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¿Cómo se verá afectada nuestra relación con Dios al ir a fiestas, beber, o pasar nuestro tiempo en discotecas, incluso si estamos con amigos de la Iglesia?

Yo no creo haber sido un Timoteo ni un Daniel, a pesar de cuánto los admiro. Cuando gastaba mi tiempo en estar siempre ocupada, estaba “menospreciando mi juventud”. Al pensar en ello, muchas veces me he sentido como un rotundo fracaso, sabiendo que desperdicié muchos años de mayor crecimiento espiritual porque dejé que el mundo me distrajera.

De cierto modo, yo quizás quería distraerme porque no tenía las agallas para cambiar–o por lo menos, no inmediatamente. Tenía miedo, y dejé que mi cobardía bloqueara el camino entre Dios y yo. No me di cuenta de la gravedad de ser cobarde o de mentirme a mí misma (ver Apocalipsis 21:8). Pero, en lo más profundo, cada cristiano de segunda generación (o de tercera, o más) conoce lo suficiente como para saber cuándo Dios se complace o no con nuestras decisiones. Ese “no todavía” es un buen indicador de que estamos ignorando deliberadamente el Espíritu Santo de Dios que está trabajando en nosotros. Si somos honestos, necesitamos hacernos a nosotros mismos algunas difíciles preguntas.

¿Cómo se verá afectada nuestra relación con Dios al ir a fiestas, beber, o pasar nuestro tiempo en discotecas, incluso si estamos con amigos de la Iglesia? Si optamos por llenar nuestras mentes con justificaciones y excusas, o evitamos el tema llenando nuestro tiempo con videojuegos, la televisión u otros medios de entretenimiento, entonces probablemente no tendremos tiempo para pensar en lo que literalmente podríamos hacer –ahora mismo– para expresar nuestro amor hacia Dios con algo más que simple emoción. Tal como les ocurre algunas veces a quienes profesan ser cristianos y que están “en piloto automático”, yo tuve una llamada de alerta. A pesar de que todos reaccionamos de manera diferente, cuando nos enfrentamos a circunstancias que están fuera de nuestro control podemos volvernos introspectivos y embotellar nuestro dolor, desquitarnos de nuestra frustración con otros y tratar de resolver lo que no tiene solución; o, por el contrario, podemos volvernos hacia Dios, nuestro Padre, y entregarnos por completo a su cuidado.

Cuando mi querida congregación fue forzosamente dividida hace un par de años, yo ciertamente me sentí motivada a ser más consciente. No le desearía a nadie esas circunstancias, pero sé de muchos que pasaron por algo similar.

Sin embargo, ese dolor provocó resultados que al fin y al cabo valieron de algo, porque ¿quién puede realmente comprender lo que sentimos, excepto Dios? Después de noches sin dormir y horas de llanto, yo finalmente le abrí mi corazón a Dios por completo. Oré en medio del dolor, la rabia y la necesidad humana de ver algún grado de justicia donde ésta no se podía encontrar. Había perdido tanto, pero a través del dolor y la angustia, encontré algo mucho más grande: el “primer amor” (Marcos 12:30, Romanos 8:37-39).

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