5 claves para tener una familia feliz

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Con el avance de la tecnología y los medios de comunicación social, la unidad familiar está cada vez más desconectada y fragmentada. Pero uno puede mejorar o restaurar sus relaciones familiares poniendo en práctica cinco claves que pueden abrir posibilidades muy gratificantes


Con el avance de la tecnología y los medios de comunicación social, la unidad familiar está cada vez más desconectada.

Fuente: ThinkStock

El prólogo del excelente libro sobre la familia Los Siete Hábitos de las Familias Altamente Efectivas,publicado en 1997, fue escrito por la Sra. Sandra Covey, la esposa de su autor, el Dr. Stephen Covey. Los buenos valores trascienden el tiempo, tal como este excepcional libro y la lección contenida en su mensaje de presentación.

 

La Sra. Covey comparte una emotiva historia protagonizada por una de sus hijas:

“Recuerdo una experiencia que tuve cuando nuestra hija mayor, Cynthia, tenía tres años. Acabábamos de mudarnos a nuestra primera casa . . . Disfrutaba mucho decorándola y trabajaba duro para que fuera acogedora y atractiva.

“Mi club de literatura se iba a reunir ahí y me pasaba horas limpiando para que se viera perfecta. Estaba ansiosa de mostrársela a mis amigos, esperando dejarlos impresionados. Acosté a Cynthia y pensé que estaría durmiendo cuando entraran a verla; notarían, desde luego, su hermoso cuarto con su colcha amarilla brillante y las cortinas a juego, y los divinos animalitos que yo había hecho y colgado en las paredes. Pero cuando abrí la puerta para mostrar a mi hija y su habitación, descubrí con sorpresa que se había levantado de la cama, había sacado todos sus juguetes y los había regado por el suelo. Había sacado también toda la ropa de los cajones y la había tirado en el piso. Había sacado los rompecabezas y los crayones, ¡todavía estaba pintando con éstos! Su cuarto era un desastre. Parecía como si hubiera pasado un tornado. En medio de todo esto, me miró con una sonrisa traviesa y me dijo dulcemente: ‘Hola, mami’.

“Yo estaba furiosa porque me había desobedecido y se había bajado de la cama; estaba molesta de que su cuarto estuviera revuelto y que nadie hubiera podido ver lo divino que lo había decorado; y estaba enojada de que me había puesto en esa situación vergonzosa frente a mis amigos.

“Le hablé muy cortada, espontáneamente le di unas nalgadas y la puse de nuevo en la cama con la advertencia de que no se volviera a levantar. Su labio inferior empezó a temblar. Se quedó pasmada ante mi respuesta y los ojos se le llenaron de lágrimas. Empezó a llorar, sin entender qué había hecho mal.

“Cerré la puerta e inmediatamente me sentí terrible por haber exagerado. Estaba avergonzada de mi comportamiento, me di cuenta de que era mi orgullo, no sus acciones, lo que me había puesto así. Estaba enojada conmigo misma por una respuesta tan inmadura. Estaba segura de haberle arruinado la vida para siempre. Años después le pregunté si recordaba el incidente y suspiré con alivio cuando me dijo que no” (pp. 12-13).

La Sra. Covey prosigue su relato diciendo que las dificultades de la vida refinan a los padres, y que éstos muy a menudo pierden el control, malinterpretan, juzgan antes de entender los hechos, no escuchan cuidadosamente y, por lo general, actúan neciamente.

Los padres aprenden de sus errores; los padres considerados y comprensivos se disculpan, maduran, adoptan buenos valores, reconocen las etapas de crecimiento de los niños, limitan sus reacciones exageradas, son flexibles, aprenden a reírse de sí mismos, imponen menos reglas, disfrutan más la vida y, finalmente, se dan cuenta de que criar hijos requiere de un esfuerzo constante y riguroso, tanto física como emocionalmente.

Otro libro muy interesante acerca de las familias felices, La Familia es lo Primero, del Dr. Phil McGraw, es un excelente “manual” para darle a su familia la prioridad más alta. En su epílogo, su autor ayuda a quienes somos padres a enfrentar la realidad: “Sus hijos salen al mundo diariamente. Ya sea su primer día en el jardín de niños o en una nueva escuela después de haberse mudado o su primera participación en un concurso de ortografía o de baile, ellos se llevan sus experiencias a casa . . .

