El Espíritu Santo: El poder de conversión de Dios

Nadie puede vencer el pecado sin la ayuda de Dios. Aun en el caso de que por nuestra propia voluntad lográramos cambiar nuestras acciones, sólo Dios puede cambiar nuestra mente.

Nadie puede vencer el pecado sin la ayuda de Dios. Aun en el caso de que por nuestra propia voluntad lográramos cambiar nuestras acciones, sólo Dios puede cambiar nuestra mente.

Por este motivo el apóstol Pablo exhortó a los cristianos de Roma diciéndoles: “No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente” (Romanos 12:2, Nueva Versión Internacional). Leyendo en Romanos 8:14 podemos entender cómo obra el Espíritu de Dios en la vida de los seguidores de Jesús: “Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios”. Aquí vemos que, para que Dios nos considere sus hijos, debemos dejarnos guiar por su Espíritu.

En el versículo 9 se nos dice que si el Espíritu de Dios no mora en nosotros, entonces no somos de Cristo. Por esta razón es imprescindible que nos arrepintamos, seamos bautizados y nos sometamos incondicionalmente a la voluntad de Dios, para recibir la dádiva de su santo Espíritu.

Por lo que Pablo escribió en Colosenses 1:27 podemos entender que realmente somos cristianos cuando Cristo está en nosotros. En otras palabras, Cristo puede venir a morar en nosotros sólo cuando permitimos que el poder del Espíritu de Dios obre en nuestra vida.

En Gálatas 2:20 leemos acerca de la perspectiva de la vida que Pablo tenía después de haber recibido el Espíritu de Dios: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”.

Habiendo sido sepultado junto con Jesucristo en la tumba acuática del bautismo, Pablo vivía ahora una vida que no era la de él. En otras partes también habla de la transformación que experimentó al permitir que Cristo viviera nuevamente su vida en él. Esa es la forma en que complacemos a Dios: imitando a su Hijo. El apóstol nos exhorta: “Imítenme a mí, como yo imito a Cristo”, y también: “La actitud de ustedes debe ser como la de Cristo Jesús” (1 Corintios 11:1; Filipenses 2:5, NVI).

Pero en realidad no podemos vivir una vida de conversión solamente por nuestros propios esfuerzos. Si bien tenemos que hacer nuestra parte, logramos la victoria únicamente por medio del poder y la ayuda de Dios. Por lo tanto, la alabanza y el reconocimiento son para nuestro Creador.

Para poder imitar a Cristo debemos pedirle a Dios la ayuda de su Espíritu, a fin de que por ese poder logremos hacer que nuestros pensamientos, actitudes y acciones estén en armonía con los de él (2 Corintios 10:3-5). Debemos permitir que su Espíritu sea la fuerza que guíe nuestra vida a fin de que podamos producir las cualidades del verdadero cristianismo. Debemos preguntarnos si realmente estamos siendo guiados por el Espíritu de Dios o si lo estamos contrarrestando.

¿Qué es el Espíritu Santo?

Para poder entender cómo obra el Espíritu de Dios en nosotros, tenemos que comprender qué es. Existe mucha confusión en este asunto.

Primero debemos entender que el Espíritu no es otra “persona” que junto con Dios el Padre y Jesucristo forman una “Santísima Trinidad”. En la Biblia sencillamente no existen pruebas que apoyen esta creencia popular. Generalmente, en las Escrituras se hace referencia al Espíritu Santo como el poder de Dios que obra en nuestra vida. Los que permiten que ese poder los guíe son “hijos de Dios” (Romanos 8:14).

¿Qué es lo que el Espíritu de Dios hace por nosotros? Esta pregunta tiene mucho que ver con el meollo de nuestras creencias, porque sin el poder del Espíritu de Dios no podemos tener una relación profunda con él ni podemos ser sus hijos. Sólo cuando el Espíritu de Dios mora en nosotros podemos ser considerados hijos de Dios (Romanos 8:14-17).

Debemos entender lo que significa ser “guiados por el Espíritu”. Dios nos ha dado libre albedrío, de manera que su Espíritu no nos obliga a vivir de cierto modo. No nos arrastra, controla ni empuja, sino que nos guía. No evitará que pequemos ni nos obligará a hacer lo correcto. Nos guía, pero nosotros debemos estar dispuestos a seguirlo.

Ayuda divina por medio del Espíritu de Dios

¿Cómo nos guía el Espíritu de Dios? Analicemos algunas formas.

El Espíritu Santo nos mantiene en contacto con la mente de Dios. El Espíritu de Dios opera en y con nuestra mente. Uno de los apóstoles lo describe así: “El que guarda sus mandamientos, permanece en Dios, y Dios en él. Y en esto sabemos que él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado” (1 Juan 3:24). Por su Espíritu, Dios influye en nosotros para hacer lo que es bueno. Este es un tremendo contraste con el mundo que nos rodea y nuestra propia naturaleza humana, los cuales nos incitan a hacer lo malo.

