El lado humano de la homosexualidad: Testimonio de un cristiano

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La homosexualidad y los movimientos de derechos gay representan una de las muchas batallas entre las guerras culturales de la actualidad. ¿Ofrece la Biblia esperanza para quienes luchan con la atracción hacia el mismo sexo? Un cristiano que ha confrontado este problema comparte su perspectiva.


Fuente: Photos.com

Durante la última parte de los años sesenta, el problema de la homosexualidad “salió del closet” desde las profundidades del estigma social y la vergüenza, convirtiéndose en uno de los temas más controvertidos de la sociedad occidental.

Las guerras culturales han polarizado ambos lados del asunto, y mucha información conflictiva, errónea y malentendida circula por los medios sociales. En el pasado, mucha gente encontraba más fácil condenar a quienes sentían atracción hacia el mismo sexo, sin comprender la profunda lucha humana que significa evitar un estilo de vida claramente condenado por la Biblia.

¿Cómo y por qué el tema de la homosexualidad se ha convertido en uno de los más controvertidos de nuestro tiempo? ¿Y cómo puede un cristiano que lucha con la atracción hacia el mismo sexo, comenzar a cambiar y vivir una vida cristiana equilibrada? Este artículo es una carta abierta escrita por un hombre que ha experimentado la conflictiva lucha de la atracción hacia el mismo sexo, y también su llamamiento cristiano.

Las raíces de la guerra cultural

En la última parte de los años sesenta, como reacción contra el maltrato a los homosexuales, los activistas gay comenzaron a unir fuerzas y se organizaron para cambiar la percepción pública. Sus esfuerzos catapultaron el tema de la homosexualidad a un plano público mucho más amplio. La lucha por librarse del doloroso trato del que eran objeto se convirtió en el estandarte de su guerra cultural por los derechos homosexuales. Desde su punto de vista, ellos merecían “derechos igualitarios” en aras de la justicia.

Exigieron ser tratados con dignidad y han presionado fuertemente para que la sociedad vea la homosexualidad como una alternativa de vida aceptable. Esto ha provocado amargura, enojo y falta de confianza entre los activistas gay y quienes se les oponen.

En vez de esforzarse por comprender las preocupaciones de las dos facciones en pugna respecto a esta controversia, la guerra cultural se ha degenerado y transformado en una polarización extrema y posiciones casi militantes frente a estos temas. Esto ha desencadenado una profunda marginación, falta de confianza y condenación.

Muchas personas religiosas perciben la homosexualidad principalmente como un asunto de inmoralidad y comportamiento basado en una elección voluntaria. Quienes luchan por mantener vigentes los preceptos cristianos tradicionales, con frecuencia expresan su convicción de que los homosexuales han optado por ser de esa manera y que tienen un plan para destruir la sociedad mediante su conducta inmoral.

Quienes así piensan, casi siempre consideran a los homosexuales como los pecadores de la peor clase. Citan el relato de Génesis 19 acerca de Sodoma y Gomorra para condenar a la persona con tendencias homosexuales al odio más profundo, e incluso a la ridiculización y persecución. Sin embargo, la Palabra de Dios adopta la perspectiva de odiar el pecado, pero amar al pecador (Juan 3:16-17).

Como yo mismo pude atestiguar, muchas personas que se sienten atraídas hacia el mismo sexo se sienten incomprendidas e irrevocablemente condenadas, y no ven un esfuerzo por parte de los demás por entender sus circunstancias.

Esta actitud desaprobatoria ha hecho que muchos cristianos que luchan con sentimientos de atracción homosexual vivan avergonzados, aborreciéndose a sí mismos y marginándose. Algunos han abandonado por completo la religión, porque sienten que ella solamente ofrece condenación y ninguna esperanza de redención, perdón o entendimiento de sus luchas.

¿Una decisión consciente?

Una de las causas de fondo detrás de esta guerra cultural es la masiva falta de entendimiento en cuanto a la causa fundamental de la atracción hacia el mismo sexo. Para muchos, es más fácil condenar a quienes tienen sentimientos y tendencias homosexuales, que tomarse el tiempo para entender el origen del problema.