“¿Han sido enseñados por sus padres de manera que les causará salir al mundo confiados, valiosos, especiales, sanos y seguros?. . .

“O ¿saldrán al mundo con duda en ellos mismos, sentimientos de inferioridad, pena y culpa porque su realidad privada, su hogar, está arrugada y fea?. . .

“Tiene al alcance de su mano la habilidad para asegurarse de que cada una de esas preguntas sea respondida de la manera correcta” (2006, p. 420).

¿Y qué se puede decir de usted? Si sus relaciones familiares se han deteriorado como consecuencia de la decadente espiral moral de la sociedad y la forma en que la tecnología moderna devora nuestro tiempo y atención, y desea mejorarlas o restaurarlas, podemos decirle que sí se puede. Por supuesto, el punto de partida comprende tener a Dios y su Palabra revelada, que nos dan la perspectiva y dirección apropiadas, como la base de nuestra vida. Además de ello, analizaremos cinco claves que pueden abrir posibilidades muy gratificantes para tener una familia feliz o, al menos, más feliz.

1. Interactúe con sus hijos

¿Conversa usted con sus hijos? ¿Comparte con ellos sus pensamientos y sentimientos? ¿Le preocupan lo suficiente como para hablarles de sus planes de que tengan éxito en la vida?

¿Ha escuchado alguna vez a ciertos padres que se refieren a sus tiernos pequeñitos como “tonto”, “inútil”, y otros términos por el estilo? ¿Cuántos padres sienten que sus hijos son un impedimento para sus propios intereses y que por culpa de ellos no pueden divertirse ni hacer realidad sus propios sueños y ambiciones?

Estos pensamientos son debilitantes e infantiles, y destruyen la maravillosa complejidad de las relaciones familiares felices. En lugar de descargar nuestras frustraciones en nuestros hijos, ¿por qué no contribuir a su salud y bienestar mediante interacciones respetuosas y alentadoras?

Nuestros hijos son nuestro futuro. Si usted y yo queremos asegurar nuestro futuro, debemos invertir en él, y la mejor inversión que podemos hacer en cuanto a nuestros hijos tiene que ver con nosotros mismos – es decir, tenemos que dedicar nuestro tiempo y energía a ellos, cuidarlos e indicarles el sendero hacia un futuro radiante.

El problema crónico del egoísmo, común a todos los padres y seres humanos en distintos grados, puede ser superado. Pero para ello se necesita entender nuestra egoísta naturaleza humana, tener un profundo deseo de vencerla, y un plan que funcione. Permítanme compartir con ustedes un fragmento de un plan que funcionó muy bien en mi vida.

Cuando mi esposa y yo criábamos a nuestros hijos, cultivamos un ambiente familiar afianzado en el amor. Casi siempre vivimos en casas de dos pisos; cualquiera que hubiera visitado nuestro hogar en aquellos días, nos hubiera escuchado a los cuatro gritándonos inesperadamente, a veces simultáneamente: “¡Los amamos, hijos!” o “¡Los amamos, mamá y papá!” La respuesta inmediata era: “¡Nosotros también los amamos!”

Esto tal vez parecía extraño a quienes no estaban familiarizados con esta costumbre nuestra, pero para nosotros el escuchar esas palabras era motivo de alegría y regocijo, y lo hacíamos con mucha frecuencia. Puede que esta no sea su manera de interactuar con sus hijos, pero me ha tocado escuchar cosas mucho más extrañas y peores en hogares que he visitado y he sentido mucha lástima por todas aquellas familias, especialmente por los niños.

2. Sea un buen ejemplo

Como dice un conocido lema, “las acciones hablan mejor que las palabras”. Éstas no sirven de nada si no van acompañadas de acciones eficaces. Los niños aprenden el camino correcto mucho más rápido y mejor cuando sus padres son ejemplo de un carácter íntegro y no cuando solamente hablan de ello.

Hubo un tiempo en que los padres verdaderamente vivían según un conjunto de buenos valores y hablaban menos. Los padres actuales están tan presionados por el tiempo, el dinero y la necesidad de mantener sus empleos, que tienen poquísimo tiempo de calidad para dedicar a sus hijos. Esta realidad tan lamentable refleja el estado de nuestra era actual y también la negligencia para hacer algo de crucial importancia: dar un buen ejemplo.

