La promesa de un reino venidero

Jesús y los apóstoles predicaron el evangelio —las buenas nuevas— del Reino de Dios. ¿En qué consiste, exactamente, este reino?

“En los días de estos reyes el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido, ni será el reino dejado a otro pueblo; desmenuzará y consumirá a todos estos reinos, pero él permanecerá para siempre” (Daniel 2:44).

Hemos visto que Jesús y los apóstoles predicaron el evangelio —las buenas nuevas— del Reino de Dios. ¿En qué consiste, exactamente, este reino?

Existen muchas ideas acerca del Reino de Dios. Algunos creen que es la iglesia, otros lo definen como un concepto etéreo que se encuentra dentro de los cristianos, y hay quienes piensan que es la bondad propia de la humanidad.

Pero ¿qué nos dice la Biblia al respecto? ¿Qué es, realmente, el Reino de Dios?

La palabra griega que a lo largo del Nuevo Testamento se traduce como “reino” es basileia, la cual “denota soberanía, poder regio, dominio” (W.E. Vine, Diccionario expositivo de palabras del Nuevo Testamento, 3:340). Si examinamos cuidadosamente lo que la Biblia nos enseña, veremos que la próxima etapa del Reino de Dios será nada menos que ¡una monarquía establecida por Dios! Cuando Jesucristo vuelva a la tierra, será el Monarca y regirá eternamente sobre todas las naciones (Apocalipsis 11:15).

 

Un vistazo a los gobiernos humanos

En varios pasajes de la Biblia podemos encontrar esta sorprendente verdad. El profeta Daniel, inspirado por Dios, describió la sucesión de los gobiernos humanos que se presentaría durante miles de años. Esta profecía, que se encuentra en Daniel 2:28-45, describe la visión que tuvo el rey Nabucodonosor acerca de cinco imperios mundiales. Al leer estos versículos podemos ver que el Reino de Dios, descrito como el quinto gobierno, es un reino literal que aún no ha sido establecido sobre la tierra.

Según leemos en este pasaje, Nabucodonosor había soñado con una gran imagen que tenía la forma de un hombre, con la cabeza de oro, el pecho y los brazos de plata, el vientre y los muslos de bronce, las piernas de hierro y los pies compuestos de una mezcla de hierro y barro cocido. Dios le había dado a su profeta Daniel, quien servía en la corte de Nabucodonosor, la capacidad de interpretar sueños (Daniel 1:17; 2:28). Por inspiración divina, Daniel explicó que las cuatro secciones de la imagen correspondían a cuatro imperios mundiales que existirían sucesivamente. Dios, por medio de Daniel, identificó al primero de estos gobiernos, representado por la cabeza de oro, como el Imperio Babilonio (Daniel 2:38).

En Daniel 8:1-21 leemos acerca de una visión posterior que nos identifica los dos gobiernos siguientes. En las Escrituras, estos reinos aparecen con los nombres de “los reyes de Media y Persia” y “el reino de Grecia” (vv. 20-21). La historia nos comprueba que el Imperio Babilonio fue conquistado por el Imperio Persa (según leemos en Daniel 5:30-31) y que éste, a su vez, sucumbió ante Alejandro Magno, emperador de Grecia.

Los cuatro gobiernos del sueño de Nabucodonosor se describen nuevamente en el capítulo 7, esta vez con la apariencia de bestias. La característica opresora y dominante de cada imperio sobre sus súbditos está representada en un animal salvaje.

El cuarto imperio se describe como algo particularmente cruel. Según la historia, al reino de Alejandro Magno le sucedió el Imperio Romano. Este último se destaca porque desafía la autoridad de Dios y persigue a sus santos (Daniel 7:25). Tiene 10 cuernos (v. 7), que representan los 10 resurgimientos de esta cuarta potencia mundial (v. 24). Estos resurgimientos se han sucedido a lo largo de los siglos hasta nuestros días, y la última y final restauración de este imperio estará en su cenit cuando regrese Jesucristo (vv. 8-14).

 

Dios reemplazará los gobiernos humanos

En la época de este cuarto imperio, Dios va a reemplazar los gobiernos humanos con su reino eterno: “En los días de estos reyes el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido, ni será el reino dejado a otro pueblo; desmenuzará y consumirá a todos estos reinos, pero él permanecerá para siempre” (Daniel 2:44). El cuarto imperio regirá hasta que Jesucristo regrese para establecer su reino sobre la tierra.