Sin embargo, la Palabra de Dios amonesta a los cristianos a no condenar a la persona sino a animar a aquellos que luchan con cualquier tipo de tentación para resistir el pecado y seguir el ejemplo de Cristo. Los cristianos son exhortados a pensar según la mente de Jesucristo: “Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Juan 3:17; vea también Lucas 6:37-38).

Al igual que yo, muchos homosexuales (y quizás la mayoría) no escogieron conscientemente su orientación sexual y emocional. Yo recuerdo haber tenido esos sentimientos desde muy temprana edad. Mirando hacia el pasado, recuerdo que experimenté cierto grado de confusión respecto a mi identidad sexual y creo que ello se relacionaba con mi tenso ambiente familiar.

Tuve una relación conflictiva y emocionalmente abusiva con mi madre y una relación distante con mi padre. No me di cuenta de que mi necesidad natural de amor y afirmación paternal se estaba uniendo inconscientemente con mi atracción sexual, que estaba en pleno desarrollo. Yo no pedí tener tendencias homosexuales, ni sentimientos de vergüenza, ni sufrir por el conflicto que ello me provocaba, ¡pero no podía evitarlo! No sabía qué hacer para sentirme “normal”, como los otros niños.

Y a pesar de que algunos la desechan como una teoría obsoleta, unos cuantos expertos en este tema afirman que este tipo de relación clásica de “padre distante” es un factor muy común en el desarrollo de la homosexualidad. Yo no puedo hablar por los demás, pero sí fue un factor decisivo en mi vida.

Muchos homosexuales se resisten a cambiar, porque a menudo sienten que simplemente nacieron biológicamente programados para sentirse atraídos por el mismo sexo. Muchos han asumido que su condición se debe a cierto componente genético, a pesar de que la extensa búsqueda de un “gene de la homosexualidad” no ha producido fruto, y los estudios de casos de gemelos en los que uno era gay y el otro no, parecen refutar la idea de que la genética juega un rol en este tema.

Esto también es consecuente con las enseñanzas bíblicas acerca de Dios como Creador de todas las cosas. No tendría sentido que Dios causara o permitiera que alguien “naciera” homosexual. Pero tanto la identidad como la atracción sexual de uno comienzan a formarse con las experiencias tempranas, algunas de ellas poco después de nacer.

Esperanza para los homosexuales

Debido a la naturaleza profundamente arraigada de esta identidad, aquellos que desean cambiar pueden encontrar que la experiencia es muy difícil y dolorosa. A mí me tomó muchos años de lucha personal, de sentimientos de agobio y temor a la condenación, confusión emocional y rabia hacia Dios y otras personas, comenzar a cambiar mis perspectivas.

Como hombre joven, mi lucha para abstenerme del estilo de vida gay fue increíblemente penosa. Me dejaba llevar por la tentación mientras buscaba amor y afecto en la comunidad gay. El pastor de mi iglesia intervino con “amor con mano firme”, lo que me forzó a tomar una decisión crucial que cambiaría mi vida: seguir a Jesucristo o alimentar mi atracción hacia el mismo sexo.

No podía hacer ambos. Tuve que forzarme a caminar de acuerdo a la convicción de mis creencias cristianas, y no según mis deseos personales.

Después de muchos años de lucha he llegado a entender (como todos los cristianos eventualmente lo hacen) que no fui creado para ser autosuficiente. No puedo cambiar mis deseos egoístas y optar a tener la naturaleza divina de Dios por mi propia fuerza de voluntad. Sin la misericordia y el poder de Dios, estoy absolutamente desamparado y carente de esperanza.

Con la ayuda de mi pastor, el apoyo de los hermanos y, por sobre todo, la fortaleza de Jesucristo nuestro Salvador, pude comenzar a cambiar mi vida.

Hoy día continúo siendo parte de la congregación de mi iglesia. He aprendido a vivir como un hombre célibe, como lo hacen otros hombres solteros de la congregación.

