos firmes la fe en nuestro Padre Celestial de que su Espíritu nunca nos guiará adonde su gracia no nos proteja.

En amor a Cristo,

Robin Webber

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