Inmigración: ¿Qué dice la Biblia?

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Los medios noticiosos están colmados de titulares sobre inmigración e inmigrantes, pero falta una perspectiva clave: ¡lo qué dice la Biblia al respecto!

El asunto de la inmigración ha sido un tema político candente en los Estados Unidos desde la misma fundación del país. Como todas las demás naciones, el gobierno estadounidense controla quiénes entran en su territorio, por cuánto tiempo se quedarán y en qué condiciones, y estas restricciones son parte de las leyes del Estado.

En los últimos decenios millones de latinoamericanos, asiáticos e hindúes, entre otros, han ignorado este proceso legal, lo que les ha valido el calificativo de “extranjeros ilegales”. Durante el último año, la inmigración legal de musulmanes de las naciones árabes ha estado en primer planodebido al gran número de refugiados por la prolongada guerra civil siria y los ataques terroristas de extremistas islámicos en muchas naciones occidentales.

A muchos les preocupa que terroristas potenciales puedan infiltrarse en los Estados Unidos u otras naciones occidentales pretendiendo ser refugiados, en tanto que otros sienten compasión por aquellos que legítimamente intentan iniciar una nueva vida.

Como nunca antes, los avances tecnológicos de la comunicación nos permiten ver cómo viven las personas en otros países. Es natural compadecerse de la gente y querer ayudarla cuando somos bombardeados diariamente con videos de niños hambrientos.

Esta realidad, que queda grabada tan vívidamente en la mente de la persona promedio, es un factor que favorece el cambio de actitud hacia la política de inmigración actual. Muchas personas elogiaron la declaración del presidente Obama en 2008, en la que dijo considerarse “un ciudadano del mundo”, y esta idea fue la premisa de la política de inmigración que perseguía.

Estos y otros temas migratorios han llevado a algunos a cuestionar la legitimidad de las leyes de inmigración. ¿Qué les confiere a las naciones el derecho de negar la entrada a las personas que están tratando de encontrar una vida mejor? ¿Deben las naciones tener leyes para restringir el paso de sus fronteras? ¿Puede cualquier persona tener el derecho a conseguir la ciudadanía de otra nación si así lo desea? Las naciones enfrentan un delicado equilibrio entre tener compasión, mantener el estado de derecho y proteger a sus ciudadanos.

Pero lo que falta en el debate sobre la inmigración es una verdadera perspectiva bíblica. La Palabra de Dios es un recurso vital para formarse una opinión sobre el tema de la inmigración. La Biblia explica la fuente de nuestros problemas modernos; muestra cómo las naciones han luchado con estos mismos problemas desde tiempos antiguos, y proporciona una visión de lo que Dios espera hoy en día. Veamos más detalles de lo que revela la Escritura.

Diferentes tipos de inmigrantes en la Biblia

La ley de Dios no contiene un conjunto detallado de pautas de inmigración, pero sí incluye algunos mandamientos específicos que pueden ayudarnos a comprender la visión de Dios sobre los inmigrantes y la inmigración. En palabras sencillas, un inmigrante es una persona que se muda a otro país con la intención de vivir allí indefinidamente. La mayoría de las traducciones de la Biblia no registran la palabra “inmigrante”, sino que usualmente utilizan la palabra “extranjero”.

Levítico 24:22 dice: “Un mismo estatuto tendréis para el extranjero, como para el natural; porque yo soy el Eterno vuestro Dios” (énfasis nuestro en todo este artículo). Mientras que algunos se valen de esto para afirmar que debemos luchar por un mundo sin fronteras, un estudio cuidadoso revela cierta diferencia que es opacada por las traducciones modernas de la Biblia.

Examinemos el siguiente versículo a la luz del mandamiento de tener la misma ley para el extranjero y para el nativo: “Cada siete años harás remisión . . . Del extranjero demandarás el reintegro; pero lo que tu hermano tuviere tuyo, lo perdonará tu mano”(Deuteronomio 15:1-3).

Por simple lógica se deduce que debe haber una diferencia entre el “extranjero” de Levítico 24:22 y el de Deuteronomio 15:3, a pesar de que se usa la misma palabra.