He llegado a discernir más claramente el magnífico propósito y plan que nuestro Creador tiene para mí como individuo y también para toda la humanidad. Es un plan que se enfoca en nuestra relación con Dios y con otros seres humanos (Mateo 22:37-40).

Para alguien que ha dejado el estilo de vida homosexual, la experiencia de establecer amistades cristianas es sumamente importante para tener éxito en el camino de Dios. La lucha solitaria es debilitante y eventualmente destruye la motivación y la voluntad del que está luchando. El ánimo y apoyo por parte de otros cristianos, como el que yo recibí, me ayudó a cambiar mi vida.

Sin embargo, a pesar de lo crucial del apoyo humano, mi motivación para adoptar y mantener una vida de arrepentimiento fue el vital convencimiento de que Dios realmente me ama.

Recuerdo haberle pedido fervientemente a Dios en oración que si él realmente me amaba, que por favor me ayudara a llegar a entender y creer en esto más profundamente. ¡Y así fue! Dios contestó mi oración entregándome un discernimiento más profundo en cuanto a su naturaleza divina.

Con este entendimiento mucho más amplio acerca del amor de Dios, mi incertidumbre fue reemplazada por la fe en que Dios realmente me ama. Después de todo, su naturaleza misma es amor (1 Juan 4:8, 16). Él ama a todo ser humano, incluso a aquellos que luchan con la atracción hacia el mismo sexo.

Además de todo esto, he llegado a comprender que mi relación con Dios fue posible únicamente porque Dios tomó la iniciativa de acercarse a mí para que entabláramos una amistad, mientras aún me debatía en el pecado (Romanos 5:8). He llegado a la conclusión de que la misericordia, amabilidad e infinita bondad de Dios fueron las que me ayudaron a cambiar mi vida (Romanos 2:4).

No obstante, tal como otros cristianos, frecuentemente me siento como el apóstol Pablo cuando describió su lucha contra su naturaleza humana y carnal en Romanos 7 y 8. Al momento de escribir sobre esa continua lucha, Pablo se había arrepentido y convertido hacía aproximadamente 20 años. Él se regocijaba de que Jesucristo lo ayudara a ganar sus batallas y lo salvara del pecado y la condenación de la muerte: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Romanos 8:1).

Elija cambiar  

Mi caso y el de otras personas constituyen un vivo ejemplo de que sí hay esperanza para los homosexuales que optan por cambiar su estilo de vida. Dios contestó mi oración ferviente, y ahora sé que él me ama. Y a pesar de que aún siento atracción por personas del mismo sexo, en general mi lucha es solo una sombra de lo que solía ser. La certeza de saber que Dios me ama me ha motivado a querer complacerlo y mantener mi vida de arrepentimiento.

Y aunque es cierto que yo no escogí deliberadamente mi atracción hacia el mismo sexo, el comportamiento sí es una opción. Todos podemos decidir conscientemente no involucrarnos en una conducta sexual equivocada, tal como se les instruye a los cristianos (Judas 7; 1 Corintios 6:18; 10:8).

El apóstol Pablo sabía que había sido hecho salvo por la gracia de Dios mediante la fe. Sin embargo, también sabía que estar bajo la gracia de Dios —que hace posible esta reconciliación y relación con Jesucristo y el Padre— ¡no es algo que debe ser denigrado o despreciado! Pablo les advirtió a los primeros cristianos en Roma que no tergiversaran la gracia, convirtiéndola en licencia para pecar: “¿Qué, pues? ¿Pecaremos, porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia? En ninguna manera” (Romanos 6:15).

La Biblia advierte que las personas que se rehúsan a arrepentirse del pecado, incluyendo toda forma de pecado sexual, no serán parte del Reino de Dios (1 Corintios 6:9-10). Pero, al mismo tiempo, ofrece esperanza a quienes están atrapados por muchos pecados, incluyendo el comportamiento homosexual (v. 11).