Analicemos este principio: Dios equipó al hombre y a la mujer con la química necesaria para que se atrajeran, lo que comúnmente se llama infatuación. Dios hizo esto para perpetuar la raza humana. Esta infatuación o enamoramiento que atrae a un hombre y a una mujer precede a la responsabilidad necesaria para formar una familia.

Después de algunos meses de matrimonio, la novedad se disipa, la luna de miel se acaba, la pasión disminuye, y lo que queda es la realidad del diario vivir y de hacer que la vida y la relación matrimonial funcionen. De repente, dos tórtolos enamorados pueden convertirse en padres exigentes e irascibles. Si esto continúa, pueden sofocar a sus hijos indefensos con sus propios deseos egoístas, discusiones, contiendas, vocabulario soez, y su ejemplo negativo en cuanto a la vida.

Si usted es padre, ¿espera algo de su hijo que usted mismo no practica? ¿Está usted consciente de su propia conducta, especialmente de las palabras que usa enfrente de su hijo? ¿Utiliza lenguaje grosero o cuenta chistes de doble sentido en presencia de él? Recuerde esto: ¡cualquier cosa que usted diga quedará grabada en la mente de su hijo!

En cierto sentido, los niños pequeños ven a sus padres como “dioses” y los consideran su autoridad suprema, sus proveedores, protectores y benefactores, y también su fuente de aprendizaje. Sus pequeñitos seguirán su ejemplo: usted es su héroe o heroína durante sus años de desarrollo. Si usted fuma, su hijo probablemente adquirirá este hábito; si consume drogas, su hijo seguramente hará lo mismo; si cuenta o celebra chistes que degradan el matrimonio o las relaciones familiares, su hijo copiará sus acciones.

El Dr. Covey escribió acerca de esto e indicó que la mayoría de las personas se quedan atrapadas en su propio círculo de preocupaciones y automáticamente disminuyen su círculo de influencia. Él explicó que si nosotros, como padres, nos dejamos motivar más por nuestras preocupaciones, por quién tiene la razón y quién no la tiene, en lugar de nuestra propia influencia —el ejemplo que estamos entregando como personas—, el resultado producirá una conducta inferior en nuestros hijos.

Los padres exitosos son aquellos que reconocen que lo que les disgusta de sus hijos puede rastrearse fácilmente hasta ellos mismos; cuando los padres adquieren esta perspectiva, la humildad súbitamente los invade y comienzan a cambiar sus actitudes, adoptando valores que los hacen sentirse orgullosos de sus hijos.

Si uno se convierte en un buen ejemplo para su hijo y sigue las otras claves que presentamos en este artículo, puede ayudarlo inmensamente a tener una vida feliz y segura y a desarrollarse crecer y criar sabiamente a su propia familia, a fin de que ésta se sienta igualmente feliz y segura.

3. Supervise y proteja a sus hijos

Cuando nuestros hijos eran pequeños, mi esposa y yo los vigilábamos como verdaderos halcones. En cierta ocasión alguien me ridiculizó por hacerlo, asegurando que yo los sobreprotegía y les estaba impidiendo aprender lecciones a la manera dura, pero esta persona no comprendía nuestras circunstancias.

Ella vivía en un pequeño pueblo que podía recorrerse en cinco minutos, incluso en un día de intenso tráfico. Nosotros, por otro lado, vivíamos en una extensa megalópolis de más de 11 millones de personas, en la cual eran muy comunes los robos, los atracos, las pandillas y los secuestros.

Cuando íbamos de compras, ya fuera a un supermercado o a una tienda de juguetes, siempre estábamos al lado de nuestros hijos y no los perdíamos de vista. Queríamos que crecieran a salvo de los peligros y que algún día tuvieran sus propias familias, y no dábamos nada por sentado. Cualquiera que vea los noticieros nocturnos puede entender esta preocupación.

¿Cómo vigilan a sus hijos algunos padres hoy en día? Muchos niños deben caminar desde su escuela hasta un hogar vacío, porque sus padres aún están en el trabajo. Estos niños están desamparados, y algunos padres no ven nada malo en ello. ¿Qué pasaría si en el vecindario residen depravados sexuales? ¿Qué pasaría si hay traficantes de drogas o de seres humanos vagando por el barrio, esperando la ocasión de aprovecharse de niños indefensos y desafortunados que pasan con sus rostros enterrados en sus teléfonos inteligentes mientras intercambian mensajes de texto con sus amigos?