El Reino de Dios, profetizado tantas veces en el libro de Daniel, es el mismo que Jesús anunció. La naturaleza de este reino es evidente. Las cuatro potencias descritas en Daniel 2, 7 y 8 eran gobiernos literales que regían sobre pueblos y sobre sus tierras. Eran grandes imperios mundiales que tenían poder y dominio para gobernar y que peleaban contra otras naciones para conquistarlas. Fueron reinos literales y aún podemos ver sus ruinas.

De igual manera, lo que encontramos descrito en Daniel 7:27 es un reino literal que va a regir sobre toda la tierra: “Que el reino, y el dominio y la majestad de los reinos debajo de todo el cielo, sea dado al pueblo de los santos del Altísimo, cuyo reino es reino eterno, y todos los dominios le servirán y obedecerán”.

 

Las grandes potencias serán destruidas

La esencia del mensaje que proclamó Jesucristo es que el Reino de Dios vendrá; Jesús regresará para establecerlo y él mismo será su Gobernante. En Apocalipsis 11:15 podemos leer una profecía específica acerca de este acontecimiento: “El séptimo ángel tocó la trompeta, y hubo grandes voces en el cielo, que decían: Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos”. Jesucristo asumirá el gobierno sobre las naciones literales de este mundo.

El hombre se ha mostrado totalmente incapaz de resolver los males que le agobian, los cuales, de hecho, ponen en peligro la supervivencia de la humanidad. La razón es que ha rechazado la Palabra de Dios, fuente de conocimientos y orientación que sólo el Creador del género humano nos puede proporcionar. El camino de vida que Dios revela en la Biblia es el único que puede traernos paz, armonía y verdadero bienestar. Un aspecto importantísimo del evangelio del Reino de Dios es que Dios va a establecer un gobierno mundial que sí pondrá fin a todos nuestros males. Este gobierno reemplazará todas las monarquías, oligarquías, democracias, dictaduras y demás regímenes humanos, ¡y Jesucristo mismo lo encabezará!

Este es el evangelio —las buenas noticias— que Jesús enseñó. El meollo del mensaje es el anuncio de un gobierno mundial que regirá todas las naciones (Lucas 21:31). El Rey de ese gobierno será Jesucristo, quien lo administrará bajo la autoridad del Dios todopoderoso; el poder ya no estará en las manos de hombres egoístas y beligerantes.

Daniel no fue el único profeta que habló acerca del reinado de Jesucristo. En Miqueas 4:1-3 también encontramos una descripción de esta maravillosa época de paz: “Acontecerá en los postreros tiempos que el monte de la casa del Eterno será establecido por cabecera de montes, y más alto que los collados, y correrán a él los pueblos. Vendrán muchas naciones, y dirán: Venid, y subamos al monte del Eterno, y a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará en sus caminos, y andaremos por sus veredas; porque de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra del Eterno. Y él juzgará entre muchos pueblos, y corregirá a naciones poderosas hasta muy lejos; y martillarán sus espadas para azadones, y sus lanzas para hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se ensayarán más para la guerra”.

Cuando Jesucristo establezca su gobierno, tal como lo leemos en este pasaje, la humanidad por fin entenderá cuán grandes bendiciones se derivan de la obediencia a la ley de Dios y deseará sinceramente seguir este camino de vida. Jesucristo resolverá los problemas que se presenten entre las naciones y corregirá a los pueblos que no quieran aceptar su dirección y autoridad (Zacarías 14:16-19).

 

Profecías acerca del reinado de Jesucristo

En el conocido pasaje de Isaías 9:6-7 se describe la clase de gobernante que será Jesús: “El principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre”.

El futuro reinado de Jesucristo tendrá como principales características el “juicio” y la “justicia”, algo completamente opuesto a la injusticia, impiedad, opresión e ineficacia que caracterizan a todos los gobiernos humanos. La paz florecerá en todo el mundo: en los matrimonios, las familias, las comunidades y las naciones. Como la profecía nos lo indica, bajo el reinado de Jesucristo ¡la paz no tendrá límite! El Príncipe de Paz traerá armonía y buena voluntad a un mundo que jamás ha conocido la paz verdadera.

