Los apóstoles: Un estudio acerca de la conversión

Los discípulos de Jesús, que sólo eran personas comunes y corrientes, fueron transformados en líderes de extraordinario dinamismo debido al poder del Espíritu de Dios.

Los discípulos de Jesús, que sólo eran personas comunes y corrientes, fueron transformados en líderes de extraordinario dinamismo debido al poder del Espíritu de Dios. Para poder apreciar la magnitud de su transformación, necesitamos hacer un análisis cuidadoso de estos hombres antes de que recibieran el Espíritu Santo.

Mateo, Marcos, Lucas y Juan nos proporcionan cierta información acerca de sus vidas. No existe nada que nos indique que hayan recibido una educación especial o que hayan ocupado puestos de influencia. Los gobernantes y dirigentes religiosos los consideraban más bien como “hombres sin letras y del vulgo” (Hechos 4:13).

Mateo era cobrador de impuestos, una de las profesiones más despreciadas de su época (Mateo 9:9; 18:17). Pedro, su hermano Andrés y otro par de hermanos, Santiago y Juan, eran pescadores (Mateo 4:18-22; Lucas 5:1-10). Al igual que Felipe, vivían en Betsaida, un pueblo de la provincia de Galilea (Juan 1:44). Lo único que tenían de especial era la oportunidad de ser discípulos de Jesucristo.

Más sorprendente aún es su falta de entendimiento espiritual al estar siendo enseñados. La naturaleza humana dominaba todavía sus mentes, y eran “carnales” en su forma de pensar y actuar (Romanos 8:5-7). Jesús tuvo que reprocharles su incredulidad y dureza de corazón (Marcos 16:14).

Su actitud y su conducta en ese tiempo nos muestran que aun viviendo junto con Jesús, escuchándolo y viendo su ejemplo diariamente, no era suficiente para transformar su modo de pensar de lo carnal a lo espiritual.

Jesús reprendió severamente a Jacobo y a Juan por su actitud hacia algunos que lo habían rechazado: “Mas [los samaritanos] no le recibieron . . . Viendo esto sus discípulos Jacobo y Juan, dijeron: Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo, como hizo Elías, y los consuma? Entonces volviéndose él, los reprendió, diciendo: Vosotros no sabéis de qué espíritu sois; porque el Hijo del Hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas . . .” (Lucas 9:53-56). Tiempo después, Juan vino a ser conocido como “el apóstol del amor”. ¡Qué cambio en este hombre que una vez le pidió a Jesús que destruyera toda una aldea!

Los discípulos discutían acerca de quién sería el mayor entre ellos (Marcos 9:33-34; Lucas 22:24). Jacobo y Juan incluso trataron de persuadir a Jesús para que les asignara los dos puestos más importantes en su reino (Marcos 10:35-37).

Al igual que cualquier otra persona, cada uno de ellos sobreestimaba grandemente su lealtad a Jesús: “Todos os escandalizaréis de mí esta noche; porque escrito está: Heriré al pastor, y las ovejas serán dispersadas . . . Entonces Pedro le dijo: Aunque todos se escandalicen, yo no. Y le dijo Jesús: De cierto te digo que tú, hoy, en esta noche, antes que el gallo haya cantado dos veces, me negarás tres veces. Mas él con mayor insistencia decía: Si me fuere necesario morir contigo, no te negaré. También todos decían lo mismo” (Marcos 14:27-31).

Cuando los discípulos dijeron esto estaban seguros de que así lo harían. Sin embargo, unas horas después todos abandonaron a su Maestro (v. 50). Pedro incluso empezó a maldecir y hasta juró que nunca había conocido a Jesús (Mateo 26:69-75; Lucas 22:54-62).

Después de que Jesús fue crucificado, tal parece que Pedro y seis de los apóstoles decidieron que era tiempo de volver a su ocupación anterior (Juan 21:2-3). Aunque habían oído a Jesús hablar de su muerte y resurrección, su ceguera espiritual les impedía comprender el significado de las palabras de su Señor. Esa misma ceguera está también en todos los seres humanos hasta que Dios les abre el entendimiento para que puedan comprender lo que él dice realmente en su Palabra.

Aun después de haber oído la noticia de la resurrección de Jesús, Tomás estaba tan escéptico que dijo: “Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré” (Juan 20:25). Unos días después Jesús le dio la oportunidad para comprobarlo en la forma que quería (vv. 26-29).

Estos son los hombres que Jesús escogió para que apacentaran sus ovejas y predicaran el evangelio. Pero hasta ese momento aún no habían recibido el Espíritu de Dios. Estaban tan impotentes como lo está cualquier otro ser humano para cumplir con su compromiso de servir fielmente a su Salvador. Por su propia fortaleza les era imposible ser los siervos de Cristo.

Ahora podemos entender más claramente la observación que les hizo Jesús a sus discípulos cuando le preguntaron: “¿Quién, pues, podrá ser salvo?” Él les contestó: “Para los hombres esto es imposible, mas para Dios todo es posible” (Mateo 19:25-26).

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¿Acaso el cristianismo dividido que podemos ver a nuestro alrededor es esa Iglesia que edificó Jesucristo? Sólo las Sagradas Escrituras pueden dar una respuesta confiable a esta pregunta.

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