En circunstancias como éstas es muy útil el conocimiento del propósito del matrimonio y la familia, especialmente para aquellos padres que consideran la paternidad como un asunto de poca importancia. Si un padre y una madre ven a sus hijos como un impedimento y solo esperan con ansias el día en que éstos se independicen, tales padres ignoran uno de los propósitos principales por los cuales Dios diseñó el matrimonio: para producir y criar hijos íntegros, que sean buenos siervos de Dios (vea Malaquías 2:15). Dios es una familia, y está desarrollando a su familia aquí mismo, en la Tierra — con nosotros,si se lo permitimos (Hebreos 2:10).

Los medios de comunicación presentan casi a diario casos de niños que han sido secuestrados, y muy pocos son encontrados con vida. Este comentario acerca de nuestra sociedad puede parecer repugnante, pero es la realidad. Por lo tanto, si usted desea que sus hijos crezcan y lleguen a formar sus propias familias, asegúrese de vigilarlos y protegerlos diligentemente.

Dios nos hace responsables de nuestros hijos; los tenemos solo por unos cuantos años, pero Dios los tendrá para siempre. Tome en serio esta responsabilidad que Dios le ha dado y no siga los caminos del mundo.

Vigile y proteja a sus hijos fuera y dentro del hogar, entérese de lo que están viendo en la televisión y establezca límites. Esto incluye el Internet, que también exige la imposición de directrices.

Las mentes jóvenes por lo general no maduran hasta pasados los 20 años; nosotros casi siempre tenemos a nuestros hijos hasta que cumplen 18 años. Esfuércese por comprender su responsabilidad hacia sus hijos ante el Dios Todopoderoso y por ser buen administrador y guardián de estas preciosas vidas qué él ha confiado a nuestro cuidado.

4. Enseñe a sus hijos

Los seres humanos entrenamos animales, especialmente perros, pero damos por sentado que no podemos o no debemos enseñar a nuestros hijos para que hagan lo correcto. ¡Qué concepto tan extraño! La Biblia dice que debemos criarlos “en disciplina y amonestación del Señor” (Efesios 6:4; vea también Proverbios 22:6).

Cuando educamos a nuestros hijos en el camino de Dios ellos nos respetan, y cuando lo hacen, son bendecidos por Dios. Como dice el quinto mandamiento, “Honra a tu padre y a tu madre, como el Señor tu Dios te lo ha ordenado, para que disfrutes de una larga vida y te vaya bien en la tierra que te da el Señor tu Dios” (Deuteronomio 5:16; Nueva Versión Internacional).

Por favor comprenda y tome en cuenta que Dios considera a los padres como mayordomos de los futuros hijos e hijas de Dios. Esto significa que las bendiciones y alegrías que conlleva el tener hijos, preparándolos en base a buenos valores y regocijándose con sus logros posteriores, no son la meta final de esta tarea. En un panorama más amplio de la vida, los padres que crían a sus hijos son en realidad administradores de futuros dioses para Dios (compare con Salmos 82:6).

Algunos padres simplemente dejan que sus hijos crezcan “a la deriva”, es decir, no les enseñan ni inculcan buenos principios morales. Como consecuencia, los hijos en realidad no maduran ni se convierten en adultos responsables e íntegros. Algunos padres ni siquiera han madurado como personas, lo que significa que el hogar está lleno de niños.

Otros padres sí entienden y valoran su obligación de establecer un ejemplo saludable para sus hijos, y de capacitarlos y prepararlos para vivir de manera correcta. Estos padres son lo que llamamos “maduros”. No son perfectos —la perfección es un atributo de Dios—, pero son lo suficientemente juiciosos como para admitirlo y se esfuerzan por mejorar y alcanzar una madurez plena. Dios nos exhorta así: “Por tanto, sean [lleguen a ser] perfectos [plenos o maduros], así como su Padre celestial es perfecto” (Mateo 5:48, NVI).

Enseñe y capacite a sus hijos en el camino del Señor. Mi esposa y yo nos dimos cuenta de la importancia de educar a nuestros hijos en el camino de Dios, y desde los seis meses los poníamos en la cama y orábamos a Dios enfrente de ellos. Queríamos que crecieran escuchando acerca de su amorosa voluntad hacia los seres humanos. Cuando ya fueron mayores, los hacíamos arrodillarse y orar con nosotros al lado de la cama y les pedíamos que hicieran una oración breve entre la oración de mi esposa y la mía. Estamos convencidos de que Dios nos bendijo por nuestros esfuerzos, porque ahora ellos les enseñan a sus propios hijos sobre el camino de Dios.