Bajo el reinado justo y sabio de Jesús, la humanidad aprenderá por fin los caminos de Dios y, por consiguiente, gozará de una paz maravillosa. Las instituciones educativas enseñarán a las personas no solamente cómo ganarse la vida sino también cómo vivirla de manera que puedan disfrutar de paz, armonía y felicidad. Se les enseñarán amplia y detalladamente los principios bíblicos para cultivar y mantener relaciones interpersonales positivas y armoniosas. Dios nos dice: “No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte; porque la tierra será llena del conocimiento del Eterno, como las aguas cubren el mar” (Isaías 11:9). Este maravilloso conocimiento de Dios estará disponible para incontables millones de personas que jamás han tenido la oportunidad de recibirlo. Como resultado, a todos se les dará la oportunidad de recibir la salvación y entrar en el Reino de Dios.

 

El origen de los males de la humanidad

¿Por qué el hombre, aun después de tantos siglos de probar diferentes clases de gobiernos y administraciones, ha sido totalmente incapaz de resolver sus problemas? La respuesta a este interrogante es que la humanidad simplemente no sabe cómo debe conducirse. Por medio del profeta Jeremías, Dios nos advierte: “. . . ni del hombre que camina es el ordenar sus pasos” (Jeremías 10:23).

El rey Salomón nos dice: “Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte” (Proverbios 14:12; 16:25). Por generaciones la humanidad ha confirmado la penosa realidad de esta afirmación. Este mundo nunca ha conocido una época sin guerras, conflictos, dificultades y sufrimientos. Hemos llegado al punto en que tenemos la capacidad de destruir —¡varias veces!— todo vestigio de vida sobre la faz de nuestro planeta.

¿Por qué ocurre todo esto? Por medio de sus profetas, y por espacio de muchos siglos, Dios nos ha reiterado cuál es la causa de los males que nos agobian. La supervivencia del género humano se ve amenazada ¡porque hemos rechazado a Dios! Por inspiración divina, el rey David describió así a la humanidad: “Se han corrompido, hacen obras abominables; no hay quien haga el bien. El Eterno miró desde los cielos sobre los hijos de los hombres, para ver si había algún entendido, que buscara a Dios. Todos se desviaron, a una se han corrompido; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Salmos 14:1-3).

El profeta Jeremías nos dice que el hombre ha sido cegado por el engaño de sus motivaciones e intenciones malvadas: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jeremías 17:9).

El profeta Isaías agrega: “He aquí que no se ha acortado la mano del Eterno para salvar, ni se ha agravado su oído para oír; pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír. Porque vuestras manos están contaminadas de sangre, y vuestros dedos de iniquidad; vuestros labios pronuncian mentira, habla maldad vuestra lengua. No hay quien clame por la justicia, ni quien juzgue por la verdad; confían en vanidad, y hablan vanidades; conciben maldades, y dan a luz iniquidad . . . Sus pies corren al mal, se apresuran para derramar la sangre inocente; sus pensamientos, pensamientos de iniquidad; destrucción y quebrantamiento hay en sus caminos. No conocieron camino de paz, ni hay justicia en sus caminos; sus veredas son torcidas, cualquiera que por ellas fuere, no conocerá paz. Por esto se alejó de nosotros la justicia, y no nos alcanzó la rectitud . . .” (Isaías 59:1-4, 7-9).

Los caminos de Dios son totalmente diferentes de los del hombre: “Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo el Eterno. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Isaías 55:8-9).

El apóstol Pablo nos describe las consecuencias inevitables de rechazar a Dios y sus mandamientos santos, justos y buenos: “Como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen; estando atestados de toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades; murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres, necios, desleales, sin afecto natural, implacables, sin misericordia; quienes habiendo entendido el juicio de Dios, que los que practican tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que también se complacen con los que las practican” (Romanos 1:28-32).

 

Jesucristo intervendrá para salvar a la humanidad

Si se le permitiera, ¡el hombre borraría toda forma de vida de sobre la faz de la tierra! Esto es inquietante, pero es la verdad. Jesús nos dice que tendrá que intervenir para librarnos de nosotros mismos: “Habrá entonces una angustia tan grande, como no la ha habido desde que el mundo es mundo ni la habrá nunca más. Si no se acortaran aquellos días, nadie escaparía con vida; pero por amor a los elegidos se acortarán” (Mateo 24:21-22, Nueva Biblia Española).