El Espíritu Santo también nos ayuda a entender más claramente la verdad de Dios. Cuando Jesús prometió a los apóstoles que les enviaría el Espíritu, les dijo: “. . . él os guiará a toda la verdad” (Juan 16:13).

El Espíritu nos inculca un entendimiento más profundo de la Palabra, el propósito y la voluntad de Dios. Como se nos dice en 1 Corintios 2:9-11: “Como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman. Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios”.

Sin ese Espíritu, una persona no puede entender la Palabra y la voluntad de Dios, porque para ella “son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (v. 14).

Por medio del Espíritu de Dios podemos vencer el pecado. Cuando permitimos que el poder de Dios obre en nosotros, no hay ningún pecado al que no podamos sobreponernos. En Romanos 8:26 Pablo nos dice que “el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad”. Luego, en Filipenses 4:11-12 ese mismo apóstol explicó cómo había aprendido a contentarse, cualquiera que fuera la situación en que se encontrara. Y enseguida declaró: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (v. 13).

La vida de los seguidores de Cristo es una lucha constante contra su naturaleza pecaminosa, a la que van venciendo poco a poco. Los triunfos, aunque no son fáciles de obtener, con la ayuda de Dios pueden lograrse; pues, como Jesús mismo nos asegura, “para Dios todo es posible” (Mateo 19:26; Marcos 10:27). Debemos estar conscientes de que Dios no quiere que continuemos siendo como éramos antes de que nos llamara. Más bien, debemos hacer caso a la exhortación que leímos al principio de este capítulo: “No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente” (Romanos 12:2, NVI). Ser cristianos requiere que diariamente estemos venciendo y creciendo; en otras palabras, debemos controlar todos nuestros pensamientos a fin de poder llegar a tener una actitud como la de Jesucristo (2 Corintios 10:3-5; Filipenses 2:5).

El Espíritu de Dios nos persuade y nos ayuda a ver el pecado como es realmente. Refiriéndose al Espíritu Santo, el cual daría a sus seguidores, Jesús les dijo: “Cuando él venga, convencerá al mundo de su error en cuanto al pecado . . .” (Juan 16:8, NVI). Cuando el Espíritu de Dios obra en nuestra conciencia, nos ayuda a identificar y evitar el pecado. Cuando llegamos a ver nuestros pecados tal y como son en verdad, la culpabilidad que nos embarga es absolutamente real.

El Espíritu de Dios produce buen fruto en nosotros. Así como un manzano produce manzanas, el Espíritu Santo produce una clase especial de fruto en la vida del cristiano. En Gálatas 5:22-23 el apóstol Pablo enumera los frutos que deben ser patentes en quienes son guiados por el Espíritu de Dios: “amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio” (NVI). Cada uno de estos frutos merece un estudio cuidadoso, junto con un examen de uno mismo para ver hasta dónde se manifiestan tales frutos en su vida.

En su segunda epístola el apóstol Pedro resume el proceso que se requiere para alcanzar la madurez espiritual: “Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, por medio de las cuales os ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia; vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. Porque si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo.

”Pero el que no tiene estas cosas tiene la vista muy corta; es ciego, habiendo olvidado la purificación de sus antiguos pecados. Por lo cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección; porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás. Porque de esta manera os será otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 Pedro 1:3-11).

El Espíritu de Dios también nos consuela, alienta y ayuda. Jesús prometió a sus seguidores que les enviaría el “Consolador” (Juan 14:16). El consuelo y apoyo verdaderos provienen de Dios, por medio de su Espíritu que mora en nosotros. No debemos preocuparnos excesivamente acerca de lo que pueda acontecernos. El Espíritu de Dios nos da la seguridad de que no importa lo que suceda, como se nos dice en Romanos 8:28, “Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito” (NVI).

Esta seguridad nos proporciona una perspectiva de la vida que pocos tienen en estos tiempos. Un cristiano ciertamente puede sentirse desalentado, pero por medio del Espíritu Santo puede empezar a ver la vida de una manera diferente. Como lo mencionamos antes, la paz es uno de los frutos que el Espíritu de Dios produce en la vida de los cristianos.

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Muy por el contrario de lo que muchos piensan, la conversión, no se trata de un evento que sucede en un instante. Las Escrituras revelan que es un proceso el cual comienza con el llamado de Dios, sigue con los pasos del arrepentimiento, bautismo y la recepción del Espíritu Santo, y finalmente, culmina con el regreso de Jesucristo, cuando los muertos en Cristo serán resucitados a la inmortalidad y se les dará la vida eterna. ¡Esa es la transformación final, ser cambiados de seres mortales a inmortales!

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