La Pascua

Creemos en la observancia de la Pascua del nuevo pacto la noche del 14 de abib, el aniversario de la muerte de nuestro Salvador (Levítico 23:5; Lucas 22:13-14).

El hecho de que Jesús haya instituido los nuevos símbolos del pan y el vino para la Pascua, y se haya referido al vino como “mi sangre del nuevo pacto” (Mateo 26:28; Marcos 14:24), muestra claramente que la ceremonia de la Pascua es una observancia del nuevo pacto (Nuevo Testamento). Además, Jesús identificó personalmente esta ceremonia conmemorativa (Lucas 22:19) como “esta pascua” (v. 15), y la observó el mismo día que estaba estipulado en Levítico 23, el 14 de abib de acuerdo con el calendario hebreo.

Jesús mismo estableció la celebración del servicio de la Pascua del Nuevo Testamento la noche anterior a su muerte. Pablo confirmó que debemos guardarla en “la noche que fue entregado” (1 Corintios 11:23-26; Lucas 22:14-20; Juan 13:1-17), al comienzo del 14 de abib. Jesús utilizó específicamente el nombre de “pascua” para esta ceremonia conmemorativa especial (Mateo 26:18; Lucas 22:8, 15). Dio instrucciones a sus discípulos sobre cómo, cuándo y dónde debían hacer los preparativos para celebrar esta nueva forma de representar la muerte del Mesías (Lucas 22:7-13).

La Pascua del Nuevo Testamento no está relacionada únicamente con la muerte del “Cordero de Dios”. También tiene que ver con su sufrimiento (Lucas 22:15). Debemos recordar todo el sacrificio que hizo, tanto su agonía como su muerte. Su suplicio, muerte y sepultura ocurrieron el 14 de abib. Los símbolos del pan y el vino reemplazaron los corderos que se usaban para el sacrificio en el Antiguo Testamento (Éxodo 12) y que prefiguraban a Jesucristo.

Jesús, como el Cordero de Dios, es “nuestra pascua” (1 Corintios 5:7). El pan y el vino representan su sacrificio total, tanto su sufrimiento como su muerte.

La muerte de Jesús ocurrió en la tarde del día 14 de abib, pero su sufrimiento comenzó desde la noche anterior cuando todavía estaba con sus discípulos. “Y tomando a Pedro, y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera. Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte . . .” (Mateo 26:37-38).

Nosotros conmemoramos la muerte de Cristo como nuestra Pascua al comienzo del 14 de abib, la noche en que Jesús fue entregado, y guardamos la fiesta de los Panes sin Levadura desde el principio del día 15 de abib hasta el final del 21 del mismo mes, en conformidad con lo que se ordena en las Escrituras. El relato bíblico es sumamente claro en este aspecto y no tenemos ninguna dificultad para discernir la secuencia correcta de los acontecimientos: primero la Pascua y a continuación los días de Panes sin Levadura.

Como Cristo es nuestra Pascua, el pan y el vino son símbolos que nos recuerdan su sufrimiento y muerte. Jesucristo y sus discípulos, siendo judíos, habían celebrado la Pascua durante toda su vida. Pero ahora había nuevos símbolos. Cristo les enseñó a sus discípulos el profundo significado de la Pascua mediante los nuevos símbolos y por medio de su sufrimiento final y su muerte el día 14 del primer mes.

Después de decirles a sus discípulos que bebieran el vino, Jesús dijo: “porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados” (Mateo 26:28). Cristo instituyó los símbolos de la Pascua porque esto iba de acuerdo con su papel de “mediador del nuevo pacto” (Hebreos 12:24).

Con su sacrificio, pagó la pena de todos los pecados de la humanidad (1 Pedro 3:18). Cuando nosotros participamos del pan y del vino, reconocemos que su cuerpo y su sangre fueron ofrecidos para cubrir nuestros pecados. Somos reconciliados con el Padre por medio de la fe en el sacrificio de Jesucristo. Esa reconciliación nos permite tener acceso al Padre y hace que podamos presentarnos confiadamente delante de su trono de gracia para encontrar ayuda en tiempos de necesidad (Hebreos 4:16). Gracias a su sacrificio, podemos ser sanados espiritual, física, mental y emocionalmente (Isaías 53:4-5; Santiago 5:14).

Cuando comemos el pan, simbolizamos a Cristo viviendo en nosotros (Juan 6:53-54). También representamos nuestra unión con Cristo y con cada miembro de su cuerpo, la iglesia (1 Corintios 10:16) y nuestro consentimiento de vivir conforme a la palabra de Dios.

Jesús nos exhorta para que celebremos la Pascua en memoria de él (Lucas 22:19-20). Pablo dice claramente en 1 Corintios 11:20-26 que la iglesia debe reunirse para comer el pan y beber la copa. El propósito de esta ceremonia es anunciar la muerte del Señor hasta que él venga, simbolizando la única forma en que la humanidad puede ser reconciliada con Dios el Padre. Pablo también nos dice que por medio de la muerte de Jesús nosotros somos reconciliados con Dios el Padre, pero que somos salvos por su vida (Romanos 5:10).

Jesús estableció el lavamiento de los pies como parte de la ceremonia de la Pascua. Después de dar un ejemplo personal de servicio lavando los pies de sus discípulos, dijo: “Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis” (Juan 13:17).

Estos tres elementos: el lavamiento de los pies, el pan y el vino, forman parte de la ceremonia que anualmente celebra la Iglesia de Dios Unida, una Asociación Internacional. Celebramos esta ceremonia sólo una vez al año, poco después de la caída del sol al comienzo del día 14 del primer mes del calendario hebreo, como está establecido en la Palabra de Dios.

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