El “extranjero” de Levítico 24:22 es la traducción de la palabra hebrea ger, mientras que el “extranjero” de Deuteronomio 15:3 viene del vocablo hebreo nokriy. Otros pasajes muestran que había estándares diferentes para el gery el nokriy: “No coman ningún animal que muera por sí solo, pues ustedes son un pueblo consagrado al Señor su Dios; pero se lo podrán dar al extranjero [ger] que viva en las ciudades de ustedes; él sí puede comerlo. Y también pueden vendérselo al extranjero que esté de paso [nokriy]” (Deuteronomio 14:21, Dios Habla Hoy).

Una vez que reconocemos la diferencia entre gery nokriy, queda claro que este versículo no significa “darle a un inmigrante o venderle a un inmigrante”. Lo que quiere decir es que hay dos clases de extranjeros que habitan en la Tierra. Esto demuestra claramente que la ley de Dios para Israel no imponía una filosofía de “ciudadano del mundo”, que debía tratar a ciudadanos y no ciudadanos de igual forma.

Diferentes derechos para diferentes categorías

Siempre que aparece en la Biblia un mandamiento con respecto a los derechos y privilegios de un inmigrante, se relaciona con el término ger, no con nokriy. El ger tenía el mismo acceso a la ayuda ordenada en la Biblia para otros grupos sociales pobres tales como las viudas y los huérfanos, incluyendo el derecho a recoger lo que quedaba en los campos después de la cosecha (Deuteronomio 24:19-22), y a recibir una porción del diezmo dado a los pobres cada tercer año (Deuteronomio 26:12-13).

Numerosos pasajes reiteran el mandamiento de mostrar justicia y misericordia al extraño (Levítico 19:33-34, Éxodo 23:9), que debían extenderse sin excepción al gery no al nokriy. Por otro lado, cada vez que la ley restringe los derechos de un extranjero, como en Deuteronomio 14:21 y 15:3, se refiere a los nokriy, que no tenían estatus legal en la tierra.

La Biblia no da pautas específicas sobre la determinación y aplicación de los estatus de gero nokriy, aunque las distinciones en cuanto a derechos son claras. Mediante el estudio de las Escrituras encontramos algunos hechos asociados con quienes cumplían los requisitos para disfrutar los derechos de un ger. En los Diez Mandamientos encontramos una estipulación para los ger, de los cuales se esperaba que guardaran el día sábado, y no trabajaran en él (Éxodo 20:10). La observancia del sábado era una de las características culturales únicas que separaban al pueblo de Israel de las naciones vecinas, como la Biblia dijo que debía ser (Éxodo 31:12-17).

Aquellos clasificados como ger o ger’im (plural) tenían derecho a presentar ofrendas a Dios en el tabernáculo, pero únicamente si lo hacían “como vosotros [los israelitas] hiciéreis”, es decir, no podían mezclar sus propias costumbres religiosas en su adoración a Dios (Números 15:14).

Un gerincluso podía optar por celebrar la Pascua (Éxodo 12:48-49), bajo la condición de que él y sus hijos se circuncidaran. Al igual que el sábado, la circuncisión diferenciaba a Israel de otras naciones, y si un ger demostraba tal devoción al modo de vida de Dios, significaba que estaba abandonando por completo la identidad de su antiguo pueblo. A quienes estaban dispuestos a asumir el compromiso de asimilarse completamente a Israel se les concedía así plena ciudadanía, llegando a ser “como naturales de la nación” (Éxodo 12:48).

A la luz de todo esto, es claro que el gergozaba de un estatus de protección especial que no se concedía a los nokriy, y tal estatus requería guardar el sábado como un nivel mínimo de asimilación. El ger podía alcanzar plenos derechos de ciudadanía una vez que era circuncidado y adoraba al Dios de Israel.

La conclusión es que, bajo la ley bíblica, solo a los gerse les concedía el beneficio de derechos de ciudadanía, incluido el de vivir permanentemente en el país, pero junto con esos derechos debían asumir las obligaciones de incorporarse a la sociedad, la cultura y la religión israelitas. Negarle a los nokriy estos derechos no significaba que Israel podía privarlos legalmente de recibir atención humanitaria básica. Más bien, muestra que los israelitas no estaban obligados a otorgar un estatus de igualdad a todas las personas extranjeras que vivían entre ellos. Además, Dios le advirtió rigurosamente al pueblo de Israel que no consintiera, aceptara ni adoptara la cultura, religiones y rituales de las naciones vecinas, sabiendo que esto corrompería a la nación (Levítico 18:24-30, Deuteronomio 12:28-32; 18:9).

El origen bíblico de las naciones con fronteras

Una lectura superficial del reglamento en Levítico 24:22, que ordena tener una misma ley para el extranjero y para el israelita, podría conducir a la falsa conclusión de que la voluntad de Dios era que todas las naciones tuvieran fronteras abiertas y una “misma ley” para todos, admitiendo a todas las personas independientemente de sus antecedentes, creencias o intenciones.

Hemos demostrado que este no fue el mandamiento específico de la ley de Dios; no obstante, la Biblia también arroja luz sobre otras cuestiones fundamentales pertinentes a la discusión. ¿Cómo surgió la inmigración? ¿Qué derechos tiene una nación para cuidar sus fronteras? Para empezar, ¿deben los países tener fronteras? En tal caso, ¿debería haber separación entre las naciones?

La Biblia describe una época antigua en que esta visión moderna de un mundo sin fronteras era una realidad. Antes de los acontecimientos de Génesis 11, no había Estados-naciones; el mundo entero era un solo pueblo y una sola cultura, e incluso se hablaba el mismo idioma. En aquel entonces, muchos se concertaron inicuamente para construir la Torre de Babel y desafiar a Dios. Por causa de su desobediencia, Dios milagrosamente intervino para alterar el curso de la historia humana: “Por esto fue llamado el nombre de ella Babel, porque allí confundió el Eterno el lenguaje de toda la tierra, y desde allí los esparció sobre la faz de toda la tierra” (Génesis 11:9).

La separación de la humanidad en diversos grupos lingüísticos los llevó a vivir en diferentes lugares, y con el tiempo se separaron  también culturalmente. Hechos 17:26-27 confirma que Dios “ha prefijado el orden de los tiempos [del hombre], y los límites de su habitación; para que busquen a Dios”.

Deuteronomio 32:8 claramente afirma que Dios “estableció los límites de los pueblos”. Su intervención directa precipitó la existencia de múltiples naciones, y esta realidad persiste hasta nuestros días. Cada país tiene algún tipo de gobierno para ejercer control sobre su territorio, y la inmigración implica el desplazamiento de una persona entre dos territorios que están gobernados por diferentes autoridades políticas. Pablo explicó la conducta que el pueblo de Dios debe tener hacia los gobiernos del mundo de la siguiente manera: “Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas” (Romanos 13:1).

Continuando en Romanos 13, Pablo declaró que estas autoridades tienen una responsabilidad dada por Dios de mantener la justicia y hacer cumplir el orden, castigando el mal dentro de su jurisdicción. Pero, como sabemos, la historia está repleta de ejemplos de gobiernos que pervirtieron la justicia y cometieron grandes atrocidades.

En tiempos de Pablo, el Imperio romano predominante de la época fue culpable de muchas de estas injusticias. Sin embargo, Pablo honraba a sus gobernantes y funcionarios como si hubiesen sido designados o nombrados por Dios. Él enseñó que los cristianos deben obedecer las leyes de los gobiernos humanos, excepto cuando entran directamente en conflicto con la ley de Dios (por ejemplo, Daniel hizo lo correcto cuando se negó a dejar de orarle a Dios, en Daniel 6). Los seguidores de Dios a lo largo de la historia han mostrado respeto por las leyes de los países, incluyendo las leyes de inmigración.