Refiriéndose a los tiempos que precederán a su retorno, él afirmó: “Inmediatamente después de la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo, y las potencias de los cielos serán conmovidas. Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo con poder y gran gloria” (vv. 29-30).

En Apocalipsis 19:11-16 podemos leer más detalles acerca de este acontecimiento: “Entonces vi el cielo abierto; y he aquí un caballo blanco, y el que lo montaba se llamaba Fiel y Verdadero, y con justicia juzga y pelea. Sus ojos eran como llama de fuego, y había en su cabeza muchas diademas; y tenía un nombre escrito que ninguno conocía sino él mismo. Estaba vestido de una ropa teñida en sangre; y su nombre es: El Verbo de Dios. Y los ejércitos celestiales, vestidos de lino finísimo, blanco y limpio, le seguían en caballos blancos. De su boca sale una espada aguda, para herir con ella a las naciones, y él las regirá con vara de hierro; y él pisa el lagar del vino del furor y de la ira del Dios Todopoderoso. Y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre: REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES”.

 

Un reinado sempiterno

Jesucristo establecerá en la tierra un gobierno literal: el del Reino de Dios. Pero aquí no termina todo; veamos lo que nos dice Apocalipsis 11:15: “El séptimo ángel tocó la trompeta, y hubo grandes voces en el cielo, que decían: Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos”.

Hemos estudiado que cuando Cristo regrese, establecerá un reino literal que regirá sobre todas las naciones. Según leemos en Apocalipsis 20:3-7, su reinado va a durar mil años. Sin embargo, en el versículo que acabamos de leer se nos dice que él reinará “por los siglos de los siglos”. En otras palabras, el período de los mil años (comúnmente llamado el milenio) es solamente el comienzo del gobierno eterno de Jesucristo en el Reino de Dios.

El propósito primordial del gobierno milenario de Jesucristo con los santos resucitados es el de permitir que toda la humanidad tenga la oportunidad de entrar en este reino eterno. Millones de personas que estarán vivas en el momento del regreso de Cristo vivirán bajo su gobierno y serán los progenitores de muchas generaciones que nacerán y vivirán a lo largo del milenio; todos ellos tendrán la oportunidad de ser transformados de seres físicos en seres espirituales y de entrar en el eterno Reino de Dios.

Jesús puso muy claro que el Reino de Dios es un reino eterno; no durará sólo mil años. En Mateo 19:16 vemos que un joven rico se acercó a Jesús y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué bien haré para tener lavida eterna?” Jesús procedió a explicarle lo que debía hacer. Cuando fue evidente que el joven no estaba dispuesto a obedecerle, Jesús dijo: “. . . es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios” (v. 24). O sea que en este pasaje, entrar en el Reino de Dios se equipara con tener la vida eterna.

Para millones de seres humanos, la oportunidad de recibir la vida eterna (ser salvos) y de entrar a formar parte del eterno Reino de Dios llegará durante el reinado milenario de Jesucristo. El milenio, un tiempo de paz, felicidad y prosperidad sin precedentes, será tan sólo un pequeño anticipo de las magníficas bendiciones que se disfrutarán por toda la eternidad.

 

Cielo nuevo y tierra nueva

En Apocalipsis 21:1-7 se describe otra serie de acontecimientos que ocurrirá después del milenio: “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más. Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios . . . Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron. Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas. Y me dijo: Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas. Y me dijo: Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida. El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo”.

Desde la época de Adán y Eva, la humanidad no ha tenido acceso al árbol de la vida, símbolo de la vida eterna (Génesis 3:22-24). Pero en el Reino de Dios estará disponible para todos aquellos que obedezcan los mandamientos de su Creador: “¡Dichosos los que guardan sus Mandamientos, para que tengan derecho al árbol de la vida, y entren por las puertas en la ciudad!” (Apocalipsis 22:14, Nueva Reina-Valera).

Al entrar a formar parte del Reino de Dios, ¡seremos sus hijos inmortales, poseedores de la vida que nunca tendrá fin!

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¿En qué consiste realmente el evangelio —las buenas noticias— que Jesús predicó? ¿Acaso es tan sólo la maravillosa historia de su propio nacimiento, vida, muerte y resurrección? Desde luego, todo esto forma parte de las increíbles noticias del plan que Dios tiene para la humanidad, pero el verdadero evangelio abarca más, mucho más.

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