Este es el mandamiento de Dios para que enseñemos su camino a nuestros hijos: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Grábate en el corazón estas palabras que hoy te mando. Incúlcaselas continuamente a tus hijos. Háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes” (Deuteronomio 6:5-7, NVI).

A medida que nuestros hijos crecían y querían ver ciertos programas de televisión, nosotros nos sentábamos y los veíamos con ellos. Si durante uno de esos programas algo se contraponía al camino de Dios, se lo mencionábamos y les pedíamos que nos dijeran lo malo de lo que habían visto y oído. Esto los ayudaba a evaluar lo que veían en televisión y a no aceptar sin cuestionar todo lo que presentan los medios de comunicación.

Analizábamos con ellos el hecho de que los medios de comunicación son un negocio y que lo que se ve en televisión generalmente apela a los sentidos físicos de la gente, para venderle productos e ideas. Ahora que nuestros hijos son padres, les enseñan a sus hijos los mismos principios.

5. Ame a sus hijos incondicionalmente

¿Cuántas veces he escuchado a padres decirme que ya no pueden amar a sus hijos porque éstos se han vuelto drogadictos o alcohólicos? Esto debería hacernos meditar: ¿cómo es posible que demos vida a nuestros hijos y no los amemos incondicionalmente?

He descubierto que algunos padres se dan por vencidos en cuanto a sus hijos por puro egoísmo. En ciertos casos, sus hijos no estuvieron a la altura de sus expectativas, de sus ideas personales, o no lograron la profesión que habían soñado para ellos. Otras veces, los padres arrojan la toalla porque no entienden la influencia negativa, cada vez peor, que la sociedad ejerce sobre sus hijos.

Algunos padres no saben a qué están expuestos sus hijos en las escuelas, o simplemente no les importa. Como el avestruz proverbial que, según se dice, esconde su cabeza en la arena ante el peligro, ellos ignoran los perniciosos efectos de los medios de comunicación social como la televisión, y de otros factores ambientales.

Como ya dije, mi esposa y yo decidimos desde el comienzo que amaríamos incondicionalmente a nuestros hijos, y siempre se los recordábamos. No queríamos que tuvieran dudas sobre nuestra relación mutua, por lo cual les hacíamos saber repetida y claramente que estaríamos de su lado mientras vivieran en casa, cuando se independizaran, y por el resto de sus vidas y las nuestras.

Cuando los hijos saben que sus padres los aman incondicionalmente, viven vidas más felices y saludables, y esta es precisamente la lección que Dios quiere enseñarnos. Si uno lee la Biblia desde Génesis hasta Apocalipsis, aprende que Dios ama a los débiles seres humanos al punto de permitir que su Hijo, Jesucristo, muriera por ellos (Juan 3:16:17). Si Dios nos ama tanto que llegó a dar a su Hijo unigénito en sacrificio por todos nosotros, ¿podemos al menos amar a nuestros hijos lo suficiente como para vivir por ellos y mostrarles el camino de Dios mediante nuestro ejemplo?

Dios nos muestra que una vez que nos comprometemos con él y sometemos nuestra voluntad a la suya, él se compromete incondicionalmente con nosotros; aun cuando pequemos o nos alejemos de él por un tiempo, él nunca nos olvida y siempre se esfuerza por traernos de vuelta a su lado (vea Lucas 15:11-32; Filipenses 1:6). Dios el Padre y Jesucristo son nuestros ejemplos perfectos de amor incondicional.

Ame a sus hijos incondicionalmente; los dividendos que usted recibirá serán extraordinarios, y se multiplicarán exponencialmente para ellos y para sus propios hijos. Estarán más dispuestos a seguir su ejemplo de amor incondicional y heredar éste a sus hijos.

Si usted pone en práctica las cinco claves para tener una familia feliz que hemos cubierto en este artículo, ayudará a su familia a sentirse segura, a que tenga un espíritu de servicio y sea exitosa.

Esto nos llevará a cumplir el sublime propósito de la institución familiar, una lección que trasciende el tiempo y las diferencias culturales. Para más información sobre este tema, asegúrese de leer el artículo El propósito fundamental de la familia.  

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