Ejemplos de inmigración en la historia bíblica

Un ejemplo bíblico que ilustra el tema de la inmigración es el de la familia de Jacob, también llamada Israel, que emigró a Egipto huyendo de una hambruna. En el mundo antiguo, las hambrunas (causadas generalmente por sequías regionales) eran sucesos naturales más o menos periódicos que obligaban a la gente a emigrar a otras áreas. La familia de Israel llegó a Egipto en circunstancias similares a las de quienes buscan el estatus de refugiados hoy en día, y el proceso por el que pasaron nos da una idea de las costumbres de la época en cuanto a inmigración.

Lo que es relevante para el debate sobre la inmigración actual es que Israel pidió la autorización formal del gobernante egipcio antes de entrar en su territorio: “Dijeron además a Faraón: Para morar en esta tierra hemos venido; porque no hay pasto para las ovejas de tus siervos, pues el hambre es grave en la tierra de Canaán; por tanto, te rogamos ahora que permitas que habiten tus siervos en la tierra de Gosén” (Génesis 47:4).

Este intercambio demuestra que la práctica aceptada, incluso en tiempos antiguos, era obtener permiso legal del gobierno. Además, observamos en el versículo 6 que su permanencia fue concedida bajo términos específicos: el sitio dónde vivirían, cuál sería su oficio, y el servicio directo que algunos de ellos prestarían al Faraón. La palabra para “habitar” en Génesis 47:4 es gor, de la misma raíz que ger, como ya lo vimos, y así fue como Israel se convirtió en “extranjero” o ger’imen Egipto.

La familia de Israel en ese momento era lo suficientemente grande como para formar una comunidad, con un total de 70 personas divididas en 12 unidades familiares. No tenían ninguna intención manifiesta de integrarse a la cultura pagana de Egipto, pero finalmente se volvieron incrédulos, con resultados desastrosos.

Éxodo 1 describe a manera de advertencia cómo el aislamiento de los israelitas de la sociedad egipcia y el crecimiento constante de la población generaron fricciones con sus anfitriones, que llegaron a un punto crítico cuando la política de Egipto dio un vuelco repentino y un nuevo gobernante llegó al poder: “He aquí, el pueblo de los hijos de Israel es mayor y más fuerte que nosotros. Ahora, pues, seamos sabios para con él, para que no se multiplique, y acontezca que viniendo guerra, él también se una a nuestros enemigos y pelee contra nosotros” (Éxodo 1:9-10).

Lo que siguió fue la dura esclavitud del pueblo de Israel. El asesinato indiscriminado de bebés israelitas fue el punto de inflexión de la opresión, cuando Dios decidió intervenir. Dios liberó a Israel de la esclavitud en Egipto y castigó a los egipcios que habían mostrado tal nivel de maldad hacia una colonia de  descendientes de inmigrantes legales pacíficos.

Aunque las naciones tienen autoridad, que es entregada por Dios, esa autoridad está limitada por el mandamiento de preservar la justicia. El rey de Egipto tenía el derecho de determinar si la familia de Israel podía entrar y vivir en su tierra y, de haber querido, podía haber rechazado la petición de Israel de establecerse allí. También ejerció su derecho a restringir dónde podían vivir y cuál sería su oficio, así como a decidir que algunos de ellos sirvieran en su gobierno.

Por otro lado, el siguiente rey egipcio no tenía derecho a esclavizar a la vasta comunidad descendiente de estas personas ni a asesinar a sus hijos. En lugar de negociar legalmente y darles la opción de permanecer bajo nuevos términos, él pasó por alto cualquier proceso legítimo por temor y dureza de corazón. Este es el contexto completo y el valor del mandamiento dado más tarde a Israel: “Y al extranjero no engañarás ni angustiarás, porque extranjeros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto” (Éxodo 22:21).

La inmigración en Estados Unidos actualmente

Hoy en día, Estados Unidos mantiene tres clasificaciones básicas: ciudadanos, residentes permanentes y visitantes con visas temporales. Los residentes permanentes pueden trabajar y viajar libremente y tienen derecho, entre otras cosas, a solicitar la ciudadanía después de cinco años, lo cual les da el privilegio de votar.

Los estudiantes, turistas y trabajadores extranjeros reciben visas temporales que les permiten llevar a cabo actividades preaprobadas. Por ejemplo, alguien con una visa de turista no puede inscribirse en una universidad, y una visa de estudiante no otorga el derecho a buscar empleo. Las visas ​​caducan automáticamente después de un período predeterminado, después del cual se debe solicitar una nueva visa o salir del país; de otro modo, se infringe la ley. También es ilegal entrar en los Estados Unidos sin visa si uno no es ciudadano. Los que no obedecen la ley se arriesgan a ser expulsados ​​del país o penalizados.

En 1986, el presidente Ronald Reagan concedió amnistía a más de 3 millones de personas que habían ingresado ilegalmente al país desde la frontera con México. Esto les dio la posibilidad de obtener visas legales y los absolvió de castigo por su entrada ilegal.

Sin embargo, la inmigración ilegal ha continuado debido a la continua falta de seguridad en la frontera sur de la nación. Según datos del Centro de Investigación Pew, más de 11 millones de inmigrantes no autorizados viven hoy en Estados Unidos, y varios opinan que otro programa de amnistía no es la solución.

Pero incluso los inmigrantes legales que han obtenido la ciudadanía pueden encontrarse en peligro en circunstancias extremas. El encarcelamiento de japoneses durante la Segunda Guerra Mundial fue un período oscuro en la historia estadounidense. Por orden ejecutiva del presidente Franklin Roosevelt, 110 000 inmigrantes japoneses residentes en Estados Unidos fueron forzados a trasladarse a campos de prisioneros, por temor a que intentaran ataques contra el país. Más de la mitad de esos inmigrantes legales eran ciudadanos estadounidenses.

Finalmente, se determinó que la detención y confinamiento de ciudadanos norteamericanos sin el debido proceso era inconstitucional, y el encarcelamiento terminó en 1945. Sin embargo, los perjuicios a los afectados se prolongaron por décadas antes de que la injusticia cometida contra ellos fuera del todo admitida. En 1976, el presidente Gerald Ford emitió una disculpa formal y juró que tal error nunca se repetiría. Los supervivientes restantes del internamiento recibieron 20 000 USD cada uno como compensación en 1988.

Hoy en día hay 3.3 millones de musulmanes con ciudadanía estadounidense, y existe una creciente preocupación por lo que puede suceder si incluso un pequeño porcentaje de ellos se volviera hostil. Desde los atentados del 11 de septiembre de 2001, en Estados Unidos ha habido más de 100 muertos adicionales y cientos más de heridos en ataques perpetrados por ciudadanos musulmanes estadounidenses, conversos o inmigrantes.

Estos temores reales son los que motivan el debate actual sobre la inmigración. ¿A cuántas personas pueden, o deberían, las naciones occidentales recibir como refugiados en forma segura? ¿Qué nivel de verificación es apropiado cuando se aceptan refugiados de países conocidos por albergar a extremistas islámicos?

El futuro de la inmigración

El Reino de Dios venidero es la única solución verdadera al problema de la inmigración y la actual crisis de refugiados. Cuando todas las naciones estén bajo el glorioso gobierno de Jesucristo, habiendo depuesto sus necias ambiciones y abandonado todas las religiones falsas para adorar al Dios verdadero, no habrá más guerras para forzar a la gente a abandonar sus hogares.

Isaías 19:19-25 revela que la gran diversidad de pueblos y culturas en el mundo de hoy continuará existiendo. Sus costumbres necesariamente deberán cambiar para inculcar el sistema de valores de Dios y eliminar cualquier rastro de adoración a otros dioses, pero seguirán siendo pueblos distintos.

Por ahora, lo más importante que podemos hacer como cristianos es orar para que venga el Reino de Dios y que nuestros líderes actuales practiquen una justicia moral sólida. Los líderes de Estados Unidos deben reconocer la necesidad de preservar el estado de derecho si quieren seguir proveyendo un refugio seguro para todos, y la mayoría de la gente está de acuerdo en que se necesita una reforma importante del sistema de inmigración estadounidense. Se espera que el debate dé origen a un mejor proceso legal que ayude a los que legítimamente necesitan ayuda, sin comprometer la estabilidad de la nación o la seguridad de sus ciudadanos.    

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