Si queremos huir de la inmoralidad sexual, debemos decidir conscientemente abandonar nuestro estilo de vida indebido, ya sea homosexual o heterosexual, y resistir el ponernos en situaciones tentadoras (1 Corintios 6:18).

Cuando comprometemos nuestras vidas a Dios podemos recibir ayuda adicional para cambiar nuestras vidas. Como nuestro Sumo Sacerdote, Jesucristo simpatiza con nuestras debilidades y ha prometido extendernos su misericordia y gracia para ayudarnos en momentos de necesidad (Hebreos 4:14-16).

También es importante entender la diferencia entre la inclinación homosexual y la conducta homosexual lujuriosa. La inclinación en sí, aunque indudablemente es un problema, no es un pecado, porque todos tenemos que lidiar con deseos erróneos de muchos tipos. Pero sí es pecado alimentar esos pensamientos o ponerlos en práctica con hechos concretos (Mateo 5:27-29), por lo que debemos resistirlos con la ayuda de Dios. Y es un hecho que hay otros cristianos como yo, con inclinaciones homosexuales o bisexuales, que de a poco están dejando el estilo de vida equivocado, de acuerdo a las enseñanzas de Dios.

Compasión y ánimo

Los cristianos pueden mostrar empatía a quienes están haciendo un esfuerzo para cambiar su estilo de vida equivocado, y alentarlos. Debemos seguir el ejemplo de Cristo mostrando compasión y perdón, y animando a cualquiera que está tratando de vencer
el pecado.

Jesús estableció el ejemplo del perfecto equilibrio entre ser compasivos y alentadores, sin hacer la vista gorda ante el pecado. Cuando los escribas y fariseos quisieron apedrear a la mujer que fue sorprendida cometiendo un acto sexual inmoral, en vez de unirse a ellos y condenarla, él le concedió su perdón y la animó para que cambiara: “Entonces Jesús le dijo: ‘Ni yo te condeno; vete, y no peques más’” (Juan 8:11).

Tal como lo hizo Cristo, uno puede mostrar respeto y amor por los demás sin justificar sus acciones incorrectas. Cuando nos relacionemos con cualquiera que esté luchando con la homosexualidad, debemos tomar en cuenta que el respeto y ánimo que él o ella reciben de parte de otros puede hacer maravillas en cuanto a ayudarlos a cambiar sus vidas. Ciertamente, así fue en mi caso.

El apóstol Pablo le recordó a Timoteo que Jesucristo vino al mundo a salvar a los pecadores (1 Timoteo 1:15). Debemos evitar condenar a otros y, por el contrario, brindarles ánimo y apoyo mientras se esfuerzan
por cambiar.

La sociedad pecadora está empeorando

Vivimos en una sociedad que se está degenerando en muchas formas, tal como Pablo advirtió que ocurriría en los últimos tiempos (2 Timoteo 3:1-9). La patología psicológica y sexual de la homosexualidad es solamente una de las numerosas fuerzas que destruyen vidas hoy en día.

Este mundo está bajo la influencia de un poderoso ser espiritual que es el archienemigo de Dios y la humanidad. Satanás el diablo es el causante de todos los males de la sociedad (2 Corintios 4:4). Su engaño es la raíz principal que alimenta la confusión de la humanidad en cuanto a lo correcto y lo incorrecto, y entre el bien y el mal. Esto significa que los males de la sociedad solo irán de mal en peor en los días que se avecinan (2 Timoteo 3:13).

Mientras tanto, debemos esforzarnos por evitar las influencias sexuales negativas que nos rodean (Santiago 4:7). ¡Qué bendición y qué gran responsabilidad tenemos los cristianos al haber sido llamados ahora a cambiar nuestro camino de vida errado por el camino correcto! “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:10).

La única solución verdadera a los males de la sociedad será la futura intervención de Jesucristo, cuando él la transformará para bien de toda la humanidad. Todos los problemas emocionales, psicológicos, sexuales y físicos del ser humano serán resueltos cuando su camino de vida comience a ser enseñado en todo el mundo, en su glorioso Reino venidero (Isaías 11:1-10